Dieta y estilo de vida equivocados como causa de la miopía

Que el alto consumo de carbohidratos refinados y azúcares, omnipresentes hoy en bebidas y alimentos preparados, es causa de la acidificación del organismo y por ende de todo tipo de patologías metabólicas ha sido explicado y denunciado ya en nuestra revista muchas veces. Pues bien, empieza a haber pruebas de que es asimismo causa de la extraordinaria pandemia de miopía que afecta al mundo desde hace unas décadas. En España afecta ya a la mitad de la población pero es que en algunos países la sufre ¡el 90%! de sus habitantes. Los estudios indican asimismo que el problema lo agrava especialmente el déficit de vitamina D que provoca el tipo de vida moderno debido al hecho de que la mayor parte de nuestras vidas la pasamos en lugares carentes de luz solar. Lo explicamos detalladamente.

Dieta y estilo de vida equivocados como causa de la miopía

En marzo de 2015 se publicó un sorprendente artículo en el blog de divulgación de la revista Nature que resume la escandalosa situación de la salud visual en el mundo. Y es que si las estadísticas son inquietantes hay casos, como el de China, que son ya espeluznantes: hace apenas medio siglo en ese país solo el 15% de los niños y jóvenes eran miopes cuando hoy lo son el 90%. Y no es un caso aislado pues en Seúl -la capital de Corea- necesita gafas correctoras el 96% de los jóvenes; y situaciones parecidas se dan en Singapur, Hong-Kong y demás grandes ciudades orientales no siendo menos preocupante la situación del resto del mundo. De hecho se calcula que a finales de 2020 la tercera parte de la población mundial será miope; es decir, unos 2.500 millones de personas. Una auténtica epidemia.

Un equipo de investigación coordinado por el doctor B. A. Holden –el trabajo se ha publicado en 2016 en Ophthalmology- ha constatado que en Europa occidental se ha pasado de un 22% de miopes en 2000 a un 33% en 2015; y aseveran que de mantenerse la tendencia el porcentaje de miopes en 2050 será del 50%.

Es más, según el trabajo de un equipo de especialistas de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia (España) coordinado por el doctor Francisco Bosch-Morell no se trata de un problema limitado a la miopía y las incapacidades que genera sino al hecho demostrado de que muy frecuentemente predispone a los miopes a sufrir patologías oculares más graves como el glaucoma, las cataratas y la degeneración macular. Postulando en su artículo -publicado en 2015 en Oxidative Medicine & Celular Longevity- que el principal factor en el desarrollo de la miopía es el estrés oxidativo y, en especial, la producción de radicales superóxido o peroxinitritos en el interior del globo ocular.

¿Y qué solución propone la moderna Medicina? Pues en esencia la misma que hace 500 años: lentes correctoras, Eso sí, con cristales menos gruesos que los que usaban nuestros abuelos o con las invisibles y cómodas lentillas. La alternativa es recurrir a una operación quirúrgica pero ésta siempre tiene riesgo por bajo que sea el porcentaje de complicaciones.

En fin, que solo tenemos a nuestro alcance métodos ortopédicos porque aunque el progreso tecnológico nos ha permitido explorar el espacio, pisar la Luna e intercambiar información instantáneamente entre los puntos más distantes del planeta mediante sencillos artilugios que hasta los niños saben manejar todavía no sabemos cuál es la causa de la miopía. Ni de la hipermetropía. Ni del astigmatismo. Ni de la presbicia. Ni del glaucoma. Ni de las cataratas. De hecho los oftalmólogos siguen acudiendo al socorrido argumento de que los ojos se degeneran «por la edad”. La otra excusa es apelar a la genética ya que resulta cómodo y fácil argumentar que si los hijos de los miopes son miopes la causa está en un ADN heredado defectuoso. Argumento que pierde fuelle cuando resulta que el hijo miope no tiene ningún padre miope o desciende de padres y abuelos de perfecta visión. En fin, la excusa de la genética se ha estrellado con la aplastante realidad que hemos expuesto: poblaciones enteras que hace unos lustros tenían un porcentaje de miopes del 15%-20% hoy alcanza el 90%… y eso ha ocurrido en poco más de una generación.

LA MIOPÍA ENTRE LAS CULTURAS MÁS PRIMITIVAS

 Ya en 1999 los doctores de la Ohio State University (EEUU) D. O. Mutti y M. A. Bullimore publicaron en Optometry and Vision Science un trabajo con dos datos muy interesantes: la miopía es una afección básicamente humana -con la única excepción de los perros- y muy rara en las sociedades pre-agrícolas. El doctor S. Holm, pionero en la observación de la salud visual de las sociedades más primitivas que en su época vivían aún bajo el régimen dietético de los cazadores-recolectores, contó en 1937 en Acta Ophthalmologica que solo había encontrado en Gabón -país del África ecuatorial- un 0,4% de miopes entre las 2.364 personas estudiadas. En 1954 el doctor E. Skeller contaría en Meddelelser om Gronland que tras analizar en Groenlandia la vista de 775 esquimales inuit solo encontró un 1,2% de miopes. Los doctores R. W. Morgan y M. Munro estudiaron por su parte a los esquimales del Yukón -su trabajo se publicó en 1973 en Canadian Journal of Ophthalmology– y vieron que los casos de miopía entre los mayores de 31 años había pasado en 30 años del 4% al 30%. Y en 1969 el doctor F. A. Young publicaría en American Journal of Optometry un trabajo según el cual entre los 508 inuit aculturados -que siguen pautas dietéticas occidentales- que analizó encontró un 1,6% de casos de miopía entre los mayores de 41 años ¡y un 51% entre los menores de 40! Y es evidente que la Genética no puede explicar esto sugiriendo los datos que la causa tiene que haber sido la “occidentalización” de la dieta iniciada un cuarto de siglo antes.

Ya en 1999 un grupo de oftalmólogos del L. V. Prasad Eye Institute de la India encabezado por el doctor R. Dandona publicaría en Investigative Ophthalmology un trabajo explicando que tras someter a examen ocular en el sur de la India a 2.321 personas observaron que mientras entre los menores de 15 años solo un 4,4% era miope entre los de más edad el porcentaje llegaba al 19,4%.

Añadiremos que en 2005 un equipo del New England College of Optometry coordinado por F. Thorn comparó la miopía de los indígenas que vivían en Rio Negro -afluente del Amazonas- y se alimentaban de forma tradicional encontrando entre ellos solo un 2,7% de miopes cuando entre los indígenas del mismo grupo que habían asumido hábitos alimentarios occidentales el porcentaje era ya del 9,7%. Lo contaron en Optometry & Vision Science.

EL ARGUMENTO DEL ESTRÉS VISUAL

 ¿Por qué? Los oftalmólogos se limitan a alegar que por pérdida de la capacidad de acomodación del cristalino y a veces por deformación del globo ocular que al volverse más elipsoidal no permite la convergencia del foco sobre la retina y eso hace que la señal óptica enviada al cerebro sea borrosa. ¿Pero a causa de qué? Pues según dicen por el excesivo esfuerzo al que se ven sometidos hoy los ojos. A fin de cuentas en el mundo moderno están sometidos permanentemente a todo tipo de iluminación artificial y a la recepción de las radiaciones electromagnéticas que emiten toda clase de dispositivos: móviles, tabletas, televisores, ordenadores, etc. Sin olvidar que durante 16 horas diarias los ojos enfocan en nuestra sociedad objetos situados a una distancia de entre medio metro y dos metros.

Ahora bien, ¿es esa la causa real y única de los problemas visuales que empieza a sufrir casi toda la humanidad? Pues no ha sido demostrado fisiológicamente; ni en animales ni de forma clínica. Así que más que por el desgaste en sí de la obligada acomodación a objetos cercanos podría deberse a la radiación que emiten esos dispositivos, especialmente los que usan LED. De hecho en el trabajo antes citado de los doctores Morgan y Munro se explica que los esquimales pasaban largas horas cosiendo cueros y labrando utensilios de hueso durante la mayor parte de la larga noche boreal haciéndolo bajo tenues condiciones lumínicas y a pesar de ello solo encontraron un 4% de miopes. Y un equipo de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) coordinado por L. F. Garner presentó en 2004 en Optometry & Vision Science un estudio hecho en Nepal con dos grupos de niños de zonas rurales escolarizados con medios rudimentarios que pasaban muchas horas estudiando y entre ellos había un 2,9% de miopes cuando entre los residentes de la ciudad de Katmandú había un 21,7%. Un resultado similar al que habían obtenido ya antes estudiando a dos grupos de niños escolarizados de la isla de Vanuatu, en el Pacífico. Según explican en un artículo publicado en 1985 en Acta Ophthalmologica solo encontraron un 1,3% de miopes entre los 977 escolares de 6 a 17 años de edad analizados a pesar de sus ocho horas diarias de colegio.

Años después -en 1995- un equipo de la International Eye Foundation coordinado por el doctor S. Lewallen publicó en Ophthalmic Epidemiology los resultados de un estudio con 352 niños escolarizados de una zona rural de Malawi entre los que solo había un 4% de miopes.

El exceso de lectura puede ser pues un factor de riesgo adicional de miopía pero indudablemente menor; así se reconoce ya en las conclusiones del trabajo Incresing Prevalence of myopia in Europe and the impact of education (Aumento de los casos de miopía en Europa y el factor de la educación) presentado por el European Eye Epidemiology Consortium que coordinó la doctora Katie M. Williams y se publicó en 2015 en Ophthalmology.

¿ES LA DIETA MODERNA LA CULPABLE DE LA PANDEMIA DE MIOPÍA?

 Resumiendo: en las zonas rurales así como entre los esquimales hay menos casos de problemas visuales que en las zonas urbanas más desarrolladas. Y hay dos cosas que diferencian claramente ambos mundos: en el mundo rural y en el ártico apenas hay dispositivos electrónicos e iluminación artificial -a menudo no hay ni electricidad- y sus habitantes se alimentan de forma tradicional -con comida natural orgánica- y no industrial. Es decir, no ingieren la enorme cantidad de aditivos sintéticos, azúcares y grasas refinadas de los urbanitas.

Pues bien, del abuso y peligro de las radiaciones electromagnéticas que emiten todos esos dispositivos electrónicos se ha hablado profusamente en la revista y no es necesario que lo reiteremos. Sí vamos a hablar sin embargo de la incidencia de la alimentación industrial moderna en los problemas visuales ya que aunque apenas se menciona hay trabajos que lo demuestran. Y como son muchos vamos a limitarnos a citar unos cuantos:

 El factor insulínico IGF-1 y el exceso de carbohidratos de origen industrial.

En 2002 un equipo de la Colorado State University coordinado por el doctor L. Cordain publicó en Acta Ophthalmologica Scandinavica un paradigmático artículo titulado An evolutionary analysis of the aetiology and pathogenesis of juvenil-onset myopia (Etiología y patogénesis de la miopía juvenil desde el punto de vista de la evolución) en el que se afirma que las dietas ricas en carbohidratos de alta carga glucémica no solo estimulan la producción de insulina y dan lugar a picos de insulemia sino que además promueven la síntesis hepática de la hormona IGF-1 (hormona del crecimiento insulínico tipo 1) cuyo exceso puede producir un desarrollo anormal del ojo -especialmente en la infancia- que suele traducirse en un alargamiento del eje axial del globo ocular impidiendo o adelantando la proyección de la imagen sobre la retina.

Varios trabajos posteriores de distintos equipos refrendarían la tesis; como el coordinado en la Universidad de Ohio (EEUU) por el doctor E. R. Ritchey -se publicó en 2012 en Experimental Eye Research– tras experimentar con ojos de pollos. Los investigadores llegaron a la conclusión de que tanto el IGF-1 como el factor de crecimiento fibroblástico (FGF-2) provocan el alargamiento del eje ocular y la deformación de la lente vítrea. Y en 2008 un equipo del National Eye Clinic de Dinamarca dirigido por la Dra. Nina Jacobsen publicó en Acta Ophthalmologica un trabajo en el que se siguió durante 7 años a 252 personas de entre 16 y 26 años con diabetes 1 constatando que entre los diabéticos el riesgo de miopía es significativamente mayor. Incremento de riesgo que relacionaron con la frecuencia de los intervalos de hiperglicemia en los más insulino-dependientes y un notable aumento de casos de miopía con la edad (del 55% al 65%). La diabetes entre los estudiados se manifestó de media a los 12 años y todos recibían insulina sintética.

 El déficit de vitamina D.

Un equipo del Erasmus Medical Center de Rotterdam (Holanda) coordinado por el doctor J. Willem publicó en 2016 en European Journal of Epidemiology un revelador artículo cuyo título resume la conclusión de un amplio estudio clínico: Low serum vitamin D is associated with axial lenght and risk of myopia in young children (El alargamiento del eje axial ocular y el riesgo de miopía en niños se asocia con bajos niveles de vitamina D en sangre). Algo que comprobaron midiendo el eje axial del glóbulo ocular de 2.666 niños de 6 años además de determinar sus niveles séricos de vitamina D.

Pues bien, el antes citado L. Cordain publicó en 1999 un libro titulado Evolutionary Aspects of Nutrition and Health (Aspectos evolutivos de Nutrición y Salud) en el que asegura que la ingesta excesiva de cereales altera el metabolismo de la vitamina D induciendo su déficit; se constató en varias clases de animales, incluidos primates. Y antes, en 1984, un equipo del Calcified Tissue International coordinado por el doctor M. R. Sly observó en monos babuinos que una dieta muy rica en maíz provoca reblandecimiento de los huesos (osteomalacia).

Hay además estudios epidemiológicos que indican similares efectos en los humanos. Es el caso del realizado por un grupo dirigido por el doctor R. S. Gibson entre las poblaciones de emigrantes del Punjab (India) residentes en Canadá constatando que ingerir pan sin levadura provoca déficit de vitamina D en sangre. Lo dieron a conocer en 1987 en British Journal of Nutrition.

En 2012 un equipo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) dirigido por el doctor J. C. Sherwin publicó por su parte en Ophthalmology los resultados de un metaanálisis basado en 24 estudios publicados y realizados con niños y adolescentes de hasta 20 años concluyendo que hay una clara relación entre el desarrollo de la miopía y la falta de actividad bajo luz solar, algo que obviamente se vincula con una baja exposición a los rayos ultravioleta y, consecuentemente, a un déficit de vitamina D.

Y en 2014 un equipo de la University of Western Australia coordinado por el doctor S. Yazar efectuó un estudio de cohorte con 946 personas a las que se siguió durante 20 años comprobándose que los miopes -el 23%-  tenían menos vitamina D en sangre, característica que persistió a lo largo del tiempo. Asociarían así la miopía a bajos niveles de vitamina D coligiendo que puede considerarse ésta como factor protector. El trabajo se publicó en 2014 en  Investigative Ophthalmology & Visual Science.

Curiosamente, en enero de ese mismo año apareció un artículo muy similar en la misma revista pero esa vez presentada por un grupo de oftalmólogos del St. Vincent Hospital de Suwon (Corea) encabezado por el doctor J. A. Choi en el que no solo se asoció el déficit de vitamina D a la miopía en jóvenes coreanos sino que ésta es mayor cuanto más bajo es su nivel en sangre.

 Conexión entre la insulina y la vitamina D.

Debemos destacar asimismo que la vitamina D juega un papel fundamental en la regulación de la insulina. Lo corroboró recientemente –en 2013- un equipo del Clalit Health Services de Jerusalén (Israel) coordinado por el doctor A. Tsur con un trabajo que se publicó en Diabetes Care. Hablamos de un estudio de cohorte de dos años de duración con 117.960 adultos de los que 34.434 mostraban en sangre glucosa alterada en ayunas, anomalía considerada pre-diabética. Pues bien, tanto la mayoría de los diabéticos  como de quienes manifestaban esa anomalía tenían déficit de vitamina D en sangre.

El trabajo confirmaba así la conclusión a la que unos años antes había llegado el doctor de la Universidad de Illinois (EEUU) E. Barengolts según el cual la ingesta de vitamina D previene la aparición de la enfermedad en las personas con estados pre-diabéticos; el trabajo se publicó en 2010 en Endocrine Practice y explica que incrementa la secreción de insulina y disminuye la resistencia celular a ella.

La luz solar y la vitamina D.

John Nash Ott –inventor de la fotografía “time lapse” que permite observar en un minuto el largo proceso de desarrollo de una flor o una planta- plasmó experimentalmente cómo la falta de radiación ultravioleta afecta biológicamente a plantas y animales. Son famosos sus experimentos comparando los efectos de la luz solar con los de la luz blanca artificial –que carece de las frecuencias ultravioletas- demostrando que ésta puede provocar cambios en la normal floración y crecimiento de los vegetales y cambios conductuales en los animales así como infertilidad, cambios de sexo, distintas patologías e, incluso, el óbito. Su descubrimiento era tan importante que propuso de forma insistente a varios centros de investigación y universidades efectuar estudios científicos rigurosos aprovechando sus complejos laboratorios de luz y estudiar los efectos de la luz del sol para preservar la salud y evitar todo tipo de enfermedades pero como en tantos otros casos de adelantados a su tiempo fue sistemáticamente ignorado por considerarse sus hallazgos y experimentos como “anecdóticos” (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título El sol, vital fuente de energía y salud apareció en el nº 146).

Entre otras muchas cosas John Nash Ott mantenía que tan importante es exponer la piel al sol como los ojos y que, por tanto, debía limitarse en lo posible el uso de gafas de sol y de todo cristal o lentilla que bloquee el paso de la radiación ultravioleta por vía ocular. Hoy se admite que tenía razón y que el raquitismo que asoló Europa durante la Revolución Industrial por ejemplo se debió al déficit de vitamina D y por eso la enfermedad asoló sobre todo a quienes trabajaban o vivían en lugares cerrados; como las  fábricas y minas de carbón. De hecho numerosos experimentos demostraron que el raquitismo se cura tanto tomando el sol como usando una lámpara de rayos ultravioleta. Y más tarde que ayuda a regular el metabolismo del calcio y juega un papel fundamental en la regulación de la insulina y en los procesos nerviosos y cognitivos con especial incidencia en el parkinson y en la respuesta inmune. Además se está revelando que el colecalciferol es clave en los mecanismos de metilación genética y por tanto su déficit puede silenciar o activar determinados genes, algunos probablemente relacionados con el desarrollo del globo ocular y, por consiguiente, con la miopía y otras alteraciones visuales; especialmente durante la gestación y en la niñez cuando el ojo se está formando y desarrollando.

En 2009 un equipo del Instituto de Investigaciones Oftálmicas de la Universidad de Tübingen (Alemania) dirigido por el doctor R. Ashby publicó en Investigative Ophthalmology & Visual Science los resultados  de unos interesantes experimentos realizados con pollos a los que sometieron a distintos tipos e intensidades de iluminación -incluida la luz natural- para ver cómo ello influía en sus globos oculares y, por tanto, si la falta de luz está relacionada con el desarrollo de la miopía. ¿La conclusión? Que la luz natural y la luz artificial de alta intensidad retrasan la progresión de la miopía; al menos así acaeció en esas aves.

Lo que, por cierto, concuerda con estudios epidemiológicos hechos con niños en edad escolar según los cuales una buena iluminación solar inhibe las patologías visuales. Es por ejemplo el caso del efectuado por un equipo de oftalmólogos del Memorial Hospital Kaohsiung Chang Gund de Taiwan encabezado por el doctor Pei-Chang Wu -se publicó en 2013 en Ophthalmology- según el cual el incremento de actividades al aire libre bajo la luz solar redujo un 1,5% el número de casos de miopía en niños de 7 a 11 años. Lo que se constató comparando los casos de dos escuelas: una en la que sus 333 alumnos disfrutaban de recreos en el exterior y otra escuela de 238 alumnos en la que todas las actividades eran interiores.

Agregaremos que en los libros de referencia de Nutrición Ortomolecular se afirma que la vitamina D es indispensable para asegurar la buena utilización y el mantenimiento de unos niveles adecuados de calcio y fósforo, favorece la coagulación de la sangre y mantiene en buenas condiciones el sistema nervioso. Y que además de problemas visuales un nivel bajo de vitamina D en sangre aumenta el riesgo de pérdida de masa ósea y de fracturas ante cualquier golpe traumático (lea en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos La importancia de la vitamina D y El sol y la vitamina D, útiles en numerosas dolencias aparecieron en los números 26 y 142 respectivamente).

 LAS PIEZAS DEL PUZLE EMPIEZAN A ENCAJAR

 En definitiva, la actual dieta de los países industrializados es excesivamente rica en grasas refinadas y carbohidratos de alto índice glucémico y ello provoca hiperglucemia e hiperinsulemia crónicas -y, por ende, obesidad, diabetes tipo 2 y síndrome metabólico-; pero también lleva a un exceso de insulina en sangre el déficit de vitamina D. Y el exceso de insulina a una excesiva presencia en plasma de hormonas IGF-1 que serían las responsables de la elongación del eje axial ocular; o sea, de la miopía y probablemente de otras patologías oculares.

Asimismo sabemos que el déficit de vitamina D lo provoca básicamente la falta de luz solar ya que la cantidad presente en los alimentos es normalmente escasa (por eso los médicos recomendaban antiguamente a las embarazadas media cucharada diaria de aceite de hígado de bacalao). Luego evitar que se acumule en el organismo durante el verano abusado del uso de gafas de sol, los cristales tintados y las cremas protectoras es un craso error. Lo que hay que hacer simplemente es no exponerse directamente a él en las horas centrales del día y usar gorras y sombreros que no tapen los ojos. Y, por supuesto, hay que evitar las grasas refinadas, los azúcares, los hidratos de carbono refinados -y por tanto el pan, la pasta, las galletas, las bollería, las tartas, los dulces, los pasteles…-, las colas, los refrescos, las chuches y los alimentos envasados.

En cuanto a los alimentos agregaremos que una cucharada de aceite de hígado de bacalao contiene –además de 4.000 microgramos de vitamina A- 34 microgramos de vitamina D, cantidad que nuestro organismo es capaz de sintetizar a la latitud media de España tomando simplemente una hora de sol. Por otra parte, se obtiene la misma cantidad con 350 gramos de salmón o caballa (las sardinas, el atún y otros peces azules tienen cantidades menores pero aún destacadas). Y son muy ricos asimismo en ella los hígados animales y los huevos, muy especialmente los de pato.

Es hora, en suma, de recordar una vez más que el sol tiene un impacto positivo enorme en toda la biología del planeta y somos los únicos seres que nos aislamos de su luz. Un auténtico absurdo porque la vitamina D –concretamente la D3 o colecalciferol- actúa también en el cuerpo como hormona y neurotransmisor según demostró un grupo de oncólogos de la Medical University de Viena (Austria) encabezado por el doctor I. S. Fetahu. Y hay evidencias de que además actúa a varios niveles sobre el epigenoma usando varias vías de metilación que regulan la expresión de genes con destacado impacto en la salud (lo explicaron extensamente en un artículo publicado en 2014 en Frontiers in Physiology).

En resumen, la fórmula ideal para ser miopes e incrementar la miopía si ya se padece es comer inadecuadamente y alejarnos de la luz solar.

Paula M. Mirre

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Diciembre 2016
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