¿Podremos a los 120 años… Aparentar 40?

 

Los seres humanos hemos asumido siempre que la muerte es algo inevitable. Sin embargo, en los últimos tiempos esa afirmación empieza por primera vez a discutirse en serio. Cada vez son más los científicos que entienden que la Ciencia podrá un día desentrañar los misterios de la vida y lograr la ansiada inmortalidad. En todo caso, lo que sí parece evidente es que nuestros nietos –y quién sin sabe nuestros hijos- podrán probablemente vivir alrededor de 120 años… ¡conservando además el aspecto de una persona joven! Así lo creen al menos diversos expertos.

La posibilidad de alargar la vida de los seres humanos empezó a plantearse seriamente con los primeros intentos de “inmortalizar” algunas células derivadas de células madre embrionarias humanas aisladas. Una investigación que abriría todo un mundo de posibilidades que van mucho más allá de la mera utilización terapéutica de tejido placentario para impulsar el desarrollo de células, algo que se viene haciendo desde hace unos años. En la revista hemos contado, por ejemplo, cómo el implante de membrana amniótica de placenta en la córnea permite la reparación de úlceras de difícil cicatrización así como reparar daños en la conjuntiva ocular a causa de un accidente, caustificación, traumatismo o mala cicatrización. Ya hay centros oftalmológicos españoles que lo hacen.

Una práctica ésta, por cierto, que se inspiró en la aplicación en la década de los 60 por la doctora rumana Ana Aslan-directora del Instituto de Geriatría de Bucarest y del sanatorio de Otopeni-­ de un tratamiento de rejuvenecimiento que se basaba precisamente en la aplicación sobre la piel de células de tejido placentario bovino y de embriones.

DESCUBRIMIENTO VITAL

Serían, en cualquier caso, los científicos de la Geron Corporation -con sede en Menlo Park (California)- quienes darían un giro radical a los estudios sobre el envejecimiento al descubrir que la incorporación de una estructura genética en una célula permitía que ésta creciera y se dividiera indefinidamente consiguiendo su inmortalidad. Se trata de introducir en las células el componente genético que activa la telomerasa, una enzima que acompaña al ADN en su proceso de replicación.

Hasta entonces existía el convencimiento de que tanto las células del cuerpo humano como las células aisladas y cultivadas en el laboratorio tenían un tiempo de vida limitado. Es decir, que la muerte era el final común tanto de las células organizadas en un organismo como de las células unitarias aisladas. Límite vital denominado Límite de Hayflick en honor de Leonard Hayflick, descubridor en 1961 de una sección del ADN conocida como telómero, una estructura situada al final de los cromosomas que se acorta cada vez que la célula se divide para reproducirse.

Hayflick comprobó que cuando los telómeros alcanzan cierta longitud mínima la célula entra en una crisis terminal. Algo que ocurre cuando se ha dividido una media de 70 veces. De lo que se deduciría que el tiempo de vida de toda célula está programado genéticamente.

Posteriormente se sabría, sin embargo, que existe una enzima llamada telomerasa que es capaz de restaurar la longitud inicial de los telómeros. El problema es que en la mayoría de ellas ese gen está inactivo. De hecho, además de en los espermatozoides sólo está activa en dos tipos de células: las células madre embrionarias y las células cancerosas. Las células madre embrionarias lo tienen porque son células todavía inespecíficas mientras que las demás células que componen los distintos tejidos del organismo humano son células que se han especializado para cumplir las funciones que se les han encomendado. Y los científicos suponen que la telomerasa se inactiva en el momento en que las células se especializan. Es precisamente el precio que pagan por esa especialización.

Fue entonces cuando se pensó que si se pudiera trasplantar esa enzima telomerasa activa de las células madre embrionarias a las demás células del cuerpo, éstas podrían alcanzar la inmortalidad. Un proceso nada fácil. Pero el camino estaba abierto. De hecho, ya se ha conseguido prolongar la vida de la célula inyectando una proteína capaz de activar la telomerasa.

Hay que recordar que precisamente una de las causas de que la oveja Dolly envejeciera prematuramente fue el deterioro de sus telómeros. Algo que, sin embargo, parece que se superó posteriormente ya que se logró que las células de seis terneras clonadas no sólo no se deterioraran aceleradamente sino que se mantuvieron mucho más vigorosas de lo normal. Hasta el punto de observarse una frecuencia de duplicación cinco veces superior a la de otros animales de su misma edad. Y ello se logró mediante la introducción de células extraídas de un feto bovino de 45 días en ovocitos de vaca a los que se les había vaciado de material genético y con los que se engendraron seis embriones clónicos. A continuación, estos se implantaron en vacas que hicieron de madres adoptivas hasta el momento del parto. Bien, pues la longitud de los telómeros de las terneras clonadas es bastante mayor que la de otros animales de su edad lo cual hace pensar en una detención de su reloj biológico. El porqué aún no está claro y todo apunta a que la diferencia entre Dolly y las seis terneras estriba en el tipo de células utilizadas en cada caso (en el primero, procedentes de las glándulas mamarias y, en el segundo, de tejido conectivo). En cualquier caso, esta investigación demostraría que se pueden obtener células jóvenes a partir de otras ya maduras.

Ya en septiembre de 1995 los científicos de la Geron Corporation anunciaron en Science que habían clonado el componente ARN de la telomerasa humana. Y en agosto del pasado año que habían conseguido la clonación de la proteína catalítica de la telomerasa. Finalmente, en diciembre pasado comunicaron que habían conseguido reproducir en células normales la actividad de la telomerasa. La escalada hacia la inmortalidad, pues, se ha iniciado. Lleguemos o no a la cumbre.

OTRAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN 

En todo caso, hay abiertas en este momento otras vías de investigación para intentar alargar la vida del ser humano. La más importante de ellas la clonación de fetos humanos a fin de extraer de ellos células ya diferenciadas con las funciones específicas propias de cada órgano y utilizarlas luego en implantes. Algo factible donde el principal escollo es si es éticamente admisible hacerlo. Pero es obvio que se trata de un método que puede permitir recuperar con éxito órganos dañados o, incluso, crearlos enteros en laboratorio para luego trasplantarlos, entre otras posibilidades.
En la misma línea de búsqueda científica anterior -sobre células madre-, los expertos de la Universidad Southwestern de Texas han dado otro paso adelante ya que han introducido el componente genético que activa la telomerasa en células de la piel y de la retina logrando acortar el envejecimiento natural de las células de esos tejidos.
Y otro tanto cabe decir de los trabajos dirigidos por el doctor Ronald DePinho –del Instituto de Cáncer Dana-Farber y la Facultad Médica de Harvard en Boston- cuyo equipo ha logrado prolongar la vida de las células del hígado renovando los telómeros.
Claro que hay quien opina que esta línea de investigación es muy peligrosa. Así, un estudio británico recientemente publicado en Nature advertía que la telomerasa activa el oncogen c-myc, causante de cáncer. Al menos, afirmaron haber comprobado que las células “inmortalizadas” con telomerasa tenían de dos a tres más probabilidades de desarrollarlo. Algo que la Universidad de Texas negaría tajantemente en un artículo publicado inmediatamente después en la revista Nature Genetics.
En suma, la telomerasa es un importante elemento de la investigación sobre el envejecimiento. Y el objetivo es claro: de momento, conseguir mantener la eterna juventud de ciertos tejidos en el laboratorio y lograr su aplicación en humanos; después el camino es muy amplio y no deja de mirar hacia la inmortalidad. 

NUEVAS POSIBILIDADES 

Debemos añadir que ya hoy, a la posibilidad de implantar tejido amniótico en la córnea del ojo que comentamos antes, podrán añadirse pronto otras posibilidades. Y es que al parecer la utilización de células madre tiene numerosas aplicaciones potenciales en Oftalmología, especialidad donde la investigación más ha avanzado. Se ha descubierto, por ejemplo, que si se cultivan células madre de tejidos oculares en agua éstas proliferan y son capaces de producir todos los tipos de células de las diferentes partes del ojo. Y otra investigación en este campo ha descubierto que si en un cerebro de rata se implantan células madre oculares se empieza a desarrollar un ojo.

¿Serán estas investigaciones el principio del fin de la ceguera? Habrá que esperar pero los primeros resultados son alentadores.
También se confía en que las células madre puedan ser cultivadas y reimplantadas en el cerebro con el fin de reparar células dañadas o, simplemente, reemplazarlas. Se han puesto grandes esperanzas en este tipo de manipulaciones para solventar enfermedades como el Parkinson y el Alzheimer o para reparar daños cerebrales ocasionados por una embolia o un derrame cerebral.

El problema básico que se plantean los expertos es que las células madre nuevas que se implanten nunca tendrán la información que poseen las células cerebrales propias del enfermo. Un problema que otros no ven porque entienden que la información no está sólo en las células y, por tanto, éstas llegarán finalmente a obtener la misma información que las “viejas”. Así sería si es verdad, como afirma Karl Pribram, que el cerebro funciona como un decodificador holográfico. 

¿Y QUÉ ES ENVEJECER? 

Hace poco tiempo, Tom Kirkwood -profesor de Biología Gerontológica de la Universidad de Manchester y autor del libro El fin del envejecimiento. Ciencia y longevidad– explicaba durante una ponencia que dio en Barcelona que la mejor manera de explicar qué es el envejecimiento era hacerlo mediante una serie de metáforas: que la maquinaria se cansa, que hay un programa genético o que se trata de un problema aerodinámico. Sin embargo, el estudio del aspecto biológico echa al traste muchos de los conceptos tradicionales; por ejemplo, el de que el envejecimiento es consecuencia de que la materia biológica se estropea a causa de la acumulación de problemas en la vida.

“Eso no es cierto -aseguraba-o, al menos, no es suficiente para explicar el envejecimiento desde el punto de vista biológico. Hay anémonas de mar que pueden vivir muchos años con la misma apariencia. No envejecen. En un acuario de Escocia, una población de anémonas vivió ochenta años con el mismo aspecto. Desgraciadamente, un día desapareció toda la población; no se sabe si por casualidad o debido a un fallo en el termostato. Por tanto, el envejecimiento no es una razón ligada necesariamente a la muerte. Eso es un error. De la misma forma que la ausencia de envejecimiento no quiere decir, necesariamente, ausencia de muerte”.

A juicio de Kirkwood, genética, nutrición, estilo de vida y suerte son los factores que más influyen en la determinación del envejecimiento o la longevidad. Aunque cuando le pregunté sobre los porcentajes que concedería a cada uno de ellos me respondió que, en su opinión, la genética es el factor más determinante.

En cualquier caso, el gran interrogante que se plantea y cuya respuesta esperábamos de Kirkwood es qué genera o es responsable del envejecimiento y, sobre todo, si hay alguna posibilidad de detenerlo. A lo que respondería que existe en la Naturaleza una especie de “estrategia biológica” respecto de la vida y la muerte entre los animales silvestres. Principio de preservación de la especie que establece una relación directa entre el sistema procreativo y la duración de la vida. Así, los animales que se reproducen con mayor rapidez y cuya especie prolifera con mayor celeridad viven menos tiempo; y, por el contrario, aquellos otros que viven más años tienen embarazos más largos y menos frecuentes. Principio que, sin embargo, se trastoca y cambia cuando los animales salen de su medio natural y son domesticados o criados en parques o en medios artificiales.

A principios de siglo -en el 1900- el porcentaje de personas que sobrepasaba los 65 años era del 1% entre la población europea (en 1999 esa proporción era del 6,2%). Y se calculó que esa cifra pasaría a ser del 20% en el año 2050 (las estadísticas actuales, empero, presuponen que ese 20% puede referirse, incluso, sólo a las personas de edad superior a los 80 años). Hoy, algunos expertos en biología molecular se atreven a pronosticar que la vida humana podría llegar a alargarse hasta los 300 o 400 años. 

LAS CÉLULAS MADRE SEGÚN KIRKWOOD 

Kirkwood comentaría también el fenómeno de la desactivación de la enzima telomerasa en las células que se especializan. “Estudiando la biología –diría-vemos que los sistemas celulares de los organismos superiores se han organizado. En los animales primarios o unicelulares las mismas células que albergaban la información genética cumplían a la vez otras funciones específicas. Pero, en cambio, en los animales mamíferos -y en el hombre, por ende-, las células se repartieron las funciones. Unas pasaron a especializarse en cada sistema y constituyeron el soma mientras otras se responsabilizaron de la transmisión de la información genética. Esta liberación de la responsabilidad de transmitir la información genética que adoptaron las células somáticas es la causa del envejecimiento. Porque el envejecimiento es un daño molecular aleatorio que ocurre como consecuencia de errores químicos acumulados que comienzan a producir daños fisiológicos”.

CÉLULAS MADRE EN NUESTRO INTESTINO 

“Observando el intestino humano-añadiría– vemos que su interior está recubierto de un tejido parecido al de una toalla. Y eso es así porque las células que lo constituyen hacen una función similar a la de las toallas, que es la de secarnos. Las vellosidades intestinales sirven para poder absorber los elementos nutricios que pasan por ellas y transportarlos al torrente circulatorio. Pero esa pared intestinal cuenta con una especie de criptas que están formadas por células madre que sí llevan información genética y que constituyen un potencial para reparar los tejidos envejecidos. Esta población celular prolifera rápidamente y cada cripta es como una especie de ingeniería reproductiva. Quizás la ruta del futuro para salvar el envejecimiento pase pues por el rejuvenecimiento o la regeneración a través del trasplante de esas células madre con el fin de rejuvenecer intrínsecamente todo el organismo”.

“Si comparamos la función de las células madre con las de otras células –continuaría su explicación-como, por ejemplo, las neuronas cerebrales que constituyen una población celular fija muy especializada con una red de interconexiones que juegan un papel extraordinario, nos damos cuenta enseguida de que el trasplante clónico –en el caso de una enfermedad de Alzheimer, por ejemplo- no supondría una solución… si ello fuera posible. En el supuesto, por ejemplo, de que venciéramos los criterios éticos que están en juego en la actualidad en la teoría de los trasplantes genéticos -que están muy cerca de vencerse si el trasplante tiene objetivos terapéuticos como en caso de enfermedades de origen genético como la espina bífida pero que, en cambio, están muy lejos de quebrarse por objetivos más frívolos como vencer el envejecimiento– es de toda lógica que un trasplante clónico en las células neuronales cerebrales implique seguramente un mejor funcionamiento cerebral en el presente y en el futuro. Claro que la nueva población celular no contendría la información recogida a lo largo de los años de la vida del individuo. Es decir, las nuevas células no tendrían el contenido informativo de la memoria y las vivencias del individuo. Con lo cual, estaríamos frente a una nueva persona.”

Afirmación esta última, en todo caso, muy discutida como ya dijimos antes. 

LAS MALAS REPLICACIONES DEL ADN 

Otra de las consideraciones hechas por Tom Kirkwood se refiere a las mutaciones diarias que sufre la hélice del ADN humano y que se cifran en unas 10.000, las cuales suelen ser reparadas en su mayor número. Sin embargo, en esas replicaciones siempre queda alguna mal reparada que se va sumando a las anteriores en las mismas condiciones. Kirkwood pondría el ejemplo de la fotocopia o replicación que se hacía de un original, donde las sucesivas copias lo son siempre a partir de otra copia. Con lo cual, el resultado final es muy degradado. Pues bien, a la mutación progresiva del ADN se suma –a criterio de Kirkwood– el empequeñecimiento de la hélice del ADN dado que los cromosomas de nuestro cuerpo se van comprimiendo, con lo que el ADN se va encogiendo.

Sin embargo, anteponía a esta visión pesimista de las mutaciones diarias la gran labor de mantenimiento a cargo del sistema de proteínas que reponen y reciclan las dañadas -como en el caso del estrés- y que actúan como antioxidantes contra los radicales libres liberados.

Otra de las cuestiones que Discovery DSalud planteó a Kirkwood fue si consideraba posible lograr una terapia generalizada que actuara contra los radicales libres de forma que se pudiera luchar, a nivel general, contra el envejecimiento celular. Nuestro interlocutor rechazó de plano esa posibilidad porque –aseguró- las investigaciones efectuadas hasta ahora han puesto de manifiesto el papel positivo de los radicales libres en la inmunología y cualquier actuación contra éstos menguaría nuestras defensas e interrumpiría el papel equilibrador y de balance propio de estos radicales libres que también influyen positivamente en la tensión arterial y en otros procesos orgánicos que precisan de un equilibrio homeostático.

Una opinión ésta última que en modo alguno comparten muchos otros expertos para quienes buena parte -si no todas- de las enfermedades degenerativas se deben a un “exceso” de radicales libres. “El organismo debe estar en equilibrio y un exceso de radicales libres es tan perjudicial como su falta. Muchos investigadores lo han constatado en sus trabajos. Por tanto, el exceso de radicales libres es perjudicial y debe combatirse. Para lo cual hoy existe un buen arsenal terapéutico”, nos aseguraría por su parte el Dr. José Pérez Fernández, director de la madrileña Clínica Rochester, especializada en procesos de rejuvenecimiento interno.

En definitiva, el pensamiento filosófico que se deriva del análisis del envejecimiento por Kirkwood es que la única posibilidad de resolverlo es disminuyendo la exposición a los daños que se ocasionan en el soma en la evolución natural cotidiana o reparando éstos actuando sobre las células somáticas.
Mientras esto se resuelve en el terreno de la investigación, parece claro que el ADN, la nutrición, el estilo de vida y la suerte son factores determinantes de nuestro envejecimiento. Difícilmente podemos influir en la elección de nuestros padres pero sí podemos hacerlo sobre nuestro estilo de vida y, sobre todo, nuestra nutrición. Por lo que, en resumen, hasta el momento sigue siendo válida la fórmula de siempre: comer pocas grasas -a fin de vigilar el colesterol y los triglicéridos e influir positivamente en nuestros vasos sanguíneos previniendo la arterioesclerosis-, ingerir poco o ningún azúcar refinado -para preservarnos de la obesidad, la diabetes y el sobrepeso-, tomar mucha verdura, fruta y pescado y hacer ejercicio físico moderado. Y, desde luego, nada de tóxicos como el tabaco. Y el alcohol, con prudencia y moderación.

En suma, es verdad que la Ciencia ha avanzado mucho pero, a día de hoy al menos y según los principales expertos, la manera de llegar a ser más viejos sigue siendo la tradicional. Una opinión que es compartida por todo el mundo aunque muchos aseguran que eso va a cambiar a medio plazo –una o dos generaciones- y que probablemente nuestros nietos no sólo llegarán a vivir de media mucho más que nosotros –hasta 120 años- sino que envejecerán de otra manera y estarán en condiciones de mantener un buen estado físico, libres además de la mayor parte de las llamadas actualmente “enfermedades”. Llegando al final de sus días con el aspecto de un adulto, sin apenas arrugas en el rostro.

 

 

M. D. Muntané
 

Este reportaje aparece en
37
Marzo 2002
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