La danza de la vida

 

Han pasado más de 25 años desde que Rolando Toro se dedicara en el Centro de Estudios de Antropología Médica de la Universidad de Chile a investigar los efectos de la música y la danza en enfermos mentales con el fin de ensayar técnicas de psicoterapia. Rolando, que buscaba estimular las emociones mediante la expresión corporal y el encuentro humano, pudo observar de esa forma los cambios fisiológicos y de conducta que se producían en los participantes así como su adaptación al entorno. Experimentos que, por supuesto, efectuaría también con personas sanas.

Con los años su trabajo sería favorablemente valorado, especialmente en Argentina y en Brasil donde comenzaron a establecerse escuelas de lo que decidió denominar Biodanza. Años después el sistema se habría extendido por toda Europa y e Iberoamérica donde existen numerosas escuelas de formación de facilitadores (profesores).

LA BIODANZA

Pero, ¿qué es exactamente la Biodanza? Pues -en palabras del propio Toro- se trata de “un sistema que reintegra a los seres humanos para vivir la vida plenamente, con toda su intensidad. Y es que hemos ido poco a poco olvidando la importancia de cosas tan fundamentales para lograr una vida feliz como respirar, caminar, comunicar nuestras emociones y sentimientos, compartir, amar… Es decir, nos olvidamos de sentir. Pues bien, la Biodanza pretende despertar esas funciones innatas del ser humano que están casi totalmente reprimidas en nuestra civilización, en nuestra escala de valores. Para lo cual utilizamos una metodología simple pero sofisticada y efectiva que facilita la conexión de cada uno consigo mismo (sus necesidades y deseos), con los semejantes (amigos, familiares, compañeros…) y con el universo (el entorno inmediato y más aún). Porque es indispensable que esos tres niveles de comunicación estén integrados”.

La Biodanza busca la integración de lo afectivo por medio del movimiento ya que éste facilita la aparición de vínculos sinceros con uno mismo y con los demás que favorecen la empatía, la solidaridad y la capacidad de abrir la propia vida a otras personas. De ahí su rápida difusión. La Biodanza viene a llenar un tremendo hueco en la sociedad actual. Piénsese que las tendencias predominantes hoy en ella son individualistas y estimulan  la competencia, la agresividad o la discriminación en las relaciones. La Biodanza, sin embargo, enseña a crear relaciones donde prevalezca la cercanía, el cuidado y la ternura.

Psicólogos norteamericanos estuvieron investigando durante años las necesidades básicas del ser humano y llegaron a la conclusión de que, tras las necesidades de sobrevivir y alimentarse, la tercera necesidad fundamental es la del contacto físico, muy anterior a la de la comunicación verbal, la de tener relaciones sexuales o la de riqueza.

Y como ejemplo valga un conocido experimento realizado también en Estados Unidos. En la sección de maternidad de un hospital dividieron un conjunto de recién nacidos en tres grupos. El primero fue cuidado por enfermeras muy cariñosas que les hablaban y acariciaban mientras les alimentaban y cambiaban los pañales. El segundo grupo fue atendido por enfermeras a las que no les gustaban los niños por lo que empleaban poco tiempo, mostraban su incomodidad y les regañaban cuando lloraban. Y el tercero fue atendido por enfermeras “profesionales” que se limitaban a atenderlos y darles el biberón de manera impersonal y mecánica. Pues bien, a los pocos días los bebés del primer grupo crecían satisfactoriamente, ganaban peso y estaban alegres y risueños. A los del segundo grupo les costaba engordar, no sonreían y lloraban a menudo. Y los pequeños del tercer grupo no ganaban peso y languidecían hasta el punto de que hubo que suspender el experimento porque la vida de algunos corría peligro.

Al parecer, en nuestra civilización ultrapráctica existe un intenso problema de “piel”. Podríamos afirmar que, en términos generales, las caricias y la ternura están reservados a los niños pequeños y a las relaciones de pareja; y, en muchas ocasiones, circunscritas en este último caso sólo al ámbito de las relaciones sexuales. Por tanto, la necesidad vital de contacto físico que tiene todo ser humano está ampliamente insatisfecha.

La piel marca, pues, el límite de nuestro cuerpo con el entorno pero también es aquello que nos pone en un contacto más íntimo con él. La carencia de contacto físico establece un aislamiento sensorial que nos hace sentir individuos aislados aunque no seamos conscientes de la causa. Y eso desencadena emociones de tristeza, miedo, agresividad y competencia que sustituyen a los sentimientos primarios de unidad, seguridad, ternura y cooperación. Aún más: esa carencia de cercanía física nos lleva a veces a buscar el contacto sexual no por sí mismo sino porque en ese ámbito la sociedad admite la caricia y la ternura. Con lo que muchas veces buscamos en la sexualidad satisfacer una necesidad mucho más cotidiana y frecuente que la propia sexualidad y convertimos a esta en algo repetitivo y monótono; o bien, nos sentimos defraudados de ella comenzando a evitarla sistemáticamente.

LA ANTITERAPIA

Puede decirse que la Biodanza posee un rasgo genial: es más bien una antiterapia si atendemos al significado convencional del término terapia. Porque no se basa en los conflictos sino que su función es potenciar las partes sanas, las cualidades inherentes al ser humano. Algo que la convierte en una actividad serenamente placentera. Otro aspecto destacado de la Biodanza es su capacidad de crear un entorno seguro donde las personas podamos expresar nuestra afectividad. Y también la sexualidad, siempre presente en nuestras vidas y que no necesariamente ha de concluir en el orgasmo.

El facilitador de Biodanza establece a lo largo de una sesión un ritmo de músicas y ejercicios que permite que la sensibilidad de hombres y mujeres se vaya abriendo a la percepción del propio cuerpo y al contacto respetuoso con el de los demás compañeros partiendo de la aceptación plena de cada uno tal como es. Los resultados se reflejan en la vida cotidiana de las personas que la practican: mayor confianza en sí mismos, apertura a los sentimientos, capacidad de expresión sin necesidad de palabras y mayor consciencia de las necesidades corporales.

La práctica periódica de la Biodanza ayuda a superar enfermedades como el estrés, la depresión, la falta de deseo sexual o los trastornos de la alimentación. Además, fomenta el disfrute de los actos simples de la vida cotidiana como hablar y comer. Asimismo, potencia la sinceridad y la espontaneidad de la persona.

Los facilitadores no pretenden ser “modelos”, como en otros tipos de terapia; tampoco interpretan lo que sucede ni aconsejan a las personas. Y es que interpretar es un acto mental y si lo hicieran interrumpirían el flujo emocional de la otra persona. De esa manera evitan el análisis mental de los problemas y favorecen la empatía entre las personas. En opinión de Rolando Toro, uno de los problemas del hombre actual es el excesivo uso del córtex cerebral -donde residen las funciones lógicas y verbales- en detrimento del cerebro mamífero -el emocional- y del cerebro reptiliano -el instintivo-. Los animales, por ejemplo, no se comunican verbalmente pero son capaces de transmitirse emociones (quizás por eso en las grandes ciudades existen cada vez más perros y gatos).

La Biodanza, pues, no es una terapia racional que busque interpretar la realidad a través del lenguaje sino que crea un espacio para experimentar vivencias bellas. Y el resultado es que las vivencias son altamente terapéuticas. De ese modo, sin necesidad de trabajar directamente sobre los problemas puede llevar a solucionarlos. Es también un medio para fomentar la sabiduría pues una vez la vivencia se ha integrado aparece aquella. Frente a las enfermedades del estrés y la preocupación, en Biodanza se fomenta la alegría, el disfrute y la capacidad de establecer vínculos. Hoy tenemos tendencia a preocuparnos por todo lo que tenemos que conseguir para nuestros hijos cuando lo que quizás ellos más necesitan más es ver a sus padres riéndose y jugando con ellos.

La Biodanza no comparte además los tradicionales conceptos de pecado ni la creencia de que es necesario sacrificarse para conseguir el Cielo sino que cree en la oportunidad de vivir el Cielo aquí en la Tierra. Rolando Toro afirma, en ese sentido, que la capacidad trascendente  del ser humano está muy reprimida por la sociedad y, sobre todo, por las religiones. Y frente al concepto de un Dios de forma humana que está fuera, concibe a Dios dentro de cada uno de nosotros. Y los milagros los ve reflejados en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Asimismo, enseña a valorar cada pequeño momento como sagrado y milagroso y no comparte la idea del cuerpo-negativo frente al espíritu-positivo sino que entiende el cuerpo como un medio para llegar a lo divino considerando el disfrute un medio para trascender. No acepta, pues, el simplista dualismo bueno-malo.

Quede claro, en cualquier caso, que en la Biodanza no existe una ideología a seguir y que la ética es personal y está unida a la afectividad de la persona. La empatía y la afectividad hacia las personas y hacia la Naturaleza es lo que éticamente nos impedirá dañarlas.

CINCO LÍNEAS

Existen cinco líneas de vivencia en la práctica de la Biodanza: la creatividad, la vitalidad, la afectividad, la sexualidad y la trascendencia. Y en el desarrollo estable de esas cinco líneas encontrará la persona todo su potencial. Por un lado, facilita la consciencia de la propia identidad, ayudando a sacar lo mejor de cada uno como ser único y maravilloso. Lejos de los egos y la competencia, uno se reconoce como grandioso y maravilloso gracias a las diferencias con los otros. Por ello la Biodanza se realiza en grupo. Ello lleva a considerar al que es diferente (al raro, al gordo, al homosexual, al extranjero…) no alguien a rechazar sino a aceptar plenamente como es pues al mirarme en el espejo del otro, que es diferente, me reconozco como único y también lo reconozco a él como tal.

Su última función,  la trascendencia, favorece experiencias de Unidad donde la persona tiende a perder sus límites corporales y a disolverse en la Totalidad del Universo. En cierta ocasión, estando en una clase de Biodanza, el último ejercicio que realizamos fue el “nido”. Mientras escuchábamos una música suave e intimista, los participantes nos fuimos tumbando sobre la moqueta con los cuerpos muy cercanos, de manera que la cabeza o los brazos de uno estaban apoyados en el cuerpo de otro, entrelazándonos como las ramas de un nido. A la semana siguiente una chica comentó: “Durante el ejercicio entré en un estado de amor que no había sentido nunca. No era como el amor a la pareja ni a ninguna persona. No sé cómo explicarlo… Era un sentimiento hacia todos y hacia Todo tan grande que me hacía salirme de mi y no tenía otro deseo que compartirlo.”

Las experiencias más trascendentes que tenemos los seres humanos no pueden ser definidas con palabras. Hemos de aprender a expresar lo inefable en la vida cotidiana. Y quizás una forma de lograrlo sea la caricia.

Fernando Sánchez Quintana

Este reportaje aparece en
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Junio 2002
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