Constatado el peligro para la salud del aluminio de las vacunas

El estudio que durante décadas ha servido para justificar el uso de aluminio como adyuvante en las vacunas y se cita para afirmar su inocuidad está plagado de errores metodológicos. Acaban de denunciarlo los investigadores Romain K Gherardi y Chris Exley en un impecable trabajo publicado en Revista de Bioquímica Inorgánica avalando así los numerosos trabajos efectuados en los últimos años según los cuales el aluminio de las vacunas puede causar numerosos trastornos en el sistema nervioso central y se trata pues de un metal neurotóxico al igual que el mercurio. Investigación que se une a otras anteriores efectuadas en los últimos seis años de las que nadie quiere hablar.

Negar de forma radical la posible relación entre el actual modelo de vacunación infantil -masivo e indiscriminado y con vacunas reforzadas mediante adyuvantes poco o mal estudiados- y la aparición de numerosas patologías relacionadas con el sistema nervioso central -especialmente en niños- es irresponsable además de acientífico. Si la ciencia ha demostrado algo a lo largo de los siglos es que lo que un día parece razonablemente bueno años después puede inferirse razonablemente peligroso. Ejemplos hay muchos: los rayos X, las radiaciones electromagnéticas, el amianto, el tabaco, el arsénico –que se recetaba para curar la sífilis-, la heroína -que llegó a venderse en farmacias-, etc. Y eso mismo está ocurriendo con los adyuvantes introducidos en las vacunas. Primero fue el mercurio en forma de timerosal -hoy prácticamente desterrado de la mayoría de ellas por su clara neurotoxicidad e implicación en trastornos neurológicos- y ahora le toca al aluminio.

Y eso que el debate sobre la seguridad de las sales de aluminio de las vacunas viene de lejos. Casi desde que en 1926 el inmunólogo británico Alexander Glenny lo introdujese empíricamente en ellas como adyuvante a fin de «reforzar la respuesta inmune». Debate que hoy alcanza el nivel de agria polémica por las numerosas reclamaciones presentadas ya por asociaciones de afectados ante el aumento de trastornos neurológicos en los vacunados -como el autismo-, la publicación de numerosos trabajos de investigación y libros de divulgación, las constantes denuncias en blogs científicos y la celebración de cada vez más congresos y conferencias sobre el problema. Porque la crítica sobre el uso del aluminio como adyuvante en las vacunas y la denuncia de sus peligros no la hacen unos cuantos ignorantes indocumentados como las organizaciones médicas pretenden hacer creer -y los medios de comunicación masivos se «tragan»- sino por profesionales y expertos universitarios de prestigio de muchos países.

Hoy no es ya discutible la aparición de mialgias, artralgias, fatiga crónica y muy diferentes trastornos neurológicos tras recibir vacunas que contienen aluminio, mineral tóxico presente en muchas de ellas, especialmente en las vacunas infantiles. Como las de la polio, la tetravalente -difteria, tos convulsiva, tétano y neumonía-, la pentavalente -difteria, tos convulsiva, tétano, neumonía y hepatitis B-, las de las hepatitis A y B, la de la rabia, la del ántrax, la del meningococo, la vacuna conjugada del neumococo y algunas -no todas- de las vacunas conjugadas de Haemophilus influenzae tipo B. Tales reacciones negativas han sido ya reportadas en muchos países -entre ellos en Estados Unidos, Canadá, México, España, Francia, Reino Unido, Italia, Dinamarca, Portugal, Israel, Japón, Australia y un largo etcétera- a pesar de lo cual las autoridades niegan -más allá de admitir una asociación temporal- tal vínculo causal.

Les da igual que hasta la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) haya admitido la necesidad de estudiar el efecto de los adyuvantes vacunales: «La seguridad de los adyuvantes vacunales –reconoce ésta en un documento- es un ámbito importante y descuidado y dado que tienen propiedades farmacológicas que podrían afectar tanto a la inmunogenicidad como a la seguridad es esencial evaluarlos bien«. Bueno, pues ¡nadie ha estudiado aún oficialmente el efecto sobre la salud del aluminio presente en las vacunas infantiles!

Uno de los primeros investigadores en poner en tela de juicio el uso del aluminio en las vacunas fue el doctor de la Universidad de la Columbia Británica (Canadá) Christian Shaw -especializado en enfermedades neurodegenerativas- quien en 2007 publicó un trabajo titulado Aluminum adjuvant linked to Gulf War illness induces motor neuron death in mice (El adyuvante de aluminio vinculado a la enfermedad de la Guerra del Golfo induce la muerte de la neurona motora en ratones). En aquel entonces existía en Estados Unidos gran preocupación por la denominada «enfermedad de la Guerra del Golfo» (GWI por sus siglas en inglés), trastorno crónico multisintomático de origen desconocido que afectó a miles de militares y trabajadores civiles tras regresar del conflicto (1990-1991) presentando una amplia gama de síntomas -agudos y crónicos- que incluían fatiga y dolor muscular. Así que Shaw decidió valorar si la causa había sido la vacuna del ántrax o alguno de los componentes de las demás vacunas que se les inocularon para lo cual desarrolló un modelo animal sobre el que examinar el posible impacto neurológico del hidróxido de aluminio, del escualeno y de ambos adyuvantes combinados. Para lo cual inyectó a esos ratones tales adyuvantes en dosis equivalentes a las que recibió el personal del servicio militar estadounidense sometiéndolos luego a una batería de pruebas motoras y cognitivo-conductuales durante seis meses. Pues bien, los que recibieron solo aluminio sufrieron una disminución progresiva de su fuerza y los que recibieron conjuntamente aluminio y escualeno mostraron déficits cognitivos significativos de aprendizaje. Transcurridos los seis meses los animales fueron sacrificados y examinados los tejidos de su sistema nervioso central identificándose entre los animales inyectados con aluminio un mayor número de neuronas muertas, una pérdida significativa de neuronas motoras y un aumento en el número de astrocitos de la médula espinal lumbar. Llegando Shaw a la siguiente conclusión: “Nuestros hallazgos sugieren que el adyuvante aluminio puede asociarse a algunos de los problemas neurológicos de la GWI y tiene posiblemente un papel adicional cuando se combina con otros adyuvantes”.

Con lo que el aluminio se convirtió desde ese momento en el principal sospechoso de muchos trastornos neurológicos -negados hasta hoy- asociados a las vacunas.

RESULTADOS A LA MEDIDA 

La controversia iniciada por Christian Shaw y otros investigadores se intensificaría de tal manera que la FDA encargó la realización de un estudio sobre la seguridad del aluminio al doctor Robert J. Mitkus –de su Oficina de Bioestadística y Epidemiología del Centro de Evaluación e Investigación de Biológicos– que éste haría y publicaría en 2011 en Vaccine con el título Updated aluminum pharmacokinetics following infant exposures through diet and vaccination (Actualización de la farmacocinética del aluminio tras la exposición infantil a través de la dieta y la vacunación). Y es que por inaudito que pueda parecer hasta ese momento los adyuvantes de aluminio ¡no habían sido objeto de ninguna investigación oficial a pesar de estar siendo utilizados por la industria de forma masiva en las vacunas! Claro que no menos inauditas fueron sus «conclusiones»: “Las exposiciones episódicas a las vacunas que contienen aluminio como adyuvante suponen un riesgo extremadamente bajo para los bebés mientras sus beneficios superan cualquier preocupación teórica”. Llamativa conclusión favorable a las vacunas que desde entonces se usa como un mantra para defender la inocuidad del aluminio que se les agrega.

Sin embargo la verdad tiende siempre a abrirse camino… aunque sea lentamente. Y como la ciencia incorpora constantemente nuevas herramientas a la investigación resulta que pocos años después las afirmaciones de Mitkus han sido contradichas por nuevas investigaciones que en lugar de darle la razón vuelven a incidir en el peligro del aluminio. Basta leer algunos de los trabajos surgidos desde 2011. Veamos algunos cronológicamente:

  1. El ya citado Christian Shaw y L. Tomljenovic publicarían ese año el trabajo Mechanisms of aluminum adjuvant toxicity and autoimmunity in pediatric populations (Mecanismos de toxicidad del adyuvante aluminio y autoinmunidad en poblaciones pediátricas) concluyendo en él que el aluminio es altamente neurotóxico y ha demostrado que afecta el desarrollo cerebral, tanto prenatal como postnatal, en humanos y animales de experimentación”. Claro, conciso y rotundo.
  2. 2013. Un año después Zakir Khan y Josette Cadusseau publicarían junto a otros investigadores el trabajo Slow CCL2-dependent translocation of biopersistent particles from muscle to brain (Translocación lenta dependiente de CCL2 de partículas biopersistentes del músculo al cerebro) explicando en él: “Los nanomateriales pueden ser transportados por células de linaje monocítico a los ganglios linfáticos, sangre y bazo, y pueden usar mecanismos dependientes de CCL2 para penetrar en el cerebro. En condiciones normales ocurre en un porcentaje muy bajo de casos y explica la buena tolerancia general del aluminio a pesar de su fuerte potencial neurotóxico pero dosis continuas de este adyuvante poco biodegradable pueden volverse insidiosamente inseguras, especialmente en caso de sobreinmunización o de una barrera hematoencefálica inmadura o alterada”.

Ese mismo año Yehuda Shoenfeld publicaría el estudio Autoimmune/inflammatory syndrome induced by adjuvants (ASIA) (Síndrome autoinmune/inflamatorio inducido por adyuvantes (ASIA) en el que diría: “Se han relacionado enfermedades autoinmunes e inflamatorias con las vacunas que contienen aluminio así como distintas condiciones patológicas: la artritis, la diabetes mellitus tipo I, la esclerosis múltiple, el lupus eritematoso sistémico, el síndrome de fatiga crónica y el síndrome de la Guerra del Golfo. Los adyuvantes basados ​​en aluminio pueden además estar asociados a miofascitis macrofágica, formación de granulomas y reacciones alérgicas con aumento de los niveles de IgE mediadas por la estimulación del aluminio. Una enfermedad autoinmune típica que puede ser instigada por las vacunas contra la influenza o la polio es el Síndrome de Guillain-Barré”. Añadiendo en cuanto a por qué hay personas que se ven afectadas por las vacunas y otras no: “La prevalencia de afecciones inmunes está aumentando en diferentes áreas geográficas por cambios geoepidemiológicos que pueden deberse a un complejo conjunto de factores genéticos y ambientales. Todo indica que determinadas configuraciones genéticas predisponen a la aparición de una enfermedad autoinmune o un síndrome autoinflamatorio siendo la presencia de un factor externo o endógeno medioambiental, recientemente llamado ‘exposome’, el que activaría esa respuesta. El requisito previo para el desarrollo de tales condiciones es pues un marco genético favorable lo que explica por qué son tan poco frecuentes pero asimismo por qué los médicos deben ser conscientes de ello y tener en cuenta las posibles complicaciones que puede sufrir alguien tras recibir una vacuna”.

  1. 2015. Dos años después Romain Kroum Gherardi y Josette Cadusseau darían a conocer el trabajo Biopersistence and brain translocation of aluminum adjuvants of vaccines (Biopersistencia y translocación cerebral de los adyuvantes de aluminio de las vacunas) en el que explican: «Las partículas de aluminio inyectadas en el músculo se fagocitan rápidamente en él y los ganglios linfáticos de drenaje pudiendo diseminarse dentro de las células fagocíticas por todo el cuerpo y acumularse lentamente en cerebro. Esto sugiere claramente que la biopersistencia del adyuvante a largo plazo dentro de las células fagocíticas es un requisito previo para la translocación cerebral lenta y la neurotoxicidad retrasada (…) La translocación cerebral de partículas de aluminio está vinculada a un mecanismo de caballo de Troya previamente descrito para partículas infecciosas (VIH, VHC) vinculado a CCL2, principal quimiocina quimiotractiva de los monocitos”.
  2. Al año siguiente el propio Romain Kroum Gherardi publicaría Non-linear dose-response of aluminium hydroxide adjuvant particles: Selective low dose neurotoxicity (Respuesta a dosis no lineales de partículas del adyuvante hidróxido de aluminio: neurotoxicidad selectiva a dosis bajas) afirmando en él: «Inyectar dosis bajas de Alhydrogel (adyuvante de aluminio) en el músculo de un ratón puede inducir selectivamente a largo plazo acumulación cerebral de aluminio y efectos neurotóxicos«.

Ese mismo año el doctor Neil Miller publicaría por su parte en Journal of American Physicians and Surgeons el trabajo Aluminum in childhood vaccines is unsafe (El aluminio en las vacunas infantiles no es seguro) en el que se afirma lo siguiente: «Son numerosos los estudios que proporcionan evidencia convincente de que el aluminio inyectado puede ser perjudicial para la salud. Es capaz de permanecer en las células mucho después de la vacunación y causar trastornos neurológicos y autoinmunes». Agregando: «Durante su desarrollo el cerebro del niño es más susceptible a las toxinas y sus riñones son menos capaces de eliminarlos. Por tanto el riesgo de reacciones adversas al aluminio de las vacunas es mayor que en los adultos. Sin embargo a millones de niños se les inyectan cada año vacunas que contienen mercurio y aluminio a pesar de estar bien establecido experimentalmente la potencial toxicidad sinérgica para el organismo de ser expuesto a dos o más metales tóxicos”. Y añade: “Los metales tóxicos como el aluminio no deben formar parte de medicamentos profilácticos administrados a niños, adolescentes o adultos. Las vacunas se recomiendan normalmente a personas sanas por lo que los estándares de seguridad y eficacia deben ser impecables». Afirmación a la que agrega esta contundente recomendación: «No puede permitirse que se obligue a los padres a que sus seres queridos reciban múltiples inyecciones con metales tóxicos que aumentan el riesgo de afectar su neurodesarrollo y padecer dolencias autoinmunes».

  1. El 26 de noviembre pasado un equipo de investigación de la Universidad de Keele (Inglaterra) integrado por Christopher Exleya, Matthew Molda, Dorcas Umarb y Andrew Kingc publicaría en Journal of Trace Elements in Medicine and Biology un estudio titulado Aluminium in brain tissue in autism (Aluminio en el tejido cerebral autista) según el cual los niños autistas tienen hasta 10 veces más aluminio en el cerebro que un adulto sano y todo indica que la causa está en las vacunas que lo contienen. Así lo entienden tras analizar los tejidos cerebrales de cinco jóvenes que murieron con diagnóstico de autismo y comprobar que el nivel de aluminio en todas las muestras analizadas era sorprendentemente alto encontrándose tanto en las neuronas como en las microglías, los astrocitos y hasta en los linfocitos de las meninges y las células inflamatorias de la vasculatura llegando a ellas tras atravesar las membranas y la barrera hematoencefálica. Y algo importante: según infieren el aluminio llega al cerebro vía células pro-inflamatorias.

Christopher Exleya declararía asimismo: «Mi grupo ha encontrado en tejidos cerebrales de más de cien cerebros humanos con diagnóstico de autismo las más altas cantidades de aluminio que hayamos medido nunca. Solo hemos visto cantidades similares en un estudio reciente sobre alzheimer familiar. Se trata, por sí mismo, de un hallazgo muy importante”. Mediciones que según explican hicieron mediante espectrometría de absorción atómica y fluorescencia microscópica. El trabajo concluye afirmando haber demostrado que “en los cerebros de personas con trastorno del espectro autista el contenido de aluminio es extraordinariamente alto”. Agregando: “Hemos identificado aluminio en el tejido cerebral tanto a nivel extracelular como intracelular afectando tanto a neuronas como a células no neuronales”.

Resumiendo, según los hallazgos hechos en los últimos seis años por científicos preparados -no por periodistas o padres angustiados- el aluminio de las vacunas puede…

…permanecer en el cerebro mucho más tiempo del que se pensaba.

…ser transportado por macrófagos al cerebro.

…acumularse cuando se inyecta en pequeñas dosis repetidamente.

…deteriorar el desarrollo cerebral.

…dar lugar a enfermedades autoinmunes e inflamatorias.

…causar autismo ya que se han encontrado cantidades notablemente altas de aluminio en los cerebros de quienes padecen la enfermedad.

Ante lo que razonadamente cabe preguntarse cómo es posible que el estudio de Mitkus resultara tan favorable al aluminio…

ERRORES DE BULTO

De hecho eso mismo se preguntó un equipo franco-británico en el que se hallaban dos de los principales investigadores internacionales en el ámbito de la neurotoxicidad del aluminio que ya han sido citados: el francés Romain K Gherardi y el británico Chris Exley. Equipo que decidió por ello examinar en detalle los tres artículos de toxicocinética clásica que afirman que el aluminio es seguro -¡porque solo hay tres!- y usan como referencia las agencias reguladoras: el de Flarend de 1997, el de Keith de 2002 y el ya mencionado de Mitkus de 2011, considerado el más relevante.

Pues bien, sus conclusiones acaban de publicarse el pasado mes de diciembre en Journal of Onorganic Biochemistry en un trabajo titulado Critical Analysis of reference studies on the toxicokinetics of aluminum based adjuvants (Análisis crítico de los estudios de referencia sobre la toxicocinética de los adyuvantes a base de aluminio) y la principal es que los tres adolecen de sesgos importantes.

El lector tiene los datos técnicos en el artículo citado pero estos son sus principales argumentos:

1) Carece de sentido comparar la toxicidad química de iones de aluminio procedentes de una disolución ya que se absorben a nivel intestinal con la de las partículas de aluminio que se depositan al inyectar la vacuna intramuscularmente. Es más, afirman que el Límite de Riesgo Mínimo (LMR) hubiera debido definirse en base a experimentos en animales con adyuvantes de aluminio inyectado intramuscularmente en lugar de estudios con formas solubles de aluminio -cloruro o lactato- agregadas a comida o agua potable. De ahí que afirmen: “Se utilizó un LMR oral inapropiado para definir la curva de seguridad. El aluminio ingerido cruza la barrera intestinal en su forma iónica. Por otro lado, los adyuvantes son nanopartículas administradas directamente más allá de la barrera de la piel. En su forma de partícula el aluminio se captura rápidamente y luego se transporta a distancia por las células inmunitarias”.

-El Límite de Riesgo Mínimo (LMR) oral del aluminio establecido por Mitkus es demasiado alto porque existen numerosos informes sobre sus efectos neurotóxicos en ratones y ratas con dosis mucho menores. De lo que infieren que «la seguridad de los adyuvantes de aluminio en los bebés no puede ser garantizada de forma indudable basándose en el estudio Mitkus”.

-Mitkus obtuvo sus conclusiones basándose solo en el potencial tóxico del aluminio soluble sin tener en cuenta la potencial toxicidad de sus partículas y su biopersistencia. “Los estudios histológicos realizados tras una inyección intramuscular de hidróxido de aluminio -afirman- muestran que las partículas de aluminio y los granulomas que induce son detectables en los músculos inyectados de animales después de meses y hasta 12 años después en personas adultas que sufrieron fatiga crónica después de recibir la vacuna. Y aunque los factores genéticos podrían explicar la baja solubilización intracelular del hidróxido de aluminio en personas susceptibles Mitkus subestimó el efecto de la disolución de los adyuvantes de aluminio, cierta y significativa”.

-Mitkus no valoró tampoco que el aluminio puede migrar lejos del músculo en forma de partículas a pesar de que se ha constatado en ratas que pueden ser transportadas por células de linaje monocítico, primero a los ganglios linfáticos y luego -probablemente a través del conducto torácico- al torrente sanguíneo llegando más tarde a órganos distantes como el bazo e incluso al cerebro donde la lenta y retrasada acumulación puede observarse en células microgliales y neuronas. “Debería haber tenido en cuenta –aseguran Gherardi y Exley- que se han visto efectos neurotóxicos en ratones inyectados con dosis de hidróxido de aluminio equivalentes a las que reciben niños de hasta 18 meses según el programa de vacunación estadounidense”.

Pues bien, el equipo de investigadores franco-británico inicia sus conclusiones con una afirmación que es insólita en un documento científico: “La gloriosa historia de las vacunas del último siglo tiene en gran medida una base empírica”. Es decir, basada en la experiencia y no en el conocimiento científico. Y advierten: “En los próximos años van a inocularse adyuvantes de aluminio a miles de millones de personas por la estrategia de poner masivamente vacunas preventivas en todo el mundo cuando dadas sus serias debilidades conceptuales y metodológicas los tres estudios tóxico-cinéticos disponibles son objetivamente insuficientes para garantizar a largo plazo su absoluta seguridad administrados a gran escala. En pocas palabras: el dogma de que las vacunas que contienen aluminio son seguras se ha derrumbado.

El informe termina con una reflexión dirigida al conjunto de la comunidad médico-científica: “La Vacunología del siglo XXI debe asentarse en la moderna y sólida ciencia. No puede basarse en éxitos pasados sin esforzarse en comprender con precisión el destino in vivo de los adyuvantes de aluminio porque se corre riesgo de perder la necesaria confianza de la población, extremadamente sensible hoy a cualquier cosa que afecte a su salud global. Nos parece pues obligatorio llevar a cabo nuevos experimentos toxico-cinéticos -incluidos estudios a largo plazo- bajo el estricto control de las autoridades sanitarias a fin de garantizar el máximo nivel de seguridad de los adyuvantes de aluminio: los clásicos y los de nueva generación utilizados en las vacunas”.

Claro que como denuncia al hablar de las vacunas J. B. Handely -cofundador de Generation Rescue, organización dedicada a la prevención del autismo- “en ningún otro medicamento del planeta los estándares de seguridad se determinarían sin utilizar el producto real (hidróxido de aluminio) administrado de la manera adecuada (inyección intramuscular) en la población adecuada de pacientes (recién nacidos). Ahora sabemos que no hacerlo ha provocado resultados devastadores”.

 ¿Y AHORA QUÉ? 

En definitiva, las conclusiones de los trabajos realizados en los últimos seis años ponen en duda directamente la presunta inocuidad del aluminio de las vacunas; es más, los experimentos con animales sugieren que pueden provocar daños físicos importantes. Es pues hora de dejar de acusar peyorativamente a quienes se oponen a ellas de «antivacunas» o de personas «irracionales y peligrosas». Lo irracional y peligroso es no tener en cuenta los trabajos científicos más recientes sobre las vacunas. Especialmente porque quienes los han efectuado son conscientes del coste que para sus carreras profesionales puede tener haber sido honestos.

Terminamos pues este artículo con algunas de las declaraciones que los mismos han hecho en estos años.

-«Es sorprendente que a pesar de llevar usándose adyuvantes de aluminio en las vacunas desde hace más de 80 años su uso y seguridad se siga basando en suposiciones y no en evidencias científicas. No se sabe nada por ejemplo sobre su toxicología y farmacocinética en bebés y niños (…) y a pesar de eso se les continúa exponiendo a ellos a niveles mucho más altos que a los adultos en los programas rutinarios de vacunación infantil» (Chris Shaw, 2012).

 * «Inocular a la gente dosis cada vez mayores del poco biodegradable adyuvante de aluminio puede volver insidiosamente inseguras las vacunas, especialmente en casos de sobreinmunización y de una barrera hematoencefálica inmadura/alterada» (Romain Gherardi, 2013).

* «La investigación experimental ha demostrado que los adyuvantes de aluminio tienen el potencial de inducir trastornos inmunológicos graves en los seres humanos. Deben pues hacerse esfuerzos para aclarar la amenaza potencial de las vacunas que contienen aluminio» (Yehuda Shoefeld, 2013).

* El problema con el aluminio de las vacunas es doble: impulsa la respuesta inmune incluso en ausencia de amenaza viral o bacteriana y puede llegar al sistema nervioso central. Y no es ya discutible que el aluminio -en sus distintas formas- puede ser neurotóxico» (Lucija Tomljenovic, 2013).

* «El aluminio y otros materiales poco biodegradables recogidos en la periferia por los fagocitos circulan por el sistema linfático y sanguíneo y pueden penetrar en el cerebro utilizando un mecanismo de caballo de Troya similar al utilizado por las partículas infecciosas. Experimentos previos han demostrado que la administración de aluminio puede causar disfunción y daño en el sistema nervioso central lo que arroja dudas sobre el nivel exacto de seguridad del aluminio» (Romain K. Gherardi, 2015).

* «El aluminio y otros materiales poco biodegradables recogidos en la periferia por los fagocitos circulan por el sistema linfático y sanguíneo y pueden penetrar en el cerebro utilizando un mecanismo de caballo de Troya similar al utilizado por las partículas infecciosas. Experimentos previos han demostrado que la administración de aluminio puede causar disfunción y daño en el sistema nervioso central lo que arroja dudas sobre el nivel exacto de seguridad del aluminio» (Romain K. Gherardi, 2015).

* «Las preocupaciones sobre la seguridad del aluminio surgieron tras el reconocimiento de su biopersistencia -inesperadamente duradera- dentro de las células inmunes de algunas personas y los informes de síndrome de fatiga crónica, disfunción cognitiva, mialgia, disautonomía y características autoinmunes/inflamatorias ligadas temporalmente a la administración múltiple de vacunas que contienen aluminio (…) La toxicocinética y la seguridad del adyuvante con aluminio requieren ser reevaluadas» (Guillemette Crépeaux, 2016).

* «Ahora que sabemos que las células del lugar de la inyección pueden transportar aluminio al tejido cerebral al constatarlo en personas que murieron con autismo hay que pensarse cuidadosamente quién puede recibir una vacuna que incluya un adyuvante de aluminio. Hay que preguntarse: ¿esta vacuna salva realmente vidas? Y si no es así, no la use» (Chris Exley, 2017).

En definitiva, el doctor Robert J. Mitkus se ha quedado solo en su defensa de la inocuidad del aluminio de las vacunas. Ahora bien, ¿hará eso reaccionar a las agencias gubernamentales, a los ministerios de Sanidad

y a los médicos? Lo dudamos: implicaría reconocer que durante décadas no solo han puesto en peligro la salud de cientos de millones de personas sino que son responsables de decenas de miles de enfermos y miles de muertos.

Elena Santos

 

Recuadro:

 Vacunas con más aluminio del declarado

 Es oportuno recordar a nuestros lectores que tres de las vacunas comercializadas en España podrían tener -o haberlo tenido- mucho más aluminio del declarado en sus fichas técnicas: Prevenar 13 de Pfizer -para el neumococo-, Infanrix-IPV+Hib de GlaxoSmithKline -para la difteria, el tétanos, la tos ferina, la poliomielitis y la Haemophilus influenzae tipo b– e Infanrix Hexa de GlaxoSmithKline –para lo antedicho y además la hepatitis B-. Al menos así lo denunciaron Federico Sánchez Apellániz y José Antonio Narváez, miembros de la Asociación de afectados por las vacunas, tras pedir a un laboratorio independiente de Estados Unidos –Doctors Data– que analizara las muestras que les facilitaron.

Lo dimos a conocer en la sección de Noticias del nº 178 correspondiente a enero de 2015. Hablamos de dos padres cuyos hijos fallecieron poco después de ser vacunados con ellas. Álvaro, hijo de José Antonio Narváez, falleció el 27 de junio de 2013 con 19 meses tras administrársele conjuntamente 30 días antes dos de las vacunas: Prevenar 13 e Infanrix-IPV+Hib. Y Luca, hijo de Federico Sánchez, el 8 de octubre de 2013 tras ser vacunado con Infanrix Hexa teniendo siete meses y sufrir desde entonces un auténtico calvario durante casi dos años; así lo cuenta su padre: «La vacuna le provocó daños irreversibles a nivel neuronal e inmunológico que le mantuvieron enfermo desde los siete meses hasta que falleció sin llegar a cumplir tres años. Nació en Navidad, gordito y pelirrojo; era el bebé más bonito del mundo pero tras la vacuna se fue apagando. Poco a poco dejó de mirar y de reír hasta que, casi sin darnos cuenta, dejó de ser un niño”.

A Luca, tras la vacunación, se le diagnosticó encefalopatía; y a Álvaro encefalitis. Patologías que oficialmente se ignora cómo adquirieron… a pesar de lo cual se rechaza sin más que las hayan podido causar las vacunas. Simplemente porque así lo niegan los que las han autorizado y no están dispuestos a ser procesados ante tal posibilidad.

Cabe agregar que Federico Sánchez envió al laboratorio estadounidense para que fueran analizadas muestras de vacunas de las mismas marcas aunque no del mismo lote mientras Jose Antonio Narváez consiguió enviar las copias de seguridad de la vacuna Infanrix IPV+HIb -copias maestras para España del lote-serie administrado a Álvaro- facilitadas por el propio Juzgado de Instrucción nº 2 de Mérida (España) y que estaban -por orden judicial- en poder del Instituto de Toxicología de Sevilla a donde las había remitido la Agencia Española del Medicamento procedentes de Bélgica, sede del laboratorio fabricante.

En cuanto a los resultados de Doctors Data indican que había 820 microgramos por gramo de aluminio en la vacuna Infanrix IPV+HIb analizada, 1.500 microgramos en la de Infanrix Hexa y 238 microgramos en la de Prevenar 13, todas ellas cantidades que exceden con mucho lo indicado en las respectivas fichas pues en las dos primeras se asegura no haber más de 500 microgramos de hidróxido de aluminio y en la de Prevenar 13 no más de 125 microgramos.

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