¿Están las principales organizaciones ecologistas al servicio de grandes grupos económicos?

La pregunta que encabeza este texto puede parecer una broma pero resulta que la World Wildlife Fund (WWF) -Fondo Mundial para la Naturaleza- fue fundada en 1961 por Bernardo de Lippe-Biesterfeld, presidente también -hasta su muerte en 2004- de las reuniones del famoso Club Bildelberg que cada año reúne a las 130 personas más influyentes del mundo y nació promovido y financiado por David Rockefeller. Es más, la propia Fundación Rockefeller es la que controla las llamadas Cumbres de la Tierra en las que los grupos ecologistas juegan un mero papel de comparsas. Y por si fuera poco ahora sabemos que Greenpeace tiene estrecha relación con ésta y otras fundaciones; como las de Turner, Marisla y Charles Stewart Mott. En suma, ¿quiénes están detrás de las organizaciones ecologistas que la sociedad cree independientes?

Es muy posible que la conciencia ecológica de muchos de nuestros lectores les haya llevado en algún momento a colaborar o asociarse a alguna de las organizaciones ecologistas activas de nuestro país pensando que así ponían su granito de arena en la conservación del medio ambiente, en la protección de especies en peligro o en otros graves problemas ambientales; quien esto escribe así lo hizo durante un tiempo. Bien, pues a todas esas personas solidarias y sensibilizadas con el entorno va a resultarles chocante saber que el movimiento ecologista lleva décadas instrumentalizado por los grandes poderes económicos a los que dicen combatir y que los grupos más importantes han sido incluso creados y financiados por esos poderes.

Es más, el control del movimiento ecologista no es sino un aspecto de un fenómeno mucho más amplio: el control de los movimientos sociales en su conjunto mediante una estrategia conocida como “fabricación de disidencia” que el economista y pacifista canadiense Michel Chossudovsky explica así: “Los movimientos populares son controlados por los globalistas usando sus propios líderes, quienes se arrodillan ante los controladores. Las élites corporativas aceptan la disidencia y la protesta como una característica del sistema en la medida en que no pongan en peligro el orden social establecido. El propósito no es reprimir la disidencia sino, por el contrario, dar forma y moldear el movimiento de protesta para establecer el límite a la disidencia. Para mantener su legitimidad las élites económicas favorecen formas de oposición limitadas y controladas con el fin de prevenir el desarrollo de formas radicales de protesta que pudieran sacudir los cimientos mismos y las instituciones del capitalismo global. En otras palabras, la fabricación de disidencia actúa como una válvula de seguridad que protege y sostiene el Nuevo Orden Mundial”.

¿Sorprendido? ¿Indignado? ¿Escéptico? Pues continúe leyendo para formarse su propia opinión pero conste que no hablamos de las innumerables pequeñas organizaciones locales ni del conjunto del movimiento ecologista; ni siquiera de la mayoría de los miembros, asociados, colaboradores o voluntarios de las organizaciones concretas que vamos a analizar. Hablaremos de quienes lideran las más importantes organizaciones ecologistas, las más significativas por su presencia mediática, por el número de sus socios o porque son habitualmente citadas como fuente para las noticias sobre medio ambiente, contaminación, peligros o pacifismo y que, por añadidura, son ampliamente conocidas: Greenpeace, WWF Adena, Amigos de la Tierra o Birdlife International, entre otras.

LOS ORÍGENES DEL ECOLOGISMO

La historia del movimiento ecologista arranca allá por el siglo XVII, es decir, cuando comenzaron a notarse las consecuencias de la revolución industrial que fueron agravándose a medida que avanzaba la industrialización en todo el mundo occidental. Y fue precisamente en Reino Unido, la cuna de la revolución industrial, donde a finales del siglo XIX comenzaron a aparecer organizaciones ligadas a la casa de Windsor supuestamente dedicadas a la protección del medio: la Sociedad Zoológica de Londres en 1830, la Sociedad para la preservación de los canales, los espacios abiertos y los senderos en 1865, la Real Sociedad para la protección de las aves en 1889, la Sociedad Británica para la conservación de la fauna y de la flora en 1903, la Sociedad francesa para la protección de la naturaleza en 1854 y el Sierra Club estadounidense en 1892.

La historia oficial afirma en todo caso que lo que conocemos como ecologismo moderno surge a partir de la devastación de las dos guerras mundiales y de las industrias surgidas para la reconstrucción con los nuevos problemas que ello trajo pero como vamos a ver la verdad fue muy diferente. La primera organización ecologista moderna -que podría considerarse “madre” de otras muchas tan conocidas como Greenpeace o Amigos de la Tierra– fue fundada en 1961: la World Wild Life Found (WWF). Solo que esta organización forma parte de una compleja red de empresas y organizaciones ambientalistas cuyos dueños constituyen -como bien explica en su blog el profesor José Alfredo Elía, autor del libro Superpoblación: la conjura contra la vida humana- el denominado Club de las Islas. Club que según el profesor Elía es “una entidad informal que reúne al poder político y financiero de una red muy extensa de familias reales y principescas de Europa -todas emparentadas- que van desde Grecia hasta Escandinavia. El ‘Oficial Mayor’ de esta entidad es la Reina de Inglaterra, Isabel II, como cabeza de la Casa de Windsor, pero quien realmente ‘corta el bacalao’ aquí es el Príncipe consorte, nuestro conocido Felipe de Edimburgo, fundador y presidente del WWF que actúa como portavoz titular de la política número uno del club: la reducción de la población mundial a menos de 1.000 millones de habitantes en muy pocas generaciones”.

Esas empresas incluyen a Anglo-American Corp y RTC Corp. -primera y segunda compañías mineras del mundo-, De Beers -que controla la producción mundial de diamantes-, Barclays -uno de los principales bancos de Sudáfrica-, Shell -principal productora petroquímica-, Imperial Chemical Industries -a la cabeza del imperio mundial de químicos- y Unilever -la compañía comercial más grande del continente africano-. Incluyendo la red a organizaciones ecologistas como las veteranas Sociedad Zoológica de Londres o la Sociedad de Conservación de la Fauna y la Flora junto a otras modernas: la propia WWF, Amigos de la Tierra, Survival International, Greenpeace, Sierra Club, la revista The Ecologist y muchas más así como organizaciones ligadas a la ONU: la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la UNESCO y el Programa Ambiental de las Naciones Unidas (véase el recuadro adjunto).

Otra organización clave es el denominado Club 1001 creado en 1971 por el príncipe Bernardo de Holanda con el propósito específico de controlar el movimiento ecologista internacional entre cuyos miembros se hallan los príncipes Henrik de Dinamarca, Sadruddin Aga Khan, Johannes von Thurn y el Rey Juan Carlos de Borbón -que fue por cierto presidente honorífico de WWF en España- así como numerosos representantes de la nobleza europea, empresarios y destacados miembros de poderosas familias de todo el mundo que han aportado millones de dólares para la financiación de las organizaciones ambientalistas que posteriormente utilizan para sus fines a espaldas de sus millones de voluntarios y socios.

AL SERVICIO DE LOS PARTIDOS

Muchas organizaciones ecologistas reciben también dinero de los dos grandes partidos estadounidenses -especialmente del demócrata- a través de fundaciones relacionadas con ellos a cambio de llevar a cabo actividades netamente partidistas o electorales. Un informe del Comité sobre Medio Ambiente del Senado de Estados Unidos elaborado en septiembre de 2004 y actualizado cuatro años después analizaba la actividad política de los grupos ecologistas y las fundaciones que los financian y según ese documento “el activismo medioambiental se ha convertido en una industria milmillonaria en Estados Unidos”. Y es que además del dinero que la gente aporta vía donaciones las campañas medioambientales reciben millones procedentes de fundaciones «caritativas» como las fundaciones PEW, Turner o Heinz; millones que acaban invertidos en actividades partidistas a pesar de que la mayoría de esos grupos activistas se presentan como “objetivos, no partidistas, sin ánimo de lucro y dedicados a la protección del medio ambiente”.

El informe menciona concretamente a las organizaciones ambientalistas League of Conservation Voters Natural Resources Defense Council, Sierra club, Greenpeace y Environmental Defense; organizaciones conectadas a su vez entre sí o con fundaciones «filantrópicas» de diverso tipo. Por ejemplo, el presidente de la Junta Directiva de Greenpeace en 2008, Donald Ross, está relacionado con numerosas organizaciones con actividad política, es miembro de la Junta Directiva de la Liga de Votantes Conservacionistas (LCV por sus siglas en inglés) y es fundador de M+R, empresa que diseña campañas estratégicas para grupos con actividad partidista. La LVC misma fue fundada por David Brower, fundador también del Sierra Club y de Amigos de la Tierra. En el momento de la actualización del informe en 2008 la LVC tenía entre los miembros de su Junta Directiva a John Adams -director ejecutivo y antiguo presidente del Natural Resources Defense Council-, a Marcia Aronof -Vicepresidenta de Programas en la Environmental Defense Fund- y a miembros de la familia Rockefeller y asociados: Amigos de la Tierra, Arca Foundation, Global Environment Project Institute, National Parks Conservation Association, The Wilderness Society, American Conservation Association, Defenders of Wildlife y Center for American Progress, todas ellas conectadas a su vez con senadores como John Kerry o presidentes como Bill Clinton y Barack Obama así como con organizaciones partidistas demócratas o republicanas que se movilizan y gastan grandes sumas de dinero, especialmente durante las campañas presidenciales.

Y estas prácticas no se remiten a los años reseñados sino que han continuado produciéndose; de hecho en enero de 2014 senadores republicanos denunciaron que una tupida red de organizaciones no lucrativas y fundaciones de izquierda así como donantes individuales y activistas podrían haber defraudado a Hacienda al utilizar dinero recaudado para campañas medioambientales en actividades con fines electoralistas. La cantidad total percibida por unas 15 organizaciones estaría en torno a 250 millones de dólares de los que Environment Defense Fund habría recibido 53, Nature Conservancy 58, Center for American Progress 8,3 y el Sierra Club 17,2; todo ello unido a la práctica habitual de «puertas giratorias»» con la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) gracias al apoyo del presidente Obama y al dinero de la Rockefeller Family Fund.

GREENPEACE: CORRUPCIÓN Y ESTAFA

El caso de Greenpeace es especialmente escandaloso: la organización ecologista probablemente más conocida por el gran público, más citada en la prensa internacional y con más socios y oficinas repartidas por el planeta es también la que acumula más irregularidades y acusaciones si bien algunas muy difíciles de contrastar: fraude, estafa, manipulación, desvío de fondos, actividades partidistas, delitos contra el fisco, engaño a sus socios… La lista es larga así que citaremos solo algunos ejemplos contundentes.

David McTaggart -que fue uno de los presidentes más emblemáticos de Greenpeace entre 1980 y 1991- había perpetrado varias estafas inmobiliarias cuando llegó a Greenpeace en el momento en que la organización estaba preparando una protesta antinuclear en Mururoa, en la Polinesia francesa. McTaggart aportó un barco para desplazarse al atolón y aprovechó para traficar con relojes suizos. Por su parte, el periodista Bob Hunter, uno de los fundadores de Greenpeace, se convirtió en 2001 en candidato del ultraderechista Partido Liberal de Ontario al que había atacado antes durísimamente en sus columnas. El mismísimo contable de la organización, Frans Kotte, denunciaría que McTaggart y otros directivos tenían cuentas secretas en Suiza.

Los ingresos de Greenpeace se dispararon en todo caso a partir de los noventa con la historia del cambio climático. Greenpeace España ingresó en 1984 por cuotas apenas 34.849 euros pero en 2005 eran ya cuatro millones; y no es sino reflejo de lo ocurrido a nivel mundial pues la organización recaudaba entonces solo con las cuotas ¡480 millones! Desde entonces las denuncias de que tan enormes cantidades de dinero no se destinaron precisamente a salvar ballenas o a luchar contra la contaminación ambiental se multiplicaron. Ya en 1993 dos asesores de Greenpeace Canadá denunciaron que solo se habían dedicado en su país a este tipo de campañas el 5% de los 7 millones de dólares recaudados.

Hoy Greenpeace tiene oficinas en más de cuarenta países y casi tres millones de socios lo que supone unos ingresos de varios cientos de millones de dólares al año solo por cuotas a lo que hay que añadir los royalties por el uso de su nombre; y es que cada filial de la organización debe pagar a Greenpeace International entre el 24% y el 26% -según la fuente consultada- de los ingresos que obtiene por el uso de la marca Greenpeace. Cantidades a las que hay que sumar las que recibe indirectamente de corporaciones multinacionales.

Una de las más terribles acusaciones lanzadas contra Greenpeace -y en este caso refrendada por un tribunal- fue la que realizaron los periodistas Leif Blaedel y Magnus Gudmunsson: demostraron que las imágenes que Greenpeace había difundido para denunciar las cruentas cacerías de focas eran falsas: la propia organización había contratado a las personas que llevaron a cabo la matanza para filmarla provocando con ello la prohibición del comercio de pieles y la ruina de numerosas poblaciones de esquimales. Greenpeace denunció a Gudmunsson -cuyo documental Survival in the high north le valdría el Premio al Periodista del año 1994- pero el tribunal noruego dio a éste la razón en mayo de 1992 lo que llevó a la renuncia del presidente de Greenpeace Noruega y Director de Greenpeace International, Björn Öekern.

Y las irregularidades no acaban aquí. Una investigación reciente basada en datos aportados por Activist Cash -un proyecto de la cuestionada organización Center For Consumer Freedom– a partir de los formularios (IRS FORM 990-PF) que toda fundación privada sin ánimo de lucro debe presentar a Hacienda en Estados Unidos declarando el destino de sus donaciones -obligación que no tienen en Europa por lo que aquí sus cuentas no pueden ser examinadas del mismo modo- demuestran que grandes transnacionales del petróleo y de medios de comunicación de masas han donado sustanciosas cantidades a Greenpeace a través de fundaciones que les sirven para evadir impuestos.

Fundaciones entre las que se encuentran la Rockefeller Brothers Fund, dueña de las 34 empresas petrolíferas surgidas de la división de la Standard Oil; entre ellas la multinacional petrolera más poderosa del mundo: Exxon Mobil Corporation. Es más, esa fundación entregó a Greenpeace entre 2001 y 2008 nada menos que 1.150.000 dólares. Por su parte, la Turner Foundation Inc creada por Robert Edward Turner III -dueño de AOL Time Warner que gestiona la CNN, TNT, Warner Bros, New Line Cinema y muchas otras empresas- aportó 250.000 dólares entre 1999 y 2001. Y otra fundación donante ligada al petróleo es la Marisla Foundation de la familia Getty, dueña de la petrolera Getty Oil -actual Lukoil- que entregó a la organización ecologista 460.000 dólares entre 2001 y 2008. Por último, la investigación menciona los 49.000 dólares entregados en 2002 a la filial rusa de Greenpeace por la General Motors a través de su fundación Charles Stewart Mott, nombre de quien fuera superintendente de la Weston-Mott y uno de los creadores de la General Motors.

«EL DÍA DE LA TIERRA»

Veamos ahora cómo estos poderosos grupos han controlado los principales organismos, eventos e iniciativas internacionales en relación con el medio ambiente desde los años setenta y, especialmente, a partir de los ochenta cuando el discurso ambientalista se convirtió en parte fundamental del ejercicio del poder al hacerlo suyo los principales jefes de estado y gobierno. En palabras del periodista francés Thierry Meyssan -autor de. El pretexto climático (Red Voltaire, 2010)- “a lo largo de 40 años las cuestiones vinculadas al medio ambiente han sido manipuladas con los más diversos fines políticos por Richard Nixon, Henry Kissinger, Margaret Thatcher, Jacques Chirac y Barack Obama”.

En 1969 John McConnell, militante pacifista estadounidense, propuso a la UNESCO que se celebrara un Día de la Tierra para concienciar de la necesidad de unión de todos los seres humanos para afrontar problemas globales, idea que obtuvo el apoyo del entonces Secretario General de la ONU U-Thant pero no de otros mandatarios así que la ceremonia en la que se hizo sonar en la sede de la ONU la campana japonesa de la paz pasó sin pena ni gloria.

Al año siguiente el senador estadounidense por Wisconsin del Partido Demócrata Gaylord Nelson se apropiaría de la idea de McConnell y proclamaría el 22 de abril de 1970 como Día de la Tierra encontrando un eco en los grandes medios de comunicación que aprovecharía el presidente republicano Richard Nixon para desviar las energías del movimiento antibelicista; de hecho el senador Nelson llamó a “declarar la guerra por el medio ambiente”. Tras lo cual la Administración republicana aprobó varias leyes sobre calidad del agua y del aire y creó la Agencia Federal de Protección del Medio Ambiente (US EPA por sus siglas en inglés).

LAS CUMBRES DE LA TIERRA

Pero sigamos: en 1972 se celebraría en Estocolmo (Suecia) la Primera Cumbre de la Tierra organizada por la ONU en la que participaron 113 estados y marcaría un hito en la conciencia ecológica de las naciones y, en particular, en el desarrollo del movimiento ambientalista. Pues bien, a fin de valorar adecuadamente su significado debe saberse que el Secretario General de la misma fue el canadiense Maurice Strong, personaje que había dirigido la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional -conectada, al igual que la estadounidense, con la CIA- y además ¡administrador de la Fundación Rockefeller! Siendo quien elaboró el documento central de la conferencia titulado Only One Earth. The care and maintenance of a small planet (Una sola Tierra. Cuidado y preservación de un pequeño planeta) que, en definitiva, viene a decir que los recursos del planeta son limitados y es pues imposible que el nivel de desarrollo del mundo occidental pueda extenderse al resto del mundo. Falaz interpretación que no compartirían los dos únicos jefes de estado presentes en la cumbre, Olof Palme e Indira Ghandi, para quienes el fallo está en el modelo de desarrollo occidental. Dicho de otro modo, que quienes ponen el planeta en peligro no son los pobres sino los ricos. Así que para reconducir la situación y evitar que la cumbre se les escapara de las manos los organizadores de la conferencia propusieron la creación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA)… asegurándose de que el máximo responsable del mismo fuera Maurice Strong.

Ese mismo año -1972- se publicaría otro documento clave, un estudio titulado The limits of Growth (Los límites del crecimiento) elaborado por miembros del Instituto de Tecnología de Masachussetts a instancias del Club de Roma -otro organismo financiado por la Fundación Rockefeller- que venía a poner al día las ideas de Thomas Malthus sobre el problema de la superpoblación del planeta, antecedente del famoso informe sobre seguridad nacional encargado luego por Henry Kissinger y conocido como Memorandum 200 o Informe Kissinger en el que se planteaba directamente la urgente necesidad de reducir la población aconsejando establecer programas de esterilización para el tercer mundo. Condicionando las ayudas al desarrollo para imponerlos.

LA GUERRA CLIMÁTICA

A partir de 1975 el mundo asistiría a otro cínico espectáculo conectado con las preocupaciones medioambientales. Nada más acabar la Guerra de Vietnam comenzaron a conocerse algunas de las muchas tropelías perpetradas en ella por Estados Unidos. Entre ellas el aberrante uso del conocido como “agente naranja” y otros venenos fabricados por las multinacionales Dow Chemical y Monsanto que se rociaron masivamente destruyendo selvas y arrozales y sembrando el pánico entre la población. Y yoduro de plata para provocar lluvias torrenciales y dificultar el aprovisionamiento. Acabada la guerra el mundo, consternado, consideró importante renunciar al empleo de armas ambientales y climáticas pero el acuerdo fue redactado por Washington y Moscú sin consultar al resto de los gobiernos siendo posteriormente asumido por la Asamblea General de la ONU. Texto por el que Rusia y Estados Unidos se aseguraron de que a ellos no les afectara la prohibición que se imponía a los demás. La estrategia en los años siguientes sería desvincular los temas bélicos de la ecología desviando la atención hacia otras cuestiones como el calentamiento global.

La Segunda Cumbre de la Tierra celebrada en Nairobi en 1982 sería un fracaso total desplazándose la iniciativa medioambiental a compañías transnacionales financiadas por el World Resources Institute (WRI), organismo fundado por James Gus Speth, antiguo consejero de medio ambiente de Jimmy Carter y de Jessica Mathews, administradora de la Rockefeller Foundation. ¿La idea? Impedir que los problemas medioambientales los gestionase la ONU y que de los mismos se ocuparan instituciones controladas por ellos.

Cuatro años después -en 1986- el transbordador espacial Challenger se desintegraba en pleno vuelo situando a la NASA en una difícil posición que puso en peligro su presupuesto así que para salvarlo el director del Instituto de Climatología propondría colaborar con el movimiento ecologista y hacer a la NASA observadora de los cambios climáticos. Para lo cual se reactivaría la teoría del calentamiento global y el efecto invernadero postulada 90 años antes -en 1896– por el físico sueco Svante Arrhenius que hizo que la entonces Primera Ministra británica Margaret Tatcher y el Primer Ministro de Canadá Brian Mulroney convencieran a las demás grandes potencias de la necesidad de financiar un Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) tras unas sonadas y dramáticas intervenciones ante la Royal Society y la Asamblea General de la ONU. Tatcher anunciaría que su gobierno modernizaría la industria y apoyaría iniciativas para el estudio del clima con la ambición de liderar una nueva revolución industrial, algo que sin embargo se frustraría por la oposición de sus colegas del Partido Conservador que finalmente la obligaron a dimitir.

CAPITALISMO VERDE

La Tercera Cumbre de la Tierra se celebraría en 1992 en Río de Janeiro y estuvo de nuevo controlada por la Fundación Rockefeller y sus socios asumiendo nuevamente la Secretaría General de la conferencia Maurice Strong -que por entonces se había convertido en presidente de la Federación Mundial de Asociaciones de las Naciones Unidas- cuya mano derecha era Jim MacNeill, miembro de la Comisión Trilateral fundada por David Rockefeller y Zbigniew Brzezinski -politólogo estadounidense nacido en Polonia que fue Consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter- redactando éstos el informe preparatorio de la misma con el título Beyond Interdependence (Más allá de la interdependencia); de hecho el propio Strong firma el prólogo. Siendo esa vez la línea ideológica que ecologistas y empresarios deben unirse porque la ecología puede ser un negocio lucrativo.

La estrategia se desarrollaría invitando a participar en un mismo foro a las asociaciones ecologistas más representativas junto a las principales transnacionales y nombrando consejero para la preparación de la cumbre a Stephan Schmidheiny, personaje que se había hecho rico mediante una empresa de materiales de construcción que con el tiempo le llevaría ante un tribunal de Turín (Italia) acusado de provocar la muerte de 2.900 personas y dañar gravemente a otras 3.000 con el amianto de sus fábricas.

El caso es que Strong y Schmidheiny contratarían a Burson-Marsteller, empresa especializada según el periodista Thierry Meyssan en “identificar los sectores de población que pueden ser utilizados a favor de una causa, organizarlos en asociaciones y utilizarlas para que defiendan sin saberlo los intereses de sus clientes”. Por ejemplo, creando asociaciones de enfermos que reivindiquen el acceso a los medicamentos fabricados por quienes les financian. El discurso lanzado al mundo consistía en culpar de los males del planeta a la ignorancia y el bien de la humanidad al progreso que se logra con la ciencia, la tecnología y la industria. Una estrategia sencilla que les permitiera continuar saqueando los recursos del planeta desplazando las consecuencias medioambientales a los países pobres mientras paralelamente se desviaba la atención de las iniciativas bélicas de Estados Unidos e Israel.

Se llegaría así a la pantomima del llamado Protocolo de Kyoto -fruto de las reuniones mantenidas por diversas organizaciones a iniciativa del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático– que no fue sino un compromiso para reducir las emisiones de gases con efecto invernadero -en particular la de dióxido de carbono- que terminaría convirtiéndose en un impresentable negocio por el que los países industrializados compraron a los no industrializados el derecho a contaminar. Y, por cierto, los estatutos que regularon ese derecho fueron redactados por un entonces desconocido abogado llamado Barack Obama. Sin comentarios.

La Cuarta Cumbre de La Tierra se celebraría en 2002 en Johannesburgo (Sudáfrica) y estuvo marcada por las condiciones que George Bush (hijo) impuso a todos sus compromisos: ser apoyado en la “guerra contra el terrorismo” que acababa de declarar tras la destrucción de la torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Solo que la visión francesa era muy diferente pues al presidente Jacques Chirac no le parecía prioritaria la búsqueda de Bin Laden y de ahí que dijera: “La humanidad está sufriendo; está enferma de maldesarrollo, tanto en el norte como en el sur, mientras nosotros nos mantenemos indiferentes”. Sus aparentes buenas intenciones no se recogerían sin embargo en ningún documento ni se materializarían en iniciativa alguna. Es más, los objetivos fundamentales de la cumbre siguieron siendo los mismos: mantener el avance industrializador, continuar controlando la ONU para que el derecho internacional no sea un obstáculo y controlar los movimientos sociales; en particular, al movimiento ecologista.

LOS DERECHOS DE LA MADRE TIERRA

Tal era el contexto en el que decidió crearse un nuevo «referente del ecologismo»… principalmente para evitar que surgiera otro no controlable. Y el elegido fue el ex Vicepresidente estadounidense Al Gore, flamante consejero de la Corona británica que sería incluso premiado con el Premio Nobel de la Paz de 2007 tras el estreno de «su» documental Una verdad incómoda al que seguirían varias películas de ficción catastrofistas. Puede de hecho afirmarse que tanto la Conferencia sobre el cambio climático de la ONU celebrada en diciembre de 2009 como la V Cumbre de la Tierra constituyeron el refinamiento de una completa farsa internacional en la que cientos de dirigentes se reunieron unos días para llenar de actos la agenda, hacer declaraciones mitad catastróficas mitad grandilocuentes, hacer propósitos de enmienda y promesas sabedores de que nunca se cumplirán y, si acaso, firmar algún documento con el que llenar de titulares la prensa de todo el mundo. Todo ello mientras los grupos ecologistas ejercían su papel de presuntos “agitadores”… perfectamente controlados. Cumbre que, como en las anteriores, no se tomó ni una sola medida seria para afrontar los verdaderos problemas medioambientales que asolan a la humanidad. Una farsa que solo se atrevió a denunciar el entonces presidente venezolano Hugo Chávez aseverando que “el modelo de desarrollo destructivo está acabando con la vida y amenaza con acabar definitivamente con la especie humana” y tres años después el presidente boliviano Evo Morales en uno de sus discursos: “La economía verde es el nuevo colonialismo de sometimiento a nuestros pueblos (…) Es un colonialismo de la naturaleza y de los países del sur (…) Cada producto natural es traducido a dinero”. Añadiendo: “Pretenden quitarnos la soberanía sobre nuestros propios recursos naturales limitando y controlando su uso y aprovechamiento. Nos quieren crear mecanismos de intromisión para elevar, monitorear, juzgar y controlar nuestras políticas nacionales. Pretenden juzgar y castigar el uso de nuestros recursos naturales con argumentos ambientalistas”. Claro que dos años antes Morales había organizado en Cochabamba una Conferencia mundial de los pueblos sobre el cambio climático y los derechos de la Madre Tierra con la intención de devolver a los pueblos autóctonos el control sobre sus tierras y exigir que las corporaciones transnacionales respondan de sus crímenes ante un tribunal internacional.

En definitiva, el movimiento ecologista está hoy mayoritariamente al servicio de los grupos de poder que controlan el mundo y los verdaderos y graves problemas del planeta y de la humanidad no solo no se han solucionado en las últimas décadas sino que se les ha ocultado a la población. El antes citado profesional de la comunicación Thierry Meyssan es claro al respecto: Tras cuarenta años de discusiones en la ONU las cosas no han mejorado; todo lo contrario. Lo que se ha producido es un increíble acto de prestidigitación que resalta la responsabilidad individual mientras pasa por alto las responsabilidades de los estados y oculta la de las transnacionales. En las cumbres internacionales nadie trata de evaluar el costo energético de las guerras desatadas contra Afganistán e Irak, nadie se preocupa por medir la superficie habitada contaminada por las municiones de uranio enriquecido desde los Balcanes hasta Somalia pasando por el Medio Oriente. Nadie habla de las áreas agrícolas destruidas por fumigaciones en el marco de la guerra contra la droga en América Latina o Asia central; ni de las áreas esterilizadas por el uso del agente naranja, desde la jungla vietnamita hasta los palmares iraquíes. Hasta la celebración de la conferencia de Cochabamba la conciencia colectiva olvidó las evidencias existentes de que los principales ataques contra el medio ambiente no son consecuencia de comportamientos individuales ni de la industria civil sino de guerras desatadas para que las transnacionales puedan explotar los recursos naturales y de la explotación sin escrúpulos de esos mismos recursos por parte de las transnacionales que alimentan los ejércitos imperiales”.

Jesús García Blanca

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179
Febrero 2015
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