Ciento diez premios Nobel critican a Greenpeace por no defender los transgénicos

Ciento diez premios Nobel firmaron poco antes de verano una Carta Abierta en la que pedían a Greenpeace que deje de criticar los productos obtenidos por manipulación genética alegando que son necesarios para acabar con el hambre en el mundo, algo que debería considerarse un “crimen contra la humanidad”; citando expresamente la importancia para ello del arroz dorado, variedad transgénica rica en carotenos que según dicen podría ayudar a solucionar el problema de desnutrición que afecta a millones de niños. Petición que algunos medios de comunicación interpretaron aseverando que los laureados consideran la postura de la organización ecologista “un crimen contra la humanidad” cuando lo que así consideran es el hecho de que en nuestra época de abundancia haya gente muriéndose de hambre. Claro que también es falso lo que los premiados dicen sobre el “arroz dorado” e inconcebible su apoyo a los organismos modificados genéticamente. Analizamos qué hay detrás de toda esta polémica.

Ciento diez premios Nobel critican a Greenpeace por no defender los transgénicos

El pasado 30 de junio se dio a conocer en The New York Press Club una Carta Abierta dirigida a Greenpeace inicialmente firmada por 109 premios Nobel –luego se sumaría otro- en la que se pedía a la organización ecologista que deje de criticar los productos obtenidos por manipulación genética alegando que son necesarios para acabar con el hambre en el mundo, hecho que debería considerarse un “crimen contra la humanidad”. Pues bien, algunos medios de comunicación tergiversaron torticeramente lo dicho aseverando que los galardonados acusaban directamente a Greenpeace de “crimen contra la humanidad” por atacar los transgénicos. Como el diario El País que, tras su sensacionalista titular, añadía: “Greenpeace acaba de recibir un golpe difícil de encajar. Más de un centenar de premios Nobel, 109 a estas horas, han firmado una durísima carta abierta contra la organización ecologista por su rechazo a los alimentos transgénicos. El texto urge a Greenpeace a ‘reconocer las conclusiones de las instituciones científicas competentes’ y ‘abandonar su campaña contra los organismos modificados genéticamente en general y el arroz dorado en particular'”.

Agregando: “El arroz dorado es una variante creada en 1999 con sus genes modificados para producir un precursor de la vitamina A. La Organización Mundial de la Salud calcula que 250 millones de niños sufren una carencia de vitamina A que aumenta el riesgo de padecer problemas oculares y ceguera. Unos 500.000 niños se quedan ciegos cada año por falta de vitamina A. La mitad de ellos muere en el año siguiente”. Afirmaciones demagógicas tras las que condena a la organización ecologista diciendo que “Greenpeace ha encabezado la oposición al arroz dorado que tiene el potencial de reducir o eliminar gran parte de las muertes”.

En suma, 110 premios Nobel dicen que el hecho de que hoy día muera gente por hambre es un crimen contra la humanidad -¡quién puede alegar lo contrario!- pero añaden demagógicamente que eso pasa porque los transgénicos son demonizados cuando podrían resolver el problema y son seguros. Una absoluta y rotunda falsedad que no apoyan en su carta con datos y argumentos científicos ni referencias que avalen tal afirmación. Y encima centran su afirmación citando un transgénico concreto, el arroz dorado, sobre el que hay no ya dudas de su eficacia sino de su seguridad y utilidad por mucho que en esa carta los premios Nobel reproduzcan el habitual y cansino mantra de la industria y afirmen que los alimentos transgénicos “son tan seguros, si no más, que los convencionales” añadiendo que “nunca se ha confirmado ni un solo caso de efectos negativos para la salud de humanos o animales por su consumo”. Lo llamativo es que la carta de la que hablamos se hizo pública apenas quince días después de que la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos afirmara que tras revisar 900 estudios en los que se evaluaban posibles efectos negativos de los alimentos transgénicos podía concluirse que “no hay evidencias de mayor riesgo para la salud humana por comer alimentos modificados genéticamente”. ¿Casualidad? Lo dudamos.

La verdad, sin embargo, es que no es cierto. Basta consultar directamente los estudios publicados en lugar de creerse lo que dicen otros sobre ellos para evidenciar los peligros y daños para la salud y el medio ambiente de los organismos genéticamente modificados. Sugerimos al lector -como ya hicimos en nuestro artículo sobre la censura de científicos independientes en el nº 160 de la revista- que revise el completo y operativo mapa elaborado al respecto por GMO Evidence y verá que hay 122 estudios publicados en el mundo que demuestran su peligrosidad (entre en www.gmoevidence.com/#gmoMap).

Es más, léase la ilustrativa síntesis del manifiesto que en 2013 firmaron unos trescientos científicos convocados por la Red Europea de Científicos por la Responsabilidad Social y Ambiental en el que se argumenta -con sólidas referencias científicas- que entre los científicos…

…no hay consenso sobre la seguridad de los organismos genéticamente modificados.

…no hay consenso sobre los riesgos medioambientales de los cultivos transgénicos.

…no se han hecho estudios epidemiológicos sobre sus posibles efectos negativos.

…las afirmaciones sobre la seguridad de los organismos genéticamente modificados son exageradas e inexactas; y,

…la investigación llevada a cabo en Europa no aporta evidencia de la seguridad de los organismos genéticamente modificados.

Razones por las que exigen que se aplique el Principio de Precaución (tiene el manifiesto en www.ensser.org/increasing-public-information/no-scientific-consensus-on-gmo-safety).

Dicho esto conviene ir más allá y preguntarse por qué ha aparecido esa carta precisamente ahora y por qué se ataca concretamente a Greenpeace cuando son numerosos los colectivos y organizaciones contrarias a los transgénicos. Es más, ¿por qué se han prestado 110 personajes laureados con el Nobel a firmarla? ¿Se trata de expertos en Genética, Biología, Proteómica o Biotecnología con conocimientos y experiencia en ese ámbito? Además, ¿por qué se menciona de forma expresa en la carta al “arroz dorado”? Profundicemos en ello.

Qué es el ARROZ DORADO

El arroz dorado es fruto de un error de laboratorio. Un grupo de investigadores estaba intentando obtener una variedad transgénica de arroz rojo ¡y se encontraron con uno amarillo! Resulta que en una primera fase incorporaron en arroz blanco de la variedad Indica un gen de narciso y otro de la bacteria Erwinia Uredovora y, posteriormente, genes de guisantes y virus consiguiendo así un arroz rico en betacaroteno, pigmento precursor de la vitamina A del que este cereal carece. Hablamos de una serie de trabajos que iniciaron en la pasada década de los noventa Ingo Potrykus -profesor del Instituto Federal Suizo de Tecnología– y Peter Beyer -de la Universidad de Friburgo (Alemania)- publicándose la descripción del primer tipo obtenido en 2000 en Science y cinco años después la de un segundo tipo que, según sus creadores, tiene 23 veces más betacaroteno.

Pues bien, dicen los premios Nobel en su Carta Abierta a Greenpeace que ese arroz podría ayudar a acabar con el hambre en el mundo -y otros miles de alimentos también, añadiremos nosotros- y Greenpeace lo impide pero según afirma el profesor Glenn Davis Stone -reputado experto en cultivos y cambios tecnológicos- en un reciente artículo titulado Disembedding grain: Golden Rice, the Green Revolution, and heirloom seeds in the Philippines que publicó el pasado mes de abril en Agriculture and Human Values el arroz dorado está aún en fase de desarrollo y es evidente que las organizaciones que se oponen a los transgénicos no son las culpables del retraso en los trabajos (puede leer el artículo en http://link.springer.com/article/10.1007/s10460-016-9696-1).

Es más, explica en él que “el arroz dorado no ha tenido éxito en las parcelas en las que se han efectuado ensayos de campo por el Instituto de Mejoramiento del Arroz de Filipinas que es quien se está llevando a cabo la investigación”. Añadiendo que de hecho en 2014 el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI por sus siglas en inglés) ya anunció que los rendimientos del arroz dorado son decepcionantes y se necesita más investigación para producir un arroz que los agricultores estén dispuestos a plantar. Glenn Davis Stone añade que el arroz dorado “aún no se ha sometido a la aprobación de la Agencia de Regulación de Filipinas”, lógico teniendo en cuenta que todavía no se ha probado ni su inocuidad ni su eficacia para combatir el déficit de vitamina A.

¿Y cuál es la razón de que los ensayos estén fracasando? El Dr. Michael K. Hansen, asesor científico de Consumers Union -entre otras organizaciones no gubernamentales- y experto en alimentación y organismos genéticamente modificados, afirma que se debe a que el arroz dorado aún es de carácter puramente tecnológico. Las dos modificaciones genéticas antes mencionadas del arroz que se cultivó en Asia se realizaron a partir de la variedad Japónica de grano corto y textura pegajosa pero resulta que el arroz mayoritariamente cultivado y consumido en las zonas de Asia en las que se habla de déficit de vitamina A es la variedad Indica de grano largo no pegajoso. ¿Y por qué no se ha usado la variedad genéticamente modificada de este tipo de arroz? Pues porque han fracasado todos los intentos llevados a cabo con él. No se ha conseguido modificar esa variedad. El Dr. Hansen comprobó personalmente en Filipinas, Bangladesh y Vietnam que, a pesar de las afirmaciones en ese sentido, solo se han hecho trabajos de laboratorio con el Indica. Es más, ha hecho una advertencia de enorme gravedad: las manipulaciones para modificar ese arroz incluyen alteraciones de rutas metabólicas.

En suma, la intención original de la industria era trabajar con el arroz blanco Indica que se produce de forma natural en el sur de Asia -especialmente en India y Sri Lanka- añadiéndole genes para que sintetizara licopeno -pigmento responsable del color rojo de tomates, sandías, papayas y otros alimentos- y conseguir uno rojo pero por razones desconocidas un gen endógeno cambió transformando el licopeno en betacaroteno dando ello lugar al color amarillo que caracteriza al arroz dorado. Pues bien, resulta que en presencia de la enzima oxigenasa el betacaroteno se transforma en retinaldehido y éste a su vez, dependiendo de que sea reducido u oxidado, en retinol (vitamina A) o en ácido retinoico, metabolito éste de gran potencial teratógeno capaz de producir alteraciones genéticas.

Alternativas naturales

Las hermanas Vandana ShivaPremio al Sustento Bien Ganado de 1993, conocido como el Nobel alternativo que se concede anualmente a figuras destacadas por su defensa de los derechos humanos, la salud, la educación y la protección medioambiental- y Mira Shiva denunciaron en 2015 en un sonado artículo que las grandes corporaciones han arrebatado la producción tradicional de alimentos en la India a las mujeres imponiendo una agricultura industrial de monocultivos que encima produce alimentos sin apenas sabor y escasamente nutritivos que, en última instancia, llevan al hambre y a muy diversas patologías relacionadas con la malnutrición. El trabajo alerta en suma de que la agricultura industrial, su uniformización olvidando la biodiversidad y la sustitución de los procesos ecológicos naturales por el empleo de productos químicos y fertilizantes sintéticos -que contaminan el suelo- llevan a producir alimentos con menos nutrientes.

En cuanto al arroz dorado aseveran que es mucho menos eficaz para suministrar vitamina A que las alternativas tradicionales que cultivan y ofrecen las mujeres de la India: espinacas, hojas de amaranto y rábano, mostaza, chutney de cilantro o de menta, zanahoria y mango. Es más, aseveran que una pequeña cantidad de cualquiera de esos alimentos supera en al menos un 350% la cantidad de vitamina A que aportaría el arroz dorado. Luego ¡vaya forma de hacer el ridículo la de esos 110 premios Nobel!

Y por si fuera poco denuncian que “el arroz dorado agravaría la crisis ecológica causada por la agricultura industrial ya que aumentaría el uso de fertilizantes nitrogenados sintéticos que interfieren el ciclo del nitrógeno. Por otra parte, al requerir mayor cantidad de agua se intensificaría la crisis acuífera contribuyendo al cambio climático al aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero. Nuestros agricultores se verían además obligados a gastar más en la adquisición de insumos agrícolas, a tener mayor dependencia de los productos químicos y al pago de las patentes tecnológicas”. Y es que a pesar de que se dice que el arroz dorado se ha desarrollado con fondos públicos y sus creadores cedieron las patentes las hermanas Shiva afirman que “los científicos involucrados en este proyecto están estrechamente vinculados a las corporaciones biotecnológicas que obtendrán beneficios a través de esas patentes”. Y hablamos de más de 70 patentes controladas, entre otras empresas, por Bayer, Monsanto, Orynova y Zeneca Mogen.

De hecho sépase que el responsable del proyecto arroz dorado en el Instituto Internacional de Investigación del Arroz es el Dr. Gerard Barry, involucrado en patentes de Monsanto y responsable de los cultivos tolerantes al tóxico glifosato comercializado como Roundup (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Cuántos de nuestros alimentos están contaminados con glifosato? apareció en el nº 124).

Decadencia de los transgénicos

Por lo que a Greenpeace se refiere reaccionó de inmediato y al día siguiente de la lamentable Carta Abierta -el 1 de julio- contestó al demagógico argumento en el que intentó sustentarse el escrito de esos 109 laureados con el Nobel: “Los transgénicos –diría- no son la solución al hambre en el mundo. Hay alimentos suficientes para todas las personas. El 30% de los alimentos producidos en el mundo terminan en la basura. Solo con eso tendríamos suficiente para alimentar a todas las personas que habitan la Tierra hoy día y a los que podremos llegar a ser en 2050”. Añadiendo: “El hambre es una cuestión compleja relacionada con guerras, migraciones, conflictos… y no se soluciona con un cultivo transgénico”. Recordando luego que de hecho “la inmensa mayoría de los cultivos transgénicos comercializados actualmente -cerca del 80%- se destinan a piensos para animales y biocombustibles”.

Greenpeace recuerda asimismo lo que dijo en su informe Veinte años de fracaso: por qué no han cumplido sus promesas los cultivos transgénicos contestando a la acusación de que la investigación no ha avanzado por su culpa: “Lo que ha ocurrido es que a medida que las promesas han ido ampliándose también lo han hecho las evidencias de que los cultivos transgénicos están mal adaptados a los retos a los que se enfrentan los sistemas alimentarios y agrícolas mundiales. Es fehaciente que esas promesas no son más que mitos: algunos de los beneficios prometidos no se han podido materializar fuera de los laboratorios y otros se han deshecho al enfrentarse con las complejidades de los ecosistemas agrícolas en el mundo real así como con las necesidades reales de los agricultores. En realidad los cultivos transgénicos han reforzado el modelo de la agricultura industrial que no funciona, con sus monocultivos que reducen la biodiversidad, su elevadísima huella de carbono, su presión económica sobre los pequeños agricultores y su fracaso en proporcionar alimentos seguros, sanos y nutritivos a aquellos que los necesitan” (puede leer el texto íntegro en http://m.greenpeace.org/espana/Global/espana/2016/report/transgenico/20-years_spain_web.pdf).

Es más, el balance de la última evaluación científica de la ONU sobre Ciencia Agrícola y Tecnología para el Desarrollo elaborado por más de cuatrocientos científicos de todo el mundo concluye que la agricultura ecológica puede aliviar la pobreza y mejorar la seguridad alimentaria y cuestiona los transgénicos por sus implicaciones sanitarias, sociales y ambientales. Es más, niegan rotundamente que los transgénicos sean la única solución al hambre (los informes sobre esta evaluación de la ONU los tiene el lector en www.unep.org/dewa/Assessments/Ecosystems/IAASTD/tabid/105853/Default.aspx).

“Quien ha movido esta campaña –denuncia la organización ecologista en su respuesta pública- quiere aprovecharse del prestigio de Greenpeace en el mundo para amplificar su mensaje. Se podía haber elegido a alguno de los gobiernos que han prohibido el uso de transgénicos pero en vez de eso se ha elegido a Greenpeace como principal sujeto del ataque por su repercusión mediática”. Y ello, afirman, en un contexto en el que los defensores de los transgénicos “han perdido varias batallas”; comentario que se refiere a la prohibición de los organismos modificados en 17 países y cuatro regiones de la Unión Europea, al decrecimiento de la superficie cultivada a nivel mundial y al crecimiento de la movilización en contra de estos cultivos.

La nota de Greenpeace recuerda por último que su posición contraria a los organismos genéticamente modificados no es ni mucho menos minoritaria: “La totalidad de las organizaciones ecologistas, la gran mayoría de las organizaciones internacionales de desarrollo y derechos humanos y sociales, numerosas plataformas de la sociedad civil y líderes de la lucha por los derechos humanos y contra la pobreza -como Vandana Shiva- tienen la misma postura”. Y tiene razón.

QUÉ INTERESES HAY TRAS LA CARTA

En suma, para entender lo que está pasando hay que recordar algunas cosas. Hasta hace poco el mercado de la biotecnología y los agroquímicos lo controlaban seis grandes multinacionales procedentes de diversas fusiones y compras que las han ido haciendo más poderosas e influyentes: Bayer, Monsanto, BASF, Syngenta, Dow Chemical, y Dupont. Ahora bien, las dos últimas se fusionaron en 2015 adoptando el nombre de DowDupont y está en marcha el proceso de compra de Monsanto por Bayer por unos 75.000 millones de euros. Hablamos de un grupo de empresas que además de controlar el 61% de las semillas comerciales y el 76% del mercado global de agrotóxicos ha construido una tupida red de influencia en el mundo que incluye –entre otros colectivos de poder- a conocidos políticos, científicos, académicos, médicos, periodistas, activistas y grupos de presión.

No está tampoco de más saber que la carta firmada por los premios Nobel salió a la luz pocos días antes de que en Estados Unidos se votase un proyecto de ley federal sobre el etiquetado de los alimentos modificados genéticamente y justo un día antes de que entrase en vigor una ley similar de carácter estatal en Vermont.

Otra cuestión importante para comprender el contexto es que en estos momentos numerosos colectivos ciudadanos, ecologistas, campesinos, agricultores y activistas de todo el mundo advierten de las fatales consecuencias que puede conllevar la aprobación -tal como en estos momentos están redactados- de los tratados de libre comercio TTIP y CETA porque en ellos se condiciona la regulación de los cultivos y alimentos transgénicos; y obviamente las grandes empresas del sector necesitan presionar para que los textos se aprueben como ellos quieren. Así que si hay que recurrir a premios Nobel pues se hace que muchos están a su servicio o deseosos de estarlo. Aunque haya habido que “reclutar” entre ellos a un premio Nobel de la Paz, 8 economistas, 24 físicos, 33 químicos y 41 médicos. Es decir, a muchas personalidades sin formación específica ni experiencia en los ámbitos de la Genética, la Proteómica, la Biología, la Biotecnología y la Agricultura (puede consultar la lista completa de los firmantes y sus premios en http://supportprecisionagriculture.org/view-signatures_rjr.html).

El analista de riesgos Nassim Nicholas Taleb recuerda por su parte que la mayoría de los laureados firmantes estudiaron en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo XX y no están pues ni formados ni capacitados para entender las complejidades de las interrelaciones que se producen en los fenómenos actuales, sea la investigación del arroz dorado o las causas del hambre en el mundo. De ahí que se pregunte: “¿Deberíamos permitir que gente que en el fondo es responsable de la catastrófica ruina que tenemos encima pueda influir en decisiones de futuro irreversibles sobre nuestros alimentos y nuestra agricultura?”

En pocas palabras, esas personalidades no han firmado una carta de respaldo científico a los organismos modificados genéticamente ya que la inmensa mayoría no está científicamente capacitada para eso y lo saben; han firmado una carta con la que simplemente se pretende condicionar a la sociedad por el simple hecho de que quienes la firman son premios Nobel y se les suponen conocimientos, seriedad y rigor aunque la verdad sea que lo que saben sobre ellos es en la mayoría de los casos muy escaso

CIENTÍFICOS Y PERIODISTAS AL SERVICIO DE LA INDUSTRIA

Cuenta GMWatch en su web que el conocido miembro de la ONG Food & Water Watch Tim Schwab trató de asistir a la rueda de prensa en la que se presentó la carta junto a un representante de Greenpeace y ambos se encontraron con que no se les permitía el paso aduciéndoseles que solo podían asistir “periodistas con credenciales”. Lo impidió en la puerta Jay Byrne, antiguo empleado de Monsanto que ahora dirige V-Fluence, empresa de relaciones públicas al servicio de la industria biotecnológica. Lo mismo que el responsable del proyecto arroz dorado en el Instituto Internacional de Investigación del Arroz, el antes citado Gerard Barry. Ambos son hombres de Monsanto.

Es más, el Washington Post afirma que los promotores de la carta fueron dos. Uno de ellos, Richard J. Roberts, premio Nobel de Fisiología y Medicina por su descubrimiento de los intrones y Director Científico de la empresa de biotecnología New England bioLabs que, en su web lo presenta como “un reconocido líder mundial en el descubrimiento, desarrollo y comercialización de enzimas recombinantes y nativas para la investigación genómica”. Es decir, se trata de “uno de los suyos”, de un personaje que según el escritor e investigador Colin Todhunter hizo en su día no ya propaganda descarada para lograr introducir los alimentos y cultivos modificados en la India sino que igualmente utilizó para ello -como en este caso- el chantaje emocional.

Siendo el segundo promotor según el diario estadounidense el también premio Nobel de Fisiología Phillip A. Sharp, miembro del Instituto David H. Koch y conocido empresario de la industria biotecnológica. De hecho en 1978 participó en la fundación de la empresa farmacéutica y biotecnológica Biogen y en 2002 en la de Alnylam Pharmaceuticals que comercializa productos terapéuticos a partir de técnicas de ingeniería genética. En pocas palabras, la carta la promovieron dos premios Nobel con intereses económicos en empresas de biotecnología.

Obviamente apoyados desde la trastienda así que habrá que seguir tirando del hilo. Y para ello nos vamos a servir de la gran cantidad de información obtenida y desvelada gracias a una petición realizada por la organización no lucrativa Right to Know amparándose en la Ley de Libertad de Información. Y es que en la documentación a la que han tenido acceso aparecen miles de correos electrónicos que ponen una vez más al descubierto las relaciones que mantienen algunos periodistas y científicos con los gigantes de la biotecnología y la agroquímica.

Cabe añadir que la carta de los premios Nobel y la lista de firmantes se aloja en la web http://supportprecisionagriculture.org pero si se escribe supportprecisionagriculture.com en Google verá que se le redirige automáticamente a otra llamada Genetic Literacy Project -es decir, Proyecto de Alfabetización Genética-, organización que según Right to Know no es sino “un grupo de presión de la industria agroquímica cuya financiación es desconocida y que, de manera regular, ataca a activistas, periodistas y científicos que expresan su preocupación por los riesgos para la salud y el medio ambiente de los alimentos modificados genéticamente y los pesticidas”. Es más, resulta que su Director Ejecutivo es Jon Entine a quien la web de información crítica TruthWiki califica de “pseudoperiodista con lazos financieros con la Bill & Melinda Gates Fundation y con la industria biotecnológica”. Es más, se trata de un conocido defensor público de los organismos genéticamente modificados pero también de los pesticidas, los agroquímicos, el fracking, la industria del tabaco, las nucleares, los ftalatos y el bisfenol A. Sin comentarios.

Cabe agregar que en 2011 el American Council on Science and Health (Consejo Americano sobre Ciencia y Salud) -organismo financiado por Coca-Cola, Pepsico, Kellogs, General Mills, la industria americana de bebidas y Syngenta– publicó un libro del citado Jon Entine titulado Scared to death: how chemophobia threatens public health (Miedo a morir: cómo la quimiofobia amenaza la salud pública) dedicado a defender la antrazina, tóxico herbicida comercializado por Syngenta que entregó a ese organismo 100.000 dólares para su publicación.

Los correos electrónicos desvelados por Right to Know también evidencian las relaciones entre Jon Entine y otros periodistas defensores de los organismos genéticamente modificados como Amy Harmon -del New York Time-, Tamar Haspel -del Washington Post- y Keith Kloor.

Y hay más: Jon Entine fue el impulsor de una serie de “campos de entrenamiento” dirigidos en 2014 a científicos y en 2015 a periodistas cuyo objetivo era introducir los planteamientos de Monsanto en los ámbitos académico y mediático. Siendo tres de los conocidos científicos que participaron en tales entrenamientos Kevin Folta -de la Universidad de Florida-, David Tribe -de la Universidad de Melbourne– y Bruce M. Chassy -profesor emérito de la Universidad de Illinois-. Basta echar un vistazo a los blogs de los tres profesores para ver de qué lado están e inferir de dónde reciben sus fondos. Y si aun le quedan dudas vaya a la web de este último, entre en Fraudulent GMO Answers y Academia Review y comprobará que son espacios íntegramente dedicados a reproducir las consignas de las corporaciones biotecnológicas en las que intenta liar al lector no versado con apariencia de objetividad técnica y un sofisticado vocabulario.

¿UN CRIMEN CONTRA LA HUMANIDAD?

No queremos terminar sin comentar nuevamente la retórica pregunta que los 110 premios Nobel hacen al final de su carta diciendo ¿Cuánta gente pobre debe morir en el mundo antes de que consideremos esto un ‘crimen contra la humanidad’? Y es que nos parece un auténtico ejercicio de cinismo que eso lo digan personajes que en la mayoría de los casos no saben nada de biotecnología, algunos de los cuales protegen además los negocios e intereses de poder de un puñado de multinacionales con un larguísimo y vergonzoso historial de agresiones a los derechos humanos y al medio ambiente. Porque hablamos de empresas que son responsables desde el agente naranja a los suicidios de campesinos arruinados en la India pasando por los embarazos interrumpidos y las muertes de trabajadores en Paraguay, Argentina o Brasil a causa de agrotóxicos creados por biotecnología. Empresas que han logrado hasta ahora evadir la vía judicial penal llegando a acuerdos con sus propios testaferros en gobiernos y organizaciones internacionales a cambio de dinero pero que pronto serán “juzgadas” por su falta de ética ante un “tribunal” puesto en marcha por iniciativa civil que en octubre próximo juzgará a Monsanto en Ámsterdam por violación de derechos humanos, crímenes contra la humanidad y ecocidio.

Una iniciativa impulsada, entre otros, por la ya citada Vandana Shiva, la ex Ministra de Medio Ambiente francesa Corinne Lepage, la periodista y directora del documental El mundo según Monsanto Marie-Monique Robin, el profesor Olivier De Shutter -del Panel Internacional de Expertos sobre Sistemas de Alimentación Sustentables– y el profesor de Biología Molecular Gilles-Éric Seralini respaldados por numerosos colectivos ecologistas y activistas en los ámbitos de la salud, la alimentación y la agricultura (http://www.monsanto-tribunal.org/). Informaremos de ello.

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
196
Septiembre 2016
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