La importancia de masticar

El hombre es un ser que se manifiesta en diferentes niveles, desde el físico -el más denso- al espiritual -el más sutil-. Y la función de una terapia integral es ayudar a encontrar la armonía en aquellos niveles donde se encuentran más acusados los desequilibrios. Sin embargo, al buscar soluciones a nuestros problemas pasamos con frecuencia por alto situaciones muy simples que están estrechamente imbricadas en la formación y perpetuación de esos problemas.
Como el lector sabe, existen dos funciones básicas y fundamentales pertenecientes al nivel físico que son la respiración y la masticación. Y, sin embargo, rara vez los médicos y terapeutas se preguntan si el enfermo las hace correctamente a pesar de su importancia capital para el correcto equilibrio del ser humano. Y es que a veces, buscando lo último, lo sofisticado o lo impactante nos olvidamos de que las soluciones más eficaces suelen residir en lo sencillo.

La sabiduría antigua nos enseña que el hombre es un canal entre el cielo y la tierra. Pues bien, con la respiración nos nutrimos del cielo y con la masticación y digestión de los alimentos de la tierra. Pero, quizás debido al tipo de civilización artificial en que vivimos, existe una pérdida del ritmo y procedimiento de los procesos de masticación y respiración.

La respiración se desajusta con el estrés, el miedo, la ansiedad… y se regula con la meditación y la relajación. Las escuelas de desarrollo personal se han ocupado bien de la respiración por ser ésta un elemento fundamental en los estados amplificados de conciencia: el yoga, el tai-chi, el chi-kun, el rebirthing y la respiración holotrópica entre otras, disponen de técnicas para armonizar e incrementar el flujo respiratorio. Sin embargo, se presta menos atención al acto de masticar por lo que vamos a analizarlo desde diferentes niveles del ser humano:

A nivel físico. Una masticación adecuada permite triturar los alimentos y convertirlos en un bolo alimenticio perfectamente digerible. Sin embargo, cada porción de alimento que se cuela garganta abajo sin triturar supone un enorme esfuerzo para los órganos implicados en la digestión. Como las enzimas digestivas no pueden penetrar en las porciones de alimento,  necesitan ir erosionando las superficies de los mismos hasta llegar al centro. Con lo que el proceso de digestión se hace más trabajoso y lento produciéndose además las fermentaciones y los gases. No es exagerado afirmar, pues, que muchos de los problemas digestivos comienzan en la masticación.

* A nivel químico. Recuerde que cuando la mezcla de un alimento con las enzimas salivares comienza en la boca porque lo masticamos bien logramos ya una predigestión, favoreciendo así toda la serie de intercambios químicos que van a producirse en ellos.

* A nivel energético. La Medicina Tradicional China nos enseña que saliva es un fluido que contiene una gran carga de energía vital o “chi”. Pues bien, al masticar y ensalivar adecuadamente un alimento éste se mezcla con un fluido corporal. Y de esa manera al organismo le es más fácil empezar a reconocer al alimento como propio. Además, se carga de energía.

* A nivel informativo. El sabor, el color, el olor y la textura de los alimentos contiene valiosa información para el organismo que activa unos u otros órganos de secreción interna dependiendo de los estímulos gustativos recibidos. No olvidemos que las papilas gustativas son sensores de información como lo son los conos y los bastones oculares. Cuando el alimento permanece en la boca el tiempo necesario y es suficientemente disuelto las papilas se saturan de la información y el alimento nutre más pues la asimilación es más completa. Y la sensación de plenitud se alcanza antes por lo que se necesita comer menos.

* A nivel emocional. Los sabores de los alimentos estimulan ciertos órganos y sus emociones correspondientes. Y si el alimento no es masticado durante suficiente tiempo la información del sabor llega de una forma mucho más pobre al cerebro y éste no activa suficientemente el órgano correspondiente. Esto es algo que saben desde hace milenios los maestros acupuntores chinos. Analicemos, pues, los distintos sabores y sus correspondencias orgánicas:

-El sabor ácido activa el hígado y la vesícula mientras seda el bazo y el páncreas. Favorece además la digestión de alimentos grasos o pesados. También se puede utilizar para fomentar la creatividad e iniciativa. Pero no debemos abusar de él cuando tenemos tendencia al enfado. Ayuda a salir de la preocupación al fomentar la actividad.

-El sabor amargo estimula el corazón, la circulación y el intestino delgado sedando los pulmones. Favorece la manifestación personal y la seguridad en uno mismo. No debemos abusar de él (tabaco, café) cuando el corazón está sobrecargado o hay euforia. Ayuda a salir de la tristeza fomentando la alegría.

-El sabor dulce estimula el bazo y el páncreas, y favorece la actividad mental. Relaja al hígado. Es importante que reduzcamos su consumo cuando tenemos tendencia a la preocupación y a la obsesión. Ayuda a salir del miedo favoreciendo la reflexión.

-El sabor picante estimula los pulmones y el intestino grueso que, cuando se alteran, producen tristeza. Fortalece la voluntad y ayuda a salir de estados agresivos.

-El sabor salado activa los riñones y la vejiga, y puede llegar a sobrecargarlos. Utilizado adecuadamente calma la euforia fomentando la prudencia.

Por regla general, el sabor del que abusamos es el que menos nos conviene. Y el equilibro está en un uso moderado de todos.

* A nivel mental. El aparato digestivo tiene cierto paralelismo con la función de recepción de las ideas y las experiencias de la vida y cómo éstas se “digieren”. La boca y el estómago cumplen la función de transformación, el intestino delgado de absorción y el grueso de eliminación. Por tanto, la capacidad de masticar de una persona nos da una idea de cómo transforma las experiencias de su vida para poder asimilarlas. Quizás no sea necesario decir que uno de los errores de este tiempo es vivir experiencia tras experiencia sin darse tiempo a asimilarlas. Esta manera de vivir deprisa, sin sabiduría, tiene su reflejo en una forma de masticar rápida y escasa. “¿Para qué perder tiempo en ello si hay tantas cosas que hacer?” Masticar bien, en este caso, fomenta la cualidad de la paciencia, tan necesaria para una buena calidad de vida.

TAMBIÉN CON LA BEBIDA 

Gandhi afirmaba que había que beber como si comiéramos y comer como si bebiéramos indicando con ello que al beber es necesario mover la mandíbula como si masticáramos para que la bebida se mezcle con la saliva y que había que masticar los sólidos hasta que adquieran consistencia de líquido. No creo posible que lleguemos a ese punto pero podemos acercarnos un poco más a él. Lo que no cabe duda es de que Gandhi fue un hombre que supo transformar y asimilar las experiencias de su vida. Y en ello observaremos otro simbolismo interesante. Apretar las mandíbulas tiene que ver con la primitiva función animal de asir la presa, un acto relacionado con la agresividad. Quizás el bruxismo, tan frecuente en la actualidad, sea una vía de escape de una agresividad no canalizada. Por tanto, la masticación puede ayudar a canalizar nuestra agresividad convirtiéndola en un agente transformador y asimilador de nuestras experiencias vitales.

A veces, el hábito de no masticar surge de la infancia cuando nos sentíamos obligados a comer alimentos que no nos gustaban y los pasábamos directamente garganta abajo para evitar paladearlos. Por eso ahora masticar más ayuda a la persona a darse cuenta si le agrada lo que está comiendo o no.

Pero, ¿cuál es la solución para cambiar un hábito tan cotidiano como el de masticar deprisa y mal? Personalmente no soy partidario de la táctica de treinta masticaciones por bocado porque puede convertir alimentarse en un hábito aburrido y estresante por lo que, como contrapartida, propongo algunos consejos prácticos.

Ante todo, cuide su higiene bucal. La revisión dental al menos una vez al año es fundamental. El hecho de tener problemas en alguna pieza no sólo provoca dolor o molestias sino que puede ocasionar que la masticación se desvíe hacia la otra mandíbula perdiendo parte de su eficacia. Por otra parte, la existencia de huecos en las piezas molares hace también que se mastique con el lado opuesto a donde existen. Un buen puente (de material no metálico) puede ayudar a mantener al cien por cien la eficacia de nuestra masticación.

Y procure que el tamaño de cada porción de comida que introduzca en la boca sea menor que el de una falange del dedo índice. En el caso de alimentos espesos de cuchara, ésta debería quedará rasa. Y lo mismo se aplica a los postres con cucharita.

Cabe añadir que muchas personas tendrían que replantearse si no deberían “aprender” de nuevo a masticar. Algo que se logra poniendo nuestra atención en ello cuando estamos comiendo, al menos hasta que el nuevo hábito se haya asentado. Esa es la clave más importante: estar atentos para percibir lo que estamos masticando y las sensaciones que nos produce, y no tragar hasta percibir que el bocado ha sido suficientemente masticado. A fin de cuentas, la atención es una de las herramientas más poderosas del ser humano. Para reentrenarnos en el nuevo hábito es útil realizar durante un tiempo una comida a la semana con los ojos vendados. De esa manera favorecemos que la atención se pose en la boca y las sensaciones y los sabores se incrementan notablemente.

Pero si se decide a hacerlo tenga cuidado no le vaya a suceder lo que a una señora muy preocupada por la imagen que daba a los demás. La dama, después de tomar un curso donde le explicaron esta técnica, decidió comer con los ojos vendados. Y para no dar explicaciones a su familia les dijo que se sentía mal y prefería comer en la cama por lo que se llevó una bandeja con la comida al dormitorio. Cerró la puerta, se colocó concienzudamente el antifaz sobre los ojos y se dedicó a experimentar entonces los sabores y texturas de los alimentos… hasta que escuchó un tenue y sospechoso ruido. Cuando se levantó el antifaz de un solo lado para ver de dónde procedía el ruido se encontró la puerta del cuarto entreabierta y a su marido y a su hija asomados a ella, mirándola preocupadísimos por los claros síntomas de desequilibrio mental que manifestaba.

Fernando Sánchez Quintana

Este reportaje aparece en
37
Marzo 2002
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