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| LA
IMPORTANCIA DEL HUERTO FAMILIAR ECOLÓGICO |
Cada día existen
más evidencias del importante papel que desempeña la alimentación
en los procesos de salud y enfermedad. Pero, al mismo
tiempo, cada día que pasa resulta más difícil alimentarse
correctamente y, sobre todo, consumir alimentos de calidad,
sanos y sin restos de sustancias químicas tóxicas de las
miles que se incorporan en los procesos de producción,
almacenamiento, transformación o comercialización.
Las investigaciones más recientes resultan alarmistas
al descubrir que muchos de los insecticidas habituales
en la agricultura actual así como ciertos aditivos químicos
de los alimentos o los plásticos de su envasado contienen
porcentajes variables de sustancias químicas tóxicas potencialmente
cancerígenas o, incluso, alteradoras del sistema hormonal
-estrogénicas-. Con todo ello, no resultan extrañas las
consecuencias más conocidas como la dramática disminución
de la cantidad y calidad del esperma en los hombres occidentales
durante los últimos cincuenta años o las estadísticas
de que uno de cada tres ciudadanos americanos o uno de
cada cuatro europeos padezca algún tipo de cáncer a lo
largo de su vida. Menos conocido es el hecho constatado
de que las alteraciones estrogénicas y hormonales están
dando pie a efectos tan diversos como que las niñas hayan
adelantado significativamente la edad de su primera regla.
Durante los años 40 en Estados Unidos la media de edad
de la primera regla rondaba los 14 años; sin embargo,
los últimos estudios estadísticos muestran que hoy el
40% de las niñas negras y más del 25% de las blancas tienen
su primera regla a los 8 años o antes.
Existen pruebas evidentes de que los productos químico-sintéticos
que fabricamos y consumimos por numerosas vías están desequilibrando
la propia química corporal con efectos secundarios directos
o por acumulación de pequeñas dosis a largo plazo.
Las más de 100.000 sustancias químicas de síntesis desarrolladas
y empleadas desde principios de siglo y las más de 10.000
nuevas que se añaden cada año -de las que se desconoce
casi todo sobre sus posibles efectos biológicos- hacen
que estemos ingiriendo contaminantes químicos en el aire
que respiramos, en el agua que bebemos, en los alimentos
que comemos e, incluso, nos contaminemos por las prendas
con las que nos cubrimos o por causa de los materiales
de construcción, muebles, pinturas y decoración de la
casa.
Sobre algunos de estos aspectos apenas podemos incidir
aunque en lo referente a los materiales y a la decoración
siempre tenemos la opción de elegir los menos tóxicos
y las pinturas y acabados más sanos y ecológicos. Pero
donde sí tenemos poder de decisión y posibilidades es
en la elección de alimentos que compramos y consumimos
ya que en los últimos años se ha incrementado la producción
ecológica y hoy día, en la mayoría de ciudades, existen
tiendas especializadas o cooperativas de consumidores
de productos ecológicos con suficientes garantías de que
no han sufrido manipulaciones genéticas y que están exentas
de restos de pesticidas, abonos químicos o conservantes
de dudosa inocuidad.
Quizás para algunas familias resulte difícil la obtención
de alimentos de calidad ecológica dada la lejanía del
lugar de adquisición o los precios algo más elevados que
los de la agricultura convencional (la cual abarata los
costes de producción mecanizando todos los procesos de
cultivo y empleando dosis masivas de abonos químicos,
plaguicidas y herbicidas para acortar los períodos de
siembra a la cosecha y aumentar la producción con el mínimo
de mano de obra).
Para estas familias y para todo el que disponga de un
pequeño espacio cerca de su casa, jardín, parcela... la
solución pasa por cultivar una parte de sus alimentos
y el hacerlo de la forma más sana y ecológica que sea
posible.
El huerto familiar ecológico es una opción que cada día
gana más adeptos en todo el planeta y los beneficios que
aporta a quienes se deciden a cultivar sus alimentos son
innumerables. Desde la posibilidad de un mayor y estrecho
contacto con la naturaleza, pasando por el hecho de romper
con el nefasto y cotidiano sedentarismo y hacer ejercicio
moderado, a obtener unos frutos de indudable calidad nutricional.
Con un pequeño espacio disponible de unos 25 o 30 metros
cuadrados podemos cultivar la mayoría de verduras y hortalizas
frescas que consumimos regularmente durante todo el año;
a partir de 50 metros cuadrados incluso nos podemos proveer
de patatas y algunas legumbres. Y con más de 100 metros
cuadrados ya podemos cultivar algunos árboles frutales
de fácil adaptación a nuestra región que complementen
la dieta con fruta fresca, sana y rica en vitaminas dándonos
la oportunidad de disfrutar del placer de comer una fruta
cogida directamente del árbol. Experiencia poco común
para los ciudadanos actuales.
Si no tenemos jardín o parcela a la que sacrificar una
parte del estético pero ecológico césped tal vez podamos
acceder a alguno de los huertos urbanos existentes o movilizarnos
para habilitar alguna parcela abandonada o fuera de uso.
Ya sea en solitario o mejor junto a otros vecinos deseosos
de compartir la experiencia. Alicientes no han de faltarnos.
Y si tenemos hijos es un buen lugar para compartir con
ellos momentos entrañables.
Si lo que nos falta es información o experiencia podemos
iniciarnos junto a otras personas con más experiencia
o recurrir a la amplia bibliografía existente. Conviene
visitar huertos familiares en distintos lugares e incluso
asistir a algún cursillo de fin de semana que nos introduzca
y anime a dar los primeros pasos.
Aunque lo que realmente enseña es la práctica: "Haciendo
y deshaciendo se va aprendiendo", dicen en mi tierra.
Por eso os animamos a que os decidáis a dar los primeros
pasos (si no lo estáis haciendo ya). Cuando degustéis
los frutos de vuestra enriquecedora labor no será ya necesario
que nadie os anime; apreciaréis la diferencia y seguiréis
cultivando salud de forma ecológica y con renovadas ganas.
¡Ánimo! Y adelante con la nueva experiencia. Recordad
que cada problema que aparece tiene una solución y si
no, siempre es una magnífica oportunidad de aprender.
En caso de que necesitéis algún estímulo adicional podemos
reseñar que en el estudio estadístico entre distintas
profesiones llevado a cabo en 1993 en Suecia, evaluando
la cantidad y calidad del semen en varones, se destaca
que los únicos hombres que siguen manteniendo tasas altas
y vitales de esperma similares a los de sus abuelos son
los agricultores que se dedican al cultivo ecológico.
Mientras que los más desvitalizados y con tasas alarmantemente
bajas de esperma son los practicantes de la agricultura
química convencional y los trabajadores de ciertas industrias
químicas. ¡Toma nota!.
Mariano Bueno
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