Las enzimas pancreáticas son la principal defensa
del organismo humano contra el cáncer. Así lo sostiene al menos
el doctor norteamericano
Nicholas González quien ha desarrollado
un tratamiento natural a base a enzimas pancreáticas porcinas,
dieta y suplementos nutritivos que, junto a la aplicación de enemas
de café para desintoxicar el organismo, permiten potenciar el
sistema inmune. De hecho, como sus resultados en el tratamiento
de enfermos de cáncer de páncreas han sido tan esperanzadores
el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos no ha podido
seguir ignorándolos y ha puesto en marcha un amplio estudio que
en la actualidad se halla ya en fase III para confirmar lo que
muchos investigadores vienen sosteniendo desde principios del
siglo pasado sin encontrar eco en la oncología oficial: la efectividad
de las enzimas pancreáticas para tratar el cáncer.
Hay que decir no obstante que mucho antes que él
William Donald
Kelley -en la década de los 60 del siglo pasado- obtuvo ya
resultados terapéuticos con las enzimas pancreáticas desarrollando
lo que se conocería como
Método Kelley y que precisamente
es la base de los trabajos de González y de su colaboradora
Lissa
Isaacs. Aunque la verdad es que tampoco fue Kelley quien descubrió
las posibilidades de las enzimas pancreáticas. Porque tanto él
como
Ernst Krebs Jr., impulsor del
Laetrile -fármaco
basado en la vitamina B17
(lea el lector en nuestra web www.dsalud.com
lo publicado al respecto en el artículo aparecido en el nº 64
con el título Sorprendente
tratamiento del cáncer con vitamina B17 y un compuesto de plantas)-,
no son sino parte del hilo conductor de una teoría enunciada por
primera vez ¡en 1902! por el embriólogo escocés
John Beard
quien en un artículo publicado ese año ya afirmaba que
"las
enzimas proteolíticas pancreáticas representan la defensa principal
del cuerpo contra el cáncer". Y es que según la teoría sobre
el cáncer propuesta por Beard -e ignorada durante un siglo- el
proceso del cáncer es idéntico al del trofoblasto, la masa celular
que da lugar a la placenta y cuyo crecimiento sólo es detenido
por las enzimas pancreáticas del bebé y su madre.
ENZIMAS PANCREÁTICAS FRENTE A QUIMIOTERAPIA
En todo caso ha sido Nicholas González quien hoy, ateniéndose
a las reglas de la ortodoxia científica, ha conseguido centrar
el foco del interés de la oncología oficial sobre esta teoría
casi centenaria ignorada por la industria oncológica del medicamento,
sobre todo en Estados Unidos. El propósito del estudio que está
en marcha es confirmar si en los casos de cáncer de páncreas es
más efectiva la quimioterapia convencional con gemcitabina o la
propuesta por el doctor González.
Según puede leerse en la propia documentación oficial del Instituto
Nacional del Cáncer de Estados Unidos
"Gonzalez, un médico
de Nueva York, presentó los resultados de su tratamiento con terapia
nutritiva al Instituto de Cáncer Nacional en 1993. Había tratado
a 11 pacientes con cánceres diversos pero los beneficios de su
terapia no estaban bien definidos. El Instituto Nacional del Cáncer
concluyó que para determinar si el tratamiento era beneficioso
o no debería realizar un estudio en mayor profundidad. El Dr.
González escogió entonces estudiar a los pacientes de cáncer de
páncreas dado que tenía la impresión de que los pacientes con
ese tipo de cáncer mejoraban con ella. Pues bien, cinco de los
once pacientes de la serie inicial -esponsorizada por Nestlé Corporation-
sobrevivieron dos años o más y los resultados se publicaron en
el diario médico 'Nutrición y Cáncer'. Los pacientes sometidos
al tratamiento de González vivieron un promedio de 17 meses y
medio, casi tres veces más que el periodo de supervivencia usual
para los pacientes con cáncer pancreático avanzado. La supervivencia
observada en esta serie fue suficiente para que un grupo del Hospital
Presbiteriano de Columbia, junto con los Institutos Nacionales
de Salud (NIH), emprendieran un ensayo en fase III aleatorio".
Evidentemente, siendo el cáncer de páncreas uno de los más rápidos
en progresar los resultados publicados en
Nutrición y Cáncer
no podían dejar indiferente a la comunidad oncológica oficial.
Y después de un año de tratamiento con grandes dosis de enzimas
pancreáticas porcinas, oralmente ingeridas, suplementos nutritivos,
procedimientos de desintoxicación y una dieta orgánica... el 81%
de los pacientes que sufrían la fase inoperable II-IV de adenocarcinoma
pancreático sobrevivieron un año, el 45% sobrevivió dos y el 36%
tres. Estos resultados mejoraban espectacularmente las cifras
de supervivencia oficiales: el 25% de supervivencia a un año y
el 10% supervivencia a dos años para todas las fases de adenocarcinoma
pancreático.
La confianza de González y Lissa Isaacs de que antes o después
se tendrán que reconocer los beneficios de esta terapia centenaria
se basa además en los magníficos resultados que se siguen obteniendo
en la investigación de base destinada a probar el tratamiento
de enzimas en modelos animales con cáncer pancreático. Hace sólo
unos meses -en mayo de este año- se publicaron en la revista
Páncreas
-que como
Nutrición y Cáncer acostumbra a revisar los trabajos
antes de publicarlos- los resultados de la última investigación
realizada. En ella se indujo a un grupo de ratones una forma muy
agresiva de cáncer pancreático humano y luego se proporcionó a
una mitad enzimas pancreáticas mientras a la otra mitad no se
le dio ningún tratamiento. Pues bien, los ratones que fueron tratados
con enzimas mostraron un menor crecimiento del tumor y una mejora
significativa en su supervivencia y conducta en comparación con
los animales que no recibieron las enzimas. El investigador principal
del estudio,
Murat Saruc -del
Eppley Institute for Research
in Cancer and Allied Diseases de Omaha- escribió en la conclusión
del artículo:
"En resumen, PPE (pancreatic enzyme extracts)
es, experimental y clínicamente, el primer agente probado para
el tratamiento eficaz de cáncer pancreático. Las ventajas significativas
de PPE sobre cualquier otra modalidad terapéutica actualmente
disponible incluyen sus efectos en la condición física, nutrición
y falta de toxicidad".
Obviamente no se puede extrapolar directamente la investigación
en animales a los seres humanos pero es igualmente evidente que
los resultados no dejan de ser significativos y prometedores.
Sobre todo porque con este nuevo estudio sigue lloviendo sobre
mojado
VEINTE AÑOS ANTES...
Hay que decir que el interés de González por las enzimas comenzó
en 1981 cuando siendo estudiante en el
Cornell Medical College
y durante un estudio de postgrado dirigido por
Robert A. Good
-director del
Instituto de Investigación Sloan-Kettering,
uno de los centros de referencia de la oncología oficial- se interesó
por los trabajos del antes mencionado William Donald Kelley y
su método para tratar el cáncer.
Kelley, ortodoncista en el estado de Washington, había desarrollado
su
Programa nutritivo-metabólico contra el cáncer en los
años sesenta. Resulta que en 1960 le diagnosticaron cáncer pancreático,
decidió no conformarse con su suerte y ante la falta de respuestas
de la medicina oficial sus investigaciones le llevaron hasta la
terapia nutricional de
Gerson y las teorías de Beard sobre
el cáncer como masa trofoblástica con las enzimas pancreáticas
como solución para detener su crecimiento. A partir de ahí desarrollaría
su propio método que no es sino la fusión de varios tratamientos
naturales para tratar el cáncer que incluye la ingesta de enzimas
pancreáticas, una terapia nutritiva, la desintoxicación del organismo,
la estimulación neurológica -mediante Osteopatía, Quiropráctica,
etc.- y una necesaria espiritualidad que después no sería tenida
en cuenta por González al redefinir el método. Kelley sobrevivió
al cáncer de páncreas, al acoso de la medicina oficial y cruzó
con salud la frontera del nuevo siglo orientando desde entonces
a los enfermos de cáncer sobre lo que debían hacer para sobrevivir
a la enfermedad.
González, por su parte, decidió hacer una revisión en profundidad
de más de 1.036 pacientes de cáncer tratados por Kelley hasta
mediados de los 80. Y de ellos escogió a 50 que habían experimentado
grandes beneficios con el tratamiento en distintos tipos de cáncer.
"Un estudio como el mío -concluyó Gonzalez entonces
-
no puede, claro, demostrar concluyentemente que el tratamiento
de Kelley cura el cáncer dado que los pacientes que fueron evaluados
no fueron tratados bajo condiciones controladas. No obstante,
un número significativo de pacientes con cáncer terminal diagnosticado
disfrutó de regresiones impresionantes de la enfermedad mientras
estaba bajo el tratamiento de Kelley".
En 1987 el propio González empezaría a tratar a enfermos de cáncer
desahuciados con el método de Kelley -incluyendo algunas modificaciones
en las terapias secundarias- aunque manteniendo como núcleo del
mismo las enzimas pancreáticas porcinas. Iniciaría así un esfuerzo
por convencer a la oncología oficial que culminó con la publicación
de sus espectaculares resultados en la revista
Nutrición y
Cáncer, la lucha política por conseguir la atención del Instituto
Nacional del Cáncer y la puesta en marcha de un estudio centrado
en el cáncer de páncreas que debió haberse realizado hace ya décadas.
González, por supuesto, está convencido de que su método funciona
igual de bien con otro tipo de cánceres.
"Aunque nuestra investigación
publicada trata sobre el cáncer pancreático -nos comentó- nosotros
tratamos a pacientes con todo tipo de cánceres e, incluso, a pacientes
con una amplia variedad de otros problemas desde el síndrome de
fatiga crónica a esclerosis múltiple. Obviamente, cada protocolo
de tratamiento se individualiza".
LA TEORÍA TROFOBLÁSTICA DEL CÁNCER
Los resultados obtenidos por las enzimas pancreáticas como defensa
anticancerígena del organismo nos invitan a recordar la teoría
centenaria que los sustentan. En junio del 2002 se cumplió el
centenario de la publicación en
The Lancet de Embryological
Aspects and Etiology of Carcinoma, un artículo del antes mencionado
embriólogo escocés John Beard (1858-1924) que recoge una nueva
teoría sobre la naturaleza del cáncer y su tratamiento -la
Teoría
Trofoblástica- que llegaría a ser citada en la prestigiosa
Enciclopedia Británica. En 1911 Beard, como resultado de sus estudios,
publicó
The Enzyme Treatment of Cancer and Its Scientific Basis,
obra en la que refuerza su teoría y explica el uso de las enzimas
digestivas como agente anticancerígeno. Su trabajo sería ignorado
por la oncología oficial durante un siglo aunque consiguió sobrevivir
entre los defensores de los métodos naturales de tratamiento del
cáncer, sobre todo en Europa.
¿Y qué plantea la
Teoría Trofoblástica de Beard? Pues se
basa en la afirmación de que las células cancerígenas son de la
misma naturaleza que las células trofoblásticas encargadas de
elaborar la placenta para la instalación del embrión: invasivas,
corrosivas y metastásicas. Afirmación que nos lleva al momento
de la concepción humana. Lo explicamos...
En los primeros 5 días después de la fertilización y durante la
formación de un embrión humano la masa creciente de células se
divide en dos tipos: una masa celular interna (embrioblasto) que
se convierte en el embrión y una capa exterior de células llamada
trofoblasto. Y para evitar que el nuevo ser sea expulsado del
útero las células del trofoblasto se multiplican (como en una
metástasis) sobre el muro del útero. Es decir, los trofoblastos
invaden la superficie del útero creciendo rápida e invasivamente,
digieren parte del mismo para formar un agujero en su pared y
van formando múltiples ramificaciones o arborescencias llamadas
vellosidades coriales que se infiltran en el endometrio. A alrededor
de cada una de esas vellosidades llegan las arterias maternas
y forman lagos sanguíneos que regresan, por las venas, a la circulación
materna. Esto implica que la membrana que rodea las vellosidades
coriales (membrana placentaria) se constituye en la frontera entre
la madre y el bebé. A partir de la formación de la placenta, con
un buen suministro de comida y ningún peligro de ser expulsado
de la madre el embrión puede continuar creciendo seguro hasta
el nacimiento. Ahora bien, si la placenta no deja de crecer puede
entonces desarrollarse un tipo de cáncer llamado cariocarcinoma.
Bueno, pues Beard pensó que si encontraba la razón por la que
la placenta dejaba de crecer... encontraría también la manera
de evitar el crecimiento de un tumor cancerígeno. Aquella idea
le llevó 10 años de investigación durante los cuales estudió el
crecimiento de cada órgano, de cada tejido... y la única conexión
que finalmente encontró fue que en todos los mamíferos la placenta
deja de crecer el día en que el páncreas del embrión empieza a
trabajar. De lo que dedujo que el embrión utilizaba las enzimas
digestivas para detener el crecimiento de la placenta y que, por
tanto, quizás pudiera utilizarse el mismo sistema para detener
el crecimiento del cáncer.
Pero, ¿cómo se inicia el crecimiento de un trofoblasto fuera del
útero? Sigamos con la teoría del embriólogo escocés. Durante el
desarrollo del feto llega un momento en el que las células germinales
embrionarias (troncales) que darán a las células germinales (espermatozoides
y óvulos) dejan de multiplicarse y comienzan a migrar hacia las
gónadas (ovarios o testículos). Solo que miles de esas células
germinales embrionarias no acaban de completar la migración y
permanecen depositadas en distintas áreas del cuerpo en estado
inactivo. Pues bien, según Beard todo lo que se necesita para
que aparezca un cáncer es
"el cambio de una célula germinal
ectópica (fuera de lugar) en una célula germinal trofoblástica.
Y ese cambio lo provoca ¡un exceso de hormonas femeninas!"
Como se sabe, en realidad tanto hombres como mujeres tienen
hormonas "masculinas" y "femeninas". Y cuando por factores genéticos,
medioambientales o nutritivos se produce un desequilibrio, una
masa tumoral similar al trofoblasto invasor empieza a formarse
a partir de las células germinales que, según Beard, son pluripotenciales,
es decir, células capaces de dar lugar a todos los tipos de células
diferenciadas del organismo.
En suma, las células trofoblásticas -ahora células cancerígenas-
crecen rápidamente intentando formar una "placenta" (el tumor)
ya que poseen la habilidad natural de invadir el órgano afectado.
Por consiguiente, la malignidad según Beard no deriva de una célula
normal que en un momento determinado entra en un estado de proliferación
salvaje sino ¡de una célula germinal primitiva que empieza a crecer
normalmente en un lugar equivocado! Y, por tanto, si el desequilibrio
que desencadena la activación de la célula germinal como célula
trofoblástica se produce en ausencia de la adecuada cantidad de
enzimas pancreáticas -encargadas de digerir los tejidos trofoblásticos-
el desarrollo tumoral es inevitable.
Beard agrega que las principales razones para que en el cuerpo
no se halle una cantidad suficiente de enzimas pancreáticas activas
en un momento tan delicado pueden ser varias. Entre ellas, un
sobreesfuerzo del páncreas debido a la ingesta de demasiadas proteínas
(83% de los casos), una lesión neurológica que impide la producción
de las enzimas pancreáticas (10%) o un desequilibrio químico del
cuerpo que vuelve inactivas a las enzimas (7%).
La publicación de la teoría de Beard se vería sin embargo ensombrecida
por la de otro libro: el de
Marie Curie (1867-1934) anunciando
que la radiación era segura, no tóxica y curaba todos los cánceres.
La prensa y los científicos, como sabemos, optaron por creer a
"madame Curie" y lo planteado por Beard no se tuvo en cuenta.
Años después se sabría la verdad tras la muerte por leucemia de
un buen número de radiólogos, constatándose los enormes peligros
de la radioterapia y comprobándose que la inmensa mayoría de los
enfermos sufre secuelas que pueden incluso ser mortales tras recibir
el tratamiento radiactivo. Beard quedó así en la sombra... pero
no en el olvido. Porque su teoría, elaborada a partir de la observación
y desde luego sin los medios actuales, lejos de ir perdiendo vigencia
ha ido encontrando, con el paso de los años, nuevas pruebas que
parecen avalarla.
LA GONADOTROPINA CORIÓNICA (HCG)
Para los defensores de la
Teoría Trofoblástica sobre la
naturaleza del cáncer el primer factor común entre trofoblasto
y cáncer es la gonadotropina coriónica humana (hCG por sus siglas
en inglés), una hormona producida únicamente por la placenta-trofoblasto
durante el embarazo y que precisamente se utiliza como prueba
para saber si una mujer está encinta. Investigaciones desarrolladas
durante las últimas décadas han llevado a utilizar la gonadotropina
coriónica humana además para detectar el coriocarcinoma (un cáncer
poco común del útero) y la enfermedad trofoblástica (un cáncer
poco común que se desarrolla a partir de un huevo fertilizado
anormalmente) así como la presencia de cánceres de testículo,
ovario, hígado, estómago, páncreas y pulmón, entre otros.
En 1994
Alexander Krichevsky y sus colegas de la
Columbia
University comprobarían que las células cancerígenas muestran
gonadotropina coriónica humana en todas sus formas y
Hernán
Acevedo publicaría un año después en la revista
Cáncer
que
"la gonadotropina coriónica humana es un denominador
bioquímico común en el cáncer" tras encontrar gonadotropina
coriónica humana, subunidades suyas y/o fragmentos ¡en 85 líneas
celulares diferentes de cáncer! Acevedo encontró además la gonadotropina
coriónica humana en tejidos tumorales malignos humanos. Concluiría
así que
"la gonadotropina coriónica humana es una característica
fenotípica común del cáncer" con lo que "después de un siglo se
había demostrado que la teoría de Beard es conceptualmente correcta".
Para completar la investigación el profesor
William Regelson
escribió en un editorial en la misma revista afirmando
que
"la gonadotropina coriónica humana define la agresividad metastásica
de los tumores en los cuales se encuentra". Ni las células
no embrionarias ni las células de tumores benignos expresan gonadotropina
coriónica humana mientras que
"la subunidad beta de la gonadotropina
coriónica humana -añadiría Regelson- es fenotipo definitorio de
la transformación maligna".
También un oncólogo como
Rigdon Lentz, siendo jefe
de Hematología y Oncología en el
Comprenhensive Cancer Center
de Valdosta, apuntaría en un artículo titulado
The Phylogeny
of Oncology que "el embarazo y el cáncer son las dos únicas condiciones
biológicas en los cuales el tejido antigénico es tolerado por
un sistema inmunitario aparentemente intacto". Lentz concluía
su ensayo con estas significativas palabras:
"El tejido trofoblástico
tiene todas las características de un verdadero cáncer, es profundamente
invasivo, es altamente anaplástico en su morfología, tiene alto
índice mitótico y produce antígenos oncofetales. En todos sus
aspectos se comporta como un verdadero cáncer".
Finalmente, ya en octubre del 2003, investigadores del
Instituto
Paterson de Investigación del Cáncer de Manchester publicaron
un trabajo en
Journal of Cell Science que vinculaba definitivamente
trofoblasto y cáncer. Descubrieron que una molécula llamada 5T4
presente en muchos tipos de tumores cancerígenos y no en células
adultas sanas se encuentra también en el trofoblasto embrionario
que aísla la placenta del feto.
"Pensamos -declaró
Peter
Stern, director de la investigación-
que habíamos encontrado
un factor común entre las células embrionarias en su desarrollo
y las células del cáncer en el comienzo de la enfermedad. La molécula
5T4 es la responsable de que el embrión se convierta en feto y
también es la culpable de que el cáncer tome movilidad, cree metástasis,
crezca fuera de control y no le tenga miedo a nuestros anticuerpos
burlándoles completamente".
El siguiente paso del equipo de investigación fue comenzar -de
la mano de los laboratorios- a trabajar en el desarrollo de una
vacuna que incite a nuestros anticuerpos a atacar directamente
la molécula culpable. Los ensayos clínicos con humanos ya han
comenzado y la vacuna ha mostrado inicialmente ser
"inmunogénica
y segura". El objetivo final es lograr una "bala mágica" basada
en la molécula.
"Estamos trabajando con 'Biotech Active' -dijo
Stern a la revista
New Scientist- para que el anticuerpo se
agarre a la molécula, la siga y lleve hasta los tumores cancerígenos
la medicina para matarlos".
LAS ENZIMAS PANCREÁTICAS
En definitiva, cien años después hay evidencias científicas más
que suficientes que respaldan la relación entre trofoblasto y
cáncer. ¿Por qué pues los oncólogos no reparan en el papel que
Beard dio a las enzimas pancreáticas para luchar contra el cáncer?
Empecemos por recordar que las enzimas son proteínas que estimulan
y aceleran las numerosas reacciones biológicas que se dan en nuestro
organismo y que el páncreas es un órgano complejo con muchas funciones
y propósitos. Los más conocidos son el metabolismo de los carbohidratos
-cuyo mal funcionamiento tiene que ver con la aparición de la
diabetes-, la producción de enzimas digestivas para digerir grasas,
proteínas y almidones y su intervención en la digestión de sustancias
de desecho metabólico. A todos ellos Beard añadió la de
destrucción
de las células precancerosas.
Basándose en sus estudios de Embriología Beard había llegado a
la conclusión de que las enzimas pancreáticas no sólo degradan
las células cancerígenas sino que generan un entorno de pH absolutamente
hostil para las mismas. En sus experimentos Beard extraía enzimas
de embriones animales y las inyectaba en el organismo enfermo.
Creía que las enzimas tenían que ser inyectadas para prevenir
su destrucción en el estómago por el ácido clorhídrico. Sin embargo,
evidencias científicas posteriores demostrarían que, ingeridas
oralmente, las enzimas proteolíticas pancreáticas son estables,
el ácido no les afecta y pasan intactas al intestino delgado donde
son absorbidas a través de la mucosa intestinal llegando al torrente
sanguíneo como parte del proceso enteropancreático.
Es más, las enzimas pancreáticas viajan hasta el tumor y lo digieren
sin dañar al resto del cuerpo. Beard explicó que el secreto por
el que las enzimas pueden diferenciar entre las células saludables
y las tumorales (trofoblásticas) radica en la configuración molecular,
en la diferencia entre moléculas levógiras y dextrógiras. Cuando
un haz de luz polarizada en un plano atraviesa ciertas sustancias
el plano de polarización de la luz rota un ángulo hacia la derecha
con las sustancias que se denominan dextrógiras o hacia la izquierda
en las sustancias que se comportan como levógiras. Pues bien,
Beard sostenía que la tripsina -una de las enzimas pancreáticas-
no actúa contra los órganos del cuerpo humano porque están constituidos
de proteínas levógiras. Sin embargo, la tripsina sí sería muy
eficaz para atacar a las proteínas dextrógiras de las que están
constituidos los tumores.
Cabe agregar que al igual que la teoría de Beard va siendo científicamente
respaldada también su aplicación práctica está encontrando apoyo
con el paso del tiempo. Desde que en 1906 Beard inyectara tripsina
en ratones a los que les había inoculado células de cáncer hepático
constatando días después que el tumor estaba necrosado han sido
muchos los pasos dados. Pongamos sólo algunos ejemplos. Una investigación
realizada en 1997 por
Tibor Harrach y
Frank Gebauer
sobre la capacidad de varias enzimas proteolíticas para modular
la molécula de adhesión CD44 -fundamental en el proceso de progresión
del tumor y posterior metástasis- reveló que
"enzimas proteolíticas
como la bromelina, la papaína y la quimotripsina pudieron modular
la molécula CD44 en las células de origen de la leucemia así como
en las líneas celulares de melanoma y carcinoma mamario. El efecto
más pronunciado se consiguió utilizando la proteasa bromelina.
El tratamiento de proteasas (se llama así a las enzimas que catalizan
la digestión otras proteínas) no sólo redujo la concentración
de epítopes (lugares de anclaje) de CD44 en la superficie de células
del tumor sino que sus resultados implican que el tratamiento
con enzimas proteolíticas puede ser útil para reducir la conducta
metastásica de las células malignas".
En un estudio hecho con animales en el 2001
M. Wald confirmó
esta disminución de CD44 y CD54 demostrando además que una mezcla
de enzimas podía reducir la formación de metástasis de melanoma
B16 a la vez que el tiempo de supervivencia se alargaba significativamente.
Concluyendo que la serina y la cisteína son capaces de inhibir
las metástasis. En otro estudio con ratones efectuado por
Leighton
King -investigador del
St'Josephs Hospital en Arizona-
se constató cómo basta agregar pancreatina a la dieta para que
aumente el nivel de anticuerpos en un 260%. Y una tercera investigación,
esta vez de
P. D. J. Holland en humanos, demostró que las
enzimas proteolíticas refuerzan el inmune aumentando significativamente
el número de linfocitos T, sobre todo en los grupos de mayor edad
y en los pacientes con enfermedades malignas.
Y son sólo algunos ejemplos de investigación base porque existen
otros estudios realizados con seres humanos que van en la misma
dirección. En uno de ellos recientemente publicado en la revista
Cáncer, Chemotherapeutics and Pharmacology los pacientes
tratados de cáncer de colon con enzimas orales experimentaron
una significativa reducción de los síntomas asociados a la enfermedad,
según el director de la investigación
Tadeuz Popuela, del
Department of General Gastroenterological Surgical Clinica
de Cracovia (Polonia). Es más, se constató que reducía las
reacciones adversas de los tratamientos de radioterapia y quimioterapia.
Obviamente podríamos seguir citando estudios e investigaciones
pero no es el motivo de este reportaje seguir profundizando en
las posibilidades de las enzimas en la lucha contra el cáncer
-cosa que haremos próximamente- sino dejar claro que las enzimas
pancreáticas -núcleo de la terapia Kelley-González- forman parte
por derecho propio del arsenal natural contra el cáncer. Y de
ellas, los pacientes de González reciben 45 gramos diarios por
vía oral distribuidas a lo largo del día.
En todo caso, si decide seguir informándose sobre esta línea terapéutica
tenga muy en cuenta las palabras del propio doctor González:
"Nuestra
experiencia indica que la calidad, métodos industriales y composición
varían ampliamente entre las preparaciones disponibles comercialmente
de enzimas pancreáticas. Por tanto, no pueden usarse los resultados
de nuestros estudios como aprobación para cualquier otro producto
obtenido en una tienda de suplementos, una farmacia o a través
de Internet". Es decir, en la cantidad, calidad y combinación
de las enzimas está la cuestión.
LA TERAPIA NUTRITIVA
La dieta alimenticia es otro de los soportes fundamentales tanto
del método de Kelley como del de González. Cuando Donald Kelley
se enteró de que moriría de cáncer de páncreas se lo comunicó
a su madre y lo primero que ésta hizo al llegar a su lado fue
¡cambiarle por completo la dieta! Kelley había vivido principalmente
a base de hamburguesas, fritos y chocolate... y a partir de entonces
empezó a comer fruta, verduras, legumbres, semillas y nueces.
Pasaron las semanas y lejos de empeorar comenzó a sentirse mejor
así que buscando información sobre nutrición y cáncer acabó encontrando
la
dieta Gerson, elaborada por un importante médico
alemán que ya en la década de los 30 del siglo XX había desarrollado
su propia terapia para enfrentarse a las enfermedades degenerativas
a base de frutas y verduras frescas, nueces, semillas y, sobre
todo, muchos zumos frescos (de 8 a diez vasos al día). Kelley
siguió a rajatabla la dieta sintiendo cómo mejoraba día a día
pero también percibió que si se apartaba de la dieta el tumor
y los síntomas volvían a manifestarse. Así que buscando alivio
para algunas de las molestias provocadas por el tumor Kelley se
confió a su farmacéutico y recibió de éste un recipiente grande
de enzimas pancreáticas. A los 3 días estaba tomando ya 50 cápsulas
de enzimas con cada comida. Según contaría luego, primero empezó
a sentir que los dolores por los tumores eran mucho más suaves
y
finalmente "cómo encogían y se disolvían". Pero necesitaba
seguir con el mismo régimen nutricional. El programa de Kelley,
hoy, prescribe una dieta que se ajusta a cada individuo y que
ha ido evolucionando a lo largo de los años. Podría llegar a hablarse
incluso de tres dietas: una vegetariana, una algo carnívora -ya
que encontró a lo largo de los años personas que no pueden prescindir
de la carne- y una tercera categoría que necesita de las dos anteriores.
En general la dieta pone mucho énfasis en las frutas frescas,
las verduras crudas y el consumo de zumos frescos de frutas y
verduras recién hechos a diario. También priman las fuentes de
proteína basadas en plantas como cereales, nueces, semillas y
granos. Y permite uno o dos huevos diariamente. En cambio, rechaza
las comidas procesadas, la leche, los cacahuetes, el azúcar blanco
y el arroz blanco. Las proteínas animales -sobre todo las carnes
rojas- quedan reservadas para los casos concretos en que sean
absolutamente necesarias.
En su estudio de la nutrición Kelley llegó a evaluar los resultados
de las dietas en función del funcionamiento del sistema nervioso
simpático y parasimpático de sus pacientes ya que dependiendo
de cuál de ellos sea el dominante sería necesaria una dieta u
otra. Pues bien, el programa nutritivo de González sigue esta
línea y a través del análisis del cabello diseña una dieta individual
que puede ir desde la dieta vegetariana pura a una dieta que requiera
carne roja. Dieta que se complementa con suplementos que también
se indican de forma individualizada. Con González cada paciente
de cáncer consume diariamente entre 130 y 175 cápsulas que incluyen
vitaminas, minerales, elementos micronutrientes, antioxidantes
y productos glandulares animales, prescritos según las necesidades
del paciente y el tipo de cáncer.
Igual que había hecho anteriormente Kelley. trató de relacionar
la dieta natural a base de alimentos crudos con el beneficio de
las enzimas pancreáticas y la teoría de Beard. De esta manera
averiguó que cuando se cocinan los alimentos, aunque las vitaminas
y minerales no queden completamente destruidos la eficacia de
las enzimas se pierde. La comida fresca y cruda, por el contrario,
permite al organismo adquirir las enzimas necesarias para su adecuado
funcionamiento.
LOS ENEMAS DE CAFÉ
Pero volvamos a la experiencia de Kelley... Porque hay que decir
que si bien la nueva dieta había estabilizado su estado físico
y las enzimas se encargaban del tumor notó que cada cierto tiempo
empeoraba. Decidió entonces dejar de tomar momentáneamente las
enzimas cuando eso sucedía... y comprobó que los síntomas disminuían.
Sin embargo, también notó que al poco tiempo el tumor volvía a
recuperarse. Hasta que concluyó que los períodos en los que se
sentía mal eran causados por los restos metabólicos del tumor
atacado por las enzimas... que resultaban tóxicos para su organismo.
Y encontró la solución en los enemas de café, sin duda la parte
de su método que más controversia ha suscitado. Claro que Kelley
no se informó de los enemas de café a través de manuales de medicinas
alternativas sino en el internacionalmente reconocido
Manual
Merck que los había incluido como instrumento terapéutico
¡en 1889! Y comprobó que daban resultado.
Por eso en su programa Kelley recomienda que los pacientes realicen
al menos una vez al día una desintoxicación interna con enemas
de café. Como decimos, la razón de someterse periódicamente a
una técnica de desintoxicación como esa es que las enzimas, en
cantidades suficientes, al descomponer el tumor canceroso generan
restos metabólicos que resultan bastante tóxicos para el cuerpo
humano. Algo que ya había anunciado Beard en 1911. Y esas sustancias
tóxicas deben, por tanto, ser eliminadas cuanto antes. Algo que
logra con efectividad un enema de café. Resulta que al incluirlo
en el agua que entra por el colon el café termina siendo absorbido
por el hígado a través de la vena porta que recoge del intestino
la sangre cargada con sustancias alimenticias digeridas para que
el hígado las procese. La cafeína del café relaja entonces los
músculos lisos de los conductos biliares provocando una mayor
amplitud de los mismos y facilitando la excreción de los tóxicos.
Los enemas servirían además para lavar y limpiar completamente
las paredes del intestino, quitar la mucosidad anormal y vaciarlo.
La limpieza del colon facilita la eliminación de residuos.
"De los centenares de pacientes de Kelley que entrevisté durante
mi estudio -afirma González- todos ellos me informaron del alivio
sintomático significativo que experimentaban con los enemas. En
mi propia práctica mis pacientes me informan de ese mismo bienestar
y del alivio de los síntomas después de un enema de café. Y los
enemas, por nuestra experiencia, parecen ser seguros. No tengo
documentado ningún efecto colateral serio en los miles de pacientes
de Kelley que evalué ni en mi propia experiencia. Sin embargo,
no animo a nadie a intentar aplicarse los enemas de café salvo
si lo hace bajo la supervisión de un profesional". En cualquier
caso -añadiremos nosotros-, ni los enemas de café, ni ningún otro
de los elementos citados a nivel informativo en este artículo
deben utilizarse sin la supervisión de profesionales debidamente
preparados.
Para terminar diremos que aunque González no lo ha asumido como
parte de su método terapéutico, el programa de Kelley buscaba
influir sobre el sistema nervioso autónomo del paciente y aconsejaba
trabajar también sobre el lado "espiritual" del enfermo. Cada
vez está más constatado que muchas técnicas -incluyendo el Zen,
el yoga, la meditación y algunas formas de oración- ofrecen a
menudo como repuesta fisiológica una relajación que se caracteriza
por una disminución del metabolismo, de la frecuencia cardíaca
y respiratoria, de la tensión sistólica y diastólica, y de las
ondas cerebrales alfa, theta y delta. Todo ello contribuye a un
mayor bienestar. Así pues, formen parte o no de un tratamiento
está claro que cualquiera de estas técnicas es recomendable para
el bienestar físico y mental de una persona.
El método
Kelley-Gonzalez supone, en definitiva, un cambio
total en la vida de cada enfermo que se ve obligado a romper con
sus hábitos y costumbres para buscar una solución a la enfermedad
y asumir de forma activa su mejoría.
ENTREVISTA CON NICHOLAS GONZALEZ
Antes de dar por concluido este texto quisimos saber cómo se hallaba,
en el momento de cerrar esta edición, el estudio que el Instituto
Nacional del Cáncer de Estados Unidos tiene en marcha sobre el
método de Nicholas González, según explicamos al empezar este
artículo. Tales fueron sus respuestas:
-El estudio -nos diría- continúa desarrollándose en la Universidad
de Columbia (Nueva York) bajo la dirección del Dr.
Chabot.
Esperamos que esté terminado para dentro de dos años. Tenga en
cuenta que los ensayos clínicos siempre avanzan despacio y a veces
puede llevar hasta cinco años conseguir un estudio clínico terminado.
En nuestro caso el estudio comenzó lentamente por distintas razones.
Y es que ha sido la primera vez que el Instituto Nacional del
Cáncer se ha involucrado realmente con un tratamiento de tipo
alternativo por lo que hubo mucho trabajo que hacer hasta que
el estudio quedó preparado a plena satisfacción de todos. En suma,
sigue adelante.
-¿Cuál es actualmente la situación legal de su tratamiento?
-En Estados Unidos no hay ningún problema legal con su práctica.
Sé que en Europa, debido al
Codex Alimentarius, el suministro
de suplementos es cada vez más difícil pero aquí, por el momento,
no hemos tenido ningún problema. La terapia se lleva a cabo a
diario sin dificultad. Y debo decirle que las enzimas siguen funcionando
tan bien como lo han hecho desde el principio. Los resultados
en nuestra práctica global son realmente buenos desde hace cinco
años.
-La decisión del Instituto Nacional del Cáncer de llevar a
acabo un estudio sobre su método de tratamiento y las enzimas
pancreáticas, ¿ha modificado la opinión de la oncología oficial
sobre el mismo?
-Creo que la involucración del Instituto Nacional del Cáncer en
el ensayo clínico ha tenido efectos sobre las convicciones de
algunos oncólogos pero no ciertamente sobre la mayoría. En cambio,
estamos empezando a ver cambios en su actitud hacia nuestro trabajo.
También es verdad que como cada vez es mayor el número de pacientes
nuestros que experimentan mejoría es normal que los oncólogos
se muestren cada vez más interesados en lo que estamos haciendo.
-¿Están disponibles en el mercado las enzimas que usted utiliza?
-Las enzimas que utilizamos sólo están disponibles para nuestros
pacientes puesto que nosotros no queremos que los pacientes se
traten a sí mismos con ellas. El tratamiento enzimático debe involucrar
a doctores experimentados en su uso. El nombre de la compañía
que elabora el producto es
Pancreas Glandular Tissue y
las elabora bajo nuestras especificaciones. Dicho lo cual debo
añadir que hoy por hoy no pueden adquirirse ya que nos las comercializamos.
-¿Por qué enzimas pancreáticas de cerdo?
-Simplemente porque parecen funcionar muy bien. Recuerde que durante
décadas los médicos usaron con gran éxito la insulina del cerdo
para tratar diabetes. Además se puede disponer de ellas fácilmente
en grandes cantidades y, desde luego, son bastante baratas comparadas
con la quimioterapia. No obstante, a todos nuestros pacientes
les damos ciertos nutrientes para ayudar a su páncreas a mejorar
su rendimiento y aumentar su propia producción de enzimas.
-Una última pregunta: ¿el tratamiento que usted utiliza es
válido para todos los enfermos de cáncer o sólo para los de páncreas?
-Nosotros tratamos todos los tipos de cáncer. Desde un cáncer
de cerebro a leucemia. Las enzimas parecen trabajar igualmente
contra todos ellos y sus metástasis. Son muchos los pacientes
que vinieron hasta nosotros con cánceres muy extendidos y que
tras seguir el tratamiento pudieron constatar cómo sus tumores
disminuyeron de tamaño.
Antonio F. Muro