Es falso que las vacunas acabaran con las pandemias

La afirmación de que las vacunas acabaron con las pandemias o redujeron la incidencia y mortalidad de las enfermedades bacterianas y víricas epidémicas es insostenible. No hay datos que demuestren tal aseveración ya que de hecho la mayoría de ellas desaparecieron antes de que se desarrollaran los antibióticos, los antivíricos y las vacunas. Lo que acabó con ellas o hizo disminuir drásticamente sus efectos fueron las medidas higiénicas puestas en práctica en la mayoría de las ciudades a mediados del siglo XIX. Y lo mismo cabe decir de la presunta eficacia protectora de vacunas antivíricas como las de la viruela o la poliomielitis por mucho que hayan manipulado los datos para hacerlo creer así los organismos y agencias gubernamentales estadounidenses con los Centros para el Control de las Enfermedades a la cabeza.

VACUNAS EPIDEMIAS

Los defensores de las vacunas alegan que previenen drásticamente todo tipo de patologías víricas y bacterianas y, por tanto, que han salvado millones de vidas -especialmente entre los niños- pero cuando se les piden los datos estadísticos, evidencias, estudios científicos o simples documentos históricos que sostengan ese tópico mil veces repetido y aceptado se limitan siempre a decir cosas como Todo el mundo lo sabe, Es algo indiscutible, No hay más que mirar las estadísticas y respuestas similares. Jamás aportan nada que avale sus afirmaciones y encima tienen la osadía de defender su falta de pruebas intentando desprestigiar a quienes se las piden llamándoles a modo de insulto «negacionistas». No les gusta nada que se ponga en duda uno de los baluartes de la Medicina Farmacológica y pueda desvelarse que no se trata más que de un mito sin fundamento. Es más, les saca de sus casillas que se les enseñen datos, estudios y trabajos que demuestran que las ineficaces vacunas pueden ser peligrosas y dar lugar a numerosas patologías e incluso provocar las enfermedades que se supone previenen. De hecho casi enferman cuando se les explica que las pandemias y epidemias acabaron en cuanto se tomaron elementales medidas higiénicas en las grandes poblaciones como las investigaciones históricas demuestran.

Analicemos para comprobarlo los principales hechos y personajes implicados en esta farsa empezando por el químico y bacteriólogo francés Louis Pasteur (1822-1895) ya que ha pasado a la historia oficial de la medicina como el descubridor de que las enfermedades “infecciosas” o “contagiosas” las causan bacterias patógenas -los virus no se identificaron hasta mediados del siglo XX- y no se deben a “generación espontánea”, teoría entonces vigente que sostenía que la mayoría de las enfermedades se deben a formas de vida animal y vegetal que surgen espontáneamente a partir de materia orgánica, inorgánica o a una combinación de ambas. Fue pues quien postuló la teoría microbiana de la enfermedad a partir de la cual se desarrollarían la esterilización y la higiene como métodos efectivos de prevención de las patologías infecciosas que luego llevarían a la creación de las ineficaces y peligrosas vacunas.

LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS SIGLOS PASADOS 

Los problemas de salud que causa una higiene deficiente se multiplicaron de forma exponencial a partir de la Revolución Industrial que comenzó a mediados del siglo XVIII al producirse un masivo trasvase de población desde el campo a las ciudades. Londres, por ejemplo, multiplicó por nueve en pocos años su población y algo similar fue ocurriendo en todas las ciudades europeas dando lugar al hacinamiento en calles angostas sin alcantarillado ni ventilación, a la acumulación de desechos humanos y animales -lo que producía un insufrible hedor- y a problemas de higiene porque los entierros se hacían a menudo en el interior de las propias viviendas. En la mayoría de las ciudades las casas no tenían agua corriente y los sanitarios eran un raro lujo ya que habitualmente los vecinos de una calle compartían un par de letrinas que se encontraban en condiciones penosas de mantenimiento. Es más, la mayoría de las casas tenía sótanos fríos y húmedos -cuando no inundados- llenos de aguas contaminadas y pozos negros repletos de insectos y roedores. Y por si fuera poco las nacientes industrias tiraban sin control alguno sus residuos a ríos y lagos además de contaminar el aire con sus humos; de hecho el hollín era algo omnipresente. Cabe agregar que en muchas ciudades era habitual ver pudrirse en las calles restos humanos y animales -sobre todo de perros, gatos, ratas y caballos- en los que pululaban todo tipo de alimañas, cucarachas e insectos.

Así vivía gran parte de la población que además tomaba habitualmente alimentos en mal estado producidos, transportados y vendidos sin garantía alguna: carne insalubre que bien se disfrazaba haciendo salchichas o panceta para consumo humano, bien se daba a los cerdos que posteriormente se consumían. Miles de niños morían asimismo a causa de leche de mala calidad y buena parte de la población por consumir carne procedente de animales muertos por enfermedad. Problemas a los que se añadía el hecho de que la dieta era pobre en nutrientes vivos procedentes de frutas, verduras, cereales y legumbres -salvo entre las familias más acomodadas- lo que debilitaba y predisponía aún más a la enfermedad. Hasta los enfermos se hacinaban en hospitales insalubres poblados de ratas.

Y si las condiciones de vida de los adultos eran duras las de los niños eran terribles pues los que no vagaban y dormían en las calles trabajaban desde los cuatro años de 12 a 16 horas diarias en minas y fábricas en las que se intoxicaban con hollín, plomo, arsénico, fósforo, cobre y otros muchos tóxicos. Era de hecho habitual que se intoxicaran en las tintorerías, ferreterías, alfarerías, minas y fábricas donde eran corrientes las lesiones oculares, la ceguera y el envenenamiento. Problemas que se multiplicaban en las industrias domésticas ya que muchas estaban instaladas en casas insalubres sin apenas luz y aire con letrinas llenas de moscas.

Tales fueron -entre otras- las causas de que en pocos años los habitantes de las grandes ciudades ubicados en barrios con esas características sufrieran constantes cólicos, diarreas, vómitos, tisis, tuberculosis, parálisis, deformaciones, retrasos en el crecimiento, úlceras o anemia entre otras muchas patologías y fueran muy frecuentes las muertes.

Un siglo después -a mediados del XIX- la tesis impulsada por la industria -y asumida acríticamente por los médicos- de que era mejor amamantar a los bebés con leche en polvo haría que a finales de la década de los cuarenta solo el 25% de los infantes tomara el pecho y aún en tales casos se producía un rápido destete con lo que el sistema inmune de los bebés se vio afectado quedando a menudo más desprotegidos.

LA REVOLUCIÓN DE LA HIGIENE 

Y es que no fue hasta los años treinta del pasado siglo XIX cuando el médico y economista francés Louis-René Villermé (1782-1863) -miembro de la reciente corriente «higienista»- postuló que existía una clara relación directa entre las condiciones de vida y la enfermedad. Como experto en estadísticas que era se le ocurrió cruzar los datos de mortalidad de cada distrito de París con el nivel de renta de sus habitantes y el resultado fue que la mortalidad era mayor en los sitios de ingresos más bajos. Decidiría entonces -apoyado por otros colegas- estudiar los datos de la epidemia de cólera de 1832 -acaecida un siglo antes- y comprobaría lo mismo: la mortalidad había sido mayor en las zonas con peores condiciones higiénicas y sociales.

En apoyo de tal tesis acudiría luego el alemán Max von Pettenkofer (1818-1901), médico, farmacéutico y químico que empezaría a referirse a la higiene pública como Medicina Social y Economía de la Salud y estudiaría a fondo la relación entre la salud humana y el medio ambiente centrándose inicialmente en los problemas de ventilación y calefacción de las viviendas, la calidad del agua y el aire, los tejidos, los gases del subsuelo y las aguas subterráneas. Y los datos fueron tan concluyentes que pronto otros colegas se interesaron, se hicieron más estudios y terminaron aprobándose en muchos países leyes que intentaron mejorar las condiciones medioambientales; medidas que se centraron especialmente en ampliar las redes de alcantarillado, mejorar la retirada de la basura, recuperar el estiércol de las calles para usarlo como abono, drenar e impermeabilizar los pozos negros, incorporar sistemas de conservación en seco mediante ceniza o tierra y extender el sistema de water closets (nuestros actuales váteres o inodoros). Medidas sencillas que sin embargo tuvieron una trascendencia enorme porque pronto se constató que allí donde se implantaban disminuía drásticamente el número de enfermos.

La consecuencia sería la institucionalización de las prácticas higiénicas siendo el primer país en hacerlo Francia pues ya en 1802 se crearía en París el primer Consejo de Higiene Pública y Salubridad, organismo permanente de consulta integrado por médicos, químicos, farmacéuticos, veterinarios e ingenieros que se encargó de vigilar los «focos miasmáticos” -conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras-, realizar estudios estadísticos médicos y elaborar informes anuales que se traducirían en leyes y medidas de saneamiento; de hecho dieron lugar por ejemplo al traslado de los mataderos fuera de las ciudades y a la limpieza periódica de los alcantarillados, medidas que pronto copiarían otras ciudades imitándolas ciudades de países como Reino Unido, Alemania, Noruega, Suecia, Finlandia y España. Estudios posteriores demostrarían que el número de enfermedades disminuyó de forma tan radical como el de epidemias.

Obviamente aquello debió haber sido una lección para los médicos y los representantes sociales y políticos pero no fue así. De hecho a aquellas medidas higiénicas se opusieron inicialmente varios grupos de poder porque perjudicaban sus intereses personales. Grupos que de hecho acogieron con beneplácito la teoría microbiana de Pasteur porque ello implicaba que las medidas higiénicas no bastaban y podía ser necesario encontrar y fabricar antibióticos. Es más, como se postuló que las bacterias y parásitos podían afectar enormemente a los vegetales nacería una gigantesca industria dedicada a fabricar venenos para “protegerlas” de los insectos desarrollándose todo tipo de tóxicos -que resultaron mucho más perjudiciales que beneficiosos-, antibióticos -para humanos y animales- y, con el tiempo, vacunas.

LA PRIMERA “VACUNA” 

Hablemos pues de éstas explicando que la primera «vacuna» fue la de la viruela y constituye para los provacunas o vacunólogos el paradigma de la eficacia terapéutica porque gracias a ella se supone que se erradicó al final la enfermedad; de hecho es la única “enfermedad epidémica” que la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera «totalmente erradicada” tras décadas de vacunaciones masivas. Lo que poca gente sabe -médicos incluidos- es que hubo sin embargo una ciudad europea cuyos dirigentes actuaron a contracorriente, se negaron a vacunar a la población y aun así en ella tampoco hubo casos de viruela: la ciudad inglesa de Leicester.

La llamada «vacuna de la viruela» la puso de moda en Occidente el médico rural inglés Edward Jenner (1749-1823) tras tener conocimiento de algunas pruebas anteriores y de lo que se hacía en estos casos en China, país donde ya en el siglo X se dieron cuenta de que cuando una persona se infectaba al tocar las pústulas de vacas con viruela sufría fiebre y malestar pero a las 48 horas se recuperaba y no volvía a sufrir los síntomas. Aquel conocimiento se extendería -llegando al menos hasta Turquía- y llevaría a algunos médicos orientales a recolectar pústulas secas, molerlas, convertirlas en polvo y aplicarlas en personas sanas tras hacer en su piel una pequeña incisión para evitar que contrajeran la enfermedad.

Jenner no desarrolló pues nada y considerarle el «padre de la Inmunología» es manifiestamente absurdo. De hecho ni él ni sus antecesores orientales sabían qué producía la llamada «viruela», palabra que ciertamente se identifica con «virus» solo que entonces esa palabra tenía el significado de «veneno» y no el que se le da hoy. En la época de Jenner no se conocía la existencia de los virus porque no se habían construido aún los microscopios que permitieron encontrarlos y, por supuesto, tampoco hizo investigaciones tal como hoy las entendemos. Se limitó, en suma, a probar en el Reino Unido lo que los sanadores orientales habían hecho muchos siglos antes. Es pues más apropiado en este caso hablar de variolización que de vacunación.

Dicho esto cabe agregar que Jenner no fue siquiera el primero en probar tal método en su país. Según explica Frederick F. Cartwright en su obra Disease and History (Enfermedad e Historia) -publicada en 1972- el método se introdujo en Europa en 1717 -32 años antes de que Jenner naciera- y no solo la enfermedad se extendió sino que provocó la muerte de 3 entre y 4 personas de cada cien variolizadas por lo que el tratamiento se abandonó en 1728 aunque quince años después volvió usarse en clínicas privadas; y así fue hasta 1764, año en el que se publicó un trabajo según el cual lo que el método hacía realmente era aumentar la mortalidad. Ocho años después -en 1774- un granjero inglés llamado Benjamin Jesty sometió sin embargo a sus hijos al procedimiento asegurando que la inoculación había resultado un éxito.

Y eso mismo hizo 20 años más tarde Jenner que probó la terapia en varios niños entre los que estaba su propio hijo, acto por el que fue premiado con una sustanciosa recompensa por el Gobierno británico que le hizo pasar a la historia como «el descubridor de la vacuna de la viruela». Poco después el propio Jenner, que empezó afirmando que el método protegía de la enfermedad durante diez años rebajaría la cifra a un solo año.

Algún tiempo después el médico escocés Charles Creighton publicaría un libro dejando en evidencia todo el trabajo de Jenner pero los poderes fácticos lo desprestigiarían inmediatamente con lo que todo el mundo conoce hoy a Jenner y nadie a Creighton. Y comenzaron las vacunaciones masivas.

En suma, ni la viruela se achacaba entonces a un virus -no se conocía ni que existieran- ni tiene sentido hablar de «vacuna» en el sentido moderno del término porque Jenner utilizó costras de caballos y cabras. Es más, las «inoculaciones» se hacían restregando el brazo de la persona con la linfa o pústulas del brazo de un enfermo aunque luego, para extender el método a gran escala, se depositaron costras o linfas infectadas en agua, se agitaba la mezcla y ésta se inoculaba. Costras y linfas que se obtenían de cadáveres de animales muertos de viruela, ubres ulceradas, llagas supurantes o talones enfermos de caballo.

LAS VACUNAS AUMENTARON EL NÚMERO DE ENFERMOS Y MUERTOS

Cuando en 1801 se vacunó contra la viruela en Inglaterra a unas 100.000 personas numerosos médicos observaron que muchos de sus pacientes desarrollaban la enfermedad justo tras la vacunación y así lo dieron a conocer publicando artículos en muy diversas revistas a los que nadie hizo caso porque para los médicos las vacunas representaban ante todo una nueva fuente de ingresos. La doctora Suzanne Humphries lo denunciaría en su libro Desvaneciendo ilusiones: “Se pagaba generosamente a médicos y cirujanos para que aplicaran la vacuna y la defendieran como nueva fuente de ingresos (…) y al igual que hoy se ignoraron las voces de los médicos discrepantes”. Es más, en 1822 el Gobierno británico entregó a Jenner 30.000 libras de la época para que continuara con sus experimentos produciéndose unos años después -en 1844- una nueva epidemia de viruela al contraer la enfermedad uno de cada tres vacunados de los que murió el 8%. De hecho los ingresos hospitalarios por viruela fueron mucho mayores que durante que durante la epidemia de 1781, anterior a la vacunación.

Y el desastre no acabó ahí porque las vacunas provocaron además otras enfermedades: tuberculosis, erisipela, sífilis y lepra además del agravamiento y aumento de la incidencia de la propia viruela. Es más, durante la gran epidemia de 1871-1872 los médicos constataron que las personas vacunadas enfermaban con mayor rapidez y gravedad que las no vacunadas. En Prusia, por ejemplo, murieron 58.839 personas solo en 1871. Y en Inglaterra se pasó de las 2.620 de 1870 a 23.126 en 1871 y a 19.062 en 1872. Datos contundentes que desmienten la presunta eficacia de la vacuna de la viruela.

Lo patético es que ni los gobiernos ni las autoridades médicas se replantearon su eficacia ni investigaron qué pasaba. Lo que hicieron fue lo contrario: ¡aprobar leyes que obligaban a vacunar! Así acaeció en países como Reino Unido y Estados Unidos donde se aprobaron normas para obligar a padres y tutores a vacunar a los niños antes de que cumplieran los dos años prohibiendo su admisión en las escuelas públicas si  no lo hacían.

Lo inaudito es que las alegaciones de entonces son las mismas que las de hoy: vacunar a los niños evita la posible aparición de epidemias. Una aseveración gratuita porque no hay una sola vacuna que haya demostrado prevenir alguna enfermedad. Esta revista lleva años denunciándolo y solicitando públicamente que se den a conocer los trabajos publicados que demuestran que una vacuna –la que sea- previene una enfermedad -la que sea-. Infructuosamente porque nadie puede dar a conocer unos trabajos que no existen.

Lo grotesco es que ahora las vacunaciones masivas las apoyan fundaciones consideradas serias y “filantrópicas” como la Bill and Melinda Gates Foundation. ¿Ha llegado pues la hora de que la sociedad haga lo mismo que hace casi siglo y medio tomó la ciudad de Leicester negándose rotundamente a vacunar a su población lo que dejó en evidencia que no era en absoluto necesaria?

John Thomas Biggs, ingeniero sanitario, magistrado, concejal de Leicester y miembro del Comité de Higiene de la ciudad hizo un informe sobre la epidemia de viruela de 1871-1872 y lo sucedido en Leicester para la Comisión Real que los investigó ante la que respondió a unas tres mil preguntas durante su comparecencia. Hablamos de una ciudad ubicada en el corazón de Gran Bretaña que aceptó someterse en 1867 a las vacunaciones masivas exigidas por la ley y cuatro años después –en 1871- vivía una pandemia de viruela en la que miles de personas vacunadas enfermaron muriendo centenares. Aquello haría que los vecinos decidieran organizarse para oponerse a la obligatoriedad de la vacuna ante lo cual las autoridades decidieron denunciarlos en los tribunales. De hecho en 1882 más de dos mil padres fueron juzgados y multados y unas doscientas familias perdieron sus casas al serles incautadas por no tener dinero para pagar. Ese mismo año ganaría las elecciones municipales el Partido Liberal, contrario a las vacunaciones, a pesar de que el partido conservador había abandonado también su defensa por miedo a perder votos. Las leyes siguieron sin embargo vigentes y las personas denunciadas sobrepasaron las 6.000 en 1885, año en el que la población decidió ya manifestarse abiertamente contra la ley de vacunación y exigir el respeto a la libertad individual.

Y no fue una manifestación cualquiera porque a la Liga Nacional Anti Vacunación se unieron compañías de ferrocarril que facilitaron el transporte a las miles de personas de toda Europa que quisieron participar en ella; de hecho se calcula que acudieron –y hablamos de hace 134 años- unas 100.000 personas que enarbolaban pancartas entre las que había peticiones sobra las vacunas como Las madres de Inglaterra exigimos su derogación y Los tres pilares de la vacunación: fraude, violencia y locura. Se quemaron copias de la ley de obligatoriedad, se homenajeó a los padres condenados y se exigió que cesara la persecución a las familias. El propio Chancellor Butcher (Carnicero Mayor) de Leicester se pronunciaría diciendo: “La mejor forma de liberarse de la viruela y enfermedades similares es usar mucha agua, alimentarse bien, vivir en casas luminosas y aireadas y hacer que la corporación mantenga las calles limpias y los desagües en condiciones”.

La presión pareció surgir efecto y el parlamento británico crearía ese mismo año una comisión para investigar lo sucedido con las vacunaciones en Leicester celebrándose 136 reuniones y declarando 187 personas, incluido el ingeniero John Thomas Biggs ya citado cuyo informe final se publicaría en un libro en 1912, es decir, ¡11 años después! Informe riguroso que constató que las vacunas habían aumentado la mortalidad un 18% y hubo el doble de muertos entre los vacunados. Sin embargo poderoso caballero es Don Dinero y el apoyo de los médicos haría que se aprobara una nueva ley de vacunación que se limitó a introducir una cláusula de conciencia que en la práctica sirvió de poco y de hecho se eliminó en 1907. Vergonzoso porque Biggs recogió en su libro datos objetivos no cuestionados como estos:

1) Entre 1868 y 1872 la tasa de vacunación en Leicester fue del 91,7% y la mortalidad de 26,82 por millar de habitantes cuando entre 1893 y 1997 la tasa de vacunación fue de solo el 2,1% y la mortalidad de 17,31 por millar (poco después descendió al 12,31). Es decir, solo se vacunó un 2,1% en lugar del 91,7% y la mortalidad descendió en poco tiempo a menos de la mitad.

2) Durante la epidemia de 1892-1894 solo estaban vacunados en Leicester el 18% de los niños y prácticamente ninguno sufrió los efectos de la epidemia.

Cabe añadir que Biggs comparó los datos de Leicester con los de Japón -en esa época la inmensa mayoría de la población del país nipón estaba vacunada- y los del Ejército y la Armada británica -cuyos miembros eran asimismo vacunados y además se trataba de hombres jóvenes, fuertes y saludables-; pues bien, los resultados desmienten la presunta eficacia de la vacuna como puede comprobarse con los datos de estos dos recuadros:

 

Recuadro

LOS COMIENZOS DEL IMPERIO FARMACÉUTICO

Debemos explicar que en Japón se obligó a toda la población a vacunarse contra la viruela en 1872 y que las medidas se endurecieron en 1885 al incluirse revacunaciones. Pues bien, según los datos entre 1886 y 1908 se realizaron allí millones de vacunaciones y revacunaciones que fueron no ya inútiles sino contraproducentes porque se contabilizaron 288.779 casos de viruela y 77.415 fallecimientos. Igual de inútiles y contraproducentes que en Filipinas donde en 1905 se aprobó la vacunación masiva contra la viruela y entre 1918 y 1919 se registraron 112.549 casos con 60.855 fallecidos.

Las autoridades y los médicos al servicio de la industria farmacéutica harían sin embargo caso omiso de las evidencias e insistieron en las bondades de la vacunación entrando la Sanidad mundial en una nueva era en el que la verdad se impondría desde entonces desde el poder ninguneándose los datos objetivos. Y la mejor manera de hacerlo es no hacer estudios serios ni sobre su seguridad ni sobre su eficacia real. Si lo duda busque los trabajos que sobre ello se han hecho desde el fin de la I Guerra Mundial en todo el mundo y verá que no encuentra casi nada… salvo algunos trabajos críticos con la verdad oficial.

Uno de ellos es el estudio que un equipo de investigadores coordinado por J. Michael Lane publicó el 20 de abril de 1970 en el nº 2 de JAMA titulado Deaths Attributable to Smallpox Vaccination 1959 to 1966 and 1968 (Muertes atribuibles a la vacunación de la viruela en 1959, 1966 y 1968) en el que se dice: “Los datos que aquí se aportan y las conclusiones de otros estudios indican que los riesgos de la vacuna contra la viruela tal como hoy se administra en Estados Unidos son considerables. La supervisión de las complicaciones de la vacuna de la viruela es muy deficiente y se desconoce hasta qué punto no se informa sobre ellas. La observación de que varios fallecimientos debidos a enfermedades distintas de las complicaciones de la vacuna estaban mal clasificados o erróneamente informados como muertes por la vacuna abre la posibilidad de que las complicaciones de la vacuna también estuvieran mal diagnosticadas o mal clasificadas en otras dolencias. Hay de hecho pacientes que fallecen por los efectos dañinos residuales que provocan en el sistema nervioso central causando encefalitis postvacunal. En los certificados de defunción se mencionen las causas inmediatas que cursaron mientras estuvieron ingresados pero no la causa subyacente de la muerte». Y añade: » En nuestros estudios sobre las complicaciones de la vacunación ocurridas en 1963 no aparecieron los certificados de tres de las siete muertes claramente relacionadas con la vacuna. El número real de muertes causadas por complicaciones de la vacuna de la viruela puede ser pues mayor que las siete por año que esa reseña indicaba”. 

¿QUE LA VIRUELA SE HA ERRADICADO?

En 1966 la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) solicitó al Director del organismo que se pusiera inmediatamente en marcha un programa para terminar de erradicar en el mundo  la viruela y al año siguiente se llevaron a cabo vacunaciones masivas en más de treinta países. Y el 8 de mayo de 1980 la OMS dio por erradicada la viruela oficialmente. De hecho se guardaron cepas del virus que quedaron bajo custodia de los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos y del Instituto Vector en Rusia dejando ya de fabricarse la vacuna.

Sin embargo se trata a juicio de muchos expertos de una afirmación cuando menos discutible al entender que ningún virus desaparece del planeta por muchas supuestas vacunas que se hayan puesto los humanos para protegerse de él; y de hecho así lo han manifestado en trabajos aparecidos en revistas científicas que han quedado enterrados bajo la montaña de propaganda oficial. Un ejemplo para meditar: en 1970 se aisló un poxvirus llamado monkeypox que se había detectado en 1958 y se dice causa la viruela en monos solo que es un virus casi idéntico al smallpox (variola) y al cawpox (vaccinia); se trata de virus tan similares que de hecho son indistinguibles mediante las pruebas habituales de detección de antígenos por lo que es discutible que no se trate del mismo virus. Lo demuestra el hecho de que el virus de la viruela de los monos afecta igualmente a los humanos produciendo síntomas clínicos idénticos a los de la «antigua» viruela y ya se han registrado cientos de casos de tan singular «zoonosis». ¿Cómo puede pues afirmar la OMS con tanta vehemencia que la viruela ha sido erradicada del mundo?

Jesús García Blanca

 

Recuadro

REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFÍA


Libros
:

Fernand Delarue. Salud e Infección. Auge y decadencia de las vacunas. Nueva Imagen (1980).

Dra. Suzanne Humphries. Desvaneciendo ilusiones. Las enfermedades, las vacunas y la historia olvidada. Ediciones Octaedro (2015).

Marcel Sendrail. Historia cultural de la enfermedad. Espasa-Calpe (1983).

  1. P. Biggs. Leicester: Sanitation versus Vaccination (1912). General Books (2010).

Charles Creighton. Jenner and Vaccination: a storage chapter of Medical History. San Sonnnenschein (1889).

Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca. Vacunas: un análisis crítico. iEdiciones (2015).

 

Artículos:

El fraude de la vacunación contra la viruela: http://www.whale.to/a/smallpox_hoax.html

Los críticos de a vacuna: http://www.whale.to/vaccine/smallpox_c.html

Peligros y mortalidad: http://www.whale.to/v/smallpox2.html

Daños de la vacuna de la viruela: http://www.whale.to/vaccine/smallpox2.html

Estadísticas sobre el fracaso de la vacuna de la viruela: http://www.whale.to/a/smallpox_stats_h.htm

Más información sobre el fracaso de la vacuna: http://www.whale.to/vaccine/quotes10.html

Descenso de la viruela antes de las vacunaciones: http://www.whale.to/vaccine/smallpox_dec.html

Mentiras en torno a la vacuna de la viruela: http://www.whale.to/vaccines/smallpox_lies_h.html

La viruela no ha sido erradicada:

http://www.whale.to/v/gaublomme4.html

http://news.bbc.co.uk/2/hi/health/3380177.stm

https://www.greenmedinfo.health/blog/herd-immunity-flawed-science-and-mass-vaccination-failures

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