Vivir en el caos

Nuestra educación –como nuestra cultura- nos ha enseñado desde pequeños a creer que sólo existe aquello que somos capaces de captar con nuestros sentidos. Sin embargo, hoy se sabe que apenas registramos con nuestros órganos sensoriales la dos mil millonésima parte de las cosas que suceden a nuestro alrededor siendo eso que percibimos lo que conforma nuestras creencias y ellas, a su vez, nuestra concepción de la realidad. Y nuestras creencias son las vías principales por donde circula nuestra vida.

Ya hemos hablado en otras ocasiones de la necesidad de revisarlas a menudo para evitar estancamientos. No obstante, es una ardua tarea que produce mucho miedo porque mientras asimilamos las nuevas ideas nos quedamos en el aire, sin bases donde apoyarnos.

Pero si dedicáramos unos minutos a la introspección, a mirar hacia dentro, y desde allí buscáramos las respuestas observando nuestro momento actual, las personas que nos rodean y las circunstancias que vivimos, nos daríamos cuenta de que tenemos tendencia a “retocar” la realidad. Es decir, adornamos a las personas que queremos con aquellos atributos que nos gustan al tiempo que eliminamos de ellos los aspectos que no nos parecen válidos: es decir, ordenamos las circunstancias basándonos en nuestra escala de valores de tal manera que nos construimos un escenario en el que se desarrolla nuestra vida. Y ¿qué obtenemos con ello? Pues un espacio donde nos sentimos cómodos, protegidos y seguros.

Por eso cuando los personajes de nuestra “historia” juegan el papel que les hemos asignado y cubren las expectativas que tenemos sobre ellos todo va bien pero cuando alguien improvisa en la obra se descabala nuestro mundo. En esos casos, si nuestro umbral de resistencia a la frustración es bajo no tendremos habilidad para adaptarnos a las nuevas circunstancias creadas y surgirá el conflicto, aparecerán los problemas de comunicación, de autoestima, la depresión, la ansiedad, la angustia y toda una serie de conflictos emocionales y psicológicos que nos alejarán de nuestro objetivo: ser felices.

Sabemos teóricamente lo que hay que hacer porque tanto los libros como las técnicas de crecimiento personal nos hablan de ello: “La única forma de sobrevivir en este mundo tan cambiante es tratar de observar la realidad de la forma más objetiva posible, de encontrar la manera de adaptarnos a los demás y a las circunstancias en vez de provocar que ellos se adapten a nosotros, de ampliar la consciencia a través de lo que las personas y sus hechos nos revelan, de trabajar sobre nosotros mismos intentando que el cambio se opere en nosotros en lugar de empeñarnos en hacerlo sobre los demás, de fluir con la vida, en definitiva”.

Sólo que eso suele ser una tarea difícil porque nos resistimos a ver a los demás como son y no como nosotros queremos que sean, esperamos a que cambien para acercarse a la imagen que tenemos de ellos convencidos de que es mejor que la suya propia, esperamos que valoren lo que nosotros valoramos, que reaccionen como nos gustaría… Pero eso no es la vida: eso es sólo la idea que nosotros tenemos sobre la vida y la realidad.

Si es cierto que todo en el universo está en constante interacción es posible que los descubrimientos de nuestros científicos puedan aportarnos alguna luz. Porque bastaría con entender el Principio de incertidumbre planteado por Werner Heisenberg, saber del comportamiento aleatorio de las partículas atómicas, comprender que el universo que vemos y vivimos no es más que una parte de la realidad -lo que David Böhm llama el orden desplegado– pero que la mayor parte no deja de existir aunque no se haya manifestado –el orden plegado- o de que hasta es posible que los electrones tengan libre albedrío para darnos cuenta de que mientras estemos intentando entender el mundo a través del control de nuestra mente, a través de unas leyes que nos garanticen unos resultados, de un orden aplicado por nosotros en el que etiquetamos y clasificamos las cosas para reconocerlas y sentirnos seguros… estaremos provocando resistencias. Y eso siempre produce dolor.

Tal vez el momento que vivimos nos esté hablando de la conveniencia de cambiar nuestro paradigma y abrirnos a la posibilidad de vivir en el caos, de admitir que las cosas y las personas forman parte de un universo en el que todo puede suceder, de un sistema abierto en el que funciona la entropía, el desorden, el caos, tal como plantea el premio Nobel de Biología Illya Prigogine. Porque este prestigioso científico postula que es muy posible que en este mundo complejo puedan convivir la entropía y su opuesto -la negantropía- porque ambos no serían excluyentes. El primero nos habla de que existe el caos, lo aleatorio, lo impredecible, mientras el segundo nos dice que hay una capacidad inherente de equilibrio que se manifiesta en esos sistemas desordenados cuando un pequeño número de los elementos que lo componen logra un cierto grado de orden. Lo que implica que un pequeño porcentaje puede incidir en el conjunto global.

Esto nos coloca ante la necesidad de dar un primer paso como es el de la observación y la aceptación de ese comportamiento caótico, no sólo de los demás sino de nosotros mismos. Porque estar condicionados por el orden a ultranza nos lleva a rechazar todo aquello que no se ajusta a nuestro patrón de lo que está bien, de lo que es correcto o de lo que es bueno. Eso nos llevaría además a negar nuestra parte de sombra, todo ese mundo inconsciente que no es bien aceptado. Y sabemos que al negar algo estamos perdiendo la oportunidad de transformarlo.

Tenemos que aprender a vivir con nuestra sombra y la de los demás, con nuestro caos y el suyo, con nuestra capacidad de improvisar y la de los que nos rodean porque sólo así dejaremos de ver el mundo a través de polaridades contrapuestas: bien-mal, positivo-negativo, correcto-incorrecto.

Es posible que a través de nuestro cambio personal se modifique el entorno y que con ese cambio de actitud veamos las circunstancias que vivimos como posibilidades para ampliar la consciencia y no como obstáculos a nuestra evolución. Es importante que aprendamos a vivir la vida como un proceso de cambio permanente, como una renovación constante porque así no nos sentiremos obligados a ser perfectos, a acercarnos a patrones ya prefijados por nuestras creencias. Al imponer la perfección en nuestra vida navegamos contra la corriente de le evolución; al aceptarnos tal como somos fuimos con el proceso de aprendizaje y crecimiento.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
23
Diciembre 2000
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