La Medicina Integral

Pocas semanas antes de fallecer el Dr. Francisco Albertos Costán –pionero de la Medicina Integral en España y miembro del Consejo Asesor de nuestra revista- nos hacía llegar para su publicación tres artículos que venían a resumir lo aprendido en sus más de cuatro décadas de estudio y ejercicio médico. Y tal como anunciamos los publicamos consecutivamente porque de alguna forma constituyen su legado médico. El pasado mes el doctor Albertos nos aproximó en su texto a la Medicina Biológica resaltando las diferencias con la autodenominada Medicina Científica. El segundo lo titularía La Medicina Integral.

La principal tarea de un médico no debería ser la de suprimir las reacciones químicas que dan lugar a los síntomas molestos sino intentar averiguar qué los causa. En los asuntos humanos la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta (ni para ir de un lugar a otro en la ciudad, ni en un proceso negociador, ni en las relaciones interpersonales). ¿Quiénes son pues los responsables de que a los médicos se les exija el comportamiento lineal y simplista de aplicar un medicamento para cada síntoma sabiendo además que con ello se pueden interrumpir los procesos en los que suele estar el organismo ante cualquier disfunción? Es cierto que medicina sólo hay una -la que sana, alivia o consuela- pero cada vez más personas piensan que lo importante no es paliar síntomas sino atender a las causas profundas y, en la tarea diagnóstica y terapéutica, elegir muy bien cómo hacerlo para no dificultar el desenvolvimiento biológico espontáneo del organismo.

Es preciso tener presente no sólo la parte visible o determinable en laboratorio de los síntomas -al fin y al cabo la punta sólo del iceberg- sino los desequilibrios y pérdidas de sincronía que hay tras cada síntoma o conjunto de síntomas y que no siempre son perceptibles. Y para poder afrontar ese propósito de ayudar al alivio o desaparición de procesos no controlables según la mecánica convencional del razonamiento anatomoclínico y analítico la Medicina Biológica tiene en cuenta el organismo como totalidad, con todas sus funciones, tanto las visibles y mecánicamente interpretables en cada hecho patológico como aquellas “invisibles” derivadas de emociones, trastornos comunicativos entre las partes y demás problemas derivados de nuestros sistemas de información. Sólo una visión integradora del ser humano y de sus posibles trastornos puede ayudar decisivamente en la tarea médica. Sanear (desintoxicar, regular, revitalizar) las funciones corporales es el objetivo principal de toda Medicina Biológica porque la optimización de nuestro metabolismo y sus sistemas de intercomunicación convertirán al enfermo -incluso si está afectado por una dolencia grave, incurable o necesitado de tratamiento quirúrgico- en el mejor medio posible para superar su enfermedad.

Bueno, pues ni aún así el alcance de una medicina de tal forma definida alcanza el rango exigible de lo que se entiende por Medicina Integral. Entre otras cosas porque no explica el método y los conceptos científicos que maneja. Tal enfoque integrador reclama la consideración de una Bioergología que trascienda la mera dictadura de los hechos desde el punto de vista positivista y admita la necesidad de una visión compleja. Y lo complejo es, por definición, parcialmente misterioso e irreductible a un pequeño núcleo de evidencias o datos de análisis. Y hay que decir que los esfuerzos de Jan Christian Smuth (Holismo y Evolución, 1926), N. Wienner (Signification & Intention, 1948), Von Bertalanffy(Teoría General de Sistemas, 1950) y muchos otros de la época no bastan para convertir en absolutamente manejables los misterios de la naturaleza. Los filósofos críticos del positivismo –con Bergson a la cabeza-, los estructuralistas y los representantes de la Gestalpsichologie así como Joel de Rosnay y sus colaboradores (concepto de lo macroscópico frente a lo telescópico y microscópico) aceptan, por el contrario, la imposibilidad de reducir lógica o matemáticamente los arcanos de la naturaleza. La complejidad es inherente a la vida. Además el organismo refleja el mundo en movimiento y éste es, fundamentalmente, información, interdependencia. Vida y memoria van juntas hasta el extremo de que es imposible la una sin la otra. La función crea el órgano y el órgano crea la función. Y lo funcional y lo orgánico conducen a diversos enfoques a partir de las diversas clases de estructura/función como se evidencia en la pirámide de niveles fisiológicos y patológicos, perfectamente diferenciables en la mecánica del cuerpo. Los conceptos de sano y enfermo son meramente adjetivos. Su valor y significado están conectados a criterios históricos, culturales, económicos, sociológicos… Cada consideración, desde un nivel exclusivo de complejidad, desemboca en la práctica en una visión restrictiva del hecho médico. Porque es el hombre, en toda la complejidad de su dinamismo, el que enferma y no cualquiera de sus partes o sistemas aisladamente. Por otra parte, ninguna función deja de ser un equilibrio amenazado, una estructura disipativa que se desenvuelve dentro de márgenes o zonas de oscilación que permiten cambiar continuamente sin desnaturalizar el sistema o llevarle al caos. Esta propiedad del cambio puede explicarse mediante la teoría de grupos y tipos lógicos. El organismo es un inmenso sistema totalizador que otorga así una manera peculiar a su acción: totaliza en la medida que actúa y, recíprocamente, actúa en la medida en que integra. Como el ciclista sobre su bici, no puede dejar de pedalear sin caerse pero, al mismo tiempo, ese pedaleo, para ser eficaz, reclama un estilo peculiar. La energía se decanta en estructura la cual otorga estabilidad al ser y condiciona, a su vez, las peculiaridades de su dinamismo (en el ser, como afirma Laotsé, todo está en todo). Y, claro está, para que se produzcan estos procesos de integración hay siempre una interdependencia de las partes. El organismo es un inmenso sistema de información en el que sus incesantes cambios son precisamente los que sostienen su identidad diferenciadora.

Desde estos supuestos la intoxicación va unida a la patología como el huevo a la gallina. Toda intoxicación implicadesinformación, es decir, obstaculización de los procesos integradores y armonizadores. Y toda desarmonía, todo secuestro informativo o bloqueo es intoxicación. Esto nos permite formular nuestro concepto de Reacción Orgánica Integradora (R.O.I.): el ser, por el solo hecho de vivir, integra información. Su estructura es información integrada; su función principal es informativa y estructurante de la información que le llega; y, por tanto, codifica constantemente información. Cuando llega un estímulo externo o surge uno en el interior del campo biológico como resultado de sus cambios incesantes el organismo responde como un todo integrado (ésa es la Reacción Biológica Integradora) y no mediante ligeras modificaciones en alguna de sus partes. La acción biológica -vida manifestada- es, ante todo, información.

Por su complejidad, el organismo sólo puede alcanzar su individualidad totalizadora y diferenciadora mediante la armonización instantánea (en tiempo real) de todas o cada una de sus funciones y estructuras. Las disciplinas que marcan el camino a una Bioergología son todas aquellas que, de hecho, facilitan una interconexión de parcelas del saber: factores biológicos, patológicos, socioculturales; superación de lo microscópico y telescópico por la visión macroscópica; holística, cibernética, que conduce a la superación del positivismo reduccionista en la dirección de un nuevo humanismo.
La Biocibernética es, en este enfoque, absolutamente necesaria. Nos permite considerar la integración cibernética desde los mecanismos de interconexión, regulación y control. La individualidad y la especificidad están ligadas entre sí de manera indisoluble a causa de que la vida es, por lo pronto, un proceso diferenciador. Por eso tales cualidades son siempre aleatorias y efímeras, consecuencia del dinamismo cambiante individuo/medio, el cual no se deja fijar en un sistema estable de coordenadas físicas, químicas, matemáticas o biológicas. En este orden de realidades la adaptación es consecuencia de la integración cibernética del ecosistema. Es preciso interpretar continuamente el proceso de adaptación témporo/espacial, desde los conceptos de estructura, sistema y campo integrado.
Se impone, desde esta perspectiva metodológica, que propongamos de los diversos niveles de estructura/función (protoplasmático, celular, animal, humano y psicosocial) una consideración del terreno: genotipo del nivel protoplasmático. La constitución es una relación prefijada, cualitativa y cuantitativa de huesos/músculos/piel mediante mecanismos intracelulares o protoplasmáticos conducidos por el ADN. El genotipo de nivel celular condiciona el comportamiento bioelectrónico o diátesis funcional en conexión con los cambios y señales electromagnéticas que inciden y saturan el intersticio (mesénquima o medio ambiente celular), muy diferentes, lógicamente, a los estímulos que saturan los respectivos hábitat de los niveles protoplasmático, animal (neuroendocrino o neurovegetativo), humano y psicosociocultural. El genotipo de nivel animal configura el temperamento, que es un código prefijado de pautas conductuales pertenecientes a la fisiología de los órganos en su conexión integrada en el paleoencéfalo y ganglios basales del cerebro. El genotipo de nivel humano está constituido por aquellos factores que modulan el carácter y la personalidad en conexión con las influencias externas al ser durante su desarrollo por lo que puede decirse que es resultado del ecosistema humano. Para el nivel psicosocial no hay genotipo propiamente dicho sino todos aquellos usos de la cultura y factores condicionantes de la civilización que en una época dada nos ha tocado vivir.
Lógicamente esta visión desemboca en una patología de niveles. Aquí la visión analítica muestra toda su insuficiencia. Al mirar el árbol perdemos de vista el bosque pero, al mismo tiempo, “el bosque” se nos escapa siempre un poquito: no acabamos de verlo nunca en su totalidad sino mediante el sentimiento de que existe, de que “tiene” que existir. Cada nivel de estructura/función es un bosque parcial que, al mismo tiempo, forma parte de ese otro bosque que configura el organismo como totalidad “independiente” que, a su vez, se articula indisolublemente en su ecosistema. Y así sucesivamente. El hábitat, como realidad última o frontera del ser, reclama para su manejo correcto la consideración de los diferentes niveles de estructura dado que es esa estructura precisamente la que determina los códigos de intercomunicación o interdependencia de las partes y lo que para cada una de ellas es propiamente hábitat. En los sistemas vivos esto es así porque, para ellos, persistir exige integrar: es el dinamismo el que sostiene la estructura. Y como hemos sugerido constantemente que la realidad es interdependiente la visión de conjunto es obligada para actuar en la práctica de una auténtica medicina. No hay enfermedades, ni sentimientos, ni disfunciones “locales” sino, en todo caso, aspectos locales de una alteración global. La clave de una visión integradora es que toda acción o cambio actúa sobre el todo por lo que perder de vista las consecuencias que para el conjunto puede tener cualquier medida terapéutica es incorrecto, torpe y potencialmente peligroso; incluso inmoral si se tienen bien claros y asimilados los presentes conceptos. Sólo la consideración conjunta de la dinamicidad es armonizadora, ética y saludable.
En el nivel protoplasmático, magma orgánico primigenio que ocupa todo el interior de la célula, la patología, lógicamente, dependerá de las desarmonías en los componentes internos:

1º) Bioquímicos y electrónicos.
2º) Moleculares (proteínas, ácidos nucleicos, lípidos e hidratos de carbono).
3º) Genéticos.
4º) Inmunitarios (aspectos bioquímicos de los procesos inmunodefensivos).

Los factores externos de la desarmonía constituyen el extenso capítulo de la Ecotoxicopatología. Las intoxicaciones serán bioquímicas (Homotoxicología), enzimológicas y de grandes y sostenidas alteraciones en el equilibrio hidrosalino y otros factores de intercambio a través de la membrana celular. La terapéutica en este nivel se centrará en factores alimentarios, ecológicos, inductores iónicos, sueros hiperpolarizantes, inmunomodulación, aerobiosis, fisioterapia, homeopatía, isopatía, nosodoterapia y, desde luego, alopatía convencional.

En el nivel celular, todo lo que atañe a la célula. No sólo en lo que atañe a la membrana citoplasmática sino a su medio externo natural o intersticio a través del cual ejerce su influencia el nivel inmediatamente superior en el que está inserta que es el nivel animal o neuroendocrino. Aquí tendremos en cuenta la Homotoxicología (Reckeweg y sus fases celulares de evolución tisular: excreción, reacción, formación de depósitos, impregnación, degeneración y neoplasia). El mesénquima (Pischinger, “basurero orgánico” y al mismo tiempo espacio vivo intercelular, responsable del sostenimiento adecuado o fisiológico del flujo microcirculatorio, sanguíneo y linfático, en este nivel). Tejidos ecto, endo y mesodérmicos. Factores frónicos (bioelectrónicos: momentos magnéticos organizadores del plasma vivo). La intoxicación (desinformación o información equivocada) de estas estructuras consistirá en la aparición de focos (dentarios, amigdalares, sinusíticos, digestivos, etc.) y/o campos interferentes (cicatrices patológicas, internas o externas; adherencias peritoneales, etc.); bloqueos mesenquémicos por efectos bioquímicos o por simple acúmulo de productos de deshecho en ese espacio; ceba proteica y grasa (intersticial, en los endotelios vasculares, en gelosas y zonas de celulitis); bioelectrónicos (desvíos excesivamente alejados de la zona saludable en el pH, rH2 y resistividad). La terapéutica puede abordarse mediante acupuntura (particularmente, EAV), homotoxicología, neuralterapia, laserterapia, fitoterapia, oligoelementos biocatalizadores, quimioterapia convencional, cirugía, odontología neurofocal, ultrasonidos, magnetoterapia o electroterapia (en especial ondas interferenciales y técnicas similares).

En el nivel animal o neurovegetativo todo lo que atañe a los órganos y sus correlaciones neuroendocrinas de carácter vegetativo. Fisiopatología de los sistemas nervioso, endocrino, circulatorio, digestivo, genitourinario, respiratorio, locomotor, sangre, piel y faneras. Aquí tenemos estructuradas genéticamente las bases de la constitución y el temperamento. Es el nivel en que piensa de manera espontánea y predominante el médico convencional de Facultad. La intoxicación (desinformación) puede tener aquí carácter nervioso, endocrino. Neurodistonías, neurodistrofias, estrés… La terapéutica, aquí, reclama de manera preferente la acupuntura y todas las demás reflexoterapias (auriculoterapia, nasoterapia, etc.), neuralterapia, odontología neurofocal, cirugía, cromoterapia, ejercicio, masajes, sauna, manipulaciones (osteopatía), homeopatía, quimioterapia convencional, focusing, condicionamiento reflejo, biofeedback.

En el nivel humano (neoencéfalo, leyes de integración del córtex cerebral) se da todo aquello que atañe al yo como sistema autoconformante, caracterizado por la conciencia de sí y del mundo. Carácter, personalidad, conducta, situación determinante en el aquí y ahora. La intoxicación aquí es psicológica, tanto por causas intrapsíquicas como por estímulos patógenos en la interacción social del sujeto con sobrecargas (personal y psicosocial) del sistema nervioso central: neurosis. También disfunciones más o menos graves en la célula nerviosa, de origen tóxico (drogas, etc.) o genético (herencia). La terapia se basará entonces, primero, en una minuciosa y exigente repertorización homeopática así como en las inevitables acciones sobre los niveles más bajos (animal, celular, protoplasmático) y, en paralelo, una psicoterapia adaptada a las condiciones socioculturales del enfermo. Psiconeuroendocrinología. Laborterapia, técnicas creativas, música, entrenamiento social y cultural, factores de descarga del estrés, la desadaptación y la pérdida de objetivos frente al futuro.

El nivel psicosocial o transpersonal constituye el vértice de la pirámide de niveles que acabamos de proponer. En “el vértice de este vértice” está el espacio (virtual, desde luego) de lo transinteligible: conceptos como el de Belleza, Justicia, Verdad, Armonía, Dios… Las superestructuras culturales en que cada hombre está como inevitable resultado de su vivir modulan su sensibilidad (“filtros” por los que tamiza la información que le llega) y configuran el espacio interno de significaciones que es su conciencia. Vive “como si” todo aquello que él ve con claridad fuese “verdad” y su vida toda está impregnada del sentimiento de carencia que supone tener que saber en todo momento a qué atenerse por lo que para aliviar esta tremenda presión suele instalarse en un mundo de creencias que se sostienen por sí mismas. La patología, aquí, supone una suficiente alteración de los mecanismos anímicos de interconexión, regulación y control que desestructuran la imprescindible seguridad en sí mismo y le llevan a mecanismos como el sobresalto (alarma, estrés emocional) o sobrecogimiento (angustia que solemos llamar “existencial” o vital). Una desarmonía sostenida el tiempo suficiente en este nivel acaba sobrecargando el sistema nervioso central y, de aquí, los ganglios basales del encéfalo y todo el sistema vegetativo, con lo que aparecerán incluso patologías orgánicas basadas en este origen. Y como solamente se vive viviendo la única terapia eficaz posible es el cultivo del espíritu y el entrenamiento vital desde la humildad de nuestra ignorancia individual. De todas formas de ello suelen encargarse -en ocasiones, con enorme éxito- los misioneros de almas, apóstoles, gurús y profetas de ciertas religiones con tal de que nos abandonemos a su mensaje y aliviemos así nuestra sobrecarga existencial.

En conclusión, para la Medicina Integral que proponemos desde principios de los años setenta del pasado siglo XX vivir es moverse, cambiar, adaptarse, crecer, sostener una inercia. La mera persistencia es imposible, irreal: parar es morir. Toda acción es interacción; no hay espacios ni campos vacíos. El organismo está estructurado en niveles automantenidos que recuerdan la evolución de la vida en el planeta. Cada nivel sostiene en homeostasis a su inmediato inferior. Cada enfermo es una persona irrepetible, única y presenta un perfil de niveles afectados (unos más y otros menos) debido a que hay un desequilibrio predominante en cada situación. Diagnosticar supone cuantificar y cualificar desequilibrios. Regular los sistemas es restaurar su interdependencia saludable y supone integrarlos entre sí y con los niveles inmediatos. Restaurar esa interdependencia es desintoxicar, restablecer comunicaciones, desbloquear, limpiar, desinterferir. Curar es restaurar la unidad de respuesta interna (la ROI antes aludida): restablecer flujos y funciones, iluminar caminos, romper bloqueos, crear honestas esperanzas, ahuyentar terrores, denunciar la falsedad e inutilidad de las guerras en las que caemos todos los humanos, iluminar la conciencia de sí. Para estos fines además de los recursos ya descritos de Medicina Biológica y convencional deberemos ayudarnos, según el caso, de la Prospectiva de Sistemas, la Caracterología, la Fisiognomía, la Psicopedagogía, la Biocicloergología, la Organometría Funcional de Voll, la Neurorreflexología, la Cibernética, el Pensamiento Analógico y las ideas de Armonía, Ritmo e Infinitesimalidad.

Francisco Albertos

 

Este reportaje aparece en
96
Julio - Agosto 2007
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