¿Qué credibilidad tienen las acusaciones de maltrato infantil hechas a muchos padres?

En los últimos años muchos padres y cuidadores han sido condenados por maltratar a bebés basándose en que padecían los síntomas que definen el llamado Síndrome del Bebé Sacudido; especialmente -pero no solo- hematoma subdural, hemorragia retinal y edema cerebral. Pues bien, cada vez más expertos ponen en duda que tales síntomas sean prueba de maltrato y muchas personas pueden haber sido acusadas y condenadas injustamente. Lo ha denunciado reiteradamente la neuropatóloga pediátrica Waney Squier a quien el Consejo General Médico de Reino Unido le ha retirado la licencia por oponerse así a las teorías oficiales y considerarla culpable de “engañar a sus compañeros, ser irresponsable y deshonesta y provocar el descrédito de la profesión médica”. Y eso que hasta hace 15 años ella misma declaraba en los tribunales apoyando esa teoría que hoy pone en duda.

¿Qué credibilidad tienen las acusaciones de maltrato infantil hechas a muchos padres?

¿Se puede en Medicina discrepar libremente de la opinión dominante sobre el origen o tratamiento de una patología sin sufrir represalias? Pues quizás le sorprenda pero la respuesta es NO. Todo médico, enfermero, farmacéutico, biólogo o químico relacionado con la Medicina sabe hoy que si osa contradecir la verdad oficial sobre una enfermedad y su tratamiento se enfrenta al rechazo, a la pérdida de posición social y laboral y al repudio de la mayoría de sus colegas pero hasta ahora nadie se había atrevido en una sociedad democrática a eliminar del registro de médicos colegiados a uno de ellos solo por defender en los tribunales posiciones contrarias a las teorías dominantes. Sin embargo eso es lo que hace sólo unos meses ha ocurrido en Gran Bretaña donde el Tribunal de la Práctica Médica del General Medical College ha decidido hacerlo y retirar la licencia para ejercer a la internacionalmente conocida neuropatóloga pediátrica Waney Squier, miembro de la Sociedad Británica de Neuropatológos y de la Asociación de Neurología Pediátrica Británica.

¿Su “delito”? Mantener en tribunales de justicia en los que se acusa a padres o cuidadores de haber llevado a la muerte a bebés de corta edad provocándoles el denominado Síndrome del Bebé Sacudido o Zarandeado (SBS por sus siglas en inglés) que no existe base científica alguna para seguir utilizando ese síndrome como prueba de culpabilidad llevando así la contraria a la teoría oficial que asumen la mayoría de sus colegas. Y es que según el tribunal médico que la “juzgó” sus opiniones son “dogmáticas, inflexibles y poco receptivas a cualquier otro punto de vista” -es decir, la acusaron de lo que ellos hacen- y su trabajo “engañoso”, “irresponsable” e incluso “deshonesto” porque provoca “el descrédito de la profesión médica”.

Lo cierto es que todos los años miles de niños sufren en el mundo lesiones en la cabeza que se atribuyen al uso de la violencia, la mayoría de ellos menores de un año. Solo en estados Unidos se calcula que entre 1.200 y 1.400 y por lo general no existen dudas del maltrato porque los médicos descubren otros signos de abuso como cortes, contusiones, quemaduras, fracturas o bien existe un historial que avala la conducta delictiva de los padres o cuidadores acusados. Sin embargo en aproximadamente un 20% de los casos se diagnostica Síndrome del Bebé Sacudido de los que entre el 50% y el 75% no muestra evidencia física de maltrato aunque sí la presencia de tres síntomas internos conocidos como “la tríada del bebé sacudido”: hemorragia subdural (acumulación de sangre entre la duramadre o membrana que cubre el cerebro y la aracnoides, meninge intermedia que protege el encéfalo y la médula espinal), hemorragia en la retina e inflamación del cerebro.

Pues bien, en los últimos 30 años los médicos han diagnosticado el Síndrome del Bebé Sacudido sobre la base de esos tres síntomas principales asumiendo más allá de toda duda razonable -incluso en casos en los que no existía ninguna otra marca de violencia en el bebé- que la persona que ha estado cuidando al niño inmediatamente antes de ser trasladado a un centro sanitario para ser atendido de urgencias es responsable de haberlo sacudido con la fuerza necesaria para provocarle daños en el cerebro. Hoy día, aunque menos comúnmente, también se conoce a este “síndrome” como Lesión por Sacudida e Impacto, Trauma Craneal Abusivo, Lesión Cerebral Adquirida y otras variantes similares.

Y así ha sido… hasta ahora; porque la mejora en la tecnología de imágenes diagnósticas -sobre todo de las resonancias magnéticas y las tomografías computarizadas- así como un examen más detallado de las investigaciones que presuntamente apoyan el diagnóstico de tal “síndrome” ha hecho que numerosos expertos -de distintas especialidades- cuestionen su base científica. De hecho recientes estudios de cerebros de niños fallecidos efectuados con resonancia magnética han revelado que también existe a veces esa tríada de síntomas en infantes que no sufrieron tales “zarandeos”. Es mas, hoy se admite incluso que el sangrado en el cerebro puede tener muchas otras causas incluyendo una caída, una infección, un trauma natal, hipoxia y una enfermedad (como la anemia drepanocítica). Los efectos de la privación de oxígeno pueden ser lentos y sutiles pero podrían explicar cómo un niño con los síntomas de la triada podría durante cierto período de tiempo parecer irritable o letárgico, dejar de comer o dormir bien. Los médicos han constatado que en muchos casos en que los niños presentan síntomas de la tríada puede haber un retraso de horas -e incluso de días- entre el momento de la lesión y el momento en que el bebé pierde la conciencia. Posibilidad que plantea serias dudas sobre si la última persona que cuidó a un niño antes de que dejase de respirar es solo por ello culpable de violencia.

De hecho en 2015 -un año antes de que Waney Squier fuera represaliada por su posicionamiento- un numeroso grupo de investigadores -pediatras, neurorradiólogos, forenses, patólogos, abogados, oftalmólogos y nefrólogos- encabezado por Patrick Barnes -neurorradiólogo pediátrico en el Hospital Infantil de la Universidad de Stanford– publicó en Argument & Critique una Carta Abierta con el título Open Lleter on Shaken Baby Syndrome and Courts: A False and Flawed Premise (Carta Abierta sobre el Síndrome del Bebé Sacudido y los tribunales: una premisa falsa y defectuosa). La base científica para afirmar que esas lesiones son consecuencia de una violenta sacudida causada intencionadamente -se asevera en ella- es muy discutible. La evidencia biomécanica demuestra que la sacudida sin contacto sólo produciría la tríada de lesiones si se da junto con otras lesiones en el cuello y la columna que normalmente no se encuentran en los supuestos casos de Síndrome del Bebé Sacudido (SBS). Durante la última década se ha descubierto que muchos de los progenitores/cuidadores acusados no se corresponden con el perfil convencional de los que comenten maltrato infantil y que el modelo de lesiones resulta de etiologías alternativas a la sacudida (…) Si bien los que proponen el constructo SBS tienden a presentar sus opiniones como la opinión científica predominante el SBS nunca ha sido más que una hipótesis. Los especialistas ignoran a menudo -o están en desacuerdo- las explicaciones alternativas que pueden proporcionar otras especialidades e, incluso, otros puntos de vista dentro de la misma especialidad. Más aún, existe un cuerpo creciente de ciencia enteramente respetable, publicada en literatura revisada por otros expertos, que desafía todo ese planteamiento”.

En su Carta Abierta los firmantes denuncian la existencia de intereses creados para seguir negando otras posibles causas del Síndrome del Bebé Sacudido (SBS).Hay que decir -afirman- que existen poderosos intereses creados para suprimir cualquier discusión abierta -dentro o fuera de los tribunales- sobre la viabilidad del constructo SBS. Los motivos son económicos y la conservación de la reputación. Y una de las consecuencias ha sido el vilipendio de peritos dispuestos a ofrecer teorías rivales y la supresión de un debate razonable”. Los firmantes terminan diciendo que es pues “imprudente e inseguro” sentenciar a alguien con duras condenas si la única prueba, sin ninguna otra evidencia física, es un diagnóstico de Síndrome del Bebé Sacudido (SBS), hipótesis sometida hoy a debate científico.

En fin, el problema -más allá del simple debate académico de si existen o no bases científicas para apoyar una relación directa e inmediata entre la causa (una supuesta sacudida) y la aparición de la tríada del Síndrome del Bebé Sacudido (SBS)- es que con el tiempo ese diagnóstico se convirtió en un sello de culpabilidad por sí mismo convirtiendo a los médicos, con su testimonio, en responsables de que un buen número de las personas acusadas y condenadas por homicidio sean en realidad inocentes.

VIDAS DESTROZADAS

El concepto de abuso infantil por sacudida violenta surgió a finales de 1960 cuando un neurocirujano llamado Ayub Ommaya llevó a cabo un brutal experimento con animales para calcular la cantidad de aceleración necesaria para causar una lesión cerebral. Ommaya ató a decenas de monos rhesus a sillas montadas sobre ruedas dejando sus cabezas sin apoyo, colocó éstas en una pista de 6 metros de largo y mediante un pistón de aire comprimido las lanzó a toda velocidad contra una pared muriendo 15 de ellos a consecuencia de la hemorragia cerebral que les ocasionó el brusco movimiento de cabeza. Esta investigación dio pie a que el neurocirujano pediátrico Norman Guthkelch -en Gran Bretaña- y el radiólogo pediátrico John Caffey -en Estados Unidos- publicaran sendos artículos postulando que el sangrado y la inflamación que los cerebros de algunos bebés presentaban en el momento de llegar a una sala de urgencias podían tener la misma fuente que la señalada en los estudios con primates: el latigazo cervical. Guthkelch y Caffey teorizarían así que los lactantes sin signos de impacto pero con hemorragia intracraneal e inflamación -síntomas que a menudo presentan los niños maltratados- podían deberse a que fueron zarandeados con fuerza suficiente como para romper los vasos sanguíneos de la cabeza y contusionar los tejidos del cerebro. Obviamente tal hipótesis no podía ser sometida a prueba pero sus teorías se difundieron ampliamente siendo rápidamente aceptadas a ambos lados del Atlántico y de ahí al resto del mundo. Y aunque en la década de los ochenta investigadores biomecánicos, aplicando sus técnicas a la teoría del bebé sacudido, constataron que maniquíes infantiles no podían sacudirse con la fuerza suficiente como para llegar a los umbrales previstos para reventar los vasos sanguíneos necesarios sin otros daños físicos más brutales la teoría se había asentado ya entre la comunidad médica y en los tribunales. Y es que encontrar un culpable de forma rápida es el sueño de los cuerpos policial y judicial.

El Síndrome del Bebé Sacudido (SBS) se convirtió en realidad mediática en 1997 cuando la “au pair” británica de 19 años Louise Woodward, conocida posteriormente como “la niñera de Boston“, fue acusada de zarandear a una niña de 8 meses mientras estaba a su cargo. La defensa argumentó que su muerte tuvo que ser consecuencia de una lesión anterior pero el fiscal insistió, apoyándose en testimonios médicos, e impuso la teoría del bebé zarandeado. Y tras un juicio televisado el jurado condenó a la joven por asesinato en segundo grado. Pues bien, uno de los peritos de la fiscalía que sostuvo que la muerte del bebé se debió a una fuerte sacudida fue el neurorradiólogo Patrick Barnes y éste es uno de los firmantes de la Carta Abierta antes citada en la que se cuestiona este síndrome. Afortunadamente aunque el jurado declaró culpable de asesinato en segundo grado a aquella joven británica el juez la condenó “solo” por homicidio involuntario y la puso en libertad dado el tiempo que ya había pasado en prisión de forma preventiva.

Fue sin embargo tras el juicio cuando 70 médicos especializados en abuso infantil publicaron una carta en Pediatrics -revista de la Asociación Americana de Pediatría- en la que dieron carta de naturaleza a la famosa “tríada” definiendo los tres síntomas que a partir de ese momento conformaron el síndrome: “El Síndrome del Bebé Sacudido (con o sin evidencia de impacto), con funciones de diagnóstico prácticamente único en casos graves para este tipo de lesión, es ahora una entidad clínica y patológica bien caracterizada: inflamación del cerebro (edema cerebral) secundaria a una lesión cerebral grave, hemorragia dentro de la cabeza (hemorragia subdural) y sangrado en los revestimientos interiores de los ojos (hemorragias de la retina)”.

Las “pruebas” de los ortodoxos no eran más que una suma de creencias y no de datos pero hicieron que a partir de entonces hubiera cada vez más padres y cuidadores condenados, algunos de los cuáles acabaron siendo declarados inocentes tras pasar más de una década en la cárcel.

Fue por ejemplo el caso de Audrey Edmunds, puesta en libertad después de pasar 11 años en prisión. Hablamos de una joven que en 1993 dejó su trabajo como secretaria y empezó a cuidar niños. El caso es que un mal día, según su testimonio, el bebé de 7 meses que cuidaba se derrumbó mientras le estaba dando el biberón. Llevado al hospital una tomografía computarizada mostró que tenía la triada de síntomas del bebé sacudido pero sin lesión en la médula espinal. Así que cuando el bebé murió los médicos consideraron a Edmunds -que estaba embarazada de su tercer hijo- responsable de su muerte. Acusada de homicidio imprudente en primer grado el patólogo forense Robert Huntington testificó que lo más probable es que la muerte se hubiera producido por haber sido sacudido dos horas antes del colapso y Audrey Edmunds fue condenada a 18 años de cárcel. Seis años después -en 1999- el propio Robert Huntington efectuó la autopsia a un niño que había llegado al hospital por la mañana con síntomas de náuseas y letargo siendo solo cuando éste dejó de respirar por la noche cuando se dieron cuenta de que había entrado con una lesión cerebral. La autopsia confirmó el desarrollo de síntomas cerebrales con retraso y Huntington comenzó a reconsiderar junto a otros colegas su testimonio en el caso Edmunds. Enterado de ello el abogado de ésta actuó de inmediato y en 2007 un tribunal escuchaba de nuevo a Huntington y a otros expertos críticos con la teoría del Síndrome del Bebé Sacudido (SBS). Incluido el reconvertido neurorradiólogo Patrick Barnes antes citado que después de haber prestado testimonio de cargo contra Louise Woodward se convenció tras una investigación personal de que el modelo clásico deL SBS es erróneo. El tribunal de apelación terminaría revocando la sentencia y liberando a Audrey Edmunds después de 11 años de prisión basándose en un “cambio de la opinión médica convencional” sobre el síndrome; especificando: “Es la aparición de una disputa legítima y significativa dentro de la comunidad médica”.

La decisión judicial llamaría la atención de la profesora del DePaul University College of Law de Chicago (EEUU) y exfiscal en casos de abuso infantil durante muchos años Deborah Tuerkheimer que, como antes hicieran Barnes y Huntington, comenzó a investigar sobre el síndrome sorprendiéndose de la fragilidad del presunto diagnóstico infalible. De hecho actualmente defiende que hay cientos de personas inocentes condenadas en las últimas tres décadas por ello. “A pesar del cambio en el consenso científico -denunciaría en un artículo que con el título Anatomy of a Misdiagnosis (Anatomía de un diagnóstico erróneo) publicó en 2010 en el New York Timesel debate sobre la legitimidad del diagnóstico del Síndrome de Bebé Sacudido (SBS) continúa. Algunos científicos mencionan los estudios que utilizan maniquíes según el modelo de la anatomía de los lactantes como evidencia de que sólo sacudiendo no se puede generar la fuerza suficiente para provocar la triada de síntomas o que no podría hacerse sin provocar también lesiones en el cuello del niño o la médula espinal. Otros, sin embargo, cuestionan la validez de esos estudios y mantienen la creencia de que únicamente sacudiendo se puede (aunque no necesariamente) provocar la tríada. El Síndrome del Bebé Sacudido ha sido durante décadas, en esencia, un diagnóstico médico de asesinato pero a partir de ahora los fiscales, los jueces y los jurados deberían ser más escépticos. La triada de síntomas, por sí sola, no prueba más allá de toda duda razonable que un bebé haya sido sacudido fatalmente”.

Añadiremos que el “caso Edmunds” fue decisivo para la puesta en marcha del llamado Proyecto Inocencia, iniciativa destinada a revisar los casos de presos condenados “injustamente” mediante pruebas como el ADN o las nuevas evidencias médicas.

HECHOS Y NO CREENCIAS

Pues bien, junto a quienes durante años defendieron las sacudidas como causa del Síndrome del Bebe Sacudido estuvo también la doctora Waney Squier, neuropatóloga del John Radcliffe Hospital de la Universidad de Oxford (Inglaterra) en la que además ejerce como profesora, ahora represaliada. Especializada en la patología de cerebros en desarrollo de neonatos y niños se trata de una de las principales autoridades médicas que ponen en duda su fiabilidad diagnóstica estando recogidas sus opiniones en decenas de artículos. Entre ellos en el que publicó en 2008 en Developmental Medicine and Child Neurology con el título Shaken baby syndrome: the quest for evidence (Síndrome del Bebé Sacudido: la búsqueda de pruebas) en el que decía: “Desde que el Síndrome del Bebe Sacudido (SBS) se definió por primera vez hace tres décadas han aparecido nuevas evidencias que hacen que tenga que ser revisado. La Neuropatología muestra que la mayoría de los casos no tienen lesión axonal traumática sino una lesión hipóxico-isquémica e inflamación del cerebro. Esto puede permitir un intervalo de lucidez que la lesión axonal traumática no permite. Además las hemorragias subdurales delgadas en SBS son diferentes a los gruesos coágulos en casos de trauma. Por eso no pueden ser presentados como una rotura traumática de venas puente sino como vasos lesionados por la hipoxia y alteraciones hemodinámicas”. Y añadía: “Los estudios biomecánicos han fracasado repetidamente al intentar mostrar que sólo la sacudida puede generar la tríada sin lesión significativa en el cuello. Se necesita de un impacto y, de hecho, parece ser la causa de la mayoría de los casos del llamado Síndrome del Bebe Sacudido (SBS). Las hemorragias subdurales relacionadas con el parto son mucho más frecuentes de lo que se pensaba y su potencial para causar condiciones subdurales crónicas e imitar a la SBS aún deben ser revisadas”.

Y eso que, como reconocería en la web Conversations with Pathologists Squier, ella misma diagnosticó al principio algunos casos como Síndrome del Bebe Sacudido (SBS). Hecho que explica así: Sencillamente, había aceptado lo que me dijeron pero cuando comencé a buscar en la literatura, y leí lo que realmente se había escrito sobre el síndrome me di cuenta de que la base científica era incierta. Gran parte de lo que creemos nos lo dicen y lo aceptamos. Nos decimos ‘Bueno, debe ser verdad’ y no nos hacemos más preguntas. Sin embargo cuando yo empecé a hacerme preguntas sobre el Síndrome del Bebé Sacudido me di cuenta de que todo el diagnóstico depende del ‘creemos que’, ‘lo hemos visto antes’, ‘nosotros sabemos que’, ‘la mayoría de la gente cree que’, ‘entendemos que’… pero no nos planteamos cuáles son en realidad los hechos que apoyan esa creencia”.

Waney Squier cuenta que uno de los peores momentos de su vida lo vivió cuando el periodista John Sweeney la entrevistó para un programa de televisión y le preguntó sobre un caso que había diagnosticado como Síndrome del Bebé Sacudido (SBS) en los tribunales por el que una mujer, Lorena Harris, llevaba en prisión tres años. “¿Aún cree en el Síndrome del Bebé Sacudido”, le preguntó el periodista; y ella contestó: “No, no creo en él”. El presentador volvió entonces a preguntarle “¿Y qué piensa usted de su responsabilidad por la condena”. Squier recuerda que la pregunta la dejó completamente anonada y respondió: “Estoy horrorizada. Es horrible porque ahora que he tenido la oportunidad de reconsiderarlo no creo que repitiera el mismo diagnóstico”.

Squier fue por ello llamada a declarar por la defensa ante el tribunal de apelación en la vista que se celebró en 2005 sobre el caso de Lorena Harris reconociendo allí que ya no creía en el Síndrome del Bebé Sacudido (SBS). Finalmente el tribunal anuló la condena. Sin embargo muchas cosas no pudieron ser ya reparadas como ella misma explicaría: “Cuando el bebé murió fue llevada a prisión y no se le permitió ir al funeral. Y además se le quitó a su hija de cinco años que fue entregada en adopción mientras estaba en la cárcel con lo que cuando salió tres años después sólo se le permitió acceder a ella dos veces al año. La decisión era irreversible porque no se puede entregar a un niño en adopción y devolvérselo después a su madre. Y encima su marido la había abandonado, sus padres habían muerto y el bebé que esperaba murió de una enfermedad natural. En suma, el sistema destrozó su vida”.

Se entiende ahora que Squier, al igual que Barnes, Huntington y Tuerkheimer, luche denodadamente para que sus colegas se replanteen lo que creen saber de este síndrome. Aunque su decisión haya hecho que sea atacada e incluso injuriada. “Soy rechazada por desafiar lo que los pediatras quieren oír. Y una de las razones es que no están dispuestos a asumir la posibilidad de haberse equivocado porque, ¿cómo vive uno aceptando que si se equivocó ha destrozado familias y enviado a prisión a personas inocentes?”

Una actitud que explica que cuando Squier acude hoy a un hospital a estudiar un caso sea a veces recibida con la socarrona pregunta de “¿Qué, es otro síndrome de leche asesina?”. Y es que Squier piensa que al alimentarse algunos bebés se quedan temporalmente sin aire y esa hipoxia aumenta en el cerebro la presión pudiendo provocar una hemorragia subdural que puede llevarles incluso a la muerte. Como igualmente piensa que un parto complicado puede provocar hemorragias cerebrales.

Los hechos demuestran que afortunadamente Squier no se deja influir por las críticas; lo prueba que ya ha escrito informes y/o declarado en más de 160 casos de Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Islandia, Irlanda, Países Bajos, Suecia, Suiza, Israel, Hong Kong y Nueva Zelanda. Y a través de decenas de artículos revisados por pares, conferencias y apariciones en televisión informa de lo que sabe a jueces, fiscales, abogados, médicos y patólogos forenses y, cómo no, al público en general. Trabajo que ha sido premiado por el Proyecto Inocencia en 2016 por haber contribuido a revisar muchas condenas basadas en la hipótesis del Síndrome del Bebé Sacudido (SBS). De hecho ha contribuido ya a 19 exoneraciones.

Quizás por eso los detentadores de la verdad médica, capaces de llevar a la cárcel a personas inocentes con tal de imponer sus creencias, la atacan hoy más duramente que nunca. Como el doctor Peter J. Strouse que en Radiología Pediátrica publicó un editorial titulado Abuso infantil: tenemos problemas en el que pocas semanas antes de la expulsión de Squier escribía: “Los negacionistas del abuso infantil representan una creciente amenaza para el cuidado de la salud y el bienestar de los niños y sus familias”. Añadiendo: “El sistema judicial parece mal equipado para censurar adecuadamente a los negacionistas a pesar de su comportamiento engañoso y poco ético. Lo ideal sería que el sistema legal se sometiera también a la revisión por pares por observadores imparciales pero eso no ocurre. Las instituciones que albergan a los negacionistas, sean instituciones académicas públicas o privadas, deberían pues reconsiderar cuidadosamente sus empleos”. Y asumiendo esta propuesta los guardianes de la ortodoxia médica oficial prohibirían pocas semanas después a Squier ejercer su profesión en una decisión dictatorial ilegal e injusta.

Lo lamentable es que este caso es un nuevo aviso para todo profesional de la salud que no se someta a las verdades establecidas por quienes detentan el poder; lo que no obsta para que haya profesionales no dispuestos a dejarse avasallar. Apenas unos días después de que se condenara a Squier 25 profesionales de diferentes ámbitos de la Ciencia publicarían en The Guardian una Carta Abierta en la que decían: Es preocupante que la Dr. Waney Squier, tal vez la más importante científica de Gran Bretaña en el campo de la Neuropatología Pediátrica que ha sido consultora en el Hospital John Radcliffe durante 32 años, haya sido eliminada del registro médico por sus testimonios en casos del llamado Síndrome del Bebé Sacudido (SBS). Se la ha acusado de varias cosas, incluyendo falta de respeto por las opiniones de sus compañeros, pero toda generación ha tenido creencias ortodoxas cuasi-religiosas y si hay una verdad histórica es que muchas de las creencias defendidas con firmeza ayer se convertirán en objeto de ridículo mañana. El tiempo dirá si ese termina siendo el destino del Síndrome del Bebé Sacudido (SBS) pero es preocupante que las autoridades inflijan duros castigos a quienes simplemente no siguen la línea establecida sino un patrón distinto como es el caso de la Dr. Squier. Es un día triste para la Ciencia que, como auténtica inquisición del siglo XXI, se niegue hoy a un médico la libertad de cuestionar las creencias ‘oficiales’. Y es un día especialmente triste para todo padre o cuidador que pueda ser condenado solo por el ‘equivocado diagnóstico ‘ de un médico que decida que un bebé ha muerto por ser sacudido cuando el fallecimiento puede haber acaecido por causas naturales”.

Quizás uno de los mejores resúmenes de la situación sea el que hizo el abogado especializado en derechos humanos Clive Stafford Smith quien en un editorial publicado en The Guardian ha comparado al tribunal que decidió sobre Squier con el juicio a Galileo por la Iglesia: “Estoy convencido de que Squier está en lo cierto pero no es preciso estar de acuerdo para ver el lado oscuro de la acusación del General Medical College. Negar el derecho a cuestionar una teoría científica solo porque la acepta una mayoría recuerda la difícil situación de Galileo en 1615 cuando se presentó ante la inquisición papal (…) Ha habido que esperar hasta 1982 para que el Papa Juan Pablo II admitiera formalmente que la Iglesia se había equivocado”. Su alegato termina diciendo: “Los considerados blasfemos sufren a menudo un horrible destino; por fortuna, aunque Squier sea expulsada al menos no será quemada en la hoguera. Ahora bien, el impacto en la ciencia médica será inmenso porque, ¿qué otro médico va a estar dispuesto a cuestionar la teoría de la acusación en un procedimiento judicial si sabe que ello puede suponer el fin de su carrera? Ha sido un día muy oscuro para la Ciencia y puede serlo para la Justicia”. 

Antonio F. Muro

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Noviembre 2016
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