Guerra global contra Monsanto

Monsanto es la primera multinacional fabricante de transgénicos y además -según el grupo ETC– la principal empresa de semillas del mundo ocupando ya el quinto lugar en la producción de agroquímicos a pesar de que cada año se acumulan más denuncias contra ella porque sus semillas y transgénicos se relacionan con cada vez más enfermedades, muertes, contaminación, destrucción del medio ambiente, privatización de tierras, amenazas a campesinos y desplazamientos de pueblos indígenas. De hecho hay ya iniciativas populares surgidas en Iberoamérica (Argentina, Brasil, Perú, Colombia, Guatemala y Haití), la India y el continente africano –donde se ha constituido la Alianza para la Soberanía Alimentaria en África-, Europa y el propio Estados Unidos puestas en marcha para luchar contra una multinacional que no ha dudado en imponerse a la comunidad internacional usando su poder económico y político.

Monsanto fue fundada en 1901 en Saint Louis (Missouri, EEUU) por un empleado de la industria farmacéutica llamado John Francis Queeny quien montaría una pequeña empresa fabricante de productos químicos que pronto entraría en el negocio de la alimentación y la agricultura produciendo el famoso edulcorante que conocemos como sacarina.

Posteriormente -en la década de los años veinte- empezaría a fabricar ácido sulfúrico llegando a ser además el mayor fabricante mundial de Bifenilo Policlorado (PBC) tras absorber en 1935 a la empresa que lo comercializaba desde 1927 (Swann Chemical Company, inicialmente Anniston Ordnance Company), producto enormemente tóxico que se usó masivamente en la agricultura como plaguicida pero también en transformadores eléctricos, condensadores de alta y baja tensión, electromagnetos, motores eléctricos refrigerados con líquido, cables eléctricos, balastras de lámparas fluorescentes y sistemas hidráulicos y lubricantes. Por eso los distintos tipos de PCB contaminan hoy gran parte del planeta -fuera por vertido directo a partir de industrias que los utilizan, por combustión y vertido a ríos y aguas marinas de desechos contaminados o por su uso en agricultura- encontrándose aún restos en diferentes productos -como la leche y sus derivados- así como en el tejido adiposo -humano y animal- y otros órganos con contenido graso (como el cerebro y el hígado). El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lo considera de hecho uno de los doce contaminantes más nocivos fabricados por el ser humano y de ahí que actualmente su uso esté prohibido en casi todo el mundo. Lo mismo que el polémico insecticida DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) que igualmente comercializó Monsanto y puede haber sido -entre otras patologías- responsable de la epidemia de polio que sufrió el mundo durante décadas como ya denunciamos en el artículo que con el título ¿Se justifica la teoría microbiana de la enfermedad? publicamos en el nº 129 y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com.

Cabe añadir que en la década de los cuarenta los productos de Monsanto incluían plásticos y herbicidas con altos contenidos de dioxinas y ello llevó a la industria militar norteamericana a buscar su colaboración para fabricar el funestamente famoso agente naranja con el que arrasó Vietnam; como se sabe la aviación estadounidense esparció de forma criminal 80 millones de litros de herbicidas químicos solo para “despejar” los bosques tropicales y facilitar así los bombardeos destruyendo cosechas y envenenando las aguas. Algunas organizaciones civiles calculan que aún hoy tres millones de personas siguen sufriendo las consecuencias del agente naranja; incluyendo cánceres y malformaciones congénitas. Es más, Monsanto se vería envuelto en la demanda que un grupo de veteranos de guerra interpuso al haber sufrido también sus efectos.

En cualquier caso fue en la década de los noventa cuando Monsanto se centró en lo que iba a ser su negocio clave y fuente de destrucción de nuestra salud y del medio ambiente: la manipulación genética. Siendo en 2005, tras comprar las principales empresas de semillas, cuando se convirtió en la principal empresa de semillas del mundo con casi una cuarta parte del mercado (véase el recuadro nº 4). Para entender la gravedad del asunto es preciso saber que a partir de la segunda mitad del pasado siglo XX se comenzaron a patentar semillas y, por tanto, a caer en manos de las grandes empresas. De hecho -según un informe del grupo ETC- en estos momentos el 82% de las semillas comerciales están patentadas y la mayoría controladas por diez compañías que encabezan Monsanto, empresa con más de 400 sedes en 66 países y cuyas ventas en 2010 ascendieron a 11.800 millones de dólares.

CONTROL TOTAL

En suma, hoy unas pocas empresas controlan el mercado de los transgénicos siendo las principales Monsanto -con un 80% -seguida de Aventis -con un 7%-, Syngenta y BASF -con un 5% cada una- y DuPont -con un 3%-. Empresas que además se han aliado con otras de la cadena de producción y venta de alimentos formando así un conglomerado de tal poder que logra imponer sus condiciones y precios a gobiernos e instituciones –nacionales e internacionales- aplastando a los pequeños agricultores. Monsanto, por ejemplo, está aliada con Cargill -que monopoliza los granos, fertilizantes y alimentos para el ganado y con Kroger -que se encarga de la distribución al por menor de la mercancía.

En lo que se refiere a las cosechas aunque existen muchas plantas transgénicas sólo unas pocas se cultivan a gran escala: la soja, el maíz, el algodón y la colza. Según el informe del Servicio para la Adquisición de Aplicaciones Agro-biotecnológicas (ISAAA) –entidad netamente favorable a los transgénicos cuyo director y fundador, Clive James, tuvo la desfachatez de dedicar “a los mil millones de personas pobres y hambrientas y a su subsistencia”- en 2012 se cultivaron ¡170,3 millones de hectáreas de transgénicos! en el planeta con una tasa anual de crecimiento del 6%; lo que representa algo más del 3% de las tierras agrícolas. Cosechas que se encuentran concentradas en unos pocos países -Estados Unidos (53%), Argentina (18%), Brasil (11%), Canadá (6%), China (3%), India (4%) y Sudáfrica (1%)- aunque con presencia marginal en otros como España –según el informe “país líder en Europa” con 116.307 hectáreas de maíz Bt-, Alemania, Rumanía, Bulgaria, República Checa, México, Colombia, Uruguay, Honduras, Indonesia, Irán y Filipinas. El informe de James se jacta de que “millones de agricultores de unos 30 países tomaron más de 100 millones de decisiones independientes para sembrar un área acumulada de 1,5 millones de hectáreas” lo que según él demuestra “la confianza que depositan millones de agricultores en los cultivos genéticamente modificados ya que ofrecen beneficios socioeconómicos y ambientales sustentables y sustanciales”. ¿Decisiones independientes? ¡Por favor! Asimismo tiene la caradura de decir que “de 1996 a 2011 los cultivos GM contribuyeron a la seguridad alimentaria, a la sustentabilidad y a enfrentar el cambio climático a través de un aumento de la producción agrícola, el beneficio ambiental de usar millones de kilos menos de pesticidas, la conservación de la biodiversidad y contribuir a aliviar la pobreza al ayudar a más de 15 millones de agricultores”. Y se quedó tan fresco.

LO QUE DICEN… Y LO QUE HACEN

En suma, además de presentar los transgénicos como “un avance tecnológico con mejoras inmediatas para el proceso industrial” el argumento básico de las compañías de biotecnología es que los cultivos transgénicos y los alimentos modificados ¡acabarán con el hambre y la desnutrición en el mundo! Y es que cada cierto tiempo aparecen supuestos benefactores de la humanidad que acaban no solo empeorando los problemas existentes sino creando otros mucho más graves. La cruda realidad sin embargo es que no cesan de ver la luz numerosos estudios científicos que ponen en evidencia los graves peligros que la pretensión de manipular la naturaleza como si de una máquina se tratara tiene para la salud humana y la del planeta. A esto se suma el hecho demostrado de que Monsanto, en lugar de ofrecer alimentos a los países pobres, lo que viene haciendo es precisamente lo contrario: esquilmar a los campesinos obligándoles a comprar unas semillas que luego les impiden reutilizar en la siguiente cosecha… salvo que paguen por ello; es más les deben comprar obligatoriamente a ellos todos los productos necesarios para su mantenimiento, incluidos sus tóxicos agroquímicos.

De hecho Monsanto y otras compañías de biotecnología persiguen judicialmente a los campesinos que osan desafiarles (muchos aceptaron las semillas sin saber las condiciones de cara al futuro que ello implicaba). Según Amigos de la Tierra la multinacional líder en transgénicos se gasta ya diez millones de dólares al año en llevar a los tribunales a aquellos granjeros cuyos campos se contaminaron sin saberlo -a menudo porque el viento esparció sus semillas patentadas desde campos cercanos- ¡acusándoles de usarlas sin pagar previamente por ellas! ¡Cuando son las víctimas de esa contaminación!

POR QUÉ SON PELIGROSOS LOS ORGANISMOS MODIFICADOS GENÉTICAMENTE

Según la doctora Mae Wan Ho, profesora de Biología de la Open University (Reino Unido) y autoridad de prestigio internacional en temas de Biotecnología y seguridad biológica, los peligros desatados por la manipulación genética incluyen alergia y toxicidad, enfermedades vinculadas a los pesticidas, resistencia a los antibióticos entre las bacterias, proliferación de éstas y de virus patógenos y la posibilidad de que el ADN transgénico se inserte en el genoma de la célula humana provocando efectos graves e, incluso, letales.

Y los daños no se limitan a la salud; se producen también en el ámbito social y medioambiental con la creciente marginación de los agricultores, un mayor control corporativo de la producción y distribución de alimentos, la pérdida de tecnologías y productos tradicionales, la creación de malezas resistentes a los herbicidas, la eliminación a gran escala de especies agrícolas y naturales autóctonas, la destrucción de la biodiversidad, el daño a especies beneficiosas de insectos, la merma de la capacidad natural de los ecosistemas para reequilibrarse, las transferencias de material genético entre especies no relacionadas y posibles epidemias imposibles de atajar ya que la contaminación transgénica es incontrolable y puede perpetuarse y ampliarse.

Para colmo Monsanto lleva años preparándose para un nuevo negocio: el agua potable. Y es que la empresa considera que en los próximos años se convertirá en un mercado multimillonario, especialmente en los países en los que el agua es más escasa. Ya en 1999 la científica, escritora y activista Vandana Shiva alertaba públicamente de los planes de Monsanto para utilizar incluso inversiones públicas que pudieran abaratar los costos de este nuevo negocio con el que calculan obtener miles de millones de dólares; centrando inicialmente su interés en México y la India.

Sin embargo tales tropelías -y otras muchas- no se están llevando a cabo sin oposición. Campesinos y agricultores constituyen ya la vanguardia de un enfrentamiento firme y sostenido contra Monsanto, Syngenta y las otras compañías de biotecnología, enfrentamiento que crece cada día y se organiza en torno a numerosas organizaciones de base en los cinco continentes. De hecho en 2004 se aprobó el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura y en él se reconocería el determinante papel que los campesinos de todo el mundo están jugando con el fin de preservar las semillas y oponerse a las patentes multinacionales. Y así, el artículo 9 de dicho tratado “reconoce la enorme contribución que han aportado y siguen aportando las comunidades locales e indígenas y los agricultores de todas las regiones del mundo a la conservación y desarrollo de los recursos fitogenéticos que constituyen la base de la producción alimentaria y agrícola del mundo entero”.

EL CASO DE EUROPA

En estos momentos los dos únicos cultivos transgénicos aprobados en la Unión Europea son el maíz MON810 -de Monsanto- y la papa Amflora -de BASF-. Sin embargo el primero ya se ha prohibido en Francia, Alemania, Austria, Grecia, Hungría y Luxemburgo, y el segundo en Austria, Luxemburgo y Hungría, país en el que por cierto se han destruido recientemente campos de maíz transgénico de Monsanto. Bulgaria, por su parte, no permite el cultivo de ningún transgénico en su territorio. Además en los últimos años se ha reducido más de un 20% la superficie europea sembrada con transgénicos de modo que en la Unión esos cultivos representan menos de un 1% del total mundial.

Un logro que ha sido fruto de una larga lucha, especialmente en Francia donde cuando en 1998 se autorizó el maíz MON810 hubo de inmediato movilizaciones para exigir una moratoria y que se informara al público de los riesgos de los transgénicos. Claro que dos años antes la Vía Campesina –entidad nacida en 1992 que actualmente integra a 148 organizaciones campesinas de 69 países- había acuñado la expresión “soberanía alimentaria” para referirse al “derecho de los pueblos a producir y consumir alimentos saludables y culturalmente apropiados obtenidos mediante métodos ecológicamente adecuados y sustentables” así como “a defender y poseer sus propios sistemas agropecuarios y alimentarios”. Una reclamación que pronto aglutinaría a numerosos agricultores y organizaciones que se unirían en la Confédération Paysanne -miembro de Vía Campesina en Francia y segundo sindicato hoy del país- y a asociaciones de defensa del medio ambiente como Greenpeace y Amigos de la Tierra llevando a cabo campañas masivas para informar a los consumidores de los productos que contienen transgénicos ocultos consiguiendo una reglamentación estricta para el etiquetado obligatorio así como ensayos de campo que pusieran en evidencia el riesgo de contaminación. Siendo uno de los grupos más beligerantes el llamado Faucheurs Volontaires (Segadores Voluntarios) que llevaría a cabo acciones directas boicoteando ensayos de esas empresas y denunciando campos no autorizados de cultivo transgénico; todo ello a cara descubierta e incluso entregándose a la policía a fin de utilizar posteriormente los juicios contra ellos ante la opinión pública.

En 2008 la Résau Semence Paysanne (Red de Semillas Campesinas) lanzaría una campaña llamada Sembrando Biodiversidad con el objetivo de defender variedades locales y promover el libre intercambio de semillas entre agricultores. Todas esas organizaciones se agruparían ese mismo año en la Coalición Combat Monsanto que actualmente investiga los posibles intereses privados en la industria de varios expertos pertenecientes a agencias reguladoras de seguridad alimentaria.

ESPAÑA, AL SERVICIO DE MONSANTO

Los gobiernos españoles –tanto los del PSOE como los del PP– se han puesto simple y llanamente al servicio de las multinacionales -como Monsanto– siguiendo instrucciones del Gobierno estadounidense como demuestran documentos desvelados por Wikileaks y Anonymous que ya protagonizó un ataque a la web de Monsanto. A tal influencia –ejercida desde la embajada estadounidense en España- se debe el hecho de que seamos el único país de Europa con cultivos de trangénicos a gran escala y, peor aún, el mayor campo de experimentación de las empresas con un 42% de los ensayos experimentales según Amigos de la Tierra.

Es más, a pesar de que una sentencia de 17 de febrero de 2009 del Tribunal Europeo de Justicia obliga al Gobierno a publicar la localización de los campos el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente español se ha negado a hacer pública esa información. La explicación es simple: el organismo que asesora al Consejo Interministerial de OMG –el que autoriza los ensayos- es la Comisión Nacional de Bioseguridad que cuenta con 46 miembros de los que solo 7 son científicos y el resto representantes de la distintas administraciones. Pues bien, tanto unos como otros mantienen en su mayoría lazos muy cercanos con la industria biotecnológica, sus fundaciones y lobbies… lo que obviamente se refleja en sus dictámenes favorables. Añadiremos que la anterior Ministra de Investigación y Ciencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero, Cristina Garmendia había sido previamente Presidenta de ASEBIO -la Asociación Española de Bioempresas- en la que Monsanto ocupa un puesto clave.

Y son todos estos intereses cruzados los que han hecho que el Gobierno español dedique ¡sesenta veces más dinero a financiar trangénicos que a investigar en agricultura ecológica! En 2008 por ejemplo se invirtieron 54,3 millones de euros para investigar en “biotecnología agraria” y sólo 0,9 millones en agricultura ecológica.

MONSANTO EN LA CASA BLANCA

El equipo de Occupy Monsanto –movimiento que intenta evitar todo esto- ha detectado ya a 34 abogados o cargos directivos, bien de Monsanto bien de empresas relacionadas con ella, que han ocupado u ocupan puestos de responsabilidad en el Gobierno de Estados Unidos, incluyendo los departamentos de Agricultura, Justicia, Energía, Defensa y Comercio, agencias como la FDA y la de Protección del Medio Ambiente, asesores de vicepresidentes y presidentes, el Tribunal Supremo, la Fiscalía General, el Consejo de Seguridad Nacional, la Comisión de Energía Atómica y el FBI. Y eso no es todo: según la organización no gubernamental Food & Water Watch -con sede en Washington- las empresas de biotecnología se gastaron en “cabildeo” entre 1999 y 2009 la enorme cifra de ¡547 millones de dólares! Y aclararemos que el término “cabildeo” se utiliza como sinónimo de “lobbying”, algo que como cualquier persona informada sabe es “informar para influir” o, en román paladino, “presionar para imponer” (hay quienes hablan sin eufemismos de “sobornos”). Y que consiguieron así su objetivo lo demuestran los resultados. De hecho el actual gobierno demócrata estadounidense está introduciendo cultivos transgénicos incluso en refugios nacionales de vida silvestre donde las supermalezas podrían causar un efecto devastador sobre la biodiversidad.

Cabe agregar que BIO, la Asociación de Industrias de Biotecnología de la que Monsanto es miembro destacado, presiona a la Casa Blanca y trabaja junto al Grupo de Trabajo en Biotecnología Agrícola, una agencia gubernamental creada para promover la agricultura transgénica con el apoyo de 35 funcionarios pertenecientes a diez departamentos del estado, ¡incluida la Agencia de Protección del Medio Ambiente!

En suma, la red de intereses está ya completamente instalada en la Administración de Estados Unidos. De ahí que PEER, una organización independiente de funcionarios públicos estadounidenses, instara en 2011 al Gobierno de Obama a que hiciera públicos los documentos que revelan su clara asociación con la industria. Y ese mismo año –concretamente el 30 de marzo de 2011- más de 270.000 agricultores orgánicos -liderados por Organic Seeds Growers and Trade Association- interpusieron una demanda contra Monsanto como previsión ante sus ataques y la amenaza de utilizar su enorme poder para conseguir que se ilegalicen las semillas orgánicas.

AMÉRICA LATINA

En cuanto a Iberoamérica cabe decir que Brasil es desde 2008 el mayor consumidor mundial de agrotóxicos… porque llegaron como parte del ”paquete tecnológico” de los transgénicos. En 2010 la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria brasileña informaría de que un 28% de los alimentos que se consumen en ese país contienen ya niveles peligrosos de residuos agrotóxicos. Algo que provocó una amplia y dura campaña del Movimiento de trabajadores sin tierra (MST) y de Vía Campesina que, junto a otras organizaciones, lanzaron la denominada Campaña Permanente contra los Agrotóxicos y por la Vida.

Una batalla que no ha hecho más que comenzar y se vislumbra dura. La crudeza del enfrentamiento con las poderosas empresas de biotecnología y los límites que éstas parecen dispuestas a trasgredir con tal de proteger sus negocios puede ilustrarse de hecho con el siguiente episodio: en marzo de 2006 Vía Campesina de Brasil ocupó pacíficamente un campo de ensayos trangénicos de la empresa Syngenta en el estado de Paraná hasta que en julio de 2007 las setenta familias instaladas en él se fueron. Sin embargo la noticia de que Syngenta iba a volver poner en marcha los ensayos en él les hizo volver a ocupar la finca solo que en esa ocasión fueron violentamente atacados por cuarenta guardias de la empresa NF Segurança ¡contratados por Syngenta! Los campesinos fueron golpeados y arrastrados por los pistoleros y el dirigente del MST, Valmir Mota de Oliveira, sería abatido de dos disparos a quemarropa que le alcanzaron en el pecho y una pierna. La activista Isabel Nascimiento de Souza estuvo por su parte a punto de morir a causa de un disparo en la cabeza -que le costó un ojo- y otro en el pulmón.

Perú, por su parte, está considerado por Estados Unidos -según desveló Wikileaks– un “país clave” para la expansión de los transgénicos pero las movilizaciones populares consiguieron que el Gobierno dictara en 2011 una moratoria de diez años.

En Bolivia la Red por una América Latina libre de Transgénicos iniciaría una campaña para declarar la región andina “libre de papa transgénica” y cuando las empresas biotecnológicas solicitaron la realización de ensayos los campesinos simplemente amenazaron con destruir sus campos por lo que se retiró el proyecto.

En México la campaña Sin maíz no hay país representa un esfuerzo global por proteger el maíz y la soberanía alimentaria.

En Argentina -segundo país del mundo después de Estados Unidos en extensión de cultivos transgénicos- solo se conseguiría -en 2010- que una orden judicial prohibiese el uso de agrotóxicos a menos de un kilómetro de las zonas habitadas y a no menos de dos si el campo se fumiga con avionetas.

En Haití –donde el 65% de la población está constituida por agricultores que viven en zonas rurales- miles de haitianos se manifestarían en junio de 2010 contra Monsanto tras el anuncio de la empresa de enviar 60 toneladas de semillas híbridas de maíz a las que seguirían otras 200 toneladas en 2011. La iniciativa partió del Movimiento Campesino Papaya, miembro también de Vía Campesina.

Y en Guatemala, país actualmente carente de normativa sobre bioseguridad, la ya mencionada Red por una América Latina libre de Transgénicos y la Alianza Centroamericana de Protección de la Biodiversidad alertan del peligro que supone la campaña Feed the Future, cuyo aparentemente esperanzador nombre esconde en realidad el asalto de grandes compañías como Wall Mart, DuPont, Pioneer, Coca-Cola y Monsanto con el apoyo del Gobierno estadounidense a través de la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID).

“¡MONSANTO FUERA DE INDIA!”

Según publicaría el 29 de octubre de 2011 el diario The Hindu entre 1995 y 2010 más de 250.000 agricultores se suicidaron en la India, la quinta parte de ellos en Maharastra, el estado más rico del país. La cifra -que procede de estadísticas oficiales del gobierno- es por sí misma espeluznante pero podría ser mucho mayor ya que ese país normalmente no se incluye a las mujeres por no tener títulos de propiedad. Tal avalancha de suicidios –quizás la mayor registrada en la Historia- respondió a la insoportable situación en la que se vieron atrapados los pequeños agricultores tras la invasión de las compañías y la desestabilización total de la cadena alimentaria tradicional.

Los índices más altos de suicidios se dieron en las zonas de producción de algodón que es precisamente el único cultivo transgénico aprobado en India. El propio gobierno hindú reconoció en julio de 2011 que el 90% de la superficie sembrada de algodón corresponde a la variedad transgénica de Monsanto -que además tiene el control de 60 empresas indias de semillas- utilizando la multinacional su enorme influencia para aumentar costes y empujar a los campesinos a un endeudamiento creciente.

Afortunadamente no ha sucedido lo mismo con la berenjena bt que Monsanto quiso igualmente imponer en India donde esta hortaliza constituye un cultivo básico que sirve de sustento a miles de agricultores porque las movilizaciones bajo el lema ¡Monsanto fuera de India! -que estableció paralelos con las campañas realizadas contra el dominio británico- hizo que las autoridades aprobaran una moratoria.

Pero Monsanto no se ha parado por eso y ha diseñado una nueva estrategia: crear asociaciones público-privadas con Gobiernos de estados indios. Son los casos de los estados de Jammu, Cachemira, Rajastán, Orissa, Himachal, Pradesh y Gujarat. Afortunadamente el conocimiento de tal estrategia provocó tal indignación popular y tantas protestas que algunos de los acuerdos se suspendieron mientras otros -los de Kerala, Bihar, Chattisgarh, Karnataka y Madhya Pradesh- frenaron los ensayos de transgénicos previstos en sus territorios.

ÁFRICA, POR LA SOBERANÍA ALIMENTARIA

Terminamos indicando que Sudáfrica es de momento –que se sepa- el único país africano en el que se cultivan transgénicos: en 2011 se aprobó allí el arroz transgénico LL62 de Bayer pero anteriormente –sin informar de ello a la sociedad- se habían aprobado ya otras 19 variedades de Monsanto, Syngenta y Pioneer. Transgénicos que luego se comercializan también en Burkina Faso y Egipto aunque otros países, -como Nigeria y Kenia- ya han aprobado leyes favorables a los mismos. En Mali se aprobaría asimismo una ley en 2008 que abrió las puertas a los transgénicos pero la resistencia civil fue tan fuerte que aún no se han llegado a comercializar. Y en Durban se constituyó en 2011 la llamada Alianza para la Soberanía Alimentaria -que integra a pastores trashumantes, pueblos de pescadores, pueblos indígenas, y organizaciones de agricultores y ecologistas- a fin de evitar los transgénicos.
En definitiva, el rechazo que provocan Monsanto y las demás empresas de biotecnología es creciente. Al igual que la fuerza y el empuje del movimiento campesino por la soberanía alimentaria, la protección de sus semillas y su cultura agraria tradicional integrada en sus ecosistemas.

Solo que esta batalla no ha hecho más que empezar y no podrá ganarla la ciudadanía si no se reacciona pronto. Porque hoy día sobornar científicos y políticos es sencillo y económico.

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
159
Abril 2013
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