Es falso que las vacunas acabaran con las pandemias (y II)

La afirmación de que las vacunas acabaron con las epidemias y pandemias o redujeron su incidencia y mortalidad es insostenible como explicamos en el anterior número de la revista pues la mayoría desaparecieron antes de que se desarrollaran; lo que acabó con ellas o hizo disminuir drásticamente sus efectos fueron las medidas higiénicas. Pues bien, explicado lo realmente acaecido en el caso de la viruela vamos a centrarnos en esta segunda parte en la verdad sobre varias de las epidemias y pandemias de las que se tiene noticia a fin de dejar aún más claro que las vacunas no fueron las responsables de su descenso o desaparición y que si hoy aparecen más casos no puede achacarse pues a quienes se niegan a vacunarse o a vacunar a sus hijos.

VACUNAS

El pasado mes explicamos que fue la mejora de las condiciones de vida en las grandes ciudades y no las vacunas lo que hizo disminuir o desaparecer las epidemias y pandemias en el mundo bastando sencillas pero determinantes medidas higiénicas para lograrlo. Y asimismo explicamos que no fue la vacuna de la viruela -la primera que se comercializó- la que acabó con esa enfermedad sino que, por el contrario, fue la principal causa del aumento de casos y fallecimientos así como de la aparición o recrudecimiento de la propia viruela y otras enfermedades como la tuberculosis, la escarlatina, la sífilis y la lepra. Y no es una afirmación sin fundamento porque los datos que lo evidencian están disponibles en artículos y libros de la época -escritos en su mayoría por médicos- que denunciaron los errores y horrores que provocaron.

Dimos asimismo a conocer cómo la ciudad inglesa de Leicester se convirtió en la demostración más fehaciente de que las vacunas no evitan enfermedades sino que las provocan ya que sus representantes se negaron a vacunar a sus habitantes y el número de enfermos y muertos por la viruela fue en ella muy inferior al de las ciudades cuyos ciudadanos sí se vacunaron. El porcentaje de casos en Leicester fue inferior incluso a los casos de viruela de los jóvenes y preparados soldados vacunados del ejército y la armada inglesa. Y ahora vamos a demostrar que lo mismo cabe decir del resto de las vacunas pero antes recordemos algunos datos históricos.

EJEMPLOS REVELADORES

Es bien sabido que en la Antigüedad se vivieron epidemias que se hicieron tristemente famosas por su intensidad y por la gran cantidad de víctimas que provocaron; lo que no es tan conocido es que todas ellas se produjeron en períodos de guerra en los que soldados y prisioneros vivían en condiciones de hacinamiento, frío intenso y falta de higiene. Nos referimos a la Peste de Atenas acaecida en el 430 a. C. y que se produjo durante la guerra del Peloponeso, a la Peste Antonina o Plaga de Galeno -llamada también así por ser este antiguo médico quien la describió- que tuvo lugar durante el asedio de la ciudad mesopotámica de Seleucia entre 165 y 166 d. C, a la Peste Cipriana -probablemente por viruela- que se produjo entre el 249 y el 262 durante la retirada de los ejércitos romanos, a la epidemia de tifus durante el cerco de Granada en 1489, a la llamada Fiebre Carcelaria de las inhumanas prisiones inglesas del siglo XVI y a las que se produjeron durante la Guerra Civil inglesa, la Guerra de los 30 Años (1618-1648), las guerras napoleónicas -especialmente durante la campaña de Rusia de 1812- y la Guerra de Secesión estadounidense (1803-1815). Cabe asimismo citar las epidemias de tifus que hubo en 1915 durante la I Guerra Mundial cuando cientos de miles de armenios fueron obligados a recorrer a pie el desierto de Mesopotamia y permanecer durante meses hacinados sin apenas comida y agua limpia y las acaecidas durante la II Guerra mundial en los centros de prisioneros, guetos y campos de concentración.

Seamos claros: no se tiene conocimiento de epidemia alguna en poblaciones cuyos habitantes fueran personas bien alimentadas que respiraban aire puro, bebían agua limpia, tomaban suficientemente el sol y tenían una vida armónica y equilibrada. Siempre han tenido lugar en lugares con deficiente higiene en los que se consumían alimentos en mal estado, se bebía agua contaminada, el aire era irrespirable, el frío intenso y proliferaban las ratas y los insectos. Tales eran las condiciones cuando durante los siglos XIX y XX tanta gente enfermó de cólera, fiebre tifoidea, disentería, tifus, difteria, tosferina, escarlatina, sarampión, fiebre amarilla o tuberculosis.

Recordemos que todo ello sucedía antes de que Luis Pasteur culpara a los microbios de muchas de esas enfermedades y de que durante la llamada Fiebre Puerperal dos médicos -el estadounidense Oliver Wendell Holmes y el austríaco Ignaz Semmelweis– intentaran infructuosamente que quienes atendían a las mujeres durante el parto -en ocasiones inmediatamente después de tratar a enfermos o heridos- se lavaran antes las manos pero acabaron abandonando la profesión hastiados de que sus colegas se negaran provocando con ello mucho sufrimiento e innumerables muertes; sin embargo, cuando finalmente los médicos aceptaron hacer lo que ambos decían la mortalidad materna descendió del 32% a casi el 0%.

En fin, como terminaría reconociendo la conocida doctora Suzanne Humphries, «hay muchas fuentes respetables que demuestran claramente que la mejora de las condiciones de vida, una mejor alimentación, la mejor atención ginecológica y otros elementos ajenos a las vacunas fueron la causa de la disminución de las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas”. Y añadiría: “A pesar de las pruebas evidentes los actuales defensores de las vacunas proclaman continua y falsamente que éstas son la razón principal del aumento de esperanza de vida de la que hoy disfrutamos”.

LAS VACUNACIONES MASIVAS COMENZARON A MEDIADOS DEL SIGLO XX

Las vacunaciones masivas empezaron a efectuarse en los países desarrollados y sus defensores insisten machaconamente en que fueron las que acabaron con las epidemias pero aparte del caso de la viruela -que ya analizamos en el pasado artículo- aunque las demás vacunas se desarrollaron en los años veinte, treinta y cuarenta del pasado siglo XX no se comenzó a vacunar a la población de modo sistemático y a gran escala hasta mediados de siglo.

Según la cronología detallada de la Inmunitation Action Coalition -entidad financiada por los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos cuyos documentos puede el lector consultar en https://www.immunize.org/timelinelas primeras vacunas en desarrollarse tras la de la viruela fueron las de la difteria, el tétanos y la tosferina entre 1923 y 1926 pero solo se autorizaron para uso masivo en la población estadounidense a partir de 1949.

Poco después -en la década de los 30- se desarrollarían las vacunas de la influenza y la fiebre amarilla aunque la primera no fue autorizada hasta 1945 y la segunda hasta 1953. La vacuna del tifus se consiguió en 1943 y se autorizó en 1952. El resto de enfermedades comunes no tendrían vacunas hasta los años 50, 60 y 70: la de la poliomielitis en 1955, la de polio -oral- en 1963, la del sarampión en 1963, la de las paperas en 1967, las de la rubeola y la meningitis en 1969, la del meningococo en 1974 y la del neumococo en 1977. El resto se introdujeron en los años ochenta y noventa e, incluso, más tarde.

En el caso de España -como en otros países europeos- las fechas son posteriores a las estadounidenses según la monografía de la Sociedad Española de Epidemiología coordinada por Carmen Amela y titulada Epidemiología de las enfermedades incluidas en un programa de vacunación que se publicó en 2004. Según la misma la vacuna de la viruela se introdujo en España junto con la de la difteria en 1944 pero el resto tuvo que esperar: la de la polio se introdujo entre 1959 y 1963, la de la DTP en 1965, la del sarampión en 1968, la de la rubeola en 1977, la de la triple lírica en 1981 y la de la hepatitis B en 1992.

En suma, las vacunaciones masivas comenzaron en Europa y Estados Unidos a partir de la segunda mitad del siglo XX. ¿Con qué resultados? Veamos los datos.

DATOS OBJETIVOS SOBRE LA DIFTERIA

La epidemia de difteria fue posterior a la introducción en 1895 de su “antitoxina” que, de hecho, a lo que dio lugar fue a una alta mortalidad (Gráfico 1). Según la obra History and Conquest of Common Disease (Historia de la conquista de las enfermedades comunes), editada por Walter R. Bert y publicada por la Universidad de Oklahoma en 1954 “que la caída de la morbilidad y la mortalidad de la difteria no se debió exclusivamente a la inmunización preventiva parece evidente porque su descenso se inició realmente en el siglo XIX antes de que se empezara a usar de forma generalizada la antitoxina y siguió de forma progresiva antes incluso de que se generalizara la inmunización preventiva”. Es más, en 1920 -poco después de introducirse la vacuna- se produjo un nuevo aumento de la mortalidad (Gráfico 2). En Escocia, por el contrario, tanto la morbilidad como la mortalidad descendieron bruscamente entre las personas no vacunadas; así lo recoge el informe del Departamento de Salud de 1951 en su apéndice 14 (Gráfico 3).

La difteria descendió en Australia a partir de 1923 tanto en las zonas donde la gente se vacunó como donde no lo hicieron; así lo recoge K. R. Moore en el Bulletin de l’office intérieur d’Higiene publique de 1926.

En Hungría se vacunó masivamente contra la difteria a los niños de las zonas rurales a partir de 1928 pero el descenso de casos se produjo por igual en Budapest en la que no se había vacunado (Gráfico 4 Izq.); los datos los dio a conocer el doctor Robert Rendu durante una conferencia médica celebrada en Budapest entre el 4 y 12 de septiembre de 1948.

En el cantón suizo de Ginebra se estableció la vacunación obligatoria para la difteria a partir de 1932 pero el descenso en la incidencia se produjo por igual en los otros 24 cantones en los que no se vacunó (Gráfico 4 Dcha.); así lo recoge el Bulletin du Service Federal d’Hygiene Publique de 29 de agosto de 1942.

Entre 1945 y 1950 las muertes en Francia por difteria de niños vacunados y no vacunados descendieron por igual: un 99%. (Gráfico 5).

La mortalidad en Berlín (Alemania) fue cuarenta veces más baja a partir de 1945, cuando se abandonó la vacuna de la difteria; en cambio en otras 10 ciudades en las que se continuó vacunando la mortalidad solo se redujo una cuarta parte de la de Berlín. Es más, cuando se compararon los datos de Alemania Occidental entre 1946 y 1952 -donde no se vacunó- con los de otros 19 países europeos en los que sí se vacunó pudo verse que tanto la morbilidad como la mortalidad se redujeron más en la Alemania no vacunada -86% y 91%- que en los 19 países que sí vacunaron -76% y 81%- (Gráfico 6).

Al comparar las cifras de Japón -donde la población no se vacunó- con las de Canadá -donde sí se vacunó- se ve que en ambos países hubo una espectacular disminución de casos; y eso que los japoneses vivían en esa época en condiciones sociales y económicas terribles tras la derrota (Gráfico 7).

DATOS SOBRE OTRAS EPIDEMIAS

Por lo que se refiere a la tuberculosis y la vacuna BCG -así llamada por el Bacillus Calmette-Guérin modificado que contiene- comenzaremos citando un comentario de los doctores Coundreau y Pariente en un artículo de F. Freerksen recogido en el libro Salud e Infección de Fernand Delerue: “La vacuna de la BCG solo tiene inconvenientes y peligros (…) Su vacunación debe, en consecuencia, ser eliminada sin ser reemplazada en el catálogo de medidas para la lucha antituberculosa. Para nosotros la vacuna de la BCG no tiene fundamento científico y no es defendible desde el punto de vista médico”. Veamos algunos de los datos objetivos que lo constatan:

En 1959 solo se vacunó en Gran Bretaña un 0,5% de la población -en su mayoría enfermeras y estudiantes de Medicina- y sin embargo la bajada de la mortalidad fue semejante a la de Dinamarca y Noruega donde sí se vacunó masivamente.

A mediados del siglo XX la BCG fue obligatoria en Francia, Portugal, Noruega, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia y fue precisamente en esos países donde menos regresión hubo de la enfermedad; es más, en ellos es donde hubo las tasas de mortalidad más altas (Gráfico 8).

La tasa de mortalidad por tuberculosis en Estados Unidos había descendido más del 90% en 1870, es decir, 57 años antes de que se desarrollara la vacuna. Y hablamos de la enfermedad que junto con la neumonía y la gripe provocaban mayor número de muertes; más que la fiebre tifoidea, la tosferina, el sarampión y la difteria. Bueno, pues todas ellas disminuyeron igualmente durante la primera mitad del siglo XX, antes de las vacunaciones masivas (Gráfico 9).

El doctor Vels W. Greene explica en su Personal Higiene and Life Expectancy Improvement since 1850: Historic and Epidemiologic Associations (Higiene personal y mejora de las expectativas desde 1850: relaciones históricas y epidemiológicas) publicado en agosto de 2001 en American Journal of Infection Control lo siguiente: “Entre 1850 y 1900 se fueron controlando poco a poco las epidemias -por lo general recurrentes- de cólera, viruela, malaria y fiebre tifoidea (…) y durante los cincuenta años siguientes la tuberculosis, la difteria, el sarampión y la escarlatina”. Y añade: “A mediados del siglo XX, salvo en la epidemia de gripe de 1918, la muerte por enfermedades infecciosas en los países industrializados occidentales ya no era un componente importante de las estadísticas”.

Algo que documenta la ya citada doctora Humphries en el libro igualmente mencionado asegurando que “la mayor parte de lo que se ganó en esperanza de vida se produjo porque los bebés ya no morían de dolencias relacionadas con la pobreza o la diarrea y porque sus madres dejaron de morir de fiebre puerperal”.

Los datos oficiales del Vital Statistics of the US 1943 -elaborado por la oficina del censo de Estados Unidos en 1945- indican de hecho que las muertes por fiebre tifoidea descendieron un 98% a finales del siglo XIX y habían pasado a ser muy raras en la década de los cuarenta del siglo XX.

El doctor Louis Dublin publicaría por su parte en la Berkley Sally Gazette -el 27 de diciembre de 1935- un artículo titulado Better Economic Conditions Felt in Fewer Deaths en el que ya entonces afirmaba: “Antiguas amenazas como la fiebre tifoidea, la viruela, el sarampión, la escarlatina, la tosferina y la difteria han pasado a ser causas menores de muerte”. Y sabía de lo que hablaba porque según el Handbook of Labor Statistics –publicado en 1941 por el Ministerio de Trabajo de Estados Unidos- “los avances de la ciencia de la higiene, incluidas la pasteurización de la leche, la mejor refrigeración de los alimentos y la purificación de los suministros de agua además del aumento general del nivel de vida, son las principales razones de esta mejora”.

En cuanto a la rubeola tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña y Francia se produjo tras los picos de los años treinta una sustancial disminución de casos que la llevó casi a desaparecer a mediados del siglo XX; y la vacuna no tuvo nada que ver (Gráfico 10).

También las muertes por escarlatina cayeron en picado; según la doctora Humphries la mortalidad había disminuido el 100% a mediados del siglo XX (Gráfico 11). Y algo similar ocurrió con la tosferina que se redujo un 99% antes de la introducción de la vacuna (Gráfico 12). Y otro tanto pasó con el sarampión cuya tasa de mortalidad disminuyó casi un 100% (Gráfico 13).  El doctor Clive E. West explica en un artículo publicado en el 2000 en Nutrition Review (volumen 58, nº 2) con el título Vitamin A and Measles que la notificación de casos de sarampión infantil durante 1960 en Inglaterra y Gales fue de solo un 2,4% y que la mortalidad había caído hasta el 0,030% ¡sin vacuna de por medio!

Pero sigamos: en el informe Vital statistics rates in the US 1940-1960 elaborado en 1968 por los doctores Robert D. Gove y Alice M. Hetzel para el Departamento de Salud estadounidense se analizó la mortalidad en el país entre los años 1940 y 1960 -las gráficas empiezan en 1900- y se constató que mientras las muertes por enfermedades no infecciosas -especialmente las cardiovasculares y renales- tenían clara tendencia a aumentar (Gráfico 14) las epidemias mostraban claramente la tendencia contraria hasta casi desaparecer en 1950 (Gráfico 15), antes pues de las vacunaciones masivas.

En España contamos con un estudio elaborado por Alberto Sanza Gimeno y Diego Ramiro Fariñas que se publicó en 2002 en el volumen 24 de Cuadernos de Historia Contemporánea titulado La caída de la mortalidad en la infancia en la España interior (1860-1960). Un análisis de las causas de muerte. Se trata de un trabajo entre cuyas conclusiones aparece esta: “El examen de enfermedades como el sarampión, las respiratorias, la diarrea y la enteritis no dejan lugar a dudas acerca del escaso papel que la intervención médico-curativa ha tenido en el descenso de la mortalidad infantil y juvenil. La mayor parte de los descubrimientos realmente influyentes sobre las enfermedades responsables de mortalidad no tuvieron lugar hasta bien iniciado el siglo XX siendo especialmente importantes los años treinta y cuarenta cuando las sulfamidas y los antibióticos comenzaron a extenderse entre la población”. Y añade sobre la difteria que tras las fuertes crisis que hubo entre 1880 y 1890 la mortalidad decayó varios años antes del descubrimiento de la antitoxina y la aplicación del suero antidiftérico (1894) (Gráfico 16).

EL FRAUDE DE LA VACUNA DE LA POLIO

El caso de la poliomielitis presenta características propias tal y como en su día explicamos pormenorizadamente en el artículo ¿Se justifica la teoría microbiana de la enfermedad? que se publicó en el nº 129 de la revista así como en la entrevista que hicimos al investigador estadounidense Jim West y apareció en el nº 195. En este caso no estamos ante la introducción de una vacuna posterior al descenso de la epidemia como en los demás casos sino que -al igual que sucedió con la viruela- se trata de un fraude intencionado perpetrado para presentar la vacuna como responsable de su desaparición.

Para empezar, los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos cambiaron los criterios de diagnóstico: antes de la vacuna de la polio se diagnosticaba a alguien como afectado por la enfermedad si tenía síntomas durante 24 horas pero luego solo si éstos continuaban 60 días después. Y se añadió un criterio insólito: si los síntomas aparecían en los 30 días siguientes a la administración de la vacuna no se consideraría responsable a ésta sino que la enfermedad era “preexistente” aunque no se hubieran manifestado síntomas.

Por otra parte, el síntoma clínico más significativo de la polio -la inflamación de la membrana del cerebro y los nervios- se diagnóstico a partir de la vacuna como “meningitis” ¡incluso si la persona daba positivo al poliovirus! Y eso bastó para que de golpe los casos de polio pasaran en Estados Unidos de más de 70.000  a unos 600 y los de meningitis ¡de 0 a 100.000!

El doctor Bernard Greenberg, experto en Bioestadística que presidió la Comisión de Evaluación de la Asociación de Salud Pública Americana en los años cincuenta, reconocería en 1962 durante una audiencia del Congreso que la reducción -estadística- de casos de polio se debió en realidad al cambio de los criterios utilizados para comunicarlos“Antes de 1954 cualquier médico que diagnosticara poliomielitis estaba haciendo un favor al paciente al subvencionarle los costes de hospitalización (…) Es pues simple: fue el cambio en los criterios de diagnóstico lo que predeterminó el descenso de casos entre 1955 y 1957. Se usara o no la vacuna”. Sin comentarios.

En otros países se utilizarían tácticas similares. En China por ejemplo los casos de poliomielitis se “convirtieron” en casos de Síndrome de Guillem Barré, indistinguible de la parálisis considerada hasta ese momento síntoma de la polio. Y en Alemania se “maquillaron” los criterios asumiendo simplemente los criterios de los CDC. Lo mismo que harían luego otros muchos países…

Es decir, la «eficacia» de la vacuna de la polio -jamás demostrada- se institucionalizó ¡modificando los criterios de diagnóstico! Y aún así los daños que provocó no pudieron ocultarse por completo. El profesor del Instituto Pasteur Gastón Ramón presentó el 2 de mayo de 1960 ante la Academia de Ciencias de Francia una comunicación declarando que en Canadá, tras la inoculación en 1959 de 20 millones de dosis de vacunas «antipolio», se produjo un recrudecimiento brusco de la enfermedad ¡pasando en un año de 156 casos y 15 muertes a 1.082 casos y 85 muertes!

Y lo mismo acaeció en Madeira, Sudamérica y África. La primera vacuna se inoculó en Madeira en 1964 y en 1972 se produjo la primera epidemia. En Río de Janeiro se diagnosticaron hasta 1965 unos 80 casos al año y tras varios años de vacunaciones masivas la cifra subió a 700 llegando en la década de los ochenta a 1.200.

El profesor Lépine recoge en su Encyclopedia Universalis esta contundente observación: “Los informes de la OMS demuestran que en otras regiones (África y América Latina) de treinta y cuatro países vacunados con vacuna viva veinticuatro registraron un aumento de los casos de poliomielitis”.

Lo repugnante es que desde los años cincuenta fueron muchos los médicos e investigadores que afirmaron que la polio se debía a un envenenamiento por insecticidas -en especial por el DDT- y otros tóxicos pero fueron sistemáticamente silenciados y despreciados. El investigador Jim West antes citado publicó de hecho un libro detallado y profusamente documentado con estadísticas y gráficas que demuestra la relación de la polio con el DDT en el que además afirma que no hay pruebas de que el llamado poliovirus se haya aislado alguna vez.

Hoy se afirma que es una enfermedad erradicada en la mayor parte del planeta gracias a la vacuna pero la verdad es que se han inventado 45 términos derivados de la palabra polio para describir lo que no son sino los efectos del envenenamiento por pesticidas; palabras como polioencefalomalacia, poliradiculoneuritis, poliomalacia espinal o poliomielomalacia multifocal.

En definitiva, de nuestro recorrido histórico cabe extraer las siguientes conclusiones:

1) Las epidemias y pandemias descendieron o casi desaparecieron -sobre todo en Europa y Estados Unidos- gracias a unas pocas pero decisivas medidas higiénicas y no a las vacunas; como ampliar las redes de alcantarillado, mejorar la retirada de basuras, reciclar el estiércol para abono, drenar e impermeabilizar los pozos negros o extender el sistema de “water closets”, entre otras.

2) Las vacunas no pueden haber jugado ningún papel en el descenso o desaparición de las epidemias y pandemias por la sencilla razón de que comenzaron a administrarse masivamente cuando prácticamente habían desaparecido ya. De hecho la evolución de todas las «enfermedades epidémicas» fue similar entre vacunados y no vacunados e igual que en las enfermedades para las que no se desarrolló vacuna alguna.

3) Lo que las vacunas han provocado es un aumento de la incidencia y la mortalidad. Y,

4) No vacunar no puede ser pues causa de rebrote alguno por lo que alegar que los «antivacunas» son responsables de que una enfermedad reaparezca es injustificable.

Jesús García Blanca

 

Referencias

Bibliografía:

Fernand Delarue. Salud e Infección. Auge y decadencia de las vacunas. Nueva Imagen, 1980.

Dra. Suzanne Humphries. Desvaneciendo ilusiones. Las enfermedades, las vacunas y la historia olvidada, Ediciones Octaedro, 2015.

Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca. Vacunas: un análisis crítico. iEdiciones, 2015.

Estadísticas y gráficas:

-Documento Vital statistics rates in the US 1940-1960. Departamento de Salud, Educación y Bienestar. Servicio Público de Salud: https://www.cdc.gov/nchs/data/vsus/vsrates1940_60.pdf

Artículo publicado en JAMA: https://jamanetwork.com/journals/jama/fullarticle/768249#FIGJOC80862F4

Vaccination Liberation: http://www.vaclib.org/intro/present/index.htm#8

Vaccination Debate: http://www.vaclib.org/sites/debate/web1.html

Suzanne Humphries: https://www.dissolvingillusions.com/graphs/

Fernand Delarue. Salud e Infección. Auge y decadencia de las vacunas. Nueva Imagen (1980).

Jim West. Gráficos en investigación polio: http://harvoa.org/polio/

 

Pies de foto

Gráfico 1

Las muertes por difteria se dispararon tras la introducción de la antitoxina en 1895.

GRÁFICO 01

Gráfico 2

La introducción de la vacuna de la difteria en 1920 no cambió la curva descendente de la incidencia aunque produjo un aumento de las muertes.

GRÁFICO 02

Gráfico 3

Declinación de la morbilidad y la mortalidad por difteria en Escocia entre personas no vacunadas.

GRÁFICO 03

Gráfico 4

Izquierda: Descenso de la difteria idéntico en la Hungría rural vacunada y en Budapest donde la población no se vacunó.

Derecha: Descenso casi idéntico en los cantones de Ginebra vacunados y en Vaud donde no se vacunó.

GRÁFICO 04

Gráfico 5

Evolución idéntica de la difteria en Francia entre los niños de 1 a 14 años vacunados y los menores de un año no vacunados.

GRÁFICO 05

Gráfico 6

Izquierda: en Berlín la mortalidad por difteria fue más alta a pesar de que hubo mayor cantidad de vacunaciones.

Derecha: Evolución similar de casos de difteria y muertes entre la Alemania Occidental no vacunada y los 19 países europeos vacunados.

GRÁFICO 06

Gráfico 7

Evolución idéntica de casos de difteria y muertes entre la población de Canadá vacunada y la de Japón que no se vacunó.

GRÁFICO 07

Gráfico 8

Los países europeos en los que las vacunaciones son obligatorias tienen tasas de mortalidad por tuberculosis más altas que el resto.

GRÁFICO 08

Gráfico 9

Descenso de la tuberculosis, la neumonía, la gripe, el sarampión, la tosferina, la difteria y la escarlatina hasta casi desaparecer antes de las vacunaciones masivas sistemáticas.

GRÁFICO 09

Gráfico 10

Descenso de la mortalidad por rubeola anterior a la vacunación: de 3.541 a solo 115.

GRÁFICO 10

Gráfico 11

La escarlatina, enfermedad para la que nunca se desarrolló vacuna, evolucionó exactamente igual que el resto de las epidemias descendiendo significativamente hasta casi desaparecer a mediados del siglo XX.

GRÁFICO 11

Gráfico 12

Descenso de la tosferina antes de introducir la vacuna a finales de los años cuarenta.

GRÁFICO 12

Gráfico 13

Descenso hasta casi cero del sarampión antes de introducirse la vacuna en 1958.

GRÁFICO 13

Gráfico 14

Subida de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares y renales entre 1900 y 1960.

GRÁFICO 14

Gráfico 15

Descensos de la gripe y la neumonía entre 1900 y 1960 antes de las vacunaciones masivas sistemáticas.

GRÁFICO 15

Gráfico 16

Descenso de varias epidemias en España, todos ellos previos a las vacunaciones y a la introducción de la quimioterapia y los antibióticos.

GRÁFICO 16

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DSalud 234
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