Las vacunas no son la causa ni de la mejora de la salud ni de que vivamos más

Ni las vacunas ni los fármacos son la razón de que desde 1900 haya disminuido un 74% la tasa de mortalidad en los países desarrollados sino la mejora de las condiciones higiénicas y alimentarias. Hemos publicado multitud de artículos explicándolo y dejando claro que algunas vacunas pueden ser además peligrosas. Pues bien, J. B. Handley, cofundador de Generation Rescue -movimiento que sostiene que muchos casos de autismo los causan las vacunas- y director del Children´s Heath Defense -entidad que preside el abogado Robert F. Kennedy- acaba de publicar al respecto un esclarecedor artículo en su web que dado su interés hemos decidido reproducir íntegramente traduciéndolo tras obtener permiso expreso para ello. Este es el texto:

VACUNAS

Desde 1900 la tasa de mortalidad en Estados Unidos y otros países del Primer Mundo ha disminuido aproximadamente un 74% lo que supuso una mejora impresionante en la calidad y esperanza de vida de los estadounidenses. Ahora bien, ¿qué provocó tal mejoría? ¿Por qué la tasa de mortalidad disminuyó tan rápidamente? Si uno escucha a los defensores de las vacunas la respuesta es simple: han sido gracias a las vacunas. Solo que tal argumentación es muy fácil refutar ya que los datos se encuentran a la vista de todos. Sin embargo, el hecho de que persista esa falsa versión -algo fácilmente demostrable- dice mucho del mundo en el que vivimos y espero que saberlo aliente a los padres a reconsiderar la veracidad de muchas de las informaciones propagadas sobre las vacunas así como a investigar por su cuenta.

El 19 de octubre de 1970, de pie ante sus colegas, el Dr. Edward H. Kassde Harvard- pronunció un discurso durante la reunión anual de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de América que hoy le hubiera probablemente hecho perder su título de médico pero en ese momento era el presidente de la organización y lo que dijo sobre el papel de las vacunas en la reducción de las tasas de mortalidad en Estados Unidos fue aún más impactante, al menos para el debate estándar actual.

Sin embargo hoy, cuarenta y ocho años después del discurso del Dr. Kass, las vacunas -promocionadas por quienes más se benefician de su uso- han adquirido estatus mitológico en muchos lugares del mundo. Con argumentos claros: “Es indudable que las vacunas salvaron al mundoTodos los niños deben pues recibir todas las vacunasSi no vacunamos estaremos posibilitando el retorno de enfermedades infantiles mortalesSi no vacunas a tu hijo, moriráSi cuestionas las vacunas, aunque sea un poco, eres un antivacunas que debe ser rechazado y repudiado por la sociedad”. Claro que, ¿y si la mayor parte de la historia sobre el papel que jugaron las vacunas en la disminución de la mortalidad no fuera cierta?

En su famoso discurso el Dr. Kass advirtió a sus colegas en el tratamiento de enfermedades infecciosas del peligro de sacar conclusiones falsas acerca de POR QUÉ la tasa de mortalidad había disminuido ya que eso podía llevarles a centrarse en factores erróneos. Así lo avisó: “(…) A menudo aceptamos medias verdades y dejamos de buscar las verdades completas. Medias verdades aceptadas fueron que la investigación médica había erradicado a los grandes asesinos del pasado (tuberculosis, difteria, neumonía, sepsis puerperal, etc.) y que ella y nuestro sistema superior de atención médica fueron factores importantes que extendieron la esperanza de vida proporcionando al pueblo estadounidense el más alto nivel de salud en el mundo. Hoy se sabe que se trata de verdades a medias pero no hasta qué punto”.

El Dr. Kass compartió con sus colegas algunos gráficos reveladores. Intento imaginarme a todo un presidente de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de América compartiendo hoy alguno de ellos con funcionarios del sistema de salud pública y cómo, a continuación, se apagarían las luces de la sala mientras lo abordaban y sacaban del escenario.

El primer gráfico que el Dr. Kass compartió en 1970 (Fig. 1) aborda la disminución del sarampión y lo más curioso es que en él no se incluye la vacuna contra el sarampión. Ese año la vacuna acababa de empezar a extenderse y, como puede verse en él con claridad, hacía ya mucho que la tasa de mortalidad por sarampión había disminuido drásticamente.

Sobre la tosferina presentó un gráfico similar (Fig. 2) aunque en ese caso sí podía verse cuándo se introdujo la vacuna.

Y mostró asimismo un gráfico sobre la escarlatina que fomenta aún más la confusión ya que nunca ha habido vacuna contra esa enfermedad y sin embargo la mortalidad descendió de manera muy similar a la del sarampión y la tosferina (Fig. 3).

¿CUÁL ES LA CONCLUSIÓN? 

Es obvio que el Dr. Kass intentaba llevar a sus colegas a una simple conclusión pero de profundas implicaciones para la salud pública. Y su razonamiento fue realmente importante: “La disminución de las cifras de algunas dolencias -que se correlacionan con las circunstancias socioeconómicas- es sin duda el acontecimiento más importante de la historia de la salud humana y, sin embargo, solo tenemos nociones muy vagas y generales sobre cómo ocurrió y por qué la mejora socioeconómica y la disminución de las tasas de esas enfermedades van en paralelo».

El Dr. Kass pidió entonces a sus colegas que valoraran con la mente abierta por qué las enfermedades infecciosas habían disminuido tan drásticamente en Estados Unidos y otros países del Primer Mundo. ¿Fue la nutrición? ¿Los métodos sanitarios? ¿La reducción del hacinamiento en las viviendas? Hoy sabemos que la respuesta a las tres preguntas es SÍ. Alentó a sus colegas a no llegar a conclusiones precipitadas, a mantener la objetividad y a “abrirse a nuevas posibilidades”.

Afortunadamente para nosotros el discurso del Dr. Kass de ese día se ha guardado íntegro para la posteridad porque se imprimió en una revista médica; de hecho en la publicación que fundó él mismo: The Journal of Infectious Diseases. Discurso que tituló como Infectious Disase and Social Change (Enfermedades infecciosas y cambio social) en el que hay varias cosas que me parecen significativas, especialmente porque era el presidente de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de América. A saber:

1) Nunca se refirió a las vacunas como “el mayor invento de la humanidad” ni a ninguna de las otras maneras con las que sus promotores las describen hoy en la prensa. Y es que sabía bien que las vacunas no son las responsables de haber salvado “millones de vidas” en Estados Unidos.

2) Nunca dio mucho crédito al papel de las vacunas en la drástica disminución de la mortalidad en el mundo desarrollado; lo que tiene sentido porque ninguno de los datos apoyaba tal opinión.

Y eso me hizo preguntarme: ¿habrá intentado alguien poner en contexto la contribución real de las vacunas en la disminución de la mortalidad humana durante el siglo XX? O dicho de otra manera: ¿hay datos que midan exactamente cuánto impacto tuvieron? Pues bien, los hay.

1977: MCKINLAY Y MCKINLAY. EL IMPORTANTE ESTUDIO DEL QUE NUNCA HA OÍDO HABLAR

No será la lectura más fácil del mundo pero espero que lea esto palabra a palabra: en 1977 los epidemiólogos de la Universidad de Boston John y Sonja McKinlay -esposo y esposa- publicaron un trabajo fundamental sobre el papel que desempeñaron las vacunas y otras intervenciones médicas en la masiva disminución de la mortalidad observada en el siglo XX, de ese 74% que mencioné en el primer párrafo. Y no solo eso: el estudio advirtió ya entonces del comportamiento que estamos viendo en el mundo en torno a las vacunas. Es decir, advirtieron que un grupo de especuladores podría dar más crédito a los resultados de una única intervención -las vacunas- de lo que en realidad merecen y luego usar esos falsos resultados para crear un mundo en el que todos debieran usar su producto. ¡En serio! ¡Predijeron que sucedería! (Y por cierto, debe saberse que el estudio McKinlay solía ser un texto de lectura obligatoria en todas las facultades de Medicina). Publicado en 1977 en The Millbank Memorial Fund Quarterly el estudio de los McKinlay se tituló La cuestionable contribución de las medidas médicas a la disminución de la mortalidad en Estados Unidos durante el siglo XX.

Hablamos de un trabajo que demostró claramente, con datos, algo que hoy sería visto por algunos como una auténtica “herejía” médica: «(…) La introducción de medidas médicas específicas y/ o la expansión de los servicios médicos no fueron en general los responsables de la mayor parte de la disminución moderna de la mortalidad». Y por “medidas médicas” los McKinlay quisieron decir CUALQUIER COSA surgida de la Medicina moderna, ya fueran antibióticos, vacunas, nuevos medicamentos con receta… Lo que fuera. El estudio de 23 páginas de los McKinlay debería leerse de principio a fin pero, en pocas palabras, analizaron el impacto que tuvieron las intervenciones médicas -antibióticos, cirugía, vacunas…- en la masiva disminución de mortalidad que hubo entre 1900 y 1970 (Fig. 4). Y éstas son algunas de las principales conclusiones de su artículo:

-El 92’3% de la disminución de la tasa de mortalidad ocurrió entre 1900 y 1950; por tanto, antes de que la mayoría de las vacunas existiera.

-Las medidas médicas “parecen haber contribuido poco a la disminución general de la mortalidad en Estados Unidos desde 1900 pues fueron introducidas a menudo varias décadas después de la marcada disminución de la mortalidad por lo que no pudieron tener influencia detectable en la mayoría de los casos”.

El documento contiene además dos puntos que quiero resaltar porque son muy importantes. El primero se refiere a las vacunas: “Si de forma conservadora atribuimos a las medidas médicas parte de la caída de las tasas de mortalidad por neumonía, gripe, tosferina y difteria tal vez un 3’5% de la caída de la mortalidad general pueda explicarse por las intervenciones médicas en las principales enfermedades infecciosas. Y dado que es precisamente por estas enfermedades por lo que la Medicina tiene mayor fama en la reducción de la mortalidad el 3’5% probablemente sea la estimación máxima superior razonable de la contribución total de las medidas médicas en la disminución de la mortalidad en Estados Unidos desde 1900″.

En pocas palabras: del 74% de disminución de la mortalidad a las vacunas y otras intervenciones médicas -como los antibióticos- se debió entre el 1% y el 3’5%. Luego al menos el 96’5% de la disminución no tuvo nada que ver con las vacunas. Y eso que ese 3’5% incluye TODAS las intervenciones médicas y NO SOLO las vacunas.

Agregaré que los McKinlay’s escribieron algo que me hizo sonreír porque describe lo que vemos hoy a diario en el mundo sobre la vacunación: “Hoy día no es infrecuente que el conocimiento biotecnológico y las intervenciones médicas específicas se invoquen como la principal razón de la disminución de la mortalidad en el siglo XX. Responsabilidad que se atribuyen y reclaman precisamente los principales beneficiarios de esa explicación prevalente».

¿Les suena familiar?

2000: LOS CDC PONEN EL ÚLTIMO CLAVO EN EL ATAÚD 

En 1970 el Dr. Kass alertó a los propios funcionarios de los sistemas públicos de salud para que no dieran crédito a los equivocados argumentos sobre el descenso masivo de la mortalidad en el mundo desarrollado durante el siglo XX. Y en 1977 los esposos McKinlay aportaron datos que avalaban al Dr. Kass demostrando que las vacunas y demás intervenciones médicas solo fueron responsables de entre el 1% y el 3’5% de la disminución total de la mortalidad desde 1900.

Pues bien, en el año 2000 científicos de los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) volvieron a confirmar todos esos datos y además proporcionaron más información sobre los factores que realmente llevaron a la disminución de la mortalidad. En septiembre de ese año epidemiólogos de la Johns Hopkins University y los CDC publicaron en Pediatrics el trabajo Resumen anual de estadísticas vitales: tendencias en la salud de los estadounidenses durante el siglo XX confirmando lo dicho por los McKinlay: «La vacunación no tuvo que ver con la impresionante disminución de la mortalidad observada en la primera mitad del siglo XX (…) Casi el 90% de la disminución de la mortalidad por enfermedades infecciosas entre los niños de Estados Unidos ocurrió antes de 1940 cuando había pocos antibióticos o vacunas disponibles”. El estudio cita luego los factores que realmente hicieron posible esa masiva disminución de la mortalidad: “El tratamiento del agua, la seguridad alimentaria, la eliminación organizada de los desechos sólidos y la educación pública en prácticas de higiene”; añadiendo luego que asimismo jugaron un papel importante “las mejoras en el hacinamiento de las ciudades».

Agua limpia, comida segura, nutrición, plomería, higiene… Tales fueron las razones principales por las que la mortalidad disminuyó tan drásticamente; al menos según los datos científicos publicados. 

HISTORIA RECIENTE 

Recibo reacciones muy intensas cuando comparto el gráfico adjunto (Fig.5) compilado a partir del conjunto de datos proporcionado por los CDC. En él puede verse que 9 de las vacunas que hoy se inoculan a los niños ni siquiera existían a mediados de los ochenta; además las tasas de vacunación para las tres que existían rondaba el 60% o menos a mediados de esa década. Sin embargo hoy las tasas de vacunación están muy por encima del 90% entre los niños estadounidenses y me parece procedente preguntar a cuento de qué tanto pánico. Si observa y piensa en el gráfico el tiempo suficiente se dará cuenta de lo absurdo que es hablar de “inmunidad de grupo» a mediados de los ochenta. Ni siquiera hoy estamos cerca de eso porque las tasas de vacunación en adultos siguen siendo bajas y los efectos de las vacunas disminuyen con el tiempo.

Ya advirtieron los McKinlay que si se hacía creer incorrectamente a los estadounidenses y al resto del Primer Mundo que las vacunas fueron la causa de la drástica disminución de la mortalidad en el siglo XX podría luego abusarse de esa afirmación errónea para:

-Expandir rápidamente las vacunas administradas a niños.

-Perseguir a los padres que no acepten el programa de vacunación y hacer que se sientan culpables.

-Hacer obligatorias las vacunas.

-Hablar sobre vacunas en términos tan reverenciales que incluso cuestionarlas -como hago yo en este artículo- se considere sacrílego e irresponsable. Y,

-Negar que las vacunas puedan provocar daños a fin de ir a toda máquina (y, por cierto, se estima que las vacunas dañan aproximadamente al 2% de quienes las reciben según un estudio encargado y pagado por los CDC tras automatizar su seguimiento. El “uno por millón” -cifra lanzada por los promotores de las vacunas- es, simplemente, una mentira insostenible). 

ÁFRICA Y OTROS PAÍSES DEL TERCER MUNDO 

Los promotores de vacunas dan a menudo cifras estadísticas sobre las muertes que causan las enfermedades infecciosas que son profundamente alarmantes. Al hablar por ejemplo del sarampión dicen cuántos niños mueren por la enfermedad cada año, y por tanto, cuán importante es que TODOS los padres estadounidenses vacunen a sus hijos contra ella. Lo que por supuesto obvian decir es que tales muertes por patologías infecciosas acaecen en lugares lejanos sin calidad de vida, similar a la que tenían nuestros niños a principios del siglo XX: mal alimentados, sin fontanería y refrigeración, en pésimas condiciones de higiene y hacinados. La mayor parte de los avances que realmente hicieron disminuir la mortalidad no han llegado a muchas partes de África y otros países del Tercer Mundo y el uso de vacunas no va a cambiar eso. Y es que como ya dijo el Dr. Kass lo que había que hacer ante todo es saber realmente qué condujo a la disminución de mortalidad ¡y hacer más de lo mismo!

Es más, en el Estudio Aaby hay datos que indican que vacunar a niños malnutridos que viven con falta de higiene puede hacer más daño que bien; y me refiero a un trabajo publicado en 2017 por el Dr. Peter Aaby, investigador de vacunas de gran prestigio… hasta que publicó ese estudio. Tengo entendido que a partir de entonces perdió sus fuentes de financiación. ¡Bienvenido al mundo actual de la «ciencia» de las vacunas!

Publicado en 2017 en la revista revisada por pares EBioMedicine el estudio se titula La introducción de la vacuna contra la difteria-tétanos-tosferina y la polio oral en bebés pequeños en una comunidad urbana africana: un experimento natural. Lo hicieron investigadores del Statens Serum Institut de Dinamarca y del Bandim Health Project de Guinea Bissau analizando los datos de este último país en África Occidental. Y lo que hicieron fue analizar en detalle el concepto NSE (efectos no específicos) de las vacunas que no es sino una forma elegante de decir que pueden hacer que un niño sea más susceptible a otras infecciones. Y lo que constataron es que la vacuna DTP (difteria, tétanos, tos ferina) que se puso a los niños africanos “se asociaba a una mortalidad 5 veces mayor que la provocada por la falta de vacunación”. Añadiendo: “Ningún estudio prospectivo ha mostrado efectos beneficiosos de supervivencia de la DTP (…) La DTP es la vacuna más utilizada (…) La evidencia disponible actualmente sugiere que la vacuna DTP puede matar a más niños por otras causas que vidas salva de la difteria, el tétanos o la tosferina. Aunque la vacuna pudiera proteger a los niños contra esas enfermedades puede también aumentar simultáneamente la susceptibilidad a infecciones no relacionadas».

En pocas palabras: inocular la vacuna DTP a un niño africano puede hacer que contraiga otras enfermedades infecciosas. Todo indica que en África las condiciones de vida son más importantes que esa vacuna -como cabía esperar de los trabajos del Dr. Kass y los doctores McKinlay- que hizo más daño que bien.

Hay otro ejemplo real de finales de los setenta sobre este fenómeno. El Dr. Archie Kalokerinos hizo un descubrimiento simple que explica él mismo en su libro Every Second Child: “Al principio fue una simple observación clínica: comprobé que muchos bebés, tras recibir rutinariamente vacunas como las del tétanos, la difteria, la poliomielitis, la tosferina y cualquier otra, enfermaban. Algunos gravemente; de hecho varios murieron. Fue una observación, no una teoría, así que mi primera reacción fue estudiar por qué pasaba. Descubrí así que ello acaecía especialmente entre los bebés que estaban enfermos en el momento de recibir la vacuna, entre los bebés que habían estado enfermos recientemente y entre los bebés que estaban incubando una infección. Obviamente en las primeras etapas de la incubación no hay forma alguna de detectar la enfermedad ya que aparece más tarde. Pero sí constaté que algunas de las reacciones a las vacunas no fueron las que se reconocen en la literatura estándar. Eran en verdad reacciones muy extrañas. Lo tercero que descubrí es que algunas de las reacciones que normalmente llevaban a la muerte podían revertirse administrando grandes cantidades de vitamina C por vía intravenosa; de hecho logré una drástica caída de la mortalidad entre los bebés del área que controlaba. Una caída muy significativa. Pues bien, aunque lo razonable era que las autoridades se interesaran por mis observaciones su reacción fue de extrema hostilidad. Eso me obligó a investigar más a fondo la vacunación y cuanto más estudiaba más sorprendido me sentía. Hasta que descubrí que todo el negocio de las vacunas es un gigantesco engaño. La mayoría de los médicos están convencidos de que son útiles pero si observas las estadísticas adecuadas y estudias el caso de esas enfermedades te das cuenta de que no es así». El Dr. Kalokerinos agregaría en 1995: «Si quieres ver el daño que hacen las vacunas no vengas a Australia, a Nueva Zelanda o a cualquier otro lugar: ve a África y allí lo verás». Justo lo que el estudio del Dr. Aaby corroboró en 2017.

Claro que la verdad se supo ya a principios de 1900, antes incluso del rápido descenso de la mortalidad. El inglés John Thomas Biggs era ingeniero sanitario en su ciudad –Leicester-, responsable de responder activamente a los brotes de viruela y se percató pronto de que los resultados que se obtenían con el saneamiento superaban ampliamente el impacto de la vacunación (además de ver daños dramáticos causados por las ineficaces vacunas). De hecho lo contó en 1912 escribiendo un artículo titulado Leicester: Sanitation versus Vaccination. Luego hace ya más de cien años que el Sr. Biggs descubrió lo que reafirmaron en el 2000 los CDC: nada protege tanto de las enfermedades infecciosas como una adecuada higiene. “Leicester ha proporcionado pruebas irrefutables de la capacidad e influencia de la higiene sanitaria no solo para combatir y controlar las enfermedades infecciosas en el entorno sino prácticamente para eliminarlas (…) Una ciudad basada en los principios actualizados de espacio y aire limpios que adopte el Método Leicester de saneamiento permitiría desafiar no solo a la viruela sino a casi todas las enfermedades cimóticas».

Algo que el famoso Dr. Andrew Weil refuerza explicando que “la Medicina se ha apropiado sin merecerlo de algunos avances en la salud. La mayoría de la gente cree que la victoria sobre las enfermedades infecciosas del siglo pasado se produjo con la invención de las inmunizaciones pero el cólera, la fiebre tifoidea, el tétanos, la difteria, la tosferina y otras estaban en declive antes de que las vacunas estuvieran siquiera disponibles gracias a unos mejores métodos de saneamiento, eliminación de aguas residuales y distribución de alimentos y agua”. 

CONCLUSIÓN 

Las vacunas no salvaron a la humanidad: su impacto en la disminución de la mortalidad oscila entre el 1% y el 3’5%. Lo que fue realmente clave es la mejora del saneamiento y la elevación de los niveles de vida (nutrición, condiciones de vida, etc.) ¿Contribuyeron a una pequeña disminución de algunas enfermedades agudas? Sí; pero ese relativo beneficio se exagera hasta el extremo y se usa para intimidar, culpar y asustar a los padres.

¿Estoy diciendo, en suma, que nadie debería vacunarse? No, no estoy diciendo eso. Las vacunas protegen temporalmente de algunas enfermedades agudas. Algunas de forma más importante que otras. Creo sin embargo que ponemos demasiadas y que a menudo se oculta la ecuación riesgo/beneficio de cada una. Aunque lo peor es que la mentira de que las vacunas salvaron a la humanidad en el siglo XX ha convertido a muchos de sus promotores en fanáticos a pesar de que sus aseveraciones no están respaldadas por los hechos. Inocúlese pues tantas vacunas como quiera ya que hay que respetar el derecho a que cada cual decida libremente sobre la atención médica que desee recibir.

A finales de 2017 un grupo de científicos de la Universidad de Emory informó de que estaba desarrollando una vacuna contra el resfriado común jactándose el profesor Martin Moore de que en su investigación utilizaba “50 cepas de resfriado común y las inoculaba de una sola vez” y que los monos que hicieron de cobayas “respondieron muy bien”. Es pues de esperar que esa vacuna esté en el consultorio de su pediatra en los próximos cinco años. Probablemente se implementen poco después de que en los medios de comunicación empiecen a dar a conocer historias sobre muertes infantiles causadas por el resfriado común añadiendo luego que gracias a esa vacuna podrán salvarse millones de vidas. Lo mismo que se hizo con las vacunas que “salvaron al mundo” en el siglo XX. Sugiero pues a los padres que tengan cuidado e investiguen por su cuenta.

Nota: si le interesa indagar a fondo en la verdadera historia de las enfermedades infecciosas le sugiero dos textos: el primero, el asombroso libro Disolviendo ilusiones de Suzanne Humphries; el segundo, un artículo de Roman Bystriany titulado Measles: The New Red Scare (si lo lee quedará profundamente desilusionado por la exageración de los medios pero ¡no diga que no se lo advertí!). Termino agregando que el periodista Lawrence Solomon ha escrito asimismo dos excelentes artículos sobre el sarampión: The untold story of measles y Vaccines can’t prevent measles outbreak.

J.B. Handley

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