Los niños no vacunados gozan de mejor salud que los vacunados

Los niños vacunados son menos propensos a padecer varicela y tosferina pero tienen más probabilidades de padecer neumonía, otitis media, alergias y -mucho más grave aun- problemas de desarrollo neuronal. Así se infiere al menos de un estudio recién publicado en Journal of Translational Science tras comparar la salud de 261 niños no vacunados con la de 405 vacunados encendiendo una vez más el debate entre quienes defienden su eficacia y seguridad, quienes no lo niegan pero sí la forma en que se fabrican e inoculan y quienes afirman que no previenen nada y además son muy peligrosas pudiendo dar lugar a numerosas patologías.

 

vacunas

La reciente publicación en Journal of Translational Science del trabajo Pilot comparative study on the health of vaccinated and unvaccinated 6- to 12-year-old U.S. children (Estudio piloto comparativo sobre la salud de niños norteamericanos vacunados y no vacunados de entre 6 y 12 años) ha gustado tan poco a los defensores de las vacunas que han optado por calificarlo de “basura”, negar su importancia alegando el escaso prestigio de la publicación y criticar el diseño del estudio, el análisis de los datos recogidos y sus resultados. En definitiva ¡todo! Además presentan como “sesgo” el hecho de que su autor principal sea Anthony Mawson -profesor del Departamento de Epidemiología y Bioestadística de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Jackson State en Mississippi (EEUU)- por el mero hecho de tener amistad con Andrew Walkfield -primer investigador en denunciar la posible relación de las vacunas con el autismo- y porque el estudio recibió subvenciones de la organización de apoyo a las familias con niños autistas Generation Rescue y del Children’s Medical Safety Research Institute, entidad que apoya la investigación sobre el origen de “la creciente epidemia mundial de enfermedades crónicas y discapacidades entre la población infantil”.

Y eso que el trabajo ya anuncia que es un “estudio piloto” y sus autores reconocen su carácter meramente orientativo, su diseño transversal y que es necesaria “investigación adicional para replicar el hallazgo con muestras más grandes y diseños de investigación más potentes”. Agregando que “deben ser identificados, abordados y sujetos a replicación factores potencialmente perjudiciales asociados con el calendario de vacunación y sus mecanismos subyacentes mejor comprendidos”.

Luego lo que ha despertado las iras de los “vacunólogos” es su conclusión: “La coherencia de los hallazgos, la aparente relación ‘dosis-respuesta’ entre el estado de vacunación y varias formas de enfermedad crónica y la significativa asociación entre vacunación y trastornos del neurodesarrollo –se dice en el informe final-  apoyan la posibilidad de que algún aspecto del actual programa de vacunación pueda estar contribuyendo a aumentar los riesgos de morbilidad infantil”.

CONFRONTANDO SITUACIONES

 En Estados Unidos el 95% de los niños que acuden a guarderías han sido inoculados con todas las vacunas oficialmente recomendadas porque de lo contrario no son admitidos. Y eso implica recibir la friolera de hasta 48 dosis de vacunas para 14 enfermedades desde que nacen hasta los 6 años. Y es que el número ha aumentado con los años. En 1994 el programa Vacunas para Niños recomendó ponerles 9 -para la difteria, el tétanos, la tosferina, la poliomielitis, la Haemophilus influenzae tipo b, la hepatitis B, el sarampión, las paperas y la rubéola- pero desde entonces se aprobaron otras 5: para la varicela, la hepatitis A, la enfermedad neumocócica, la gripe y el rotavirus. Avalancha de vacunas cuya seguridad conjunta nunca ha sido estudiada. Especialmente las de los adyuvantes y conservantes cuyos posibles efectos secundarios a medio y largo plazo jamás se han estudiado por inaudito que pueda parecer. Como tampoco se ha estudiado con rigor si la salud de los niños vacunados es mejor que la de los no vacunados una vez han crecido, asunto cuya necesidad el propio Instituto de Medicina de Estados Unidos ha recordado infructuosamente en varias ocasiones.

Pues bien, ante la imposibilidad de que un pequeño grupo de investigación acometiese un proyecto de tal envergadura el equipo de Mawson se conformó con comparar el estado de salud global de niños vacunados y no vacunados de entre 6 y 12 años. Y de paso determinar en la medida de lo posible si puede asociarse la vacunación con trastornos del desarrollo neurológico (NDD por sus iniciativas en inglés, Neurodegenerative disorders) -problemas de aprendizaje, déficit de atención con hiperactividad, autismo…-  y si tal relación es significativa tras ajustar los datos valorando otros factores.

A fin de cuentas tanto en Estados Unidos como en los demás países desarrollados se habla ya de “pandemia silenciosa” porque se calcula que en ellos ¡el 15% de los niños! sufre ya deficiencias sensoriales y retrasos en el desarrollo mientras otros problemas neurológicos -como parálisis cerebral, pérdida de la audición y/o deterioro de la visión- se mantienen sin cambios. Es más, los casos de déficit de atención, autismo e hiperactividad han aumentado notablemente en las últimas décadas sin explicación razonable.

El primer problema de los investigadores fue acceder a un grupo mínimamente significativo de niños no vacunados en un país donde la vacunación es obligatoria para poder entrar tanto en una guardería como en una escuela. Así que tuvieron que buscar niños educados en su propio hogar al margen del sistema educativo, movimiento social en auge en Estados Unidos donde muchos padres se niegan ya al adoctrinamiento oficial. Y no hablamos de familias desestructuradas o marginales sino de personas con una renta similar a los demás pero con más años de educación formal y mayor número de hijos (una media de 3 en lugar de 2). Búsqueda que facilitó la National Home Education Research Institute’s, organización que agrupa a quienes deciden educar a sus hijos en casa. Y para evitar la subjetividad sólo se pidieron a los padres datos objetivos admitiendo en el caso de enfermedades solo las diagnosticadas por un médico. Y para minimizar el sesgo del recuerdo se pidió que citaran solo los datos de los registros de vacunación de sus hijos. Asimismo y para mejorar la fiabilidad se utilizaron grupos de preguntas cerradas que tenían que ser completadas antes de continuar con el siguiente grupo de cuestiones.

Obviamente entre esas familias había también padres que si bien prefieren educar a sus hijos en casa son partidarios de las vacunas así que ambos grupos -niños vacunados y no vacunados- se seleccionaron solo de entre sus hijo pidiéndoseles que reflejaran al responder qué vacunas recibieron y qué dosis. E igualmente se les solicitó que de la lista de más de 40 enfermedades crónicas que se les presentó señalaran aquellas que algún médico diagnosticó padecían o habían padecido sus hijos. Hubo asimismo preguntas sobre el uso de servicios y procedimientos, exámenes dentales, visitas a los médicos, medicamentos utilizados, número de días hospitalizados, número de horas en las que el niño realizaba actividad física los días laborables y muchas otras cuestiones relacionadas con la salud.

En cuanto a las madres se les preguntó por situaciones relacionadas con el embarazo y el nacimiento de sus hijos; como los medicamentos que habían tomado, posibles exposiciones a entornos contaminados o si el nacimiento fue prematuro. Y finalmente si a sus hijos se les había o no diagnosticado discapacidad de aprendizaje, trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) o trastorno del espectro autista (TEA).

En definitiva, se les hicieron a los padres 415 preguntas sobre 666 niños, tanto vacunados como no vacunados. En cuanto a las madres tenían una edad media de 40 años, eran generalmente blancas, casadas graduadas universitarias, cristianas y con ingresos familiares de entre 50.000 y 100.000 dólares.

Por lo que a los niños se refiere el 88% era de raza blanca -el 52% niñas- y el promedio de edad de 9 años de los que 261 (39%) no habían sido vacunados, 208 (31%) parcialmente y 197 (30%) recibieron todas las vacunas recomendadas.

NO HAY PEOR CIEGO….

 ¿El resultado final? Pues que entre los niños vacunados hubo solo un 2,5% de casos de tosferina -frente al 8’4% de los no vacunados- y un 7’9% de casos de varicela -frente al 25’3% de los no vacunados-. No hubo en cambio diferencias significativas en hepatitis A y B, sarampión, paperas, meningitis (viral y bacteriana), gripe y rotavirus. Eso sí, recordemos que al hablar de los 405 vacunados 197 recibieron las 14 vacunas y 208 aproximadamente la mitad. Y los datos finales indican pues que las vacunas de la varicela y la tosferina podían ser útiles pero no así las demás. Exponiéndose así los datos concretos:

-La probabilidad de sufrir enfermedad crónica por los vacunados es del 44% frente al 25% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir una rinitis alérgica por los vacunados es del 10,4% frente al 0,4% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir otras alergias por los vacunados es del 22,2% frente al 6,9% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir una otitis media por los vacunados es del 19,8% frente al 5,8%, de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir con eccema/dermatitis atópica por los vacunados es del 9,5% frente al 3,6% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir una neumonía por los vacunados es del 6,4% frente al 1,2% de los no vacunados.

En cuanto a problemas relacionados con el neurodesarrollo solo 50 niños los presentaron: 15 tuvieron problemas de aprendizaje, 9 de autismo y 3 déficit de atención e hiperactividad. En 2 casos los niños sufrieron dos de esos problemas mientras en 3 sufrieron la tríada (problemas de aprendizaje, TDAH y TEA). Pues bien, analizados los datos entre vacunados y no vacunados se concluyó que:

-La probabilidad de sufrir cualquiera de esos problemas por los vacunados es del 10,5% frente al 3,1% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir solo problemas de aprendizaje por los vacunados es del 5,7% frente al 1,2% de los no vacunados.

-La probabilidad de sufrir solo trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) por los vacunados es del 4,7% frente al 1% de los no vacunados.

Obtenidos los resultados los investigadores trataron de afinar más y eliminar otros posibles factores que pudieran tener relación con los problemas de neurodesarrollo además de la vacunación como la contaminación medioambiental, el consumo de antibióticos por la madre durante el embarazo y un parto prematuro. Y tras un primer ajuste los factores más significativos asociados a los problemas del neurodesarrollo fueron –en orden descendente- las vacunas, ser de raza distinta a la blanca y el sexo masculino. En cuanto al parto prematuro no se asoció per se de forma significativa con problemas del neurodesarrollo pero esa asociación es 6,6 veces mayor si se vacunan.

Y es asimismo mayor el número de hospitalizaciones entre los vacunados. Dato que coincide con los ofrecidos por el trabajo Relative trends in hospitalizations and mortality among infants by the number of vaccine doses and age, based on the Vaccine Adverse Event Reporting System (VAERS) 1990–2010 (Tendencias sobre hospitalizaciones y mortalidad entre lactantes según el número de dosis de las vacunas y la edad basadas en el Sistema de Notificación de Eventos Adversos de las Vacunas)  publicado en 2012 en Human and Experimental Toxicology. Hablamos del análisis de 38.801 informes sobre lactantes que tuvieron que ser hospitalizados o fallecieron tras recibir vacunas. Según el mismo hay una clara relación lineal entre el número de dosis de las vacunas administradas al mismo tiempo y las tasas de hospitalización y muerte.

Es más, cuanto más joven es el bebé en el momento de la vacunación mayor es el número de hospitalizaciones y muertes. El porcentaje de hospitalizados subió del 11% recibiendo 2 dosis hasta el 23,5% recibiendo 8. Y el número de muertos pasó del 3.6% para los que recibieron de 1 a 4 dosis hasta el 5.4% para los que recibieron de 5 a 8.

Nuestros resultados –concluía el estudio- muestran una evidente correlación entre el número de dosis de vacunas administradas y el porcentaje de hospitalizaciones y muertes. Y dado que las vacunas se administran a millones de niños cada año es imperativo que las autoridades sanitarias obtengan datos científicos de estudios toxicológicos sinérgicos de todas las combinaciones de vacunas que pueden recibir los bebés. Encontrar la formar de aumentar la seguridad de las vacunas es algo de alta prioridad”.

 …QUE EL QUE NO QUIERE VER

No nos propusimos probar una hipótesis concreta de asociación entre vacunas y salud –explican los autores del trabajo del que en esta ocasión nos ocupamos-. El objetivo del estudio fue determinar si la salud de los niños no escolarizados y vacunados difiere de la de los niños no escolarizados y no vacunados y ver si las vacunas tienen efectos no específicos sobre la morbilidad y la mortalidad además de proteger de los patógenos para las que se hacen”. Añadiendo: “Si el efecto de la vacunación fuera solo de protección ante los patógenos para los que se elabora como cabría suponer no debería haber diferencias de resultados entre vacunados y no vacunados, excepción hecha de una reducción del número de enfermedades entre los primeros. Sin embargo entre los 666 niños de nuestra muestra hay diferencias notables, en diversos parámetros de salud, entre los dos grupos. La probabilidad de padecer varicela o tosferina entre los vacunados es menor que entre los no vacunados como cabía esperar pero tienen sin embargo más probabilidades de sufrir neumonía e infecciones de oído así como alergias y trastornos del desarrollo neurológico”.

Los autores reconocen no obstante que su principal limitación estuvo en el hecho de que los informes de las madres no pudieron cotejarse con los registros clínicos al ser una encuesta diseñada para ser anónima. Según el National Home Education Research Institute’s no hacerlo así hubiera hecho que muchos padres se hubieran negado a participar. Aun así afirman que ”si bien la transversalidad del diseño limita una interpretación causal la coherencia de los hallazgos, la aparente relación ‘dosis-respuesta’ entre las vacunas y diversas enfermedades crónicas y la significativa asociación entre vacunación y trastornos del desarrollo neurológico apoyan la posibilidad de que algún aspecto del actual programa de vacunación pueda estar contribuyendo a aumentar la morbilidad infantil. La vacunación se asoció de forma significativa con los trastornos del desarrollo neurológico incluso después de controlar otros factores.  En cambio el parto prematuro, considerado durante mucho tiempo factor de un posible trastorno del desarrollo neurológico, no se asoció per se con él pero sí cuando se asocia con vacunas“.

En suma, no puede decirse que se trate de un estudio que permita sacar conclusiones definitivas pero los datos obtenidos exigen una inmediata reacción de las autoridades sanitarias que deberían iniciar sin demora un estudio a gran escala que aclare las cosas. Negar todo, vilipendiar el trabajo y ridiculizar los resultados no es de recibo y, desde luego, no es la actitud que cabe esperar de quienes presumen de actuar siguiendo los protocolos científicos. Aunque ya se sabe que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

Francisco Sanmartín

Este reportaje aparece en
Dsalud 206
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Julio - Agosto 2017
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