Alzheimer: ¿una enfermedad o un dogma?

La pregunta del título le parecerá absurda a muchas personas pero quizás el paradigma sobre las patologías neurodegenerativas -al menos en el caso del alzheimer- esté equivocado desde la base. De lo contrario, ¿cómo se explica que haya personas con el cerebro lleno de placas de beta-amiloides y otras proteínas patógenas que gozan de excelente salud mental -incluso a edades muy avanzadas- y otras padezcan problemas cognitivos e incluso demencia grave sin que haya malformaciones en los suyos? Es más: hay personas con una masa cerebral nueve veces menor de lo normal sin que ello se refleje ni en su inteligencia ni en su conducta. ¿Cómo se explica? ¿Cómo puede haber gente con la décima parte de un cerebro “normal” y tener incluso una inteligencia superior a la media?

 

Alzheimer

Hay un antiguo rito practicado por hechiceros de las tribus aborígenes australianas que se denomina “apuntar con el hueso”. En esta práctica el todopoderoso chamán apunta con un hueso humano hacia la víctima condenándola a la muerte y, sorprendentemente, ésta muere a los pocos días. La creencia se basa en que el espíritu humano que aún habita en el hueso es conminado por el chamán a penetrar en el cuerpo del condenado y expulsar su alma a fin de ocuparlo.

Obviamente en nuestro moderno mundo occidental de enormes pantallas planas de televisión, teléfonos más inteligentes que el propio usuario, cómodos y rápidos coches que se desplazan a gran velocidad por lisas y rectilíneas autopistas que salvan los más profundos valles y horadan los otrora irreductibles macizos montañosos lo del chamán nos da risa. Cuando contemplamos en un video a un hechicero bebiendo un asqueroso brebaje que luego escupe sobre el torso desnudo del enfermo no podemos dejar de hacer algún comentario sarcástico sobre tan estúpidas creencias primitivas. Y cuando vemos a gente tratada en chozas oscuras en la que apenas se respira a causa de la humareda de las hierbas sagradas que arden nos confortamos pensando en la pulcra habitación del hospital en la que hace unas semanas estuvo nuestra mujer. ¡Qué limpieza! ¡Qué higiene! ¡Cuánto esmero el de médicos y enfermeras por mantener todo brillante y desinfectado! ¡Pobres indios del Amazonas que no pueden disfrutar de las ventajas de la medicina moderna! ¿Y es que cómo alguien con dos dedos de frente puede creer en la magia de un chamán? ¿Cómo va a ser posible que alguien muera por ser apuntado con el hueso de un muerto? Y sin embargo ellos lo creen. Están convencidos de que el mismo hechicero que puede curarles tiene también el poder de matarlos.

Eso sí, obviamos que la tía que ayer murió de cáncer de colon acudió un mes antes a Lourdes con la esperanza de que la Virgen le curara y que lo mismo hacen cada año seis millones de personas -enfermos y acompañantes- con similar fe. En los milagros de Lourdes y en los que aseguran se producen en muchos otros santuarios del mundo. Hasta en países tan pragmáticos y materialistas como China, Japón, Corea o Estados Unidos. Cientos de miles de enfermos acuden anualmente a esos centros espirituales… ¡con la misma fe con la que acuden personas acaudaladas a las tan onerosas como inútiles clínicas oncológicas de Houston!

En el neoyorquino barrio del Bronx, por ejemplo, centenares de creyentes hacen cola a diario para llenar una botella con el agua “sagrada y curativa” de la Iglesia de Santa Lucía (St. Lucy’s Church). Todo empezó en 1932 cuando el párroco Páscuale Lombardo visitó el Santuario de Lourdes, hizo una promesa a la Virgen, se puso inmediatamente manos a la obra y en 1939 inauguraba una réplica de Santa Lucía arrodillada ante la Inmaculada Concepción de la gruta de Lourdes. Obviamente el agua que corre imitando la de la gruta de Lourdes es agua corriente de la traída municipal pero eso no impide que los centenares de creyentes que la beben a diario la consideren milagrosa. Desde entonces corren muchas historias, rumores y fantasías sobre gente que acudió allí a rezar, a beber esa agua, a ponerla en unas heridas que no cierran o a tratar dolorosas articulaciones que impiden todo movimiento y se resisten a la parafernalia médica… con éxito. ¿Milagros? Oficialmente no se avala pero la gente sigue acudiendo. Al principio fueron inmigrantes irlandeses o italianos que llevaban la impronta de la fe católica en sus genes pero hoy son sus hijos y nietos junto con iberoamericanos y jamaicanos. Hablan distinto pero en sus corazones anidan las mismas esperanzas.

Y no solo los católicos porque hay otras iglesias cristianas y doctrinas en Estados Unidos que mantienen firmemente que la curación por “imposición de manos” es algo indiscutible. De hecho el grupo más numeroso, el Pentecostalista, se enorgullece tanto de sus sanadores espirituales que en los “actos de curación” son jaleados por los fieles con cánticos y oraciones. “La enfermedad del cuerpo es reflejo de la enfermedad del alma; expulsa todos tus pecados, purifica tu alma y sanarás”. Así de simple. Y no olvidemos a las multitudes que acuden a curanderos famosos como el brasileño Joao de Deus o el malagueño Andrés Ballesteros. Y todo esto pasa hoy en nuestro desarrollado e industrializado mundo occidental.

En suma, hay millones de personas convencidas de que pueden curarse por intermediación espiritual si tienen suficiente fe y acuden o a centros religiosos o a sanadores… y muchos otros millones que creen firmemente ¡en el poder de la pomposamente llamada “medicina científica”! Y es que por más racional, demostrable, material y tangible que se presente su eficacia real se sigue basando en la credibilidad. Más que sus remedios lo que cura es el “acto de fe” en ella. Y es que en ambos casos hay realmente curaciones aunque la explicación del mecanismo terapéutico pueda ser distinta.

Volvamos pues al hueso del chamán -la autoridad moral y espiritual por excelencia de toda tribu, que tanto cura como condena a la muerte- y comparemos su actitud con la de ese pulcro médico vestido con su uniforme de bata blanca y sentado en su despacho que, informes clínicos en mano, le dice al paciente: “Tiene usted un cáncer terminal y le quedan seis meses de vida. No se puede hacer nada”. O bien: “El resultado de las pruebas cognitivas a las que ha sido sometido revelan que se encuentra en un estado preliminar de alzheimer que desgraciadamente progresa con mucha rapidez y ante eso poco o nada podemos hacer”. Es evidente que el chamán y el médico actúan de la misma manera: condicionando mentalmente a los enfermos. Y que en muchos casos su “advertencia” -más bien amenaza- deprime el sistema inmune de tal modo que el paciente termina muriendo, estuviese predestinado a ello por su enfermedad o no.

ALZHEIMER

 Fue en 1906 cuando a un médico alemán llamado Alois Alzheimer se le ocurrió hacer una autopsia y observar el cerebro de una paciente que había muerto unos cinco años después de que él mismo le diagnosticara “demencia senil” con apenas 51 años descubriendo que gran parte de sus neuronas estaban muertas o colapsadas y otras llenas de placas de proteínas y haces de fibrillas. Desgraciadamente tuvo la idea de publicar en una revista científica el hallazgo y unos años después LO ENCONTRADO EN UN SOLO CEREBRO fue suficiente base para construir toda la teoría de la enfermedad de alzheimer.

Solo que si bien setenta años después se consideraban aún “enfermos de alzheimer” los que mostraban un notable deterioro cognitivo antes de cumplir los 65 años a partir de un momento determinado todo cambió. Sencillamente, los chamanes de la moderna medicina dictaron una nueva ley: toda persona con placas betaamiloides y fibrillas en sus cerebros sufre alzheimer ¡tenga la edad que tenga!  Así que si alguien sufre solo una leve incapacidad cognitiva se le asegura que en unos meses o años acabará incapacitada. Simplemente porque así lo decidieron los nuevos chamanes.

En suma, según el paradigma vigente se considera alzheimer la progresiva pérdida por una persona de sus capacidades cognitivas, conductuales y motoras -inteligencia, raciocinio, habla, escritura y lectura, hábitos diarios, percepción del tiempo, locomoción…- a causa del deterioro paulatino de los componentes celulares de su cerebro. Lo que materialmente se reconoce por la pérdida o muerte de las neuronas o por una clara disminución de su masa cerebral.

¿Y cuáles son las evidencias científicas de que un cerebro deteriorado a nivel físico y material -tal como se puede palpar en las autopsias o ver por medio de escaneados o tomografías- se traduce en una clara pérdida de habilidades mentales y conductuales, memoria y decadencia cognitiva? Pues en realidad ¡NINGUNA!  Y vamos a probarlo con ejemplos que demuestran que un cerebro físicamente anómalo y reducido en su volumen -con y sin placas de beta-amiloides- NO ES lo que produce la pérdida de habilidades cognitivas o vitales. El hecho de tener una “masa cerebral característica del alzheimer” no significa que esa persona esté en proceso de convertirse en  demente. De hecho HAY PERSONAS QUE APENAS TIENEN CEREBRO y sin embargo llevan o han llevado una vida normal.

EL CASO DEL PACIENTE FRANCÉS

 The Lancet está considerada una de las más prestigiosas publicaciones de medicina del mundo. Desde su primer número -aparecido en 1823- casi nadie desconfía de la veracidad de sus fuentes y es bien sabido que para publicar un artículo en esa revista hay que superar una celosa barrera de revisores de alto nivel profesional que dan el visto bueno o rechazan la publicación de cada artículo. Pues bien, en el nº 9.583 -correspondiente a julio de 2007 se publicó en ella un artículo titulado Brain of a white-collar worker (El cerebro de un funcionario) escrito por tres médicos de la Facultad de Medicina de la Universidad del Mediterráneo y del Hôpital de la Timone de Marsella (Francia) –Lionel Feuillet, Henry Dufour y Jean Pelletier– en el que se dio cuenta del caso de un funcionario francés de 44 años que acudió al hospital porque llevaba varias semanas sintiendo debilidad en la pierna izquierda. Una vez allí se sabría que cuando apenas tenía seis meses de edad se le detectó una hidrocefalia -acumulación anormal de líquido cefalorraquídeo en el cráneo- por lo que hubo que extraérselo colocándole un tubo desde los ventrículos cerebrales hasta la cavidad abdominal (por dentro del peritoneo). Y que a los 14 años sufrió parálisis parcial en su pierna izquierda usándose un shunt -una derivación ventriculoperitoneal- para volver a extraerle de nuevo líquido cefalorraquídeo del cerebro. Eso fue todo. A partir de ese momento llevaría una vida normal, obtuvo un puesto de funcionario, se casó y tuvo dos hijos.

Pues bien, teniendo conocimiento de estos antecedentes el Dr. Feuillet decidió hacerle una resonancia magnética del cráneo y ¡oh sorpresa! apenas tenía masa cerebral. Las imágenes del escáner revelaron que tanto la sustancia gris como la blanca se hallaban en ¡una delgada película de unos milímetros que tapizaba el interior del cráneo!

Superado el impacto inicial los médicos decidieron entonces someterle a una batería de pruebas para determinar su capacidad cognitiva revelando un cociente intelectual de 75, cifra que convencionalmente se considera propia de alguien con “retraso mental” cuando esa persona había logrado plaza de funcionario y llevaba una vida familiar y social normal. El propio Dr. Feuillet declararía luego en una entrevista: “Si hubiésemos tenido escáner cuando se le intervino a los 14 años le habríamos dado un pronóstico muy malo. Le habríamos considerado demente o, como mínimo, alguien minusválido, discapacitado o marginal”. Es decir, le habrían condenado apuntándole con el hueso del chamán.

¿ES REALMENTE NECESARIO EL CEREBRO?

 La pregunta precedente es en realidad el título de un artículo que publicó en 1980 en Science el periodista científico Roger Lewin: Is your Brain Really Necessary? (¿Es su cerebro realmente necesario?). Hablamos de un texto en el que se hace referencia a las experiencias del profesor de Pediatría de la Universidad de Sheffield John Lorber (1915-1996) quien cuenta que al hacer una resonancia magnética craneal a un estudiante de Matemáticas con un cociente intelectual de 126 -casi el de un genio- y vida social normal se detectó que tenía un cerebro tan reducido que se limitaba a una capa de escasos milímetros de espesor adosada a la bóveda craneal. Y al igual que en el caso del funcionario francés había sufrido a edad temprana hidrocefalia. ¿Otro caso “anecdótico”? No lo cree así el Dr. J. Lorber –especialista precisamente en espina bífida, anomalía a menudo asociada a hidrocefalia- según el cual los casos  de cerebros muy reducidos no son excepcionales. Y  tampoco que personas “descerebradas” lleven una vida normal e incluso tengan un alto cociente intelectual, afirmación que basa en el seguimiento clínico de más de 600 pacientes hidrocéfalos del Children’s Hospital -centro especializado en espina bífida- a los que siguió de niños a adultos. Su experiencia es tal que ha establecido de hecho cuatro tipos de hidrocefalia:

Mínima: cuando hay un ligero incremento de volumen en los ventrículos cerebrales.

Grave: cuando el líquido cefalorraquídeo ocupa hasta el 70% de la cavidad craneal y la  masa cerebral se ha reducido a 400 cm3 (la media es de 1.200 cm3).

Máxima: cuando ocupa entre el 70% y el 90% y el cerebro entre 250 y 280 cm3.

Extrema: cuando el líquido cefalorraquídeo ocupa hasta el 95% y la masa cerebral unos 60 cm3.

Aunque lo más sorprendente es que el Dr. Lorber asegura haber conocido a medio centenar de personas con hidrocefalia extrema de los que la mitad tenía su actividad neurológica muy perjudicada mientras los demás llevaban una vida normal; teniendo algunas incluso un cociente intelectual alto. Lo llamativo es que Lorber nunca publicó sus observaciones, ignoramos si por no enfrentarse a la ortodoxia científica o porque sus artículos fueron rechazados. De hecho lo que R. Lewin transcribió en su artículo se basó en una conferencia que Lorber dio en 1980.

Como era de esperar los neurólogos prefirieron pasar de puntillas por el asunto pero en 2015 el Dr. Donald R. Forsdyke -de la Queen’s University de Kingston (Canadá)- publicó en Biological Theory un singular artículo titulado Wittgenstein’s Certainty is Uncertain: Brain Scans of Cured Hydrocephalics Challenge Cherised Assumptions (La certeza de Wittgenstein es incierta: el escaneo de cerebros de hidrocéfalos curados desafían los más preciados supuestos). Se trata de un trabajo en el que se deja en entredicho al matemático y filósofo austríaco Wittgenstein -uno de los promotores de Positivismo Lógico- para quien lo que distingue el ser del no-ser es la presencia de tejido neuronal en el cerebro (en un claro intento de dar un contenido más biológico y científico al Cogito ergo sum de Descartes). Es más, en ese texto Forsdyke expone la “escandalosa” hipótesis de Berkovich de que el cerebro no sería en realidad sino una especie de antena receptora de la información que obtiene todo el cuerpo.

Forsdyke explica asimismo que el ya citado Dr. J. Lorber participó con un equipo del Kalamazoo Regional Psychiatric Hospital dirigido por el Dr. E Berker en un trabajo titulado Reciprocal neurological developments of twins discordant for hydrocephalus (Desarrollos neurológicos discordantes en gemelos recíprocos con hidrocefalia) que se publicó en 1992 en Developmental Medicine and Child Neurology en el que se trató a 10 parejas de gemelos -tanto homocigotos como heterocigotos- de los que uno había sufrido hidrocefalia (la mayoría de origen congénito, dos como consecuencia de una meningitis y uno por espina bífida). Pues bien, los cocientes intelectuales de los gemelos que no sufrieron hidrocefalia eran superiores pero, a nivel general, no parecía que hubiera relación masa cerebral/cociente intelectual. Y es que hubo tres con menos del 30% de masa cerebral y cocientes de 74, 76 y 87, cinco con entre un 30% y un 50% de masa cerebral y cocientes de 50, 72, 89, 92 y 112 y dos con más del 50% de masa cerebral y sin embargo cocientes de  58 y 91. Ante lo que cabe preguntarse por qué en hidrocéfalos con baja pérdida de masa cerebral hay una notable pérdida de cociente intelectual y en otros de mayor pérdida éste es algo superior. Porque los datos parecen indicar que no hay relación directa entre cantidad de masa cerebral e inteligencia y que en algunos hidrocéfalos la salud neuronal y cognitiva se ve afectada pero en otros no.

Ya en 1987 un equipo del Hospital for Sick Children de Toronto (Canadá) coordinado por el Dr. M. Dennis publicó en Journal of Clinical and Experimental Neuropsychology un trabajo sobre el desarrollo del lenguaje de 75 niños hidrocéfalos de entre 5 y 21 años sometidos a un “shunt”-drenaje cefalorraquídeo- que compararon con el de 50 niños sanos sin observarse grandes diferencias entre ambos grupos aunque de media obtuvieran mejores puntuaciones los sanos (especialmente en la velocidad de respuesta). En ambos hubo mejora progresiva con la edad en el manejo del lenguaje si bien con un leve retraso entre los hidrocéfalos.

Terminamos este apartado recordando el caso de una mujer china que tras ingresar con náuseas y mareos en el Chinese PLA General Hospital of Jinan Military Area Command de Shandong se constató que no había aprendido a caminar hasta los 7 años y a hablar con claridad hasta los 6. Pues bien, sometida a una tomografía se descubrió que ¡no tenía cerebelo! Y eso que esa parte del cerebro ocupa solo el 10% del volumen cerebral ¡pero contiene el 50% de las neuronas! Lo contó el Dr. Feng Yu en 2015 en Brain en un artículo titulado A new case of complete primary cerebellar agenesis: clinical and imaging findings in a living patient (Un nuevo caso de agénesis cerebelar completa primaria: lo que muestran los análisis clínicos y de imagen de una paciente viva).

Agregaremos que en el mundo se ha constatado la existencia de al menos otras ocho personas que carecen de cerebelo y a pesar de que es el órgano que presuntamente controla el equilibrio, la locomoción y las habilidades lingüísticas ¡hacen vida normal! Uno de ellos el Dr. Dan Vaughn, neurólogo del Baylor College of Medicine de la Universidad de Stanford, que recientemente reconoció que su cerebelo es ¡un 30% menor de lo normal!

¿PERSONAS “DEMENTES”?

 Y hay más datos sorprendentes: el Dr. B. Ances -de la Washington University de St. Louis– afirma por su parte que aproximadamente el 30% de las personas con cerebros invadidos por placas de beta-amiloides no muestran síntoma alguno de demencia hasta poco antes de su muerte. De hecho en el libro 678 monjas y un científico del Dr. D. Snowdon -al que hicimos referencia en el artículo El poder regenerativo del cerebro adulto que apareció en el nº 201 y puede leer en nuestra web: www.dsalud.com– ya dimos cuenta del paradigmático caso de un monja -la hermana María- que se mantuvo mentalmente activa hasta su muerte -a los 101 años- a la que pocos meses antes se le realizó una completa prueba cognitiva con un resultado de 27 sobre 30 puntos ¡a pesar de que la autopsia reveló que su cerebro tenía solo 870 gramos -un 60% de lo normal- y estaba además plagado de placas de beta-amiloides y haces de fibrillas. Y su caso no fue único ya que otras 200 monjas que murieron con más de 85 años mostraron resultados similares con gran parte de sus neuronas muertas y otras llenas de fibrillas y placas de beta-amiloides que, sin embargo, hacían vidas normales.

¿Y qué dicen los neurólogos y prebostes de la Medicina sobre todo esto? Pues la mayoría, nada. Guardan silencio absoluto. O dan explicaciones pueriles como la de que no son personas “cognitivamente normales” sino casos de “alzheimer preclínico”; así lo justifican por ejemplo los doctores de la Washington University School of Medicine J. L. Price y J. C. Morris en un artículo publicado en 1999 en Annals of Neurology. Según ellos los 39 pacientes de entre 51 y 88 años cuyos cerebros analizaron y mostraron al hacerles la autopsia las características típicas del alzheimer -placas de beta-amiloides, fibrillas y neuronas muertas con sensible reducción de la masa cerebral- cuando poco antes de morir las pruebas mostraban niveles cognitivos normales eran sin duda casos de “alzheimer preclínicos”. ¡Incluso el paciente que murió con 88 años! Y es que es increíble lo que llega a alegarse para justificar las teorías asentadas que echan abajo las evidencias.

El profesor de Neurología de la Washington University School of Medicine T. J. Esparza reconoce por su parte que hay personas con capacidad cognitiva normal a pesar de tener el tejido cerebral plagado de placas de beta-amiloides pero intenta explicarlo diciendo que se debe a que los oligómeros de beta-amiloides se encuentran disueltos en el líquido cefalorraquídeo y por eso ni siquiera se aprecian con un escáner. Explicación absurda porque ¿cómo van a acumularse esos supuestos oligómeros en los 130 mililitros del líquido cefalorraquídeo que circula por el cerebro y la médula espinal si éste se renueva totalmente cuatro veces al día? Esparza da esta explicación porque al examinar la masa cerebral y los fluidos de 33 personas fallecidas de entre 74 y 107 años se encontró con que 10 eran normales -sin placas, oligómeros o demencia-, 9 tenían numerosas placas, un alto contenido en oligómeros y demencia y 14 tenían placas pero no eran dementes. Y su “explicación” para estos 14 últimos es simplemente que tenían una menor proporción de oligómeros solubles. Sin comentarios.

Un equipo de la Universidad de California de Berkeley coordinado por el Dr. J. A. Elman hizo por su parte escáneres cerebrales a 20 hombres y 29 mujeres (75 años de media) con nivel cognitivo normal y resultó que 16 tenían placas de beta-amiloides y a pesar de ello tuvieron una media de 28,5 puntos en las pruebas cognitivas mientras las otras 33 obtuvieron una media de 28,8. En su trabajo -publicado en 2014 en Nature Communications– los autores justifican el resultado alegando una “hiperactivación de las neuronas no afectadas por la placas beta-amiloides” agregando que “es posible que las personas con funciones cognitivas normales y placas de beta-amiloide estén destinadas a un eventual declive cognitivo”. En suma, intentaron que las evidencias no tiren abajo la teoría.

De hecho dos años antes -en 2012- un equipo de la Universidad de Texas-Dallas dirigido por el Dr. K. M. Rodriguez publicó en Neurology los resultados de un trabajo en el que se estudió la densidad o abundancia de placas de beta-amiloides en los cerebros de personas normales sanas agrupándolas según la tabla adjunta tras medir la densidad de sus placas y su cociente intelectual. Y como puede apreciarse todos tienen prácticamente el mismo cociente intelectual. De hecho es de 29,6 para quienes tienen de 30 a 39 años, de 29 para los de 80 a 89 y de 29,7 para los de 50 a 59. En cuanto a la densidad de las placas los más jóvenes tenían de media 1,11 y los más viejos de 1,25. Obviamente la densidad de las placas aumenta pues con la edad pero esto demuestra que las personas sanas de edad media ¡también las tienen!

Además la tabla refleja las medias pero al analizar los datos individuales uno se encuentra con que en el grupo de 70 a 79 años hay quien tiene una densidad de 1,7 (altísima) mientras otros solo 1,15. Y lo mismo pasa en el grupo de 80 a 89 años: unos llegan a 1,72 mientras otros están en 1,10 (por debajo de la media del grupo de 30 a 39 años).

Pero no es éste en cualquier caso el dato más relevante. Analizando en detalle los gráficos del trabajo lo que se constata es que si bien la densidad de las placas puede aumentar con la edad ¡ello no afecta a su capacidad cognitiva! Lo demuestra que la diferencia entre los más jóvenes y los más ancianos es de solo 0,6 puntos en la escala MMSE de 30 puntos. ¡Un simple 2%! Luego en realidad todos podemos tener placas de beta-amiloides en el cerebro a cualquier edad sin que eso afecte a nuestra capacidad cognitiva! Aunque los neurólogos no lo asuman.

Y hay más. Un equipo de la Universidad de Helsinki (Finlandia) dirigido por el Dr. T. Polvikoski publicó en 2001 en Neurology un trabajo sobre 532 personas de entre 85 y 95 años que mantenían una buena capacidad cognitiva y  practicada la autopsia a los 408 que fallecieron se comprobó que solo 118 de los 198 diagnosticados como afectos de alzheimer (el 60%)  tenía en sus cerebros una alta densidad de placas y fibrillas. ¡Lo mismo que 62 de las 210 consideradas sanas (el 30%)!

Seis años después un grupo de investigadores del Imperial College de Londres coordinado por el Dr. P. Edison realizó un estudio comparativo entre 19 personas con alzheimer y 14 sanas a las que se realizó una tomografía cerebral con PET -para medir el metabolismo encefálico de la glucosa- y una prueba cognitiva de la escala MMSE comprobándose que las primeras tenían entre un 10% y un 50% de áreas afectadas por placas y otras anomalías características del alzheimer y que a pesar de ello la pérdida cognitiva no era excesiva. El trabajo apareció en 2007 en Neurology.

En suma, es obvio que las evidencias echan abajo la teoría oficial del alzheimer y de ahí que hubiera que buscar excusas. Y así lo hicieron los doctores Ira Driscoll y Juan Troncoso -del National Institute on Aging de Baltimore (EEUU)- postulando en un editorial que publicaron en 2011 en Current Alzheimer Research la existencia de lo que ahora se llama Enfermedad de alzheimer asintomática (ASYMAD por sus siglas en inglés). Y todo para justificar que personas con cerebros “característicos” de los enfermos de alzheimer… estén perfectamente cuerdas.

LA TEORÍA SE TAMBALEA

 En noviembre de 2016 tuvo lugar en San Diego (California, EEUU) la 46ª Reunión Anual de Neurociencias que  organiza la Society for Neuroscience y en ella un equipo de la Northwestern University de Chicago coordinado por el Dr. Ghangiz Geula dio a conocer el trabajo The oldest-old with preserved cognition and the full range of Alzheimer pathology (Personas muy ancianas conservan su capacidad cognitiva a pesar de sufrir todos los rasgos del alzheimer). Se trata de un estudio con ocho personas de más de 95 años que fueron seleccionadas por su destacada inteligencia y capacidad cognitiva -más incluso que la media de jóvenes de 25 años- a los que al morir se les practicó la autopsia constándose que tres de ellos ¡tenían sus cerebros plagados de placas y fibrillas! De ahí que la conferencia de presentación del trabajo la terminase el doctor C. Geula con esta contundente frase: “Nuestros  resultados indican que hay personas con sus cerebros claramente afectados por alzheimer que no tienen minusvalías cognitivas”.

Es sorprendente; no lo esperábamos“, manifestaría luego en una entrevista, añadiendo: “Está claro que algunas personas son inmunes a la degeneración cerebral típica del alzheimer”. Aunque lo más sorprendente a nuestro juicio es que el trabajo no ha sido publicado.

Y eso que en 2014 los doctores G. Perry -Rector de la Universidad de Texas de San Antonio- y R. J. Castellani ya habían publicado en Biochemical Pharmacology un artículo titulado The complexities of the pathology-pathogenesis relationship in Alzheimer disease (Las complejidades de la relación patología-patogénesis en el alzheimer) en el que se preguntan abiertamente si no es un error relacionar directamente la presencia de placas de beta-amiloides y fibrillas en el cerebro con la pérdida de capacidades cognitivas. Argumentando que las lesiones que hoy definen al alzheimer se encuentran también en personas con un nivel cognitivo normal y es normal que la densidad de las placas pueda aumentar con la edad. Aunque lo más lapidario es su conclusión pues entienden que dedicar todo el esfuerzo investigador a buscar cómo impedir  o eliminar las placas y las fibrillas parece ser una meta equivocada.

 CONCLUSIÓN

 Hace 110 años Alzheimer se equivocó al relacionar la demencia de una paciente con la presencia de fibrillas en sus células neuronales. Y luego otros médicos al relacionar éstas, las placas proteicas y otras anomalías en las neuronas con lo que llamaron demencia senil, lo que consideraron “el normal resultado del envejecimiento biológico” (algo falso porque entonces afectaría a todo el mundo). Pero el mayor error lo cometieron los neurólogos que en la década de los setenta del pasado siglo XX postularon que tales anomalías neuronales provocan la pérdida de funciones cognitivas en las personas mayores estableciendo así el paradigma de la enfermedad de alzheimer. Es decir, proclamaron que el alzheimer es una patología que causa la acumulación progresiva con la edad de proteínas anómalas en el interior de las neuronas y en los espacios entre las mismas llevando ello a la apoptosis neuronal y a la progresiva pérdida de capacidad cognitiva. Y, por tanto, que no tiene solución.

Hoy, tras gastar la sociedad miles de millones de dólares en investigación y publicarse miles de trabajos científicos sigue sin saberse la causa real de la “demencia senil” y, por ende, cómo prevenirla o curarla. Lo único que parece claro es que etiquetar a alguien como afecto de alzheimer equivale a condenarlo a la muerte. Algo lamentable porque en realidad sí hay acciones terapéuticas útiles como ya se ha explicado en la revista y seguiremos dando en breve a conocer.

 

Paula M. Mirre

 

 Recuadro

Tamaño y peso del cerebro

El asunto del tamaño y peso del cerebro hizo furor en el siglo XIX, fundamentalmente por quienes querían demostrar la superioridad de la raza blanca pero pronto se descubrió que tanto negros como mongoles y esquimales tienen igual o mayor capacidad craneal por lo que el tema se abandonó. Sin embargo a principios del siglo XX algunos científicos postularon que las personas más inteligentes tienen cerebros más grandes. Hoy se sabe que eso también es falso. De hecho el cerebro de Albert Einstein –considerado por muchos el mayor genio del siglo XX- pesaba solo 1.230 gramos (90% de la media).  Parece pues bastante claro que no hay relación entre el grado de inteligencia y su tamaño.

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Dsalud 206
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Julio - Agosto 2017
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