La dieta occidental exacerba el sistema inmune y provoca todo tipo de patologías

La dieta occidental rica en carbohidratos refinados, azúcares, grasas animales y aceites saturados además de baja en fibra -frutas y vegetales- activa genes que exacerban la respuesta del sistema inmune innato provocando estados proinflamatorios tan importantes como los de una infección grave y volver a una dieta saludable no garantiza deshacer el daño causado. Es más, a largo plazo contribuye a la aparición de sobrepeso, obesidad, hipertensión, diabetes, arteriosclerosis, disfunciones intestinales, problemas cardiacos y muchas otras afecciones, cáncer incluido. Tal es al menos la conclusión de una investigación de la Universidad de Bonn (Alemania) recién publicada en Cell. Es hora pues de que las autoridades sanitarias tomen cartas en el asunto ignorando las presiones de la industria alimentaria.

DIETA-OCCIDENTAL

Que la dieta occidental actual, la intoxicación, el sedentarismo y un descanso insuficiente e inadecuado son las principales causas de la epidemia de sobrepeso, obesidad y otras muchas disfunciones patológicas de nuestra sociedad es bien sabido pero hasta ahora nadie había planteado que afectara tanto al organismo como una grave infección microbiana; sin embargo así lo entiende el doctor Eicke Latz, experto de prestigio internacional galardonado el pasado mes de diciembre de 2017 en Alemania con el Premio Gottfried Wilhelm Leibniz postulándolo en un trabajo que con el título Fast food makes the immune system more aggressive in the long term, (La comida rápida hace que el sistema inmune sea más agresivo a largo plazo) se publicó en enero pasado en Cell con Anette Christ como primera firmante. “Nuestros estudios –se dice en el trabajo- sugieren que el sistema inmune considera la dieta occidental una amenaza y activa potentes mecanismos antiinfecciosos como la hematopoyesis a la vez que se mantiene en estado de alerta generando células mieloides programadas para responder a agentes inflamatorios secundarios”.

Y que tiene razón parece indicarlo el hecho de las enfermedades crónicas han sustituido hoy como principal causa global de mortalidad a las infecciosas. A finales del siglo XIX la mitad de las muertes se debían de hecho a infecciones microbianas pero hoy ese porcentaje ha disminuido hasta el 15%, especialmente por la mejora de las condiciones socio-sanitarias así como por el consumo de antibióticos. Y eso implica que más del 80% de los fallecimientos no achacables al envejecimiento natural ya no se deben a enfermedades transmisibles sino a patologías -agudas o crónicas- que en gran parte tienen que ver con el exceso de azúcares, grasas saturadas animales y dietas desequilibradas que son las que dan lugar al sobrepeso, la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, entre otras patologías. Enfermedades no transmisibles con una característica común: cursan acompañadas de severos procesos inflamatorios al igual que acaece en los casos de infecciones de cierta gravedad.

Obviamente son por eso numerosos los trabajos que demuestran que una mala alimentación es causa de muy distintas patologías -especialmente de las llamadas «enfermedades inflamatorias»- y que ello se debe a la relación entre lo que ingerimos, la microbiota intestinal y el sistema inmune pero lo que aún no se había inferido es que además desencadena cambios epigenéticos en las células progenitoras de la médula ósea siendo ello lo que provoca que el sistema inmune reaccione de forma exacerbada. Y eso es lo que ha inferido el trabajo del equipo internacional de la Universidad de Bonn dirigido por el doctor Eicke Latz.

EL SISTEMA INMUNE INNATO PRIMERO DISPARA Y LUEGO PREGUNTA

Recordemos que para enfrentarnos a los microorganismos invasores los vertebrados desarrollamos a lo largo de la evolución dos sistemas inmunes: el innato y el adaptativo. El primero responde inmediatamente a toda sustancia extraña no identificada ajena al organismo que se introduce en él -virus, bacterias, hongos, parásitos, toxinas, células cancerosas- y estimula la rápida producción y envío a la zona afectada de células especializadas a fin de defenderse: células asesinas naturales, macrófagos, neutrófilos, eosinófilos, interferones, interleuquinas, células dendríticas…. Y el adaptativo reacciona de manera especializada a la producción de antígenos que permitan luego identificar a los que han sobrevivido a fin de inmunizarse contra ellos desarrollando anticuerpos específicos. Luego el sistema inmune adaptativo obtiene la información del funcionamiento previo del sistema inmune innato. Cabe añadir que hasta hace muy poco se pensaba que sólo el sistema inmune adaptativo era capaz de generar «memoria» pero en los últimos años se ha comprobado que tanto tras una infección como después de recibir una vacuna las células inmunes innatas muestran cambios a largo plazo que provocan mejor capacidad de respuesta ante la estimulación por patógenos, mayor producción de mediadores inflamatorios y más eficacia en la eliminación de la infección. Es lo que los investigadores han denominado “memoria inmune innata” o “trained inmunity” (inmunidad entrenada).

De ahí que -como se recuerda en el trabajo- “tras una infección las defensas del cuerpo permanecen en estado de alarma para poder responder más rápidamente a un nuevo ataque». Proceso que con el tiempo puede acabar derivando en estados crónicos autoinflamatorios. Así lo señala por ejemplo Mihai G. Netea -del Departamento de Medicina Interna del Radboud Center for Infectious Diseases de Nijmegen (Países Bajos)- en su trabajo Trained inmmunity: A program of innate inmune memory in healt an disease (Inmunidad entrenada: un programa de memoria inmune innata en salud y enfermedad) publicado en 2106 en Science: “El sistema inmunitario adaptativo ha permitido evolucionar y mejorar la capacidad física; por ejemplo protegiendo tras una infección o una vacunación o haciendo la mucosa más tolerante a los microorganismos colonizadores. Apoyando estudios iniciales experimentales la hipótesis de que la memoria inmune innata es uno de los principales procesos inmunológicos de protección inespecífica de las infecciones inducidas por vacunas como las de la tuberculosis y el sarampión que, sin embargo, si se activa de forma inapropiada puede dar lugar a parálisis, sepsis o enfermedades autoinflamatorias”.

  1. Ciccarelli, investigador de la School of Allergy and Clinical Immunology de la Universidad de L’Aquila (Italia) explica por su parte en un trabajo publicado en 2013 en Current Medical Chemistry con el título An update on autoinflammatory diseases (Una actualización sobre enfermedades autoinflamatorias) que en el amplio espectro de enfermedades autoinflamatorias se incluyen ya el síndrome metabólico y la obesidad porque ambos problemas están directamente relacionados en la gran mayoría de las ocasiones con la dieta occidental.

Cabe asimismo señalar que los estudios realizados hasta hoy han demostrado que el sistema inmune innato se basa en una reprogramación epigenética del ADN que no implica cambios genéticos permanentes sino temporales.

LA DIETA OCCIDENTAL, TÓXICA 

¿Y cómo ha llegado el equipo de la Universidad de Bonn a la conclusión de que la comida occidental desencadena una inflamación «estéril» que puede acaba convirtiéndose en una enfermedad inflamatoria de larga duración? Pues dando de comer durante un mes a dos grupos de ratones dietas muy diferentes. De hecho alimentaron a los miembros de uno con la Dieta Chow -modelo animal de dieta sana- y al otro con la Western Diet o Dieta Occidental -modelo animal de una alimentación que se sabe contribuye al sobrepeso, a aumentar los niveles de colesterol y triglicéridos, a la formación de placas de ateroma, a favorecer la presión arterial y al llamado Síndrome Metabólico-. Pues bien, los animales que recibieron esta segunda dieta desarrollaron una respuesta inflamatoria similar a la que hubieran sufrido por una infección con microorganismos patógenos.

Así lo cuenta Anette Christ, coautora del estudio: “La dieta poco saludable dio lugar a un inesperado aumento en sangre del número de células inmunes, especialmente de granulocitos y monocitos. Señal clara de que en la respuesta inmunitaria participan progenitores de células inmunes de la médula ósea”. Y no olvidemos que los monocitos dan lugar a los macrógafos y los granulocitos a los neutrófilos.

Posteriormente, para comprender mejor el alcance de la respuesta inmune a la dieta, extrajeron y aislaron células progenitoras de la médula ósea de los diversos tipos de células inmunes a los dos grupos de ratones constatando los estudios genómicos que la dieta occidental había activado gran cantidad de genes responsables de la proliferación y maduración de las células mieloides. Así lo explicaría el doctor del Instituto de Ciencias Médicas y de la Vida de la Universidad de Bonn Joachim Schultze, coautor del estudio.

Lo más sorprendente en cualquier caso fue que cuando se volvió a dar a los ratones alimentados con la dieta occidental durante otras cuatro semanas su dieta típica de cereales la inflamación aguda desapareció ¡pero no la reprogramación genética de las células inmunes y sus precursoras! Muchos de los genes que se habían activado seguían estando activos. “La alimentación con la dieta occidental -cuentan los autores- indujo una reprogramación compleja de células mieloides que llevó a una hiperactividad de larga duración y a una alteración cualitativa incluso después de que los ratones volviesen a alimentarse con la Dieta Chow». Análisis posteriores mostrarían que tales cambios prepararon a las células del sistema inmune para desencadenar una respuesta inmune innata más activa y rápida.

UN SENSOR PARA LA COMIDA RÁPIDA

Constatado que el sistema inmune innato no solo desencadena procesos inflamatorios al reaccionar frente a patógenos invasores sino que también lo hace ante peligros «estériles» (no infecciosos) -como la dieta occidental- los investigadores decidieron conocer qué mecanismos están involucrados en ello. Así que examinaron las células sanguíneas de los 120 ratones del experimento constatando que en los que sufrieron una respuesta más intensa del sistema inmune innato participaba activamente un complejo multimolecular citosólico: el inflamasoma NLRP3. Hablamos de un complejo multiproteico del interior de las células que tanto ante la presencia de microbios patógenos -virus, bacterias, hongos y parásitos- como de sustancias tóxicas -como el asbesto o el aluminio de las vacunas- liberan interleuquinas inflamatorias como la citoquina IL-1b: Es más, aparecen incluso ante las proteínas betaamiloides, los cristales de oxalato cálcico y, como ahora acaba de constatarse, ante una comida inadecuada.

Juan Carlos Hernández López -de la Universidad Cooperativa de Colombia- da cuenta de ello en su trabajo Activación y regulación del inflamasoma NLRP3 en las enfermedades infecciosas– publicado en octubre de 2011 en IATREIA diciendo: “Se han descrito muchos síndromes autoinflamatorios -también conocidos como síndromes asociados a NLPR3- en los que la alteración en los mecanismos de regulación promueve una respuesta inflamatoria crónica y descontrolada. Lo interesante es que ese hallazgo tiene una conexión funcional con la producción de IL-1b, observación que se confirmó en pacientes tratados con antagonistas de esa interleucina en los que disminuyeron los signos y síntomas de la enfermedad”.

Conclusión con la que coincide el trabajo actual de los investigadores de la Universidad de Bonn en el que podemos leer lo siguiente: “Nuestro estudio, junto con el publicado en 2018 en Cell por Mitroulis y otros, indica que la IL-1b -que activa el inflamasoma NLPR3- es probablemente el mediador endógeno de los mecanismos que pone en marcha el sistema inmune innato. Trabajos anteriores ya habían establecido que inyectar IL-1b antes de una infección experimental puede prevenir la muerte por esa causa. Es pues probable que la IL-1b generada por el NLRP3 sea clave en la activación provocada por la dieta occidental insana”.

En suma, los investigadores se encontraron de forma inesperada con que además de una respuesta inflamatoria aguda seguir una dieta calórica tiene consecuencias a largo plazo en el sistema inmune al modificar epigenéticamente el ADN haciendo que éste reaccione incluso a pequeños estímulos de esa comida. Y parecen estar en lo cierto porque los ratones a los que se «silencia» el NLRP3 no sufren inflamación sistémica aún siguiendo esa dieta, ni proliferan los progenitores mieloides, ni hay reprogramación genética.

Aún así admiten que se necesitan más estudios para aclarar el papel del NLRP3 en el proceso de reprogramación epigenética observado. «El inflamasoma NLRP3 es mecánicamente el receptor central de la inflamación sistémica que induce la dieta occidental y la reprogramación de precursores mieloides lo que abre oportunidades terapéuticas para las patologías asociadas a la misma (…) Y puede allanar el camino a tratamientos novedosos como el de usar inhibidores moleculares que bloqueen la vía de señalización NLRP3”.

Aunque mucho más sencillo sería, obviamente, seguir una dieta sana; algo que el propio doctor Latz asume al afirmar: “Nuestros hallazgos tienen una relevancia social importante. Los fundamentos de una dieta saludable deberían convertirse en una parte mucho más importante de la educación de lo que lo es en la actualidad. Solo así podremos inmunizar en etapas tempranas a los niños contra las tentaciones de la industria alimentaria. Los niños pueden elegir lo que comen todos los días y deberíamos asegurarnos de que toman decisiones conscientes fomentando en ellos hábitos dietéticos sanos”.

Terminamos aclarando que lo que los investigadores de la Universidad de Bonn quisieron comparar son los efectos de una dieta basada en verduras, hortalizas, cereales, pescado y aceites vegetales -usando el modelo protocolario de investigación con animales denominado Dieta Chow- con una basada en grasas animales, aceites saturados, carne roja y carbohidratos refinados a la vez que baja en frutas, verduras frescas y granos integrales –modelo protocolario de investigación con animales denominado Western Diet o Dieta Occidental que asimilan genéricamente a la «comida rápida o basura»-. Sin embargo el estudio es limitado y parcial porque ni todas las grasas animales ni todos los aceites saturados son igual de dañinos aunque sí indica que una dieta habitual alta en carbohidratos refinados, azúcares, grasas animales y aceites saturados además de baja en fibra -frutas y vegetales- puede hacer que el sistema inmune innato reaccione de forma similar a cuando se sufre una infección grave y que el organismo tarda tiempo en recuperarse.

Antonio F. Muro

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