Los grandes laboratorios siguen “gratificando” a los médicos

La industria farmacéutica española dedicó en 2016 la friolera de 501,5 millones de euros a pagar “colaboraciones” en el ámbito de la salud. Son datos ofrecidos por Farmaindustria en aplicación del Código de Buenas Prácticas. De hecho desembolsó -entre otras cantidades- 194 millones en contratos I+D, 112 en “ayudas” para que los médicos pudiesen acudir a reuniones y congresos científicos y 81 para otros eventos. Bueno, pues tiene la desfachatez de alegar que son ayudas “fundamentales para la investigación de nuevos medicamentos”. Y eso que la mayor parte de ese dinero se transfiere a profesionales, sociedades científicas y organizaciones con un principal y casi único objetivo: vender más productos. De hecho se calcula que destina a ello casi el 62% de su inversión: unos 307,5 millones de euros.

Según Farmaindustria -la patronal española de empresas farmacéuticas- de los 501,5 millones de euros que en 2016 se gastaron los laboratorios 194 millones se destinaron a contratos I+D relacionados con estudios preclínicos, ensayos clínicos y estudios post-autorización efectuados fuera de sus instalaciones, 112 millones a lograr que los médicos acudan a los actos que organizan, 81 millones a las organizaciones que los desarrollan, 79 millones a compañías que les asesoran así como a pagar ponencias, gastos de desplazamiento y manutención y otros 35,5 millones a “donaciones” a asociaciones del sector. Es decir, que al menos 307,5 millones (112 + 81 + 79 + 35,5) son para convencer a los médicos de que receten sus productos y financiar las distintas asociaciones que han creado y/o controlan para que les apoyen en sus campañas. Demostrándose una vez más que el intento de acabar con su estrategia de condicionar el comportamiento de médicos, investigadores y asociaciones científicas y de pacientes ha fracasado.

Eso sí, al menos sabemos qué empresas son las que han aportado tantos millones: 42,1 Janssen -filial de Johnson & Johnson-, 40,9 Novartis, 32,1 Pfizer, 30,7 Merck Sharp & Dohme, 30,2 Roche, 19,8 GlaxoSmithKline (GSK) y tras ellas una larga lista de laboratorios de menor tamaño.

Como sabemos las listas reflejan los nombres de las asociaciones “agraciadas” y de buena parte de los profesionales con las cantidades que han recibido y por qué: honorarios, subvenciones, patrocinios, cuotas, inscripciones, comidas, desplazamientos…. Bueno, no de todos porque según la normativa vigente hasta este año los que han recibido el dinero deben autorizar que sus nombres se den a conocer y de ahí que haya una partida en las cuentas de cada compañía denominada “pagos agregados” que recoge los efectuados a médicos que no lo han permitido. Y decimos hasta este año porque la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) emitió un informe el 22 de abril de 2016 según el cual ya no se precisa su consentimiento para darlos a conocer, algo que ha sentado muy mal a la Federación de Asociaciones Científico Médicas (FACME) y al Consejo General de Colegios Médicos (CGCOM).

El caso es que dadas las cantidades citadas es indudable que son muchos los médicos, investigadores y asociaciones agradecidas por la lluvia de millones con los que la industria riega anualmente el estéril páramo de la investigación española y la mayoría no se plantea si forman o no parte de una estrategia global que va más allá de lo confesado. Y es que la dejación gubernamental en investigación es lo que hace que cualquier acción de la industria en ese sentido se vea con buenos ojos.

CARA Y CRUZ DE LA INVERSIÓN

Obviamente Farmaindustria hace de sus “transferencias de valor” –sutil expresión que utilizan para hablar de sus “desembolsos” y el público menos formado no sepa de qué va el asunto- algo poco menos que idílico. De hecho lo justifican de esta manera tan pretenciosa: “La interacción entre industria farmacéutica y organizaciones profesionales y sanitarias es fundamental para la investigación de nuevos medicamentos y para el uso adecuado de los mismos. Esta colaboración genera una dinámica positiva para todos: los profesionales porque actualizan y mejoran sus conocimientos sobre medicamentos, la industria porque se beneficia de la experiencia clínica y científica de los sanitarios, el sistema sanitario porque dispone de profesionales en la vanguardia del conocimiento y la investigación biomédica internacional así como de constantes mejoras farmacológicas y los pacientes y la sociedad en general como receptores directos de la oferta de servicios sanitarios”.

La verdad sin embargo es que esos cientos de millones de euros no se ponen al servicio de una mejor salud, una mayor formación de los profesionales sanitarios y una investigación realmente útil sino al de la propia industria porque casi todo se gasta en promocionar protocolos o fármacos la mayoría de los cuales son sintomáticos y ni previenen ni curan nada.

Cabe agregar que aunque muchos médicos aseveran que son conscientes de la estrategia y dicen que las “atenciones” que reciben no les influyen a la hora de prescribir hay trabajos serios que demuestran lo contrario; aún más: afectan negativamente a su práctica clínica porque terminan limitándola a las propuestas de la industria.

El Dr. Abel Novoa, presidente de la Plataforma No Gracias -a quien entrevistamos en este mismo número de la revista-, decía al respecto en un artículo titulado Regando su jardín: cuánto le cuesta a la industria mantener el “Tinglao” que del análisis de las cifras de Farmaindustria puede deducirse que de los 501,5 millones declarados que transfiere a los profesionales, sociedades científicas y organizaciones el 62% tiene como destino final real aumentar la venta de sus productos. Cifra a la que habría que añadir unos 100 millones de euros de la partida de I+D porque en realidad muchos sus “estudios” no dan lugar a “un genuino proceso de conocimiento” pues se trata de trabajos igualmente destinados a promocionar sus nuevos fármacos. De ahí que Novoa termine su artículo -dirigido principalmente a médicos- de forma tan concluyente: “¡Ni formación, ni investigación. El total dedicado a marketing y publicidad dirigido a médicos y organizaciones es de unos 400 millones (el 80% del total) ¡Que no te engañen!”

Y no es la primera vez que esta plataforma de médicos y profesionales sanitarios denuncia la deriva de la industria farmacéutica en los últimos 25 años. En un editorial publicado en 2014 titulado Salvaguarda, deriva institucional e industrias farmacéuticas ya se afirmaba: “Las industrias farmacéuticas, respondiendo únicamente a su imperativo comercial y olvidando la alianza moral en la que se fundamenta la institución médica, han priorizado el beneficio económico sobre cualquier otra consideración; incluso sobre la salud y seguridad de los pacientes. Los fines de las organizaciones dedicadas al desarrollo de nuevos medicamentos y tecnologías ya no coinciden con los fines de la medicina pero la inmensa mayoría de las instituciones y profesionales sanitarios siguen irresponsablemente ajenos a esta aplastante realidad y ‘no ven el elefante en la habitación’”. Contundente editorial que concluía con estas palabras: “Las industrias farmacéuticas, con la suicida apuesta por fundamentar su negocio en el marketing y no en las necesidades, han introducido de manera masiva incentivos y sesgos que atentan contra el interés primordial de la institución y de la sociedad corrompiendo y manipulando en el camino los procesos de generación, difusión, síntesis y aplicación del conocimiento médico”. Más claro, agua.

 EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

Afortunadamente pues hay quien sí ve cómo la industria se ha convertido en un grave problema que casi todos prefieren ignorar, el “elefante” que nadie parece querer ver en la habitación. Existen estudios muy interesantes publicados en los últimos años según los cuales la “formación continuada” de los médicos, inconcebiblemente dejada por las autoridades en manos de la industria, está influyendo ya más allá de lo razonable en su práctica clínica. Trabajos que han sido posibles sobre todo gracias a la Ley de Transparencia o Sunshine Act promulgada en 2013 en Estados Unidos -donde se fragua todo- que obliga a las empresas de fabricación de medicamentos, dispositivos y agentes biológicos a informar de todos los pagos individuales a médicos cuyo valor supere los 100 dólares anuales; ley que se promulgó a raíz de un informe del Instituto de Medicina (IOM) dado a conocer en 2008 que denunciaba la existencia de serios conflictos de interés en el sector. Y es que un estudio anterior publicado en 2007 en New England Journal of Medicine afirmaba ya que el 83% de los médicos de Estados Unidos había recibido de la industria regalos en especie y que el 28% había cobrado de ella por “servicios profesionales”.

Y hay más: en mayo de este año -2017- el Journal of the American Medical Association (JAMA) publicó un trabajo de la Universidad de California (EEUU) dirigido por K. R. Tringale titulado Types and Distribution of Payments From Industry to Physicians in 2015 (Tipos y distribución de los pagos de la industria a los médicos en 2015) en el que se explica que “según los datos de los informes de Open Payments Data de 2015 –programa federal de pagos de declaración obligatoria- el 48% de los médicos recibió 2.400 millones de dólares de la industria (la negrita y el subrayado son nuestros). Pagos especialmente hechos a los denominados “líderes de opinión”, los que marcan la pauta de los protocolos en las distintas especialidades médicas.

Y también en 2017 se ha publicado en PLOS Medicine un trabajo de la Universidad Saint Joseph de Beirut (Líbano) coordinado por Heine Brax titulado Association between physicians’ interaction with pharmaceutical companies and their clinical practices: A systematic review and meta.analysis (Asociación entre la interacción médicos-compañías farmacéuticas y sus prácticas clínicas: revisión sistemática y metaanálisis) según el cual la industria farmacéutica se gastó en 2012 en Estados Unidos más de 27.000 millones de dólares en promocionar medicamentos. Trabajo que además estima que en Canadá la “promoción” le cuesta a la industria 30.000 dólares por médico y año.

Luego los laboratorios no han cambiado su estrategia a pesar de lo que se dice porque según el trabajo The Cost of Pushing Pills: A New Estimate of Pharmaceutical Promotion Expenditures in the United States (El coste de vender medicamentos: una nueva estimación de los gastos de promoción farmacéutica en Estados Unidos) publicado en 2008 en PLOS Medicine por M. A. Gagnon las empresas farmacéuticas gastan desde hace años en marketing más del doble que en investigación y desarrollo (I + D). Afirmación que apoyan -entre otros- en el trabajo efectuado por L. Lauzon y M. Hasbani titulado Analyse socio-économique: industrie pharmaceutique mondiale pour la période de dix ans 1996-2005 (Análisis socioeconómico: la industria farmacéutica mundial durante diez años 1996-2005) en el que se explica que las diez mayores compañías farmacéuticas se gastaron entre 1996 y 2005 en “marketing y administración” 739.000 millones de dólares y en I + D sólo 288.000 millones.

Cabe añadir que fue por eso que el grupo de trabajo de Heine Brax decidió buscar todos los estudios efectuados sobre la influencia de los pagos de la industria en el comportamiento de los médicos encontrando 19; y según explica en 15 de ellos se constata “una clara asociación entre las interacciones médicos-industria y el aumento inapropiado de las tasas de prescripción, la reducción de la calidad de la prescripción y/o el aumento de los costes de las recetas (…) Un metaanálisis de seis de los estudios incluidos proporcionó pruebas de calidad moderada que señala que la prescripción inapropiada entre los médicos en ejercicio se ha duplicado”.

Confirmaba así los resultados de un trabajo publicado también en Plos Medicine un año antes -en 2016- por un equipo del Hospital General de Massachusetts de Boston (EEUU) dirigido por Roy H. Perlis y titulado Physician Payments from Industry Are Associated with Greater Medicare Part D Prescribing Costs (Los pagos de la industria a los médicos están asociados a grandes costes de prescripción en Medicare Part D) Y aclaremos que Medicare Part D es un programa federal que subsidia los costes de los medicamentos recetados en Estados Unidos. Pues bien, tras valorar el impacto de los pagos de los fabricantes de medicamentos, dispositivos médicos y agentes biológicos a médicos de 12 especialidades diferentes llegaron a este conclusión: “Una mayor interacción con los representantes de la industria da lugar a un mayor número de recetas de fármacos. Tras una revisión sistemática comprobamos que 38 de 51 estudios constataron que recibir información de las compañías se asocia a un aumento de prescripciones. Por otra parte, una revisión reciente identificó tres estudios observacionales que muestran que las políticas de restricción de ciertos tipos de interacciones entre los médicos y los representantes farmacéuticos dan lugar a un aumento del número de prescripciones de genéricos no promovidos por la industria”. Cabe añadir que tras analizar las pautas de prescripción de más de 700.000 médicos se comprobó que los que más dinero recibieron de las compañías para “animarles” a recetar sus productos fueron los de Atención Primaria y los que menos los expertos en Neurología y Endocrinología.

ENSAYOS DE SIEMBRA

Analicemos ahora la inversión de la industria en I+D, ensayos preclínicos, clínicos y estudios post-autorización. Hace apenas un año -en 2016- un equipo de la Facultad de Griffith (Australia) coordinado por Virginia Barbour publicó en Trials el trabajo Characterisation of trials where marketing purposes hace been influential in study design: a descriptive study (Caracterización de ensayos en los que el marketing ha influido en el diseño del estudio: estudio descriptivo) según el cual está constatado que los ensayos financiados por la industria están muy influenciados por los departamentos de marketing y son por eso conocidos como seeding trials (ensayos de siembra). Y es que se hacen solo para promover la venta y prescripción de fármacos. ¿Cómo? Pues haciendo por ejemplo ensayos clínicos aleatorizados a gran escala con diseños aparentemente aceptables y basados en motivos científicos a fin de hacer creer que se ha encontrado una nueva molécula que es mejor… ¡que aquella cuya patente está a punto de caducar y va a poder comercializarse como genérico! Claro que también se hacen para desbancar fármacos de la competencia intentando hacer creer que son mejores y por eso se explica que cuesten más.

Basta reclutar como investigadores a un numeroso grupo de médicos de diferentes centros y grupos de pocos pacientes con su correspondiente “compensación”. Lo suficiente como para que los médicos terminen teniendo interés en que el fármaco triunfe, sobre todo si además se les paga por promoverlo en congresos, conferencias y seminarios o entre sus propios colegas y enfermos.

Pues bien, según el trabajo antes citado -que examinó informes de ensayos aleatorios controlados publicados en 2011 en 6 revistas médicas- un ensayo de siembra se caracteriza porque el propio fabricante participa en el diseño, en el análisis de los datos, en cómo se informa de él al terminar, en que se reclutan grupos pequeños de numerosos lugares -incluso para enfermedades comunes- cuando se podrían haber reclutado sin dificultad en menos emplazamientos, presentan engañosos resúmenes que en realidad no presentan información relevante sobre hallazgos clínicos y, finalmente, sus conclusiones se centran en objetivos secundarios y marcadores indirectos. Y resulta que de los 194 ensayos que examinaron era obvio que 41 -el 21%- estaban claramente destinados a promocionar un producto y 14 -el 7%- presentaban dudas. De ahí que los analistas terminaran consensuando que “una quinta parte de los ensayos de medicamentos publicados en las revistas médicas de mayor impacto en 2011 tenían características que sugerían estar diseñados con fines comerciales. Cada uno de esos ensayos parecían tener una combinación única de las características citadas”.

PACIENTES SUMISOS

En cuanto a las subvenciones de la industria a las asociaciones de pacientes poco hay que añadir a lo que llevamos denunciando en la revista desde hace años. Lo explicamos ampliamente en el reportaje que con el título Las multinacionales farmacéuticas controlan gran parte de las asociaciones de enfermos apareció en el nº 80. Texto en el que dejamos claro que esas asociaciones han acabado funcionando como correa de transmisión de la industria farmacéutica convencidas -falsamente- de que sólo ella es capaz de encontrar solución a sus patologías.

Un último ejemplo: Matthew V. Abola y Vinay Prasad investigaron recientemente a 68 organizaciones de pacientes de cáncer y 51 tenían una media de 7 patrocinadores biofarmacéuticos. Solo una dejaba claro que no recibía dinero de la industria; el resto no quiso informar de ello. De ahí que concluyesen: “(…) La mayoría de las organizaciones de pacientes citadas en el National Comprehensive Cancer Network reciben fondos de la industria biofarmacéutica y distintos investigadores han criticado ya tales acuerdos porque pueden poner en peligro la independencia de esos grupos (…) Si la tasa de esponsorización de la industria biofarmacéutica es apropiada o no está fuera del alcance de este artículo. La Pharmaceutical Research and Manufacturers of America argumenta que los fabricantes de medicamentos tienen una alianza natural con los grupos de pacientes; pues bien, la presente investigación demuestra simplemente que esa alianza es considerable”. Lo explican en el trabajo Industry Funding of Cancer Patient Advocay Organizations (Financiación por la industria de las organizaciones de defensa del paciente contra el cáncer) que publicaron en noviembre del 2016 en Mayo Clinic Proceedings.

 MANIPULACIÓN DE LA CIENCIA

 En 2009 la organización independiente con sede en Reino Unido Scientistis for Global Responsability, nacida hace 25 años para promover que la ciencia y la tecnología no destruyan el medio ambiente, integrada por científicos naturalistas, sociales, ingenieros y arquitectos, publicó un informe de Chris Langley y Stuart Parkinson titulado Ciencia y agenda corporativa: efectos perjudiciales de la influencia comercial en la Ciencia y la Tecnología sobre 5 sectores industriales: fármacos, tabaco, material militar, biotecnología y petróleo y gas. Y en él se denuncia que la industria farmacéutica puede estar marginando de forma expresa la investigación de cambios en el estilo de vida como método de prevención de las enfermedades además de limitar sus investigaciones a las patologías que sufren los habitantes de las comunidades más ricas en lugar de centrarse en las enfermedades globales más comunes. Demostrando pues que lo que buscan ante todo es ganar dinero.

El informe se muestra además especialmente crítico con el impacto de las “transferencias de valor”: “Las empresas han ampliado el número y tipos de acuerdos con las universidades pero centrándolos en sus prioridades de investigación empresarial. El poder y la influencia de algunas corporaciones y el aumento de la presión sobre los investigadores que necesitan fondos hace que los departamentos académicos se orienten cada vez más hacia sus necesidades comerciales y no al interés público o a satisfacer la curiosidad científica”.

Asimismo se denuncian las maniobras de la industria cuando ven sus intereses amenazados por nuevas evidencias científicas tanto en el ámbito de la salud como del medio ambiente. Y es que según este trabajo responde a menudo financiando campañas de relaciones públicas encaminadas a “presionar” a los responsables públicos a fin de que éstos apoyen su particular interpretación de las cosas aunque ésta no sea compartida por la mayoría de la comunidad científica. “Las tácticas descubiertas incluyen la financiación de grupos de presión (a veces encubiertamente) para actuar en su nombre y presentar a la industria como ‘ciencia sana’ y a los opositores como ‘anticiencia’ (…) Algunos sectores de la industria farmacéutica ‘amplían’ la definición de los trastornos humanos y financian grupos de pacientes con el fin de aumentar el mercado de sus productos. Esto puede comprometer tanto la atención sanitaria del paciente como las bases científicas de la Medicina”.

En fin, es evidente que una sociedad que deja toda la investigación médica en manos de la industria está vendiendo su salud al diablo del beneficio económico.

 

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
208
Octubre 2017
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