Theresa Deisher: «Las vacunas infantiles con trazas de ADN fetal humano son muy peligrosas»

De los riesgos que a nivel neurológico conlleva el uso de ciertos adyuvantes en las vacunas -posible relación con el autismo incluida- se ha hablado mucho pero muy poco de que hay vacunas infantiles que contienen trazas de ADN procedentes de líneas celulares de fetos; entre ellas la MMR, la de la varicela, la de la hepatitis A y otras. Pues bien, la doctora Theresa Deisher -reconocida investigadora del ámbito de la Genética y la Biotecnología especializada en el uso de células madre- ha hecho pública una Carta Abierta a los legisladores advirtiéndoles de que este tipo de vacunas pueden provocar autismo, enfermedades autoinmunes e inestabilidad genómica.

VACUNAS

Las primeras alertas sobre los graves riesgos de las vacunas surgieron en torno al uso del timerosal derivado del mercurio que acabó siendo retirado poco a poco sin que las agencias internacionales llegaran a reconocer explícitamente sus daños así como del aluminio y el escualeno -hemos hablado de ello en numerosos artículos que el lector puede leer en nuestra web (www.dsalud.com)- pero hoy las miradas se centran en otro neurotóxico utilizado en varias de ellas: el ADN fetal humano. Todo ello está tan constatado que de hecho en la comunidad médica se habla ya abiertamente del Síndrome Autoinmune/Inflamatorio Inducido por Adyuvantes (ASIA por sus siglas en inglés), nombre que recibe el conjunto de daños provocados por una respuesta autoinmune aberrante ante la presencia de esos patógenos.

Ahora bien, debe saberse que el componente activo de casi todas las vacunas es un virus y los virus necesitan células para multiplicarse haciéndolo mejor en las humanas que en las animales. El «problema» es que la gran mayoría muere tras haberse dividido unas 50 veces, cantidad que se conoce como Límite de Hayflick; solo son capaces de dividirse mucho más las células fetales -es decir, las presentes en fetos- y esa es la razón de que se terminara utilizándolas para cultivar virus y fabricar vacunas. Primero células animales pero luego humanas y ahí empezó el problema porque si bien ambas dejan partículas que pasan a las vacunas las procedentes de animales las elimina rápidamente nuestro sistema inmune pero no pasa lo mismo con las de origen humano al ser reconocidas por el organismo.

Luego las vacunas obtenidas con células fetales humanas son peligrosas y puede saberse las que lo llevan leyendo simplemente sus prospectos. En la ficha técnica de la vacuna contra la varicela de Merck Varivax puede leerse por ejemplo que «el producto también contiene componentes residuales de las células MRC-5, incluido el ADN y las proteínas«. Lo que no le explica a los profanos es que las células MRC-5 proceden de abortos humanos.

Todo esto propició en su día un debate ético sobre su utilización pero la oposición se planteó desde postulados no científicos sino religiosos y así continúa aún en muchos sitios. Kyle Christopher McKenna, profesor asociado de Biología de la Universidad Franciscana de Steubenville (EEUU), argumenta por ejemplo en el trabajo que publicó en 2018 en The Linacre Quaterly con el título Use of Aborted Fetal Tissue in Vaccines and Medical Research Obscures the Value of All Human Life (El uso de tejido fetal procedente de abortos en la investigación médica sobre las vacunas oscurece el valor de toda vida humana) lo siguiente: “Cada beneficio médico o avance científico obtenido usando tejido fetal de abortos insensibiliza a los beneficiarios, a los científicos y a los médicos del malvado acto que permite obtener tales células. Los tejidos fetales de abortos utilizados en los laboratorios se reducen al mínimo, a meras células humanas, y los seres humanos que las proporcionaron se vuelven irrelevantes y son olvidados con el tiempo. Y lo más preocupante es que tal desensibilización conduce finalmente al escándalo de validar abortos alegando que son para lograr un bien mayor”.

Hoy, sin embargo, la mayoría ha centrado el debate en los aspectos científicos y médicos y no en los religiosos y lo que se plantea es si los daños que pueden producir las vacunas con tejidos fetales humanos justifica o no su uso. Y la conclusión de un cada vez mayor número de expertos es que NO.

Es el caso de la doctora Theresa Deisher quien afirma que tales vacunas pueden desencadenar patologías autoinmunes e inestabilidad genómica, especialmente en niños. Y es que según asegura se usan fragmentos de ADN cuyo tamaño permite que se inserten en los genes del receptor. A lo que se agrega el problema de que algunas vacunas infantiles contienen además el retrovirus endógeno humano K (HERVK) que se considera pro-cancerígeno. Es más, está convencida de que estas vacunas son en buena medida causa de la epidemia de autismo; bueno, las vacunas y los medicamentos y cosméticos a los que actualmente se añade ADN fetal en su producción.

¿POR QUÉ ESCUCHAR A THERESA DEISHER?

Y la Dra. Theresa Deisher no es ninguna «activista antivacunas» -como los acríticos «vacunólogos» alegan- sino una conocida experta mundial en Genética especializada en la investigación y utilización de células madre adultas que obtuvo su doctorado en Fisiología Molecular y Celular en la Universidad de Stanford y ha estado durante más de 20 años relacionada con la biotecnología comercial. De hecho ha estado involucrada desde 1993 en el uso de ingeniería genética para desarrollar procesos terapéuticos y figura como inventora en 23 patentes.

Es más, dirige desde 2008 la organización de investigación biomédica Sound Choice Pharmaceutical Institute (SCPI) especializada en tecnología de vanguardia, modelos moleculares e informática computacional que ha estudiado a fondo las consecuencias patológicas del ADN humano fetal residual y de los desechos celulares y retrovirus presentes en los medicamentos. Y una de sus principales conclusiones es que tanto el cáncer como las enfermedades neurológicas infantiles -trastorno autista incluido- pueden causarlas las mutaciones en el ADN que provocan. Según ella si en el cerebro o sangre de los niños afectos de esos problemas hay numerosas mutaciones de ADN que no aparecen en sus padres es que son nuevas -lo que se conoce como “mutaciones novo”- y las ha provocado pues “algo” acaecido tras el nacimiento.

Lo explica ampliamente en el trabajo publicado en 2015 en Issues Law Medicine con el título Epidemiologic and Molecular Relationship Between Vaccine Manufacture and Autism Spectrum Disorder Prevalence (Relación epidemiológica y molecular entre la fabricación de vacunas y la prevalencia del trastorno del espectro autista). En él, tras medir y cuantificar el tamaño y cantidad de ADN fetal presente en las vacunas contra la rubeola Meruvax IIy la Hepatitis A Havrix identificó mediante análisis genómico los lugares específicos en los que es más probable que se dé la integración de los fragmentos de ADN fetal en el genoma y esta es su conclusión: “Las vacunas fabricadas con líneas celulares fetales humanas contienen niveles contaminantes inaceptablemente altos de fragmentos de ADN fetal. El genoma humano contiene naturalmente regiones que son susceptibles a la formación de ruptura de doble cadena y mutagénesis de inserción en el ADN. El ‘Wakefield Scare’ es un experimento natural que puede demostrar la relación causal entre las vacunas fabricadas por líneas celulares fetales y la prevalencia del Trastorno del Espectro Autista”. Más claro, agua.

Hoy se sabe de hecho que los niños con autismo regresivo -los que después de nacer y comportarse con normalidad acaban sumiéndose progresivamente en un oscuro pozo de incomunicación- tienen ¡cientos de mutaciones genéticas nuevas y diferentes! Y para Deisher y otros investigadores ello no puede deberse a un problema genético heredado sino desencadenado por un evento externo posterior al nacimiento ocupando las vacunas el primer lugar entre los posibles agentes causantes. De hecho el Sound Choice Pharmaceutical Institute (SCPI) recuerda que la masiva aparición de casos de autismo «comenzó en 1979 cuando se empezaron a inyectar vacunas contaminadas con fragmentos de ADN fetal humano y un retrovirus. Fue el momento en el que estadísticamente el autismo comenzó a aumentar. En 1988 se incrementaron las vacunas con restos fetales de abortos y timerosal -que también puede causar roturas de ADN- y el autismo aumentó aún más; y en 1995 se añadieron más contaminantes de ADN fetal a la vacuna contra la varicela y el autismo volvió a incrementarse. ¿El resultado? Tenemos hijos nacidos de padres mayores que tienen espermatozoides con un ADN fácilmente rompible. Las vacunas fetales contaminadas y el timerosal más padres de mayor edad provocan más rupturas de ADN y, por tanto, más mutaciones de ‘novo’ en nuestros hijos”.

¿Y cuántas vacunas contienen hoy células fetales humanas? Pues nada menos que 24; sobre todo procedentes de las líneas celulares MRC-5 y WI-38.

WI-38, MRC-5, MRC-9, RA27/3…

El lector se preguntará qué quieren decir esas letras y números -a qué se debe tal nomenclatura- que aparecen en los prospectos de las vacunas que usan ADN fetal: las de la rubeola, el sarampión, la parotiditis, la rabia, la poliomielitis, la viruela, la hepatitis A, la varicela y el herpes zóster, entre las más importantes. Es muy simple: identifican el tipo de células y cuándo y cómo se identificaron.

La práctica de usar ADN fetal empezó tras la epidemia de rubeola de 1964 en Filadelfia (EEUU) cuando los médicos aconsejaron a las embarazadas que habían contraído esa enfermedad que abortaran dados los graves daños que podría causar a los fetos y éstos se trasladaron a los laboratorios del doctor Stanley Plotkin estando entre ellos el de una mujer que sufrió rubeola y cuyo virus se aisló denominándosele RA 27/3 porque murió de Rubeola, procedía de un Aborto, el feto tenía el nº 27 y la muestra en la que se encontró -un trozo de riñón- era la nº 3. Pues bien, aún hoy es esa cepa -la RA 27/3– la que cultivada en células WI-38 o MRC-5 se utiliza principalmente en muchas vacunas (como la del sarampión-rubeola-parotiditis).

Debemos añadir que las llamadas células WI-38 se obtuvieron del pulmón de un feto femenino por el doctor Leonard Hayflick en el Instituto Wistar de Filadelfia (EEUU) investigando bebés abortados procedentes de Suecia correspondiendo las letras WI a las primeras letras de Instituto Wistar y el número a que se trataba de la muestra 38. Y se eligió ese feto porque ambos padres gozaban de buena salud, ninguno de sus ancestros había enfermado ni había casos de cáncer entre ellos y el aborto se llevó a cabo solo porque no podían mantener más hijos.

Las células MRC-5 se obtuvieron en 1966 en el Medical Research Council de Londres (Reino Unido) y procedían de los pulmones de un feto varón abortado por una madre sana de 27 años cuyos familiares y ancestros tenían igualmente un historial de salud normal. Y se eligieron para tener una alternativa a la WI-38.

Ocho años después -en 1974- se trató de buscar una alternativa a la WI-38 y se obtuvo la línea MRC-9 de los pulmones de un feto femenino sano de 15 semanas de gestación cuya madre tenía 14 años y a la que se provocó el aborto simplemente por no estar casada. Y se eligieron como líneas celulares de cultivo porque tras estudiar su susceptibilidad a los virus de la rubeola y el sarampión se las consideró sustratos aceptables para la producción de vacunas y otros productos biológicos para humanos.

Tales han sido históricamente las líneas celulares utilizadas para obtener las vacunas contra la rubeola, el sarampión, la parotiditis, la varicela, la rabia, la hepatitis A, la poliomielitis e incluso la viruela pero actualmente se trabaja ya con muchas otras; como las denominadas WI-26, WI-44, IMR-90, IMR-91, R-17, HEK-293, Lambda hE.1, PER C6, WALVAX 2, etc. Siglas que como el lector habrá ya entendido parecen deberse a cuestiones técnicas muy complejas cuando en realidad no es así.

EL PELIGRO DEL ADN RESIDUAL

Y dicho esto añadamos algo más de forma muy clara: que un debate científico se oculte no quiere decir que no exista. Se sabe que durante la recombinación meiótica en el momento de la fecundación el material genético de los cromosomas del padre y la madre se «intercambian» para que la descendencia tenga material de ambos. Sabemos igualmente que nuestro organismo es capaz de reparar el ADN dañado de nuestras células y que así lo hace a diario. Y asimismo sabemos que es teóricamente posible insertar genes específicos en las células para intentar curar enfermedades de origen genético -la llamada Terapia Génica- pero también que si se producen inserciones no deseadas de material genético ajeno la persona puede enfermar o morir. Y eso es lo que ahora se afirma puede pasar tanto con las vacunas como con los medicamentos y cosméticos a los que actualmente se añade ADN fetal en su producción. Y tal es la razón de que numerosos genetistas, biólogos y médicos adviertan de su peligro -e intente silenciárseles dado el dinero que hay en juego- destacando en ello la Dra. Theresa Deisher que acaba de publicar una Carta Abierta a los legisladores sobre las vacunas que llevan ADN fetal humano.

Pues bien, como quiera que se trata de un texto que la doctora quiere difundir de la manera más amplia posible -puede leer la carta completa en www.soundchoice.org/open-letter-to-legislators– nos hacemos eco de los principales puntos de la misma que, a nuestro juicio, son éstos:

-Las vacunas producidas con líneas celulares fetales humanas contienen residuos celulares y ADN humano residual contaminante que no se puede eliminar completamente durante el proceso de purificación del virus.

-Quien diga que el ADN fetal que contamina nuestras vacunas es inofensivo o no sabe nada sobre inmunidad y sobre los receptores tipo Toll o no está diciendo la verdad.

-El mismo nivel de ADN fetal que desencadena el parto natural lo llevan las vacunas y éstas pueden provocar reacciones autoinmunes; de hecho su ADN fetal fragmentado es de tamaño similar: 215 pares de bases.

-El ADN fetal presente en las vacunas no lo está en una cantidad inocua: puede provocar reacciones inflamatorias intensas.

-Las vacunas con ADN fetal humano pueden provocar mutagénesis de inserción además de enfermedades autoinmunes.

-Los niños con trastorno autista tienen anticuerpos contra el ADN humano que los no autistas no tienen.

-Antes de 1980 el trastorno del espectro autista era una enfermedad muy rara, casi desconocida. Comenzó a aumentar en esa década que es cuando empezaron a utilizarse masivamente las vacunas.

-Existe una fuerte correlación entre el aumento de casos de autismo y el cambio en la fabricación de vacunas de líneas celulares animales a líneas celulares humanas procedentes de abortos.

-La Universidad de Duke ha demostrado en un estudio reciente que los niños autistas mejoran cuando son tratados con la sangre de su propio cordón umbilical almacenado y ello demuestra que la mayoría no nace con él como pasa con enfermedades genéticas como el síndrome de Down o la fibrosis muscular.

-La vacuna MMR contiene unos 175 nanogramos de ADN fetal humano, 10 veces superior a la máxima recomendada por la OMS.

-Solo las vacunas son aprobadas por la FDA sin realizar previamente un perfil completo de toxicidad. La industria farmacéutica nunca lo ha realizado de hecho en lo que respecta a la contaminación por ADN en la vacuna MMR.

-El retrovirus endógeno humano K (HERVK) presente en la triple vacuna sarampión/paperas/rubéola puede reactivarse en humanos ya que codifica una proteína -la integrasa- especializada en la integración del ADN en el genoma humano. Y son varias las enfermedades autoinmunes que se han asociado ya a la actividad del HERVK.

-El virus HERVK pertenece a la misma familia que el virus MMLV utilizado en un reciente ensayo de terapia génica dio lugar a mutaciones genéticas y cáncer en niños pequeños.

Terminamos indicando que la Dra. Theresa Deisher propone que, cuando menos, se vuelva a la utilización de líneas celulares animales en la fabricación de vacunas y que no se inoculen muchas a la vez. Por nuestra parte nos reiteramos una vez más: ninguna vacuna ha demostrado eficacia preventiva y todas pueden provocar graves efectos secundarios.

Elena Santos

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