La Organización Mundial de la Salud la controlan grupos privados

La sociedad cree ingenuamente que la Organización Mundial de la Salud (OMS) es una institución pública independiente, neutral y fiable por lo que cree a pie juntillas sus comunicados, acepta sus cifras y datos y considera lo que propone o respalda garantía de seguridad y eficacia. Y nada más lejos de la realidad. La controlan multinacionales sanitarias, fundaciones privadas y gobiernos cuyos responsables sanitarios tienen fuertes lazos con la industria que son quienes deciden las prioridades, las inversiones, la investigación, la formación de los profesionales de la salud y la información que llega al público en función de sus intereses económicos, políticos y académicos.

OMS

Preguntarse quién controla la Organización Mundial de la Salud (OMS) equivale a preguntar quién controla la salud del planeta ya que las directrices, los programas y las campañas que esta organización internacional pone en marcha cada año afectan -directa o indirectamente- a la inmensa mayoría. Es más, es la que decide los conceptos de salud y enfermedad determinando comportamientos y decisiones así como los enfoques médicos que contribuyen a reforzar esos conceptos, establecer las prácticas sanitarias y asentar la visión que la opinión pública tiene de todo ello. En definitiva, la OMS dictamina qué es la salud, qué son las enfermedades y cómo hay que actuar ante ellas… o más bien «contra» ellas porque tal es el enfoque mayoritario: «luchar» contra microbios, tumores o síntomas en lugar de proteger la vida.

La verdad es que si uno consulta la página web de la OMS casi se emociona con las grandilocuentes palabras con que en ella se describen su propósito y misión: “Nuestro objetivo es construir un futuro mejor y más saludable para las personas de todo el mundo (…) Nuestro personal trabaja junto con gobiernos y otros asociados para que todas las personas gocen del grado máximo de salud que se pueda lograr (…) Ayudamos a que las madres y los niños sobrevivan y avancen en la vida para que puedan conservar la salud hasta una edad muy avanzada». Hermosas palabras, pero ¿son sinceras o simplemente rimbombantes? Analicémoslo someramente.

En diciembre de 2011 nuestra revista entrevistó al filósofo y economista Germán Velásquez –apareció en el nº 144 con el título Germán Velásquez: “Los países industrializados han permitido la ‘privatización’ de la Organización Mundial de la Salud” y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com– quien durante veinte años ocupó diferentes cargos de responsabilidad en la OMS, el último como director del Secretariado para la Salud Pública, la Innovación y la Propiedad Intelectual. Y ya entonces denunció su «privatización« debido a que los países más industrializados fueron reduciendo sus aportaciones económicas de tal modo que en pocos años el porcentaje del presupuesto aportado por los países miembros pasó del 50% a solo el 18%. Es decir, que hace ya ocho años el 82% de la financiación de la OMS procedía de “donaciones” privadas lo que a juicio de Velásquez implicaba inexorablemente que los programas se financian ¡en función de los intereses de los «donantes»!

“¿La gripe A achacada al H1N1 fue un caso de salud pública o un saludable negocio? –se preguntaba Velásquez- ¿Quién ganó y perdió con ella? Una declaración de pandemia puede prevenir millones de muertes… o crear mercados de millones de dólares. ¿Estuvo la gripe A en esta segunda categoría? La respuesta es que, en gran medida, sí». Y añadiría: “Pero hay una interrogante aún más grave y sin respuesta: cómo ese episodio afectará a la credibilidad de la OMS y de las autoridades sanitarias de los países si a partir de ahora la gente se pregunta si se está haciendo una gestión más comercial que sanitaria. Y, sobre todo, esa clara pérdida de credibilidad, ¿le impedirá afrontar eficazmente un problema real de salud en el futuro?»

Y tenía razón como demuestra todo lo sucedido desde entonces. Es el caso del escandaloso montaje del ébola que ya denunciamos en su día en la revista -léase el artículo Ébola: ¿otra falsa pandemia? publicado en el nº 175- en el que la OMS volvió a jugar un papel crucial a la hora de establecer el marco internacional y aportar los elementos de «autoridad» que convierten en dogmas sus declaraciones y que facilitaron el despliegue de terror en los grandes medios de comunicación y, por supuesto, el correspondiente negocio con los “milagrosos” productos de turno -el Zmapp y el TMK-Ébola– y dos «vacunas»; todos ellos fármacos experimentales para los que se utilizó como cobayas a cientos de miles de personas para exclusivo beneficio de los “donantes” de esa institución.

En fin, veamos algunos datos que aclararán al lector el panorama.

LA MAYOR AGENCIA SANITARIA DEL MUNDO

El presupuesto global de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el bienio 2016-2017 -último dato cerrado disponible- fue de 3.895,19 millones de euros de los que 794,5 millones fueron a programas relacionados con la polio y 679,5 para enfermedades transmisibles; de éstos 249,14 millones para las que se supone pueden prevenirse con vacunas destinándose otros 181,6 millones a los “brotes”.

Hablamos pues de una cantidad enorme de dinero que en el proyecto de presupuesto para el bienio 2018-2019 ha aumentado pasando a ser de 3.926,97 millones de euros de los que se destinarán a la polio 801,67 millones, a enfermedades trasmisibles 715,3 millones y a “emergencias y peligros infecciosos” 492,2 millones. Ahora bien, el objetivo prioritario es ¡la vacunación universal masiva!

¿Y de dónde sale tanto dinero? Porque la respuesta es clave para saber quién y cómo controla hoy el sistema sanitario internacional. Pues de dos fuentes: de los «donantes» y de las cuotas que pagan los 194 estados miembros y dos asociados cuyo porcentaje se calcula en función de su riqueza y población. De ahí que Estados Unidos aporte el 22%, Alemania un 6,3%, Francia un 4,8% y España un 2,4% aportando la gran mayoría menos del 1%. Cuotas que sin embargo, como antes adelantamos, suponen actualmente solo el 18% del presupuesto global. En su página web la propia OMS reconoce que “la proporción general que las contribuciones señaladas representan en el presupuesto por programas se ha reducido ya que desde hace varios años es menos de una cuarta parte de la financiación de la Organización. El equilibrio se obtiene a través de las contribuciones voluntarias. No obstante, las contribuciones señaladas siguen siendo fuente fundamental de financiación para la organización pues ofrecen un cierto grado de previsibilidad, ayudan a reducir la dependencia de un exiguo grupo de donantes y permiten armonizar los recursos con el presupuesto”. 

NO CABE DUDA ALGUNA: LA OMS NO ES INDEPENDIENTE NI IMPARCIAL

En suma, es un «exiguo» grupo de donantes la fuente principal y más importante de financiación de la OMS mediante lo que denomina “contribuciones voluntarias” que proceden de organizaciones, empresas y fundaciones «filantrópicas». Solo que son esas personas y entidades las que realmente deciden en qué se gasta el dinero que mayoritariamente han puesto, qué programas se ponen en marcha y cuáles no serán más que meros proyectos de «adorno». Y basta consultar la web de la OMS para saber quiénes son los principales «donantes» no estatales: la Fundación Bill y Melinda Gates con 526.283.843 euros -lo que representa el 10% del presupuesto global-, la Vaccine Alliance -antes Alianza global para las vacunas y la inmunización (GAVI por sus siglas en inglés) con 281.773.676 euros -el 5,3%- y la industria farmacéutica con 159.898.418 euros -un 3%- que aportan principalmente Sanofi-Pasteur, Hoffman La Roche, GlaxoSmithKline, Novartis, Merck, Bayer, Bristol-Meyer-Squibb y Eli Lilly.

Añadiremos que la CDC Foundation (Fundación CDC) -cuyos donantes además de Coca-Cola son también laboratorios farmacéuticos –Merck, Cargill, Novartis, Roche, GlaxoSmithKline y Johnson & Johnson– aporta 5.609.036 euros, la Rockefeller Foundation (Fundación Rockefeller) 719.693 euros y la Wellcome Trust -la segunda fundación filantrópica del mundo después de la de Gates- 10.450.894 euros.

En pocas palabras, la Fundación Bill y Melinda Gates es el mayor donante privado de la OMS seguida de las principales empresas de la gran industria farmacéutica. Y los motivos para ello son obvios ya que quienes la integran no son precisamente entidades altruistas sino con ánimo de lucro. De hecho la industria farmacéutica es la más rentable del mundo, muy por encima de la petrolera y la militar.

Una industria que no conformándose con enriquecerse vendiendo fármacos básicamente paliativos que no curan nada y además son iatrogénicos apostó hace ahora 14 años por enriquecerse vendiendo «protección» frente a posibles «enfermedades» (muchas de ellas inexistentes porque se inventaron para vender fármacos específicos para ellas). Lo logró haciendo que la OMS aprobara en 2005 el Reglamento Sanitario Internacional -entró en vigor el 15 de junio de 2007- que obliga a todos los países a una respuesta sanitaria global ante «situaciones de riesgo» internacionales… ¡decidiendo ella cuáles son! Así que si de repente ordena vacunaciones masivas obligatorias todos los estados se verán «forzados» a acatar sus consignas, si es necesario modificando su legislación interna. Y posteriormente, en el colmo de la desfachatez, la OMS cambiaría la definición de “pandemia” -lo hizo el 27 de abril de 2009- para que fuera mucho más fácil declarar una.

Y es algo que no oculta porque un año después de aprobarse el reglamento antes citado aprobó -en 2006 su Estrategia Mundial de Vacunación. ¿La excusa? David Heymann, entonces subdirector interino de la OMS para enfermedades transmisibles, lo justificaría así: “El mundo no está preparado para responder a una pandemia provocada por el virus H5N1 causante de la gripe aviar a la que podría ser vulnerable toda la población mundial”. ¿Y qué solución proponía para evitar la inexistente pandemia que decía se avecinaba? Pues vacunaciones masivas. Algo que según reconoció iba a permitir «estimular la industria». De hecho se fabricaron por ejemplo 2.340 millones de dosis anuales solo para combatir el H5N1. Es más, varios estados aprobaron legislaciones para proteger a los fabricantes de vacunas porque sabían que no son inocuas. Y otros dictaron leyes para justificarlas ¡incluso no estando legalmente aprobadas!

En España se aprobó por ejemplo la Ley 29/2006 de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios cuyo artículo 24.5 dice literalmente: “La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios podrá autorizar temporalmente la distribución de medicamentos no autorizados en respuesta a la propagación, supuesta o confirmada, de un agente patógeno o químico, toxina o radiación nuclear capaz de causar daños”. Agregando que «en estas circunstancias, si se recomienda o impone por la autoridad competente el uso de medicamentos en indicaciones no autorizadas o de medicamentos no autorizados, los titulares de la autorización y demás profesionales que intervengan en el proceso estarían EXENTOS DE RESPONSABILIDAD CIVIL O ADMINISTRATIVA por todas las consecuencias derivadas de la utilización del medicamento, salvo por los daños causados por productos defectuosos”.

Una auténtica vergüenza impropia de un auténtico Estado de Derecho.

¿FILÁNTROPOS O AMOS DEL MUNDO?

Dicho esto hay que añadir que por encima de las farmacéuticas hay otras organizaciones que aportan sustanciosas cantidades de dinero a la OMS, especialmente la Fundación Bill y Melinda Gates, la Alianza GAVI –su buque insignia-, la Wellcome Trust y otras fundaciones presuntamente «filantrópicas» entre las que la más veterana es la Fundación Rockefeller.

La palabra filantropía se la debemos al emperador romano Flavio Claudio Juliano quien la acuñó como denominación alternativa pagana a la palabra “caridad”. Y ciertamente ha habido a lo largo de la historia filántropos, personas que de una forma u otra y por diferentes motivos dieron parte de su riqueza para ayudar a otros. Y filántropo fue pues el adjetivo con el que el que también se definió a los estadounidenses John D. Rockefeller, Andrew Carnegie y Henry Ford a pesar de que sus motivaciones eran mucho menos filosóficas y basadas en la ética que las de sus predecesores ya que lo que básicamente pretendían era reducir impuestos, mejorar su imagen pública y ejercer influencia en muy distintas organizaciones financiándolas para, de esa manera, dirigirlas o controlarlas en la sombra.

Fue de hecho en la década de los treinta del pasado siglo XX cuando comenzaron a proliferar las fundaciones presuntamente filantrópicas. Y resultaron tan rentables que actualmente hay unas 200.000 en el mundo, 86.000 de ellas en Estados Unidos. Siendo las más importantes en función del dinero que donan la Fundación Bill y Melinda Gates con 37.841 millones de euros seguida de la Wellcome Trust (26.374 millones), el Howard Hughes Medical Institute (16.407), la Garfield Weston Foundation (15.260) y la Ford Fundation (10.497).

Son tan altruistas y desinteresadas las empresas donantes que todas tienen representantes en los consejos de dirección o en los asesores. Además, no contentas con ello, crearon una Plataforma de Socios para la Filantropía que fue presentada en septiembre de 2014 durante la 69ª sesión de la ONU. Heather Grady, vicepresidenta del panel de asesores de la Fundación Rockefeller, declararía al respecto unos meses después: “No queremos ser un actor no gubernamental más (…) Queremos ser reconocidos al más alto nivel en los foros políticos y entre los socios para el desarrollo (…) Y para ello lo primero es que la ONU y los gobiernos nos abran los brazos a fin de crear un ambiente más favorable para la filantropía dentro y fuera de las fronteras”. 

ENTRAN EN ESCENA BILL Y MELINDA GATES

El caso es que la familia Rockefeller jugó durante más de medio siglo un papel clave en la sociedad controlando la creación de la moderna medicina farmacológica tras asociarse a las grandes farmacéuticas que entonces estaban consolidándose y aplastando -literalmente- toda competencia por parte de otras orientaciones, en particular la Homeopatía y las medicinas naturales y tradicionales. Para ello auspició en 1910 un informe que redactó un empleado de la fundación –Abraham Flexner– y publicó la Fundación Carnegie que sirvió de base para borrar del mapa a la mayoría de las escuelas de Medicina que no se plegaron al planteamiento “científico”; algo que trajo como consecuencia que el número de escuelas pasara de 650 a 50 y estuvieran dominadas por la élite. En 1978 la Declaración de Alma Alta aprobada en una reunión de todos los estados miembros de la OMS supuso el traslado de los criterios del Informe Flexner a todo el planeta con la ayuda de otra herramienta clave: el denominado Codex Alimentarius creado en 1961 con la participación de dos altos cargos de la farmacéutica IGFarben que fueron en su día condenados en Núremberg por crímenes de guerra como ya explicamos en el reportaje ¿Quién está detrás del Codex Alimentarius? que se publicó en el nº 161 correspondiente a junio de 2013 y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com.

Y así fue hasta que a finales de los años noventa tomó el relevo el matrimonio Gates creando en 1998 el llamado Bill and Melinda Gates Children´s Vaccine Program (Programa vacunal para niños Bill y Melinda Gates). Dos años después -en el 2000- la fundación cambiaría el nombre por el actual y además, tras varios encuentros con otras organizaciones, crearon la ya citada Alianza GAVI en la que también participan UNICEF, la OMS y el Banco Mundial. Y, por cierto, la primera presidenta de la Junta Directiva de GAVI, Gro Harlem Brundtland, sería primera ministra de Noruega en tres ocasiones (1981, 1986-1989 y 1990-1996) y Directora General de la OMS entre 1998 y 2003.

Ejemplo contundente del liderazgo y control de Gates sobre estas instituciones es que en 2010 propuso denominar la década que comenzaba como La década de las vacunas e inmediatamente la OMS, la UNICEF y el Instituto Nacional para Alergias y Enfermedades Infecciosas estadounidense se reunieron para poner en marcha el denominado Plan de Acción Global de Vacunas 2011-2020 que adoptaría formalmente un año después la Asamblea General de la OMS tras dotarlo con casi 9.000 millones de euros.

Los Gates tienen además hilo directo con las élites científicas, económicas y políticas y numerosos cargos relevantes de su fundación proceden de la industria farmacéutica; en particular de Merck, GlaxoSmithKline, Novartis, Bayer y Sanofi-Pasteur, casi todos fabricantes de vacunas. Un ejemplo: Trevor Mendel, presidente de la División de Salud Global de la Fundación Bill y Melinda Gates, trabajó para Novartis y Pfizer, su predecesor Tachi Yamada para GlaxoSmithKline; Kim Bush -el responsable de iniciativas con socios de la fundación- para Baxter International Healthcare Corporation y Jenny Heaton directora desde 2013 del desarrollo de vacunas de la fundación- para Novartis y Merck. 

LA “CIA” DE LAS EPIDEMIAS

La Fundación Bill y Melinda Gates es también el principal donante del Training Programs in Epidemiology and Public Health Interventions Network (Red de intervención de programas de entrenamiento en epidemiología y salud pública) figurando también en ella como donantes agencias estadounidenses como los Centros para el control de las enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), el Departamento de Asuntos Exteriores de Canadá, la Fundación Merieux -presente en 20 países se dedica a las enfermedades infecciosas-, la CRDF Global -organización no gubernamental que agrupa a 13.000 científicos, entre ellos 2.500 especialistas en armamento, y es la mayor contratista del mundo de servicios financieros y jurídicos, Deloitte, Northrop Gruman -un conglomerado de empresas aeroespaciales, de defensa y construcción de buques de guerra y aviones-, la Threats Fundation -creada para hacer frente a amenazas globales, pandemias y conflictos en Oriente Medio-, Pepsico, los laboratorios Gilead, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y, por supuesto, la OMS.

Hablamos de una red –TEPHINET por sus siglas en inglés- creada en 1980 por la OMS y conectada con el Servicio de Inteligencia de Epidemias (EIS por sus siglas en inglés) que opera en numerosos países, incluida España donde su cuartel general es el Instituto de Salud Carlos III de Madrid. En cuanto al EIS ya hablamos de él en el reportaje La política sanitaria mundial la determina un grupo de agencias estadounidenses –se publicó en el nº 128 correspondiente a junio de 2010 y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com- y se trata del programa más importante para el despliegue estratégico de los Centros para el control de las enfermedades, la agencia que controla las actuaciones en casos de epidemias y enfermedades –reales o no- imponiendo sus criterios a los demás servicios sanitarios del mundo. Y eso incluye la infiltración de agentes en todo tipo de entidades e instituciones nacionales e internacionales, fundaciones, medios de comunicación, universidades, departamentos de salud, profesionales privados y despachos gubernamentales de alto nivel.

Y es que como ya entonces dimos a conocer los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) en colaboración con los Institutos Nacionales de Salud (NIH), la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y otras agencias gubernamentales estadounidenses son quienes establecen las definiciones clínicas de las llamadas “enfermedades”, fijan los instrumentos de diagnóstico y deciden las estrategias de prevención y tratamiento de todas las patologías así como los protocolos de seguimiento y control de los enfermos. Claro que entre los principales socios de los CDC están el Banco Mundial, la UNICEF, la Agencia de Estados Unidos para Desarrollo Internacional, el Departamento de Estado norteamericano -que facilita mediante el personal diplomático de las embajadas la labor de los agentes en el extranjero- y las fundaciones Rockefeller, Bill Gates y Jimmy Carter así como la Cruz Roja.

Todo ello mientras el ya citado Servicio de Inteligencia de Epidemias (EIS) mantiene una tupida red de agentes integrados en universidades, fundaciones, colegios profesionales, asociaciones, medios de comunicación y altos puestos de responsabilidad institucional de más de cincuenta países. De hecho es lo que permite que la práctica totalidad de los gobiernos del planeta ejecuten políticas sanitarias guiadas por intereses estratégicos al servicio de las más poderosas compañías.

Ahora bien, aun siendo poderosas estas organizaciones, agencias y multinacionales no son las que realmente toman las decisiones sino herramientas de las élites económicas y financieras que ejercen el poder de modo discreto y cuyos objetivos solo conocemos en parte. Según asevera el escritor Martín Lozano en su estudio sobre el nuevo orden mundial el poder decisorio real se hallaría en tres escalones. En el mas visible estarían las fundaciones «filantrópicas» ya citadas, el Royal Institute of International Affairs -más conocido hoy como Chatham House y brazo ejecutivo de las políticas de la monarquía británica- y el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR por las siglas de Council of Foreings Relations) cuyo presidente es David Rockefeller y al que pertenecen o han pertenecido todos los directores de la CIA, miembros del FBI y la Hacienda estadounidense, los responsables de los gabinetes de la Casa Blanca, los Secretarios de Estado de Defensa y Asuntos Exteriores, los Consejeros de Seguridad Nacional y cientos de periodistas responsables de los principales medios de comunicación.

En el segundo escalón -menos visible ya- estarían organizaciones como el Club Ruskin, Rhodes House, Round Table, Pilgrims Society o la Fabian Society. Y finalmente, en el escalón más profundo, estarían los que Lozano denomina “círculos herméticos”: The Group (Universidad de Oxford), The Order (Universidad de Yale) y la Logía B’anai B’rith (Rhode Island).

Otros autores incluyen en el escalón más visible a otros dos grupos: el Club Bilderberg -fundado en 1954 y al que pertenecen todas las familias reales europeas así como todos los presidentes de Estados Unidos desde Eisenhower y los dueños de los principales grupos de comunicación americanos y europeos- y la Comisión Trilateral -creada en 1973 agrupa al propio CFR, al grupo Rockefeller y al Club Bilderberg habiendo asistido como invitados más de una vez a sus reuniones Bill Gates y su esposa Melinda.

Estas cuatro entidades actuarían a través de instituciones internacionales que controlan -la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT) y el Tratado de Maastrich- así como de otras entidades afines: el Club de Roma y el Instituto Aspen.

En definitiva, la Organización Mundial de la Salud OMS no es una entidad pública sino básicamente privada y no vela por los intereses de la sociedad porque está financiada y controlada por un pequeño grupo de donantes privados entre los que destacan la Fundación Bill y Melinda Gates y la gran industria farmacéutica así como el Gobierno de Estados Unidos cuyas agencias de salud están a su vez controladas y financiadas por las farmacéuticas. No puede decirse pues que la principal institución mundial relacionada con la salud sea imparcial, independiente o neutral; todo indica más bien que hoy está al servicio de los intereses de los grupos de poder mencionados y por eso las decisiones relevantes sobre salud y medicina no se toman siguiendo criterios científicos o médicos y buscando implementar o mejorar la salud de las personas sino en función de los objetivos de unos cuantos grupos de poder interconectados con las élites milmillonarias, bancos, conglomerados empresariales y grandes grupos de comunicación.

Jesús García Blanca

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