Supera una fuerte depresión con tratamientos naturales

A Jesús Redondo Cascante le diagnosticaron a los 57 años un «trastorno depresivo mayor» por el que fue tratado con 25 sesiones de electrochoque y fármacos pero no solo no mejoró sino que ello le provocó ideas suicidas y a punto estuvo de intentarlo. Hasta que un día entendió que ese camino no le llevaba a ninguna parte y en un momento de lucidez decidió apostar por buscar alternativas a los inútiles e ineficaces tratamientos psiquiátricos recibidos durante ocho años; una decisión que no solo no recibió apoyo profesional y familiar sino presiones de todo tipo para que se lo replanteara. Se negó, mantuvo su decisión y en solo un par de años se recuperó por completo a nivel mental, emocional y energético aunque mantiene aún a nivel físico importantes problemas de dolor en el cuerpo. Hemos hablado con él de ello.

TRATAMIENTOS PSIQUIATRICOS

El titular del editorial del nº 128 de nuestra revista -correspondiente a junio de 2010- llevaba como encabezamiento la pregunta Psiquiatras: ¿médicos especializados o charlatanes? y en él nuestro director decía: «La pregunta que encabeza este editorial se le antojará a los psiquiatras sencillamente insultante pero para quien esto escribe en realidad es superflua e innecesaria porque la respuesta es obvia: son unos charlatanes. Es verdad que hay personas con problemas cuyo estado emocional y mental requiere ayuda especializada porque es difícil que salgan solos adelante pero para ello hay dos grupos de especialistas en el ámbito sanitario –además de los que tienen mucho que decir en el ámbito no sanitario- que están cualificados -en mayor o menor medida- para asumir esa función: los neurólogos y los psicólogos. Los primeros permiten detectar si las disfunciones en un cerebro se deben a causas orgánicas y entonces pueden actuar corrigiéndolas (desmielinización, hipoxia, déficit de aminoácidos o ácidos grasos esenciales, etc.) con dietas, ejercicio y productos naturales. Los segundos pueden detectar las razones psíquicas y emocionales que pueden haberles llevado a esa situación y ayudarles a afrontarlas y superarlas con las múltiples terapias y técnicas hoy existentes, unas más eficaces que otras pero todas útiles. Obviamente respetando siempre la dignidad de esas personas. ¿Y los psiquiatras? ¿Qué hacen los psiquiatras? Pues es sencillo: recurrir a camisas de fuerza, internamientos forzosos, cirugía invasiva, drogas tan inútiles como iatrogénicas y peligrosas o electroshocks. En suma, anulan a la persona para que no moleste. Atándola, anestesiándola, drogándola, electrocutándola o extirpándole parte del cerebro…»

Y añadiría: «La idea no es otra que dar la sensación de que el paciente mejora aunque en realidad lo único que se hace es atontarle, impedir que se manifieste, anularle como persona. Y claro, muchos terminan como si fueran vegetales. ¿Y cuál es la justificación de tal actitud que presume de ser “científica”? Ninguna. Basta conocer el origen de la Psiquiatría y de sus tratamientos para que un escalofrío de terror recorra las espaldas de cualquiera. Moléstese el lector escéptico que crea que exageramos en informarse y formarse visionando los videos -al menos once- que con el nombre genérico de Psiquiatría: industria de la muerte tiene a su alcance en Youtube. Se quedará atónito. La cruda verdad es que la Psiquiatría no es más que otro engranaje de la enorme máquina de hacer dinero que se sustenta en la falsa idea imperante de que todo se puede arreglar con fármacos cuando lo cierto es que ni las llamadas enfermedades psiquiátricas ni los tratamientos que se usan hoy con quienes tienen la desgracia de ser etiquetados con una de ellas están científicamente fundamentadas. Hoy gran parte de la sociedad –entre ellos millones de niños- está siendo medicada para tratarla de patologías mentales inexistentes. Es más, en las últimas décadas los psiquiatras y los laboratorios farmacéuticos se han dedicado a aumentar hasta la náusea el número de tales “enfermedades psiquiátricas” -hoy no existe comportamiento, actitud o emoción que no esté catalogada y contemplada como patología en el Manual Diagnóstico y Estadístico para Trastornos Mentales– y a asegurar que la solución está en tratarlas con fármacos sintéticos cuando ¡ni uno sólo ha demostrado su eficacia! Detrás de las inexistentes enfermedades psiquiátricas se esconde simplemente un negocio de miles de millones de euros».

Durísimas afirmaciones que justificaría la amplia información ya entonces publicada en Discovery DSALUD entre la que cabe destacar los reportajes que con los títulos Las multinacionales se inventan enfermedades para vender fármacos, ¿Son los antidepresivos causa de muchos actos de violencia?, Los antidepresivos: además de peligrosos, inútiles, Los psiquiatras declaran “enfermedad” ¡la rebeldía infantil!, ¡Funciona mejor y sin sus peligros un placebo que un antidepresivo! y ¿Es la Psiquiatría una disciplina científica o una estafa? aparecieron en los números 84, 88, 104, 118, 127 y 128 respectivamente.

Extensos textos a los que seguirían los titulados Javier Aizpiri: “Los trastornos neurodegenerativos pueden afrontarse sin fármacos», Profesionales sanitarios se plantan ante “la Biblia de los trastornos mentales», ¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas?, El Trastorno Límite de la Personalidad, otra enfermedad inexistente, Psiquiatras: policías del pensamiento, ¿Son los antidepresivos la causa de las matanzas en las escuelas estadounidenses?, ¿Fueron los fármacos la causa de la tragedia del vuelo de Germanwings?, Dr. Javier Álvarez: «Se están diagnosticando como trastornos mentales procesos que en realidad no son patológicos», La ELA y otras patologías neurológicas podrían estar causadas por hongos, El sinsentido de los diagnósticos psiquiátricos: el experimento Rosenhan, El poder regenerativo del cerebro adulto y El Ministerio de Sanidad se niega a dar información sobre la eficacia real de los fármacos publicados en los números 129, 140, 145, 146, 152, 159, 182,183, 184, 193, 201 y 211 respectivamente.

Reportajes a los que hay que añadir las numerosas noticias publicadas e incluso algunas cartas enviadas a nuestra redacción denunciando el trato recibido en instituciones concretas; de hecho en una de las últimas una madre explicaba: “A los quince días, cuando la dieron el segundo inyectable, intentó estrangularse con el sujetador y la ataron a la cama esperando se le pasara ‘por su propio bien’”.

Evidentemente cada caso es diferente y es cierto que no existen soluciones milagrosas ni únicas pero si algo caracteriza a quienes son tratados por los psiquiatras es el dolor y sufrimiento que deben soportar dando lugar a menudo a auténticas tragedias familiares. Por eso resulta especialmente satisfactorio contar la historia con final feliz del donostiarra Jesús Redondo Cascante quien acudió por primera vez al psiquiatra en agosto de 2009. Hablamos de alguien que tras trabajar muchos años en Telefónica decidió acogerse a los 57 años a un expediente de prejubilación sin ser consciente de lo que iba a suponerle pasar de una vida muy activa a una «plácida» jubilación. Y es que un día a la falta de objetivos y proyectos se uniría una obsesión: la de si estando jubilado podría mantener de la misma forma a la familia. Lo refleja el propio informe que da cuenta de su estado cuando acudió por primera vez al psiquiatra: “Cuadro depresivo de características melancólicas con síntomas delirantes de ruina por los que cree que la familia evoluciona hacia la catástrofe económica por un error suyo al pactar la prejubilación”. En la práctica fue una obsesión nada objetiva.

¿El tratamiento? Se le pautaría Olanzapina -fármaco básicamente indicado para la esquizofrenia, el episodio maníaco de moderado a grave y el trastorno bipolar que puede causar discinesia, síndrome neuroléptico maligno, acatisia, ambliopía, mareos, sedación, insomnio, hipotensión ortostática, ganancia de peso, disfunción eréctil y reacciones alérgicas que cursan con hinchazón de boca y garganta, picor y exantema- así como Citalopram -antidepresivo derivado de la fenilbutilamina que inhibe selectivamente la recaptación de serotonina por la membrana presináptica neuronal potenciando la transmisión serotonérgica en el sistema nervioso central y puede provocar náuseas, vómitos, diarreas, estreñimiento, sequedad bucal, nerviosismo, somnolencia, fatiga, temblor en las manos, astenia, cefaleas, vértigos, trastornos del sueño, pérdidas de memoria, aumento de las enzimas hepáticas, exantema, prurito, trastornos visuales, pérdida o aumento de peso, taquicardia, hipotensión ortostática, bradicardia, disminución de la libido y la micción, diaforesis y manías en cuyo prospecto hay además una advertencia especial: «Deberá realizarse un especial control clínico en pacientes con tendencias suicidas, especialmente al principio del tratamiento». Pues bien, como quiera que el psiquiatra consideró la existencia de pensamientos suicidas tras la medicación decidió su ingreso hospitalario para que se le aplicara una terapia electroconvulsiva recibiendo 25 sesiones.

Cinco años después Jesús Redondo seguía sin embargo siendo medicado y vivía inmerso en su propio mundo interior; afortunadamente según el último informe psiquiátrico -de agosto del 2016- se le había disminuido paulatinamente la medicación en los meses anteriores y en él puede leerse: “Parece confirmarse la persistencia de síntomas hipomaníacos. El paciente se encuentra en un estado de ánimo elevado, con aumento de la sociabilidad, aceleración del pensamiento, hiperactividad, presión del habla e irritabilidad”. No obstante el psiquiatra proponía que siguiera acudiendo a su consulta y tomara Quetiapina -neuroléptico utilizado en el tratamiento de la esquizofrenia y de los episodios maníacos y depresivos severos del trastorno bipolar que puede causar disminución de la hemoglobina y del recuento de neutrófilos, leucopenia, aumento de eosinófilos, disminución de los niveles de la T4 total y libre, disminución de la T3 total, aumento de la TSH, elevación de las transaminasas séricas, elevación de los niveles de gamma GT, elevación en sangre de triglicéridos y colesterol total con disminución del HDL, hiperprolactinemia, aumento de peso, aumento de glucosa en sangre, sueños anormales y pesadillas, somnolencia, mareos, cefaleas, síncopes, disartria, taquicardia, palpitaciones, visión borrosa, hipotensión ortostática, rinitis, disnea, estreñimiento, dispepsia, vómitos, astenia leve, edema periférico, irritabilidad, pirexia, erupción con eosinofilia, síntomas sistémicos (DRESS) y, por si tal catálogo de horrores no fuera suficiente, ideas y comportamientos suicidas.

Sería entonces cuando Redondo, en un momento de lucidez, se planteó la ineficacia de los tratamientos psiquiátricos recibidos, decisión que inmediatamente cuestionaron en su propio entorno donde aún se confiaba -a pesar de las evidencias- en los tratamientos farmacológicos psiquiátricos. ¿El resultado? En la actualidad afirma encontrarse perfectamente a nivel mental, emocional y energético aunque en lo físico aún se encuentre mal pero mejorando. De hecho fue él mismo quien se pondría en contacto con nosotros para contarnos cómo logró recuperarse y, en un giro inesperado de la vida, terminó formándose en Reiki y otras especialidades de la salud natural trabajando en estos momentos como terapeuta a nivel personal y familiar en entornos cerrados. 

PSIQUIATRÍA, MEDICACIÓN Y ELECTROCHOQUES 

-¿Qué sentía tan intensamente tras jubilarse como para decidir acudir a un psiquiatra?

-A los ocho años de prejubilarme en Telefónica -en marzo de 2009- comencé a sentir molestias y dolores por todo el cuerpo y acudí a médicos de distintas especialidades sin que ninguno encontrara causa física alguna. Y luego, hacia mayo o junio, comencé a obsesionarme con la situación económica familiar, a pensar que con mi decisión había llevado a mi familia a la ruina. Y esa idea se convirtió en una obsesión. De hecho en junio mi médica de cabecera de la Seguridad Social le diría a mi familia que estaba entrando en depresión y acudimos a un psiquiatra aprovechando el seguro particular.

-¿Recuerda cómo era en aquel momento su estado físico, emocional y mental?

-Mi estado físico era aparentemente bueno pero yo estaba apático; mental y emocionalmente inactivo. El psiquiatra decidió entonces medicarme y en septiembre empeoré así que me ingresaron en un hospital durante 39 días. Al principio las 24 horas del día y después permitiéndome salir a diario tres o cuatro horas acompañado bien de mi esposa, bien de mis hijas y mi nieto. El problema es que compartí el mismo espacio que enfermos mentales de muy distintos niveles lo que me resultó muy duro. En los primeros días de internamiento se pasaba a diario un psiquiatra con el que hablaba un rato -muy poco- y se iba. Era deprimente y lo cierto es que cuando salía esas 3 o 4 horas con mi familia mi estado emocional y mental mejoraba muchísimo; de hecho volver me resultaba brutal. Sin la medicación no lo hubiera soportado. Fue entonces cuando el psiquiatra responsable de mi caso -el de la Seguridad Social- añadió el calificativo de “biológica” al diagnóstico de depresión aunque no lo hizo por escrito. Y eso hizo pensar a los míos si no se trataría de un problema genético, hereditario, lo que les provocó una profunda angustia. Además a pesar de pedirlo en ningún momento les dieron explicaciones científicas convincentes sobre ello. Indagaron hasta dónde pudieron pero se quedaron con la incertidumbre de saber qué es una “depresión biológica”.

-¿Y a usted?

-De todo aquello yo no fui muy consciente; estaba ausente, en mi “mundo”.

-Bueno, si estaba usted medicado y se tienen en cuenta los efectos secundarios de los fármacos que le daban lo raro hubiera sido lo contrario. Tenemos entendido además que fue usted sometido a la llamada Técnica Electro Convulsiva (TEC). ¿Cuántos electrochoques recibió?

-Mientras estuve internado 15 sesiones. Y luego, una vez salí, otras diez en visitas de corto ingreso; fue una experiencia brutal aunque amainada porque me sedaban.

-¿Le explicaron por qué le aplicaban electrochoques?

-Decían que para mejorar mi estado. Hoy, tras estudiar mucho este tema, he leído que lo que se persigue es estimular la producción de oxitocina a fin de activar receptores de la serotonina pero me parece un tratamiento que se fundamenta en una teoría inconsistente que en unas personas puede que funcione y en otras no. Cuestión de estadística. De hecho sigo sin saber ni para qué sirven los electrochoques ni por qué me los aplicaron. Lo que sí sé es que me hicieron perder la concentración y los recuerdos de gran parte de mi vida. Afortunadamente cuando mi mente empezó a recuperarse -a partir de 2016/2017- fueron volviendo parte de los recuerdos. Hoy estoy convencido de que los electrochoques me convirtieron en hipersensible al telurismo y me causaron graves problemas físicos hasta que fui consciente de ello con ayuda de un geobiólogo gracias a lo cual he ido encontrando formas de aliviarlos. Si tuviera que pronunciarme -y sabiendo que no hay verdad absoluta- no creo que me ayudaran en nada

-¿Antes de acudir al psiquiatra tenía usted comportamientos agresivos hacia los demás o hacia usted mismo?

-Nunca. Obviamente cuando me dijeron que iban a ingresarme me resistí a ello; era y soy fuerte y me pareció un sinsentido. Sin embargo mi familia se dejó el alma, el corazón y la paciencia en convencerme de que era necesario y lo mejor para mí.

-¿Qué trato recibió durante todo el proceso?

-Fueron ocho años así que hubo de todo. Durante los tres últimos meses de 2009 y primeros de 2010 los psiquiatras, a nivel de atención e información, se mantuvieron muy cercanos a mi familia pero la terminaron desorientando al definir mi situación como “depresión biológica”. A partir de ese momento y hasta noviembre de 2015 -durante cinco años pues- podemos decir que el trato humano fue correcto pero su aportación terapéutica nula. Simplemente me acostumbraron a vivir dependiendo de la familia y los amigos. La verdad es que si fuera por los psiquiatras hoy estaría aún sentado en un sillón tomando medicamentos y viviendo en otro mundo.

En fin, el caso es que a partir de noviembre de 2015 mi familia y unos amigos me forzaron afortunadamente a levantarme y salir a la calle y pude acudir a charlas y reuniones aunque al principio no me enteraba de nada. También reanudé el contacto con la naturaleza lo que hizo que empezara de nuevo a sentir y mi mente se reactivara. De hecho comencé a tomar decisiones y a sentirme vivo. El mayor problema comenzó a principios de 2016 cuando comprobé que mi mente funcionaba y comencé a desarrollar mis capacidades y ganas de vivir para recuperar lo perdido. Al punto de que intenté que el psiquiatra entendiera mi nuevo estado mental y emocional pero su respuesta fue presionarme a mí y a mi familia para que me controlaran aún más cuestionando mi capacidad y mis decisiones. El desencuentro continuó hasta que en septiembre de 2016 dejé de acudir a su consulta pero la presión que ejerció el psiquiatra sobre mi familia terminó provocando enfrentamientos muy fuertes. De hecho la situación me llevó a plantearme romper con mi familia y a suicidarme. Me parecía indignante su incapacidad para escucharme.

-Dijo usted antes que llegó a pensar seriamente en suicidarse…

-Sí; en junio de 2016. Me acerqué al balcón para tirarme pero de repente me dije: “¿Dónde vas? Tus padres trabajaron sin descanso para ponerte en este lugar y ahora vas a dejar que un psiquiatra pueda contigo? Luego dirán que la mente es difícil de entender y que habías sido buena persona”. Luego me vino a la mente la imagen de mis nietos y me di la vuelta.

-¿En algún momento temió que sugirieran su internamiento forzoso?

-En junio de 2016 cuando dos de mis familiares más queridos se enfrentaron a mí de manera muy directa y me plantearon veladamente la posibilidad de volver a internarme. Escribía mucho, me levantaba prontísimo y era muy sociable pero al final acababa chocando con ellos que no entendían mi proceso. Se enfadaron cuando les dije que las pastillas no servían para nada y el psiquiatra era un … Afortunadamente mi esposa Maite negó que estuviera para ser internado. Luego llamé a una amiga psicóloga y le dije que o me ayudaba con eso o me suicidaba de verdad. Hubo entonces una reunión familiar a la que acudieron también dos amigos y la cosa se paró aunque la lucha continuó.

-¿El diagnóstico que recibió se apoyaba en algún tipo de prueba médica?

-No me consta. De hecho el informe correspondiente a los más de siete años de tratamiento no contiene más que unos pocos párrafos con generalidades. En él se habla de persistencia de síntomas hipomaníacos, irritabilidad y tendencia bipolar pero no hay un solo dato objetivo que justifique tales apreciaciones; son completamente subjetivas. Y aun así en el último informe se me recomienda que tome Quetiapina.

-¿Cómo recuerda hoy la experiencia vivida?

-Siendo «suave» la calificaré de inhumana. Cuando a finales de 2015 -después de siete años medicado sin mejorar- traté de explicar a los míos que mis emociones se habían despertado y armonizado con mi mente y estaba sano la respuesta fue año y medio de incomprensión y asedio, algo de lo que exculpo totalmente a mi familia porque los responsables de tal barbaridad fueron los psiquiatras. Tienen un poder total y mi familia temía perderme así que hicieron lo que les pidieron a rajatabla. De hecho a pesar de mis numerosos escritos, correos y grabaciones protestando por el trato que se me estaba dando siguieron ignorándome. Una actitud prepotente y soberbia que me llevó a situaciones límites.

He vivido algo médicamente injustificable y estando hoy recuperado con mi familia y amigos totalmente armonizados y haber adquirido nuevos conocimientos entiendo que es hora de denunciarlo. No puedo obviar una experiencia tan larga y dura sin contarla porque estoy seguro de que muchas otras personas están viviendo situaciones similares o parecidas, razón por la que trato que las próximas familias que se enfrenten a una situación similar conozcan mi experiencia y aprendan de ella. 

MEDICACIÓN INÚTIL 

-¿Entiende usted entonces que la medicación que le fue prescrita no le ayudó?

-Dudo mucho que los electrochoques que recibí en la primera fase sirvieran para algo. Es más, estoy seguro de que ni los psiquiatras que me atendieron ni el presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría se someterían jamás a ellos ni se los aplicarían a sus allegados. En cuanto a los fármacos no hay más que leerse los prospectos; cuando le dije al psiquiatra por ejemplo que la Olanzapina iba a cargarse mi sistema linfático no me hizo caso pero se constató que era así al dejar de tomarlo y hacérseme un drenaje. Hoy día padezco muchos problemas físicos que atribuyo a los electrochoques, a la medicación y a la tensión nerviosa del año y medio que viví en pelea continua con mi familia y mi psiquiatra.

-¿En algún momento alguien llegó a plantearle que los electrochoques y la medicación podían ser más un problema añadido que una solución? ¿Le propusieron los psiquiatras alternativas al tratamiento inicial propuesto como exigen las leyes?

-Nunca. Es más, ya le digo que al despedirme seguía insistiendo en que me medicara con Quetiapina, fármaco muy cuestionado en Estados Unidos y otros países. Estoy persuadido de que si me he recuperado es porque desde el verano de 2016 no he vuelto a tomar la medicación y he vivido al margen de la Psiquiatría.

-¿Cuándo empezó a cuestionársela?

-A partir de 2015. El problema es que me enfrentaba a un sistema que quería seguir dándome fármacos para convertirme en lo que los psiquiatras entienden que es «una persona normal”. No acaban de entender que hay muchísimas personas que nos movemos mentalmente fuera de sus parámetros pero respetando las normas establecidas. El caso es que cuando a un psiquiatra no le gusta la forma de ser de alguien lo clasifica de persona «no normal»    o patológica y resulta que la sociedad le ha dado poder para tratarle alegando simplemente que hay que hacerlo «por su bien». Y es obvio que no les gustan las personas con personalidades fuertes.

-Algún psiquiatra puede aún sugerir que no está usted «curado»… dando por supuesto que estaba realmente enfermo cuando le internaron a la fuerza.

-Una cosa es saber que uno está bien y otra que así lo acepten los psiquiatras y la sociedad pero es que en mi caso se hablaba de «depresión biológica». Y biológicamente yo estoy sano aunque desde que sufrí tan lamentable tratamiento sufro fuertes dolores en varias zonas del cuerpo pero sé que terminaré consiguiendo minimizarlos o que desaparezcan. Tengo muy claro que lo más importante de mi recuperación fue el apoyo de los míos que estuvieron físicamente junto a mi incluso en los momentos más oscuros. Y después mi decisión de encontrar una solución por mi cuenta planteándome al principio objetivos sencillos que me ayudaron a avanzar. Especialmente cuando a partir de finales de 2015 empecé a aprovechar todas las posibilidades tecnológicas que ofrece el mundo digital de las que era totalmente ajeno tras siete años de poca práctica y olvido. Fue vital mi actividad con el ordenador así como leer y escribir mucho. De hecho tengo claro que si en noviembre de 2015 me hubieran creído y ayudado a modular y entender muchas cosas que habían cambiado en la sociedad la mejora hubiera sido un «paseo». Sin embargo se cuestionó todo lo que hacía.

De hecho entre mediados de enero y septiembre de 2016 mi psiquiatra reconoce en el informe final que tenía el ánimo elevado, había aumentado mi sociabilidad, pensaba más rápidamente y estaba hiperactivo e irritable; solo que para él todo eso era ¡nocivo para mí! Le dije que dejaría de estar irascible en cuanto se me respetara y aceptara mi personalidad pero hizo oídos sordos. Una vez me marché fui recuperándome poco a poco, a lo largo de 2016 y hasta mayo de 2017. Hoy me gusta decir que tengo tres años de edad y 67 de experiencia. Y estoy emocional, mental y físicamente recuperado aunque aún tenga dolores físicos intermitentes muy fuertes en dos zonas de mi cuerpo que espero y confío desaparezcan. Me he propuesto continuar con la actividad mental y física y he solicitado que se me conceda crear una asociación sin ánimo de lucro de Reiki en Guipúzcoa.

CUANDO EL CARIÑO ES UN PROBLEMA 

-¿Cómo lleva hoy que su familia apoyara durante tanto tiempo a los psiquiatras?

-Tengo claro que mi familia actuó así por amor. Creyeron a los psiquiatras y pensaron que el tratamiento al que me sometieron era lo mejor para mí. Alguna vez les comenté que hay «amores que matan» pero ni mi esposa entendió lo que intentaba explicarles con ello. Por eso llegué a hablar con ella varias veces de separación, temporal o definitiva con el único fin de no hacernos daño. Sin embargo el gran amor y comprensión que nos tenemos desde que nos vimos por primera vez en Tolosa hace 47 años hizo que finalmente no fuera así. Eso y aprender Reiki, terapia que hoy practico para intentar ayudar a otros y me ha hecho comprender la importancia del perdón.

-¿Intentó usted convencer en algún momento a su psiquiatra de que suprimiera el tratamiento farmacológico?

-Un día le pedí por favor, llorando, que no me diera tantas pastillas pero, impertérrito, me respondió: “Es lo que necesitas desde mi punto de vista”. Y es que los títulos y cargos no dan el conocimiento…

-Pero se les ha dado «autoridad» y muchos abusan de ella; por eso los familiares de los enfermos de psiquiatría se doblegan normalmente a las decisiones de los psiquiatras aunque las mismas sean más que cuestionables. Cuentan a menudo hasta con el apoyo de los jueces.

-Yo quise llevar mi caso al juzgado pero tras cuatro horas de hablar con una abogada y un intercambio de más de 40 correos con los psiquiatras el asunto no llegó finalmente a los tribunales. Desde luego yo no aconsejaría a nadie que acudiera voluntariamente a la consulta de un psiquiatra.

-¿Por qué decidió aprender Reiki?

-Del Reiki me habló mi hija mayor en febrero de 2017; había estado en una presentación y le pareció interesante para mí. Como es bien sabido se trata de una terapia que hace fluir la energía bloqueada para equilibrarse física, emocional y mentalmente. Yo asistí a un curso de iniciación de Jikiden Reiki o Reiki Tradicional que es el que conserva los métodos originales del maestro japonés Mikao Usui pero el nivel 1 no terminó de satisfacerme así que unos meses después realicé el nivel 2 comenzando luego a practicarlo en mi mismo y en mi familia con excelentes resultados; y a continuación superé el nivel 3. Convencido ya de su utilidad y eficacia realicé en la Federación Española de Reiki (FER) el curso de Terapeuta de Reiki obteniendo finalmente el nivel de Maestro de manos del maestro John Curtin y su equipo; enseñanza que completaría con la titulación de Maestro de Reiki Egipcio y Kundalini. Luego acudí a la escuela Europea de Coaching donde me hice coach para la salud y, finalmente, estudié otras disciplinas complementarias. Y ya sé que en España se consideran pseudoterapias carentes de base científica pero yo insto a los críticos a que pregunten honestamente a las personas que son tratadas con ellas si han mejorado o no. No hay mejor prueba de que algo funciona que las evidencias.

-Algo de lo que desde luego no pueden presumir los psiquiatras. ¿Y a usted cómo le ha ido con el Reiki? Porque nos ha dicho que sigue con dolores físicos…

-En marzo de 2016 tenía dolores fortísimos en cuello, hombros, espalda, piernas, rodillas, tobillos y pies que gracias al Reiki han menguado un 70%; lo que además soporto mejor gracias a practicar también meditación y control mental. Ahora bien, aunque ha disminuido la intensidad cuando aparecen siguen siendo dolores muy fuertes. La mayor mejoría ha sido la emocional; de hecho hoy no siento ira o rabia ni cuando pienso en los psiquiatras y el sistema. Lo que no implica que olvide ni que no vaya por ello a denunciarlo.

Antonio F. Muro

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