La ventana interior

En estos días comenzar una nueva sección sobre crecimiento personal es todo un reto. Máxime cuando es uno de esos términos que, a fuerza de usarse, han perdido todo su sentido. Y es que mucha gente confunde crecimiento personal con haber participado en un determinado número de cursillos, asistir a conferencias de forma regular, leer libros sobre temas de psicología y autoayuda e, incluso, experimentar con alguna nueva terapia avalada por el guru de turno o por el renombrado “fulanito/a” (sobre todo si son extranjeros).

Muchas veces, las personas que pertenecen a ese numeroso grupo de eternos buscadores de nuevos caminos se creen un poco por encima de los demás, de los que aún no han “despertado. Una actitud que mantienen tal vez confundiendo el conocimiento externo (adquirido) con aquel otro que se despierta del interior por resonancia ante lo que vivimos fuera y que es el auténtico conocimiento que forma parte consustancial con los seres humanos.

Desde estas páginas vamos a intentar, mes a mes, ir descifrando cada una de las dimensiones del ser humano, de su expresión, de su proyección en la vida y, por supuesto, de su trascendencia; pero el recorrido no va a ser hacia fuera, pasando revista a las tendencias, filosofías, técnicas, formas y modos que nos bombardean constantemente desde el exterior sino que va a ser un viaje hacia el interior, un itinerario nuevo y desconocido buscando el verdadero centro de nuestro Ser, ese del que nos han hablado los avatares de todas las grandes religiones y filosofías, ese que nos apuntan las escuelas herméticas y de conocimiento que han sobrevivido al paso del tiempo. Ese Ser, punto de referencia inamovible e inmutable, que se encuentra dentro de cada cosa creada y que en el ser humano adquiere una entidad diferente al tener incorporado, dentro de su programa biológico llamado “evolución”, un proceso que se ejecuta permanentemente: la consciencia, el intentar descubrir de dónde viene, quién es y hacia dónde se dirige.

Conectar con él es alcanzar ese estado de armonía que nos permitirá funcionar desde unos parámetros de equilibrio y seguridad más duraderos -porque provienen del interior- sin estar a expensas de los vaivenes que las circunstancias nos proporcionan.

Para ello es imprescindible no perder de vista el objetivo que figuraba en el frontispicio del templo de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás el Universo”.

Y para conocerse uno mismo es necesario abrir una ventana hacia nuestro interior, asomarnos para buscar nuestra verdadera naturaleza, descubrir el por qué de nuestros comportamientos, indagar de dónde arrancan nuestras respuestas mecánicas, averiguar por qué se han originado determinados tics inconscientes, filias o fobias. En definitiva, tomar consciencia de cómo somos hoy y cuáles son las vivencias de nuestro pasado que han influido en la formación de nuestra personalidad e intentar discernir entre lo adquirido y lo innato.

Y para este viaje apenas se necesita equipaje. Sólo hay que incluir en la mochila algunos elementos: sinceridad para con nosotros mismos, deseos de mejorar, valor para afrontar los cambios, ilusión por el recorrido independientemente de los resultados, sentido del humor y también un poquito de riesgo y aventura.

Ser conscientes de nosotros mismos nos permitirá poder expresarnos desde la libertad y encontrar el propósito de nuestra vida, ese saber para qué hemos nacido, algo que es difícil de descubrir pero no imposible.

Así, cada mes iremos tocando temas diferentes que nos ayuden a desentrañar nuestra personalidad descubriendo los escudos y ropajes con que nos hemos ido cubriendo a lo largo de los años y por qué lo hemos hecho, intentando –una vez reconocidos- ir dejándolos por el camino para poder andar más ligeros.

En la película La Misión, el protagonista –Robert de Niro-interpreta a un fraile jesuita que se incorpora a una misión de indígenas en lo más profundo e intrincado de la selva. Cuando desembarca lleva consigo un enorme fardo donde guarda todo aquello que ha formado parte de su vida: sus libros, su armadura de los tiempos de soldado, sus ropas, sus recuerdos, sus armas… multitud de objetos que formaban parte de su pasado. Incapaz de “soltarse” de todo ello, lo carga sobre su hombro y comienza una penosa ascensión. En varias ocasiones corre el riesgo de perder su vida al verse arrastrado por el peso de su “equipaje” que le hace caer rodando por la pendiente.

Transcurren varias jornadas y a pesar de que algunos indígenas que acompañaban a los frailes intentan liberarle de su carga, él se niega: no quiere renunciar a lo que el considera su vida. Finalmente, y tras muchas penalidades, avistan en las cumbres el poblado. Exhausto por el tremendo esfuerzo realizado, ve cómo un grupo de niños y adolescentes sale corriendo de las cabañas para recibirles alborozados. Uno de los jóvenes, al ver al nuevo hermano que viene tan cargado, comienza a hacer gestos de sorpresa de que nadie haya intentado “liberar” a ese pobre hombre de su sufrimiento y, riendo y gesticulando sin parar, saca su cuchillo y corta la cuerda que el fraile llevaba atada al cuello y que le permitía arrastrar su carga. El enorme fardo se precipita entonces imparable hacia el abismo tragado por la frondosidad de la selva.

El jesuita en un primer momento se queda anonadado, incapaz de reaccionar y comienza a llorar de desesperación e impotencia hasta que levanta los ojos y ve frente a él el rostro sonriente del joven indígena que se siente orgulloso de haberle ayudado. En ese momento se da cuenta de lo que significa mantener los anclajes del pasado y lo que eso dificulta la marcha por la vida. Las lágrimas se mezclan con la risa convulsiva y, finalmente, ambos se abrazan.

Muchas escuelas de Psicología utilizan mecanismos de apoyo como aconsejar revisar nuestro armario de ropa para evaluar qué cosas que no utilizamos seguimos conservando y por qué. Una vez analizados los porqués será necesario desprenderse de todo lo viejo para dejar espacio que pueda ser usado. Nuestra mente funciona igual si no sacamos las viejas creencias. Si no aireamos los nuevos rincones y nos vaciamos de todo aquello que hemos acumulado pero hoy nos resulta inservible no tendremos espacio espacio para las nuevas ideas.

Las experiencias vividas en el pasado son nuestro bagage más preciado pero eso no representa ningún peso. Los pesos son los conflictos no solucionados, los impactos traumáticos sin encajar, las frustraciones y carencias del pasado que vamos arrastrando intentando que el presente nos compense de aquello.

Podríamos decir que nuestra vida es como un puzzle, un puzzle que es necesario ordenar para formar una imagen coherente; cada vez que colocamos una nueva pieza (experiencia) es preciso que encaje bien con las que ya habíamos puesto antes. Así pues, se trataría en primer lugar de revisar las piezas que hemos colocado hasta ahora y distanciarnos un poco para ver la imagen que estamos creando.

Es una aventura apasionante que siempre redundará en nuestro propio beneficio ya que para saber cómo somos es necesario primero limpiar nuestra biografía personal de experiencias mal asimiladas, después intentar descubrir los impulsos grabados en nuestro inconsciente y que tanto marcan nuestro comportamiento y, una vez hecho eso, tendremos en nuestras manos herramientas de respuesta para poder trabajar en el presente modificando actitudes mediante la comprensión y la aceptación.

El crecimiento personal es un proceso continuo. No se llega a una meta definitiva ya que mientras hay vida la persona sigue creciendo y aprendiendo. Y, por supuesto, es importante centrarse en el recorrido, disfrutar del paisaje y valorar el proceso porque sólo así el resultado final merecerá la pena.

María Pinar Merino

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11
Diciembre 1999
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