La Unión Europea limita la cantidad de grasas «trans» en lugar de prohibirlas

A partir del 2 de abril de 2021 ningún alimento industrial de venta en la Unión Europea podrá contener por cada 100 gramos de grasa más de dos de grasas “trans” y ello va a afectar sobre todo a los fabricantes de bollería industrial, galletas, pasteles, tartas, helados, patatas fritas, pizzas congeladas, palomitas y dulces entre otros muchos alimentos procesados que están entre los más consumidos. Lo que no se explica es por qué van a permitirse 2 gramos de grasas “trans” por cada 100 y no su prohibición total teniendo en cuenta la cantidad de investigaciones que han demostrado su conexión directa con la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la demencia y cánceres como los de mama y colon.

GRASAS TRANS

Los ácidos grasos “trans” están presentes naturalmente –aunque de forma muy escasa– en los animales rumiantes –como la vaca, la oveja o la cabra– y se forman cuando las bacterias de su rumen –uno de los compartimentos esofágicos de su aparato digestivo– hidrogenan parcialmente los ácidos grasos oleico (monoinsaturado), linoleico y linolénico (poliinsaturados) que se encuentran en las hojas, tallos y raíces que ingieren así como en los piensos; ácidos grasos “trans” que al absorberse se incorporan a los músculos así como a la leche de los animales y se hallan pues en su carne pero también en la nata, la crema, la mantequilla y el helado. Están sin embargo en tan pequeña cantidad que salvo que se ingiera a menudo mucha carne y/o muchos lácteos su ingesta no es preocupante. Donde se hallan en gran cantidad es en la grasa vegetal sólida que se obtiene hidrogenando los aceites vegetales a alta presión y temperatura para añadir a numerosos productos alimenticios industriales siendo uno de los más dañinos la margarina.

Lo lamentable es que hasta hace 30 años no se supo hasta qué punto son perjudiciales comprobándose en la última década del pasado siglo XX que su ingesta se relaciona con una clara elevación en sangre del nivel de triglicéridos y de los marcadores de inflamación sistémica: la proteína C reactiva, la interleucina 6 y el factor de necrosis tumoral alfa y eso provoca –entre otras cosas– disfunción celular endotelial y aumento del riesgo de patologías cardiovasculares. Además aumenta en sangre el nivel del llamado colesterol “malo” (LDL) y disminuye el de colesterol “bueno” (HDL).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce hoy por su parte que el consumo de grasas “trans” industriales causa unas 540.000 muertes al año y que su ingesta aumenta el riesgo de muerte por cualquier causa un 34% y la de muerte por enfermedad coronaria un 28% y de ahí que ahora pida la eliminación mundial de las grasas “trans” industriales para 2023. Una decisión lamentablemente tardía porque la mayoría de las propias empresas han ido dejando de utilizarlas en sus alimentos al saber los problemas que causa, al menos en el viejo continente. De hecho según un informe de la Comisión Europea la mayoría de los productos alimenticios que se comercializan actualmente en Europa contienen menos de 2 gramos de grasas “trans” por cada 100 de grasa (el 77% tiene menos de medio gramo).

El principal problema está en su alta presencia en productos industriales como la bollería, las galletas, los pasteles, los dulces las tartas, los helados, las patatas fritas, las pizzas congeladas o las palomitas que pueden llegar a tener por cada 100 gramos de grasa hasta un 50% de “trans”. Algo de lo que no se ha informado debidamente a los ciudadanos como hace un año denunció la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición quejándose de que “la actual legislación no obliga a que sean identificadas en las etiquetas por lo que no se informa ni de su presencia ni de su cantidad”.

Es más, las grasas “trans” se encuentran en otros muchos productos como el pollo frito, el pescado rebozado, las hamburguesas y numerosos platos procesados y envasados. Y en los alimentos que sirven muchos restaurantes que al cocinar el aceite vegetal o la mantequilla a altas temperaturas no solo los llenan de grasas sino que éstas quedan en gran cantidad en el aceite por lo que cuando éste vuelve a reutilizarse –algo habitual en muchos restaurantes– las grasas “trans” pasan a otros alimentos que no se cocinan a temperaturas tan elevadas además de hacer que el contenido de grasas “trans” del aceite utilizado aumente ligeramente cada vez que se reutiliza para freír.

Se trata de una situación que debería cambiar el 1 de abril de 2021 tras la decisión tomada por la Comisión Europea de modificar el anexo III del Reglamento (CE) n° 1925/2006 del Parlamento Europeo y el Consejo de 20 de diciembre de 2006 sobre la adición de vitaminas, minerales y otras sustancias determinadas a los alimentos. A partir de ese momento ningún alimento podrá llevar más de 2 gramos de grasas “trans” por cada 100 de grasa… a excepción de las presentes de forma natural en los animales. Lo inexplicable es que ya en 2015 el Parlamento Europeo aprobó un informe admitiendo que una elevada ingesta de grasas “trans” aumenta el riesgo de sufrir cardiopatías y se lo remitió a la Comisión que ha tardado años en tomar medidas. Y eso que su presencia había sido ya restringida a nivel nacional en Dinamarca (2003), Suiza (2008), Austria (2009), Islandia (2011), Hungría (2013) y Noruega (2014).

La propia Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos tuvo que insistir en junio de este mismo año para que se restringiera su presencia en los alimentos y otro tanto hizo la Oficina Europea de Uniones de Consumidores, entidad que incluye a 45 organizaciones nacionales independientes de 32 países europeos. Y es que no es un secreto para nadie que si la Comisión Europea ha tardado tanto en tomar medidas es porque suele plegarse siempre a los intereses las grandes industrias. Para muestra un botón:

cuando Dinamarca decidió en 2003 restringir en el mercado interior la cantidad de grasas “trans” de los alimentos se impugnó su norma alegando que ¡interfería en la libre circulación de mercancías!

Lo insólito es que los miembros de la Comisión Europea tenían conocimiento de que según un estudio aparecido en 2015 en el British Medical Journal si el contenido de grasas “trans” se redujera a 2 gramos diarios se prevendrían sólo en Inglaterra 11.000 ataques cardíacos y 7.000 muertes y el país se ahorraría anualmente unos 2.000 millones de libras en costes sanitarios.

EJEMPLOS A SEGUIR

La movilización contra las grasas “trans” empezó en Dinamarca tras la publicación en 1993 en The Lancet de un estudio titulado Intake of trans fatty acids and risk of coronary heart disease among women (La ingesta de ácidos grasos ‘trans’ y el riesgo de enfermedad coronaria entre las mujeres). El artículo daba datos tan preocupantes que el Consejo Danés de Nutrición decidió estudiar la situación en el país publicando en 1995 un informe sobre su impacto titulado The influence of trans fatty acids on health: a report from the Danish Nutrition Council (La influencia de los ácidos grasos ‘trans’ en la salud: informe del Consejo Danés de Nutrición).

Seis años después –en 2001– un nuevo estudio llegaría a la conclusión de que al menos 50.000 daneses tenían alto riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares por ingesta de grasas “trans”. Titulado The importance of trans-fatty acids for health. Update 2001 (La importancia de los ácidos grasos trans para la salud. Actualización 2001) recibiría la atención generalizada de los medios porque los daneses son muy aficionados a comer palomitas de microondas y resulta que hasta el 40% de su contenido graso corresponde a grasas “trans”. Según sus datos en el país se consumían anualmente entonces de 20 a 30 millones de bolsas de palomitas de maíz. El trabajo desveló además que la principal fuente de grasas “trans” de los daneses era la margarina seguida de los productos envasados, los de panadería y los de confitería. Es más, se constató que el 10% de las grasas utilizadas para freír comida era rica en grasas “trans”. ¿El resultado? Que apenas dos años después –en 2003– se decidiría restringir su presencia.

La decisión danesa haría que en Estados Unidos el Centro para la Ciencia en el Interés Público –grupo en defensa de los consumidores– presionara a la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) para que en Estados Unidos se estableciera una política similar. La FDA se resistiría sin embargo a ello limitándose a exigir en 2006 que el contenido de grasas “trans” apareciera en las etiquetas de los alimentos. La medida le pareció insuficiente al Departamento de Salud de Nueva York que prohibió entonces a los proveedores de alimentos usar ingredientes que contuvieran más de medio gramo de grasas “trans” por porción a partir del 1 de julio de 2007, prohibición que incluía a restaurantes, cafeterías, panaderías, empresas de catering, programas de comidas para personas mayores, unidades móviles de venta de alimentos y puestos de comida callejeros. Y es que en aquellos momentos la mitad de los restaurantes de Nueva York usaba grasas “trans” para freír, cocinar, hornear y untar.

Hubo sin embargo que esperar hasta 2015 para que la FDA reconociera oficialmente que las grasas “trans” industriales no son seguras y a junio de 2018 para que prohibiera los aceites parcialmente hidrogenados en los alimentos procesados; de hecho alegó que la medida podría “prevenir miles de ataques cardíacos y muertes cada año”. Lo vergonzoso es que ha permitido a los comercializadores de alimentos decir en las etiquetas que sus productos tienen 0 gramos de grasas “trans” cuando contengan medio gramo o menos.

Hoy día las restricciones impuestas en Dinamarca, Suiza, Austria, Islandia, Hungría y Noruega han ido ampliándose habiendo decidido unirse a ella varios países aunque no en todos la norma ha entrado ya en vigor. Son los casos de Suecia, Suiza, Letonia, Eslovenia, Chile, Ecuador, Argentina, Colombia, Sudáfrica, Singapur, Irán y la India aunque algunos han subido el límite al 5% de grasas “trans”.

DAÑOS CARDIOVASCULARES

Lo insólito es que los trabajos que demuestran los peligros de las grasas “trans” industriales son numerosos y se llevan muchos años haciendo como en nuestra revista hemos dado a conocer a lo largo de más de 20 años. Damos unos cuantos ejemplos:

• En 1994 un equipo coordinado por A. Ascherio comprobó que consumir grasas “trans” aumenta un 27% el riesgo de enfermedad cardiovascular.

• En 1998 un equipo de investigadores coordinado por M. A. Williams asoció la ingesta de ácidos grasos “trans” a los infartos de miocardio no mortales.

• En 2001 un grupo encabezado por C. M. Oomen infirió estudiando a personas de entre 64 y 84 años que una alta ingesta de ácidos grasos “trans” aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.

• En 2005 un equipo coordinado por K. Oh asoció la ingesta de grasas “trans” a un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular –sobre todo en las mujeres más jóvenes o con sobrepeso– tras seguir durante 20 años a un grupo de enfermeras de Estados Unidos.

• En 2009 un equipo dirigido por D. Mozaffarian efectuó una revisión de los ensayos y estudios observacionales existentes hasta entonces concluyendo que el consumo de grasas “trans” procedentes de aceites parcialmente hidrogenados afecta negativamente a múltiples factores de riesgo aumentando el riesgo de accidentes cardiovasculares.

• En 2015 Brandon Restrepo y Matthias Rieger publicaron en Journal of Health Economics un trabajo titulado Trans fat and cardiovascular disease mortality: Evidence from bans in restaurants in New York (Grasas ‘trans’ y mortalidad por enfermedades cardiovasculares: evidencia de las prohibiciones en restaurantes de Nueva York). En él se analizó el impacto que había tenido en Nueva York la prohibición de grasas “trans” en los restaurantes constatándose que había disminuido un 4’5% la tasa de mortalidad por accidentes cerebrovasculares.

• En 2017 un estudio Hospital admissions for myocardial infarction and stroke before and after the trans-fatty acid restrictions in New York (Ingresos hospitalarios por infarto de miocardio y accidente cerebrovascular antes y después de las restricciones de ácidos grasos ‘trans’ en Nueva York)– encontró que la prohibición de grasas “trans” en los establecimientos neoyorquinos de comida se asociaba a una disminución de los ingresos hospitalarios por ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares.

• En abril de este mismo año –2019– un grupo de investigadores del Departamento de Salud e Higiene Mental de Nueva York encabezado por Melecia Wrig publicó en American Journal of Public Health el trabajo Impact of a Municipal Policy Restricting Trans Fatty Acid Use in New York City Restaurants on Serum Trans Fatty Acid Levels in Adults (Impacto de la política municipal que restringe el uso de ácidos grasos ‘trans’ en los restaurantes de la ciudad de Nueva York en los niveles séricos de ácidos grasos ‘trans’ en adultos). El estudio se basó en encuestas realizadas a más de 3.000 residentes neoyorquinos mayores de 20 años que comían habitualmente en restaurantes y además proporcionaron información sobre su salud y hábitos alimenticios así como muestras de sangre y la principal conclusión es que la medida disminuyó de promedio el nivel de ácidos grasos “trans” en sangre entre 2004 y 2014 un 57%. Es más, entre los que más veces comían en restaurantes –4 o más veces por semana– mayor fue la disminución: un 62%. Según aseveran los investigadores en su trabajo un simple aumento del 2% en la ingesta de grasas “trans” se asocia a un aumento del riesgo de enfermedad coronaria del 23%.

CAUSA DE OBESIDAD, DIABETES Y CÁNCER

Que las grasas “trans” aumentan el riesgo cardiovascular parece claro pero es que al parecer también pueden generar resistencia a la insulina y contribuir a sufrir diabetes tipo 2. En 2001 un equipo de investigadores coordinado por J. Salmerón publicó el trabajo Dietary fat intake and risk of type 2 diabetes in women (Consumo de grasas en la dieta y riesgo de diabetes tipo 2 en mujeres) tras seguir durante 14 años a más de 80.000 enfermeras de entre 34 y 59 años que entre las que consumieron más grasas “trans” el riesgo de padecer diabetes fue un 40% mayor.

De hecho estudios en animales han revelado que la ingesta de gran cantidad de grasas “trans” daña la función de la insulina y la glucosa. En 2007 un grupo de investigadores del Instituto Nacional de Nutrición de Hyderbad (India) coordinado por K. Kavanagh publicó en Obesity el trabajo Trans fat diet induces abdominal obesity and changes in insulin sensitivity in monkeys (Una dieta con grasas ‘trans’ induce en monos obesidad abdominal y cambios en la sensibilidad a la insulina). Se trata de un experimento en el que se dio durante 6 años una dieta alta en grasas “trans” a monos verdes africanos macho comprobándose a su término que ello causa resistencia a la insulina y aumento de grasa abdominal (el nivel en sangre de fructosamina, un marcador de azúcar, era alto).

También se cree que su consumo tiene incidencia directa en los procesos inflamatorios con los que cursan muchas enfermedades crónicas y cardíacas. De hecho en estudios observacionales las grasas “trans” se asocian a un aumento de los marcadores inflamatorios, especialmente en personas con exceso de grasa. En 2004 un grupo de investigadores coordinado por D. Mozaffarian estudió a 832 mujeres y según sus datos la ingesta de ácidos grasos “trans” se asocia a los marcadores de inflamación sistémica.

Un año después –en 2005– un equipo encabezado por E. López García vio que la ingesta de ácidos grasos “trans” aumenta los niveles de los biomarcadores de inflamación y disfunción endotelial, incluida la proteína C reactiva; de hecho los niveles ésta fueron un 73% más altos entre quienes consumieron más grasas “trans”.

Cabe añadir que si bien no hay trabajos concluyentes las grasas “trans” se han asociado también con el cáncer. Un grupo encabezado por L. Kohlmeier midió en 1997 el nivel de ácidos grasos “trans” en el suero sanguíneo de mujeres y constató que el riesgo de padecer cáncer de mama era mayor –el doble– entre las que más grasas “trans” de alimentos procesados consumían.
Terminamos este apartado indicando que un grupo de investigadores de la Universidad de Ghent (Bélgica) encabezado por N. Michels publicó en 2018 en Journal of Global Oncology un trabajo titulado Dietary Trans Fatty Acid Intake in Relation to Cancer Risk: A Systematic Review (Ingesta dietética de ácidos grasos ‘trans’ en relación con el riesgo de cáncer: una revisión sistemática) según el cual un alto consumo de ácidos grasos ‘trans’ parece aumentar el riesgo de sufrir cáncer, sobre Linfoma No Hodgkin y tumores de boca, faringe y esófago.

GRASAS “TRANS” Y DEMENCIA

Y por si lo dicho no fuera suficiente ahora resulta que el exceso de grasas “trans” se asocia a la demencia. Un grupo de investigadores japoneses de la Universidad de Kyushu (Japón) encabezado por Toshiharu Ninomaya –profesor del Departamento de Epidemiología y Salud Pública– publicó hace unos meses en Neurology el trabajo Serum elaidic acid concentration and risk of Dementia (Concentración de ácido elaídico en suero y riesgo de demencia). Se trata de una valoración basada en los datos del Estudio Hisayama que sigue desde 1961 a una población que se alimenta desde hace décadas según las prácticas agrícolas tradicionales y cuya población, a diferencia de otras regiones, se mantiene estable. Pues bien, entre 2002 y 2003 se seleccionaron a 1.628 personas de menos de 60 años que no mostraban signo alguno de problemas cognitivos y se las siguió durante diez años midiendo en sangre su nivel de ácido elaidico –ácido graso exógeno presente en los alimentos procesados que contienen aceites vegetales parcialmente hidrogenados– y valorándose simultáneamente factores como la dieta, el tabaquismo, la presión arterial y la diabetes. Durante ese tiempo terminarían teniendo problemas de demencia 377, la mayoría de ellas –247– con alzheimer. Y según los datos el principal responsable fue la ingesta de grasas “trans” y los alimentos dañinos que más contribuyeron a ello los dulces, la margarina, la confitería (dulces, caramelos y chicle) y los cruasanes seguidos de las cremas no lácteas, los helados y las galletas de arroz. Los afectados por la demencia y el alzheimer eran personas de más de 75 años y todas teñían en sangre demasiado ácido elaídico.

El trabajo confirma las conclusiones de un estudio anterior realizado en Chicago por investigadores del Rush Instittute for Healthy Aging que se publicó en 2003 en Archives of Neurology con el título Dietary fats and the risk of incident Alzheimer disease (Las grasas de la dieta y el riesgo de sufrir alzheimer) en el que tras seleccionar a 815 personas de 65 años o más sin alzheimer se comprobaría casi cuatro años después que habían contraído la enfermedad 131. Analizadas las dietas de todos ellos se infirió que las que lo padecían consumían más grasas saturadas y “trans” y las que menos grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas.

Francisco Sanmartín

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