La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos oculta los peligros de los transgénicos

La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos ha publicado un informe según el cual no está científicamente constatado que los cultivos transgénicos dañen el medio ambiente ni que afecten negativamente a la salud contradiciendo las opiniones y trabajos de investigación de numerosos científicos y centros independientes de prestigio. De ahí que numerosas organizaciones científicas, académicas y profesionales además de organizaciones ecologistas hayan reaccionado acusando a esa entidad de ocultación y manipulación de datos y de estar dominada por la industria biotecnológica. Y que tienen razón lo avala el hecho de que en el Consejo Nacional de Investigación de la Academia que ha elaborado el informe hay miembros y representantes de las principales corporaciones biotecnológicas. Lo explicamos en detalle.

La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos oculta los peligros de los transgénicos

El pasado 17 de mayo se dio a conocer un informe titulado Cultivos genéticamente modificados: experiencias y perspectivas -puede descargarse íntegramente en www.nap.edu/catalog/23395/genetically-engineered-crops-experiences-and-prospects– elaborado por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (NAS por sus siglas en inglés de National Academy of Sciences) en el que esa institución pública mandatada por el Congreso para asesorar al Gobierno en asuntos científicos venía a dar el visto bueno a los transgénicos; al menos así se difundió inmediatamente y de forma masiva por todos los grandes medios de comunicación internacionales.

Andrew Pollack, redactor del New York Times, escribía por ejemplo al día siguiente: «Los cultivos transgénicos parecen ser seguros y son inofensivos para el medio ambiente según un nuevo y exhaustivo análisis hecho por un grupo asesor de la Academia Nacional de Ciencias». Niina Heikkinen publicaba por su parte en Scientific American un artículo titulado Los cultivos transgénicos son seguros y probablemente buenos contra el cambio climático afirmando que «el grupo científico de más alto rango en el país afirma que no hay evidencias que apoyen las alegaciones de que los organismos genéticamente modificados sean peligrosos para el medio ambiente o la salud humana». Y en España El País decía al día siguiente en un titular: La ciencia confirma que los transgénicos son igual de sanos que el resto de los alimentos añadiendo en el texto: «La mayor revisión sobre el impacto de los organismos modificados genéticamente que ha hecho la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos acaba de concluir que estas plantas son indiferenciables del resto y que no hay ni una prueba de que tengan un impacto negativo en la salud de las personas». Rematando esa aseveración con esta frase: «El comité ha analizado todos los estudios disponibles sobre el tema y no ha encontrado ‘ninguna prueba’ de que los transgénicos dañen la salud. Los estudios con animales y de composición química no revelan ninguna diferencia para la salud entre el consumo de un transgénico y un vegetal que no lo es». Con tal contundencia se habla del tema en la entradilla y en los primeros párrafos pero basta seguir leyendo para ver que tales afirmaciones carecen de base. Porque el autor del texto asume a continuación lo siguiente: «El estudio reconoce que ‘la dificultad de determinar cambios a largo plazo a veces hace difícil alcanzar conclusiones definitivas’. Del mismo modo, el trabajo confirma que hay malas hierbas que han desarrollado resistencia al glifosato, el polémico herbicida que se usa en estos cultivos. El informe da una versión agridulce de los supuestos beneficios de estos productos para los agricultores. El estudio ha revisado los índices de producción de soja, maíz y algodón previos a la llegada de los GMO. Según las conclusiones no hay evidencias de que los transgénicos hayan aumentado la producción de estos productos».

El informe asegura además haber revisado unas 900 publicaciones científicas para su elaboración, cantidad que puede parecer elevada pero lo cierto es que basta consultar la base de datos de PubMed e introducir en la búsqueda GMO Food  para obtener 5.411 resultados, poner GM Crops y obtener 1.258, poner GM risks y obtener 11.323 o poner GM damage y obtener 10.438.

Debe saberse además que aunque la Academia Nacional de Ciencias estadounidense y, por tanto, el Consejo Nacional de Investigación que ha elaborado el informe son organismos públicos sometidos a la Federal Advisory Committe Act -ley que regula las asesorías gubernamentales y exige evitar los conflictos de interés- éstos son tantos y tan profundos según la organización Food & Water Watch que está completamente incapacitada para hacer informes objetivos independientes. De hecho una amplia revisión de la literatura científica demuestra que cuando algún autor de la industria participa en una investigación ésta tiende a ser favorable a los intereses de esa industria.

Y que el informe se ha elaborado en esta ocasión para favorecerla de nuevo lo atestigua el hecho de que el mismísimo Brian Baening, Vicepresidente Ejecutivo de la mayor organización comercial del mundo, el grupo BIO (Biotechnology Innovation Organization) que integra a 1.100 compañías biotecnológicas, felicitó de inmediato a los «expertos» de la Academia «por mantener un proceder transparente y objetivo… y por su compromiso con un proceso basado en la ciencia». Pues bien, enseguida vamos a analizar esos dos aspectos -la objetividad y el rigor científico- pero antes añadamos que Baening completaba su felicitación con estas palabras: «Nos complace que el estudio reitere lo que las autoridades científicas del mundo han concluido repetidas veces a través de los años: que la biotecnología agrícola tiene muchos beneficios demostrados para agricultores, consumidores y medio ambiente».

 LA NAS ESCONDE DATOS

Sin embargo, por enésima vez en el campo de la Biotecnología -aunque esta vez de la mano de la institución «de más alto rango» a decir de la revista Scientific American– nos encontramos con un informe que esconde datos publicados y manipula y falsea la realidad. Y más grave aún: los pocos matices negativos que el informe reconoce -eso sí, enterrados en las más de 400 páginas atiborradas de halagos a las maravillas de la Biotecnología- son directamente ignorados por los medios de comunicación.

Afortunadamente, y a pesar de que no tienen apenas difusión en los medios mayoritarios al servicio de estos grupos de poder, las críticas no se han hecho esperar desde los ámbitos más independientes de la industria biotecnológica, organizadas en torno a dos cuestiones: por una parte la cuestión de fondo, es decir, los contenidos del informe y la ocultación y manipulación de evidencias; y por otra, la respuesta a una pregunta relevante: ¿por qué?, ¿por qué esa manipulación, esa ocultación? Una respuesta que una vez más tiene su explicación última en los conflictos de interés hoy coloquialmente definidos como «puertas giratorias».

El experto en pesticidas Charles Benbrook señalaba en un artículo del 18 de mayo publicado en Medium Center que el informe ofrece recomendaciones constructivas como ya había hecho la Academia Nacional de Ciencias en otras ocasiones pero que, lamentablemente, nunca se llevan a efecto. Benbrook considera que el informe «explica por qué la tecnología transgénica en general no ha aumentado rendimientos y por qué los cultivos transgénicos no son ningún cambio radical». Por su parte, la nutricionista Marion Nestle, que participó en el proceso de revisión (peer review) del informe, ha destacado que este «revela lo poco que se conoce sobre los efectos de los alimentos transgénicos». Lo que viene a dar la razón, como poco, a los que abogan por el Principio de Precaución.

Por su parte, el análisis de la organización no gubernamental con sede en Washington Center for Food Safety señala que aunque el informe «cuestiona la frecuente afirmación de que los cultivos transgénicos son claves para alimentar el mundo en otros aspectos es superficial y decepcionante debido a la falta de análisis holístico y frecuente sesgo en pro de los cultivos transgénicos y herbicidas«. Añadiendo que el informe «no encontró claros beneficios de los cultivos transgénicos en países en vías de desarrollo» y que «el trato que reciben los transgénicos resistentes a herbicidas es superficial y deficiente«. Y por lo que se refiere a la evaluación sobre los efectos en la salud humana el Center for Food Safety considera que está «plagada de errores y sesgos«.

Las dos críticas más contundentes, pormenorizadas y documentadas corresponden en todo caso a dos organizaciones veteranas en el análisis crítico y el seguimiento de la industria biotecnológica: GM Watch -que hace la crítica de contenidos- y Food & Water Watch que desvela la enorme influencia de las empresas biotecnológicas en la Academia Nacional de Ciencias.

OCULTACIÓN, MANIPULACINÓ Y MENTIRAS

La organización GM Watch denomina el informe que comentamos como «el sueño de un lobista OGM» destacando entre las numerosas críticas que está recibiendo -tanto metodológicas como de contenido- dos esenciales: oculta los hallazgos sobre daños o riesgos en estudios con animales y apoya básicamente sus afirmaciones en dos estudios muy cuestionados. El informe dice que «la investigación llevada a cabo en estudios con animales y sobre la composición química de los alimentos genéticamente modificados no revela diferencias que puedan implicar mayor riesgo para la salud humana por consumir alimentos modificados que por consumir sus equivalentes no modificados» pero se miente descaradamente puesto que hay gran cantidad de estudios realizados con animales en los que se han constatado daños graves por el consumo de alimentos genéticamente modificados: entre ellos reacciones alérgicas, cambios en la bioquímica sanguínea, alteración de la flora bacteriana intestinal, anormalidades intestinales, inflamación severa del estómago,   dilatación de los nódulos linfáticos, daños en hígado, páncreas y riñones, alteraciones de la respuesta inmunitaria, alteraciones en la fertilidad femenina y aumento del tamaño de tumores y de la mortalidad. Tiene una larga lista de referencias en el trabajo Estudios que muestran que los alimentos genéticamente modificados pueden ser tóxicos, alergénicos o provocar cambios nutricionales al que puede accederse en http://earthopensource.org/gmomythsandtruths/sample-page/3-health-hazards-gm-foods/3-1-myth-gm-foods-safe-eat.

Pero de ellos no se habla en el informe que, para disimular esa «desaparición» de evidencias, cita los dos estudios que para los defensores de los transgénicos constituyen el «soporte experimental» que les permite negar sus peligros. Uno de ellos se publicó en noviembre de 2014 en el nº 92 de Journal of Animal Sciencies con el título Prevalence and impacts of genetically engineered feedstuffs on livestock populations (Prevalencia e impactos de los piensos genéticamente modificados en la población ganadera) y lo firmaba Van Eenennaam y Young (puede leerse íntegramente en  www.animalsciencepublications.org/publications/jas/articles/92/10/4255). Y en él se afirma haber estudiado durante 29 años cien mil millones de animales en cientos de granjas sin que aparecieran problemas de salud al introducir en su alimentación organismos genéticamente modificados. Pues bien, según la veterinaria y portavoz de GM Watch, Ena Valikov, el 95% de esos animales fueron pollos -que no son precisamente un modelo adecuado para extrapolar conclusiones a humanos- de entre 47 y 49 días -es decir, de menos de dos meses cuando son animales que viven entre 5 y 7 años- lo que implica que ni siquiera se han estudiado en ellos efectos a medio y largo plazo. La doctora Valikov agrega que en el estudio no se recogieron tampoco datos relevantes como la incidencia de enfermedades, no se investigó nada en laboratorio, no se hicieron exámenes post-mortem y no se hicieron estudios de histopatología (examen de tejidos al microscopio); recoge solo datos sobre porcentajes de mortalidad, peso y cantidad de alimento consumido. Se trata pues de un informe con datos totalmente irrelevantes que no permiten obtener conclusiones. Y de hecho así lo reconoce parcialmente la propia Academia Nacional de Ciencias en su informe: «La mayoría del ganado se sacrificaba muy tempranamente por lo que la información disponible no puede servir para evaluar el asunto de la longevidad«. Ni de la longevidad ni de nada, añadiremos nosotros.

DOBLE VARA DE MEDIR

El otro estudio que se supone avala el informe lo firma un equipo coordinado por Chelsea Snell y se publicó en el volumen 50 de Food and Chemical Toxicology –correspondiente a marzo-abril de 2012- con el título Assessment of the health impact of GM plant diets in long-term and multigenerational animal feeding trials: A literature review (Evaluación del impacto en la salud de las dietas de plantas modificadas genéticamente en ensayos a largo plazo y en ensayos de alimentación animal de varias generaciones: una revisión de la literatura) cuyo abstract puede leerse en  www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0278691511006399.

Según GM Watch en este caso sí se revisaron estudios que habían detectado efectos tóxicos en animales alimentados con organismos genéticamente modificados pero los hicieron desaparecer mediante lo que califica de auténtico «juego de prestidigitación». Los efectos tóxicos observados incluían agrandamiento de nódulos linfáticos y envejecimiento del hígado en ratones alimentados con soja transgénica durante dos años. ¿Y entonces? ¿Qué ocurrió con esas evidencias? Pues sencillamente que el equipo de Snell consideró que los autores habían cometido un «error metodológico»: que no habían utilizado un cultivo equivalente no modificado para alimentar al grupo de control. Sin embargo Snell y sus colaboradores dieron por buenos estudios que llegaban a conclusiones opuestas -es decir, que no encontraban efectos tóxicos en los animales- a pesar de que adolecían de  los mismos errores metodológicos. Una doble vara de medir que denota una clara falta de ética y rigor que también utilizó el comité de expertos de la Academia Nacional de Ciencias admitiendo los estudios cuyas conclusiones les son favorables y rechazando el resto a pesar de que unos y otros tienen las mismas virtudes y errores metodológicos.

GM Watch también señala que otro procedimiento habitual en la revisión de Snell y en gran parte de los estudios que revisa es considerar «biológicamente irrelevantes» diferencias significativas que muestran los animales alimentados con transgénicos sin definir con carácter previo lo que significa «biológicamente relevante». Lo llamativo es que la Academia señala este problema y dice que los autores deberían haber definido lo que significa «biológicamente relevante». Solo que a renglón seguido acepta sus conclusiones sin más.

El informe también hace un uso fraudulento del trabajo del profesor Gilles-Eric Seralini del que hemos hablado en varias ocasiones -lea por ejemplo en nuestra web (www.dsalud.com) el artículo Los pesticidas, mucho más peligrosos de lo que se reconoce que se publicó en el nº 169– quien lleva años alertando sobre los peligros de los transgénicos pero también del modo fraudulento en que se hacen los estudios y el proceso seguido para su aprobación por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). De hecho en noviembre de 2012 publicó en Food and Chemical Toxicology los resultados de un estudio de larga duración con ratas en cuyas Conclusiones puede leerse esto: «Los resultados del estudio que presentamos aquí demuestran claramente que niveles bajos de herbicida a base de glifosato en concentraciones muy inferiores a los límites oficialmente considerados seguros inducen severas alteraciones mamarias dependientes de hormonas, hepáticas y renales. Proponemos que el cultivo de comestibles modificados genéticamente y los pesticidas sean evaluados muy cuidadosamente en estudios a largo plazo para medir sus efectos tóxicos potenciales». Pues bien, el estudio desató una campaña de difamación durísima que culminó con la retirada del artículo… apenas unos meses después de que la propia revista contratara como Editor Asociado para Biotecnología a Richard Goodman, antiguo empleado de Monsanto. La maniobra para la retirada consistió en considerar el trabajo como un estudio de carcinogenicidad fallido en vez de un estudio sobre toxicidad crónica que es lo que realmente era y que, como tal, cumplía todas las exigencias metodológicas.

Un año después aparecería sin embargo en Environmental Health un nuevo estudio con participación de Seralini y la colaboración de científicos del King´s College de Londres que confirmaría mediante análisis de la expresión génica que las ratas alimentadas incluso con las dosis más bajas del pesticida Roundup sufren daños hígado y riñones (el trabajo puede descargarse en https://ehjournal.biomedcentral.com/articles/10.1186/s12940-015-0056-1). Como ya habrá supuesto este artículo no aparece en el informe de la Agencia Nacional de Ciencias.

«PUERTAS GIRATORIAS» EN LA ACADEMIA NACIONAL DE CIENCIAS

Muchos lectores estarán preguntándose por qué estos trabajos no aparecen en el informe de la Academia Nacional de Ciencias siendo una institución pública que se supone está al servicio de los ciudadanos y debe velar por la seguridad cuando asesora al Gobierno y la respuesta, como tantas veces hemos podido comprobar, es la influencia de la industria; en este caso de la poderosa industria biotecnológica. Y vamos a desgranar los detalles con ayuda de otra organización no gubernamental, Food & Water Watch (FWW), cuyo demoledor informe Under the influence. The National Research Council and GMOs (Bajo influencia: el Consejo Nacional de Investigación y los OGMs) puede consultarse en  www.foodandwaterwatch.org/insight/under-influence-national-research-council-and-gmos.

Se trata de un trabajo en el que esa organización independiente constata que la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos recibe grandes aportaciones económicas de la industria. Y aunque no pudieron contabilizar todas con precisión porque las empresas no están obligadas a declarar esas donaciones citan como ejemplo a Monsanto, Dupont y Dow Chemical que habrían entregado entre uno y cinco millones de dólares cada una a la institución pública encargada de la «asesoría independiente» en temas de biotecnología. ¡Como si la industria se caracterizara por su altruismo!

El informe denuncia asimismo el fenómeno de las puertas giratorias en la propia institución federal: Monsanto, Dupont, BIO, Calgene, Cargill, General Mills, Novus International, Nestlé Purina y Pioneer Hi-Bred participan en los consejos de supervisión de proyectos del Consejo Nacional de Investigación que ha emitido el informe y en la toma de decisiones. Y lo llevan haciendo -junto con académicos que asimismo mantienen lazos con la industria- desde 1987. En ocasiones en puestos de alta responsabilidad. Kara Laney, por ejemplo, es directora de proyectos biotecnológicos del Consejo Nacional de Investigación desde 2008 y previamente había trabajado para el International Food & Agricultural Trade Policy Council financiado por Monsanto. Y Michael Phillips, que ocupó el mismo cargo entre 1996 y 1999, pasó posteriormente a trabajar para el grupo BIO.

Y no son los únicos. El informe cita a otros muchos miembros del Consejo Nacional de Investigación que mantienen lazos con la industria. Son los casos de David Stelly -colaborador de Monsanto, Bayer y Dow Agrosciences-, Neal Stewart -asesor de Dow y Syngenta con patentes OGM-, Richard Dixon -asesor de Monsanto y con patentes OGM que recibió más de un millón de dólares de la industria para investigación-, Bob Whitaker -que trabaja para una organización de Monsanto-Bayer-, Karen Hokanson -asesora de organizaciones patrocinadas por Monsanto-, Bruce Hamaker -director de investigación en un centro financiado por la industria biotecnológica-, Richard Amasino -que posee patentes OGM-, Dominique Brossard –que trabajó para socios de Monsanto ayudando a comercializar los organismos genéticamente modificados y a defenderlos en los medios de comunicación-, Peter Kareiva -que trabaja en una organización que recibe millones de dólares de compañías biotecnológicas-, Robin Buell -con patentes relacionadas con organismos genéticamente modificados y comprometido en su desarrollo-, Jose Falck-Zepeda -que trabaja en la defensa del uso de organismos genéticamente modificados en África- y Kevin Pixley -investigador de la Fundación Syungenta y de una organización que desarrolla organismos genéticamente modificados-. ¿Y éstos son los individuos presuntamente independientes que nos dicen si los organismos genéticamente modificados son seguros?

Food & Water Watch (FWW) denuncia también que muchos de los autores de los trabajos que dieron lugar al informe del Consejo Nacional de Investigación están igualmente relacionados con la industria. El que presentó en el 2000 sobre los organismos genéticamente modificados incluía ya a 8 autores relacionados con la industria de los 12 que lo realizaron Y en el correspondiente a 2010 lo estaban 6 de 10.

Es más, muchas de las «conclusiones» científicas manejadas por el Consejo Nacional de Investigación en su proceso de toma de decisiones proceden de la industria. Todo ello explica que se oculten, minimicen o descalifiquen  los datos contrarios a los OMG y se destaquen los favorables, especialmente en las notas de prensa. En el informe de 2004 del Consejo Nacional de Investigación se hizo por ejemplo una revisión muy favorable sobre la controvertida hormona bovina recombinante producida por Monsanto y resulta que salvo uno los demás artículos utilizados tenían como coautor a Dale Bauman, asesor de Monsanto.

Y exactamente lo mismo ocurrió en el informe de 2010 en el que se abordaba el impacto que los organismos genéticamente modificados pueden tener sobre la sostenibilidad y en el que el Consejo Nacional de Investigación utilizó 11 estudios de los cuales la mitad procedían de la industria y del resto no se daban datos que permitieran establecer los conflictos de interés; se sabe no obstante que un estudio elaborado por Monsanto incluía una declaración asegurando no tener lazos comerciales y en otros dos participaba como autor Gary Hartnell, científico a sueldo de Monsanto.

ANÁLISIS INADECUADOS

Por su parte, un biotecnólogo colaborador del Observatorio OMG de Ecologistas en Acción aborda otra cuestión clave: a pesar de que se repite continuamente que los organismos modificados genéticamente se analizan de modo estricto y adecuado la realidad es muy diferente porque los métodos de análisis de seguridad habituales no son adecuados.

Para empezar, los ensayos no los realiza la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos ni la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria en el viejo continente sino ¡las propias compañías! Y como los datos en bruto de esos ensayos están protegidos por acuerdos de confidencialidad no tienen acceso a ellos ni la comunidad científica ni el público en general. Es decir, que ¡tenemos que confiar a ciegas en que la compañía que va a comercializar el producto nos va a contar sus efectos negativos!

Además los protocolos que se exigen internacionalmente utilizan pequeñas muestras que poseen una significación estadística muy limitada. Y todo esto sin olvidar que los efectos que pueden aparecer en el ganado no son extrapolables a humanos y la mayoría son sacrificados muy jóvenes y no da tiempo a valorar  los efectos a medio o largo plazo.

Es más, se han estudiado los efectos tóxicos de muy pocas sustancias así que cuando se afirma que no hay cambios en los niveles de «sustancias conocidas» se está hablando realmente de una minoría.

Otro problema de fondo es que no se puede garantizar la detección de alergias a las nuevas proteínas producidas por la introducción de genes alterados ya que para ello serían necesarios estudios post-comercialización; esto lo reconoce el propio informe de la Academia Nacional de Ciencias pero luego no aparece en los medios de comunicación-.

Cabe decir por último que se han realizado estudios que muestran diferencias estadísticas significativas entre animales alimentados con y sin organismos modificados, diferencias que sin embargo no se consideran «biológicamente relevantes«… porque no se ha definido previamente qué quiere decirse exactamente con eso.

PETICIÓN A LA ACADEMIA

Añadiremos que poco después de la publicación del informe -el 29 de junio- Bruce B. Darling, Director Ejecutivo de la Academia de Ciencias, recibió una carta firmada por un buen número de organizaciones no gubernamentales y profesores de varias universidades pidiéndole que actúe «ante la parcialidad del comité» que emitió el informe y la importante distorsión de su labor de asesoramiento. Según los firmantes el comité no tuvo en cuenta el profundo disenso existente respecto al discurso científico dominante centrándose en dar crédito solo a científicos que trabajan en aplicaciones biotecnológicas y están pues claramente inmersos en conflictos de interés.

Los firmantes recuerdan luego que en julio de 2015 la Casa Blanca se comprometió a que se llevaría a cabo un «análisis independiente» que sirviera de hoja de ruta para la regulación de los productos de la agricultura biotecnológica y que la normativa exige a las asesorías y agencias gubernamentales estar equilibradas y libres de conflictos de interés, algo que no ocurre con el Consejo Nacional de Investigación citando los casos de Steven Bradbury -lleva a cabo asesorías privadas para empresas biotecnológicas-, Richard Amasino -antes citado y dueño de patentes biotecnológicas-, Farren Iisaacs -promotor y colaborador científico de empresas como Gen9 y Dupont-, Richard Murray -que trabaja para Amgen y para el Ejército estadounidense en desarrollo biotecnológico- y de dos personas cuyos lazos financieros con empresas de Biotecnología son reconocidos por el propio consejo: Jeffrey Wolt y Steven Evans. El escrito concluye señalando que desde el año 2000 el trabajo del Consejo Nacional de Investigación está inmerso en claros conflictos de interés y pide a los responsables que corrijan inmediatamente la situación para aportar equilibrio y perspectivas críticas.

Y no es la primera carta que recibe la Academia Nacional de Ciencias sobre el asunto pues ya en 2014 recibió otra firmada por 45 científicos que pedían mayor diversidad entre sus integrantes con la inclusión  de personas críticas con los enfoques de la industria. Es más, en esa misma época una carta firmada por otros quince científicos cuestionó directamente la independencia del Consejo Nacional de Investigación debido a sus lazos con la industria y sugirió a decenas de científicos independientes de alta cualificación que podían ser incorporados al mismo.

Terminamos indicando que entre quienes ya han cuestionado las conclusiones del informe del que hablamos están entidades como Organic Consumers Association, GM Watch, Food & Water Watch, National Family Farm Coalition, Center for Food Safety, Institute for Agriculture and Trade Policy, Bioscience Resource Project, Grupo ETC, Pesticide Action Network North America, Amigos de la Tierra, Community Alliance for Global Justice, Biosafety Alliance, la conocida científica activista Vandana Shiva y numerosos profesores de las universidades de Cambridge, Berkeley, Washington, Santa Cruz (California), Toronto, San Francisco, Sussex, Londres y Lancaster.

Jesús García Blanca

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Portada Numero 199 Diciembre 2016 Discovery Dsalud
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Diciembre 2016
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