Herejes de la Medicina

A lo largo de la historia ha habido siempre hombres y mujeres que se adelantaron a su época sin que sus coetáneos supieran entenderles ni valorar sus aportaciones al conocimiento humano. Y muchos de ellos murieron vilipendiados y hasta ultrajados, algo de lo que se ocuparon los poseedores de la verdad oficial, generalmente los más ignorantes, prepotentes y soberbios de sus compañeros. El ámbito de la Salud y de la Medicina no constituyen una excepción. Ni siquiera hoy día.

Son tantos los hombres que se adelantaron a su tiempo que precisaríamos centenares de páginas para mencionarlos a todos. Además, hay que reconocer que la Medicina hindú y china poseían hace ya miles de años conocimientos que en Occidente recién empezamos a descubrir. En cualquier caso, quienes hicieron descubrimientos a este lado lo tuvieron difícil porque no bastaba convencer a sus colegas sino aceptar que lo que descubrían no chocaba con las creencias oficialmente establecidas por la Iglesia. Si así fuera, el riesgo de perder la vida era evidente, como demuestra la historia. En definitiva, la evolución del arte de curar ha sido –y es- en buena medida un avance sólo posible gracias al esfuerzo, curiosidad y trabajo de unos pocos, en muchos casos a pesar de la opinión de la mayoría. Porque cuanto más ignorancia encontraron, más soberbia demostrarían quienes negaban que sus descubrimientos pudieran ser ciertos. Sólo que en lugar de argumentos recibían exabruptos y descalificaciones gratuitas.

Veamos algunos casos.

MIGUEL SERVET Y WILLIAM HARVEY 

El primero español, el segundo inglés. Ambos genios de alientos atlantes y de descubrimientos importantísimos. Sólo que sus destinos, unidos por complementarios hallazgos, divergen en el momento del adiós terreno: a Harvey le esperaría la gloria, a Servet la hoguera.

Miguel Servet (1511-1553) nació en Villanueva de la Sigena (Huesca) yse formó como médico en las universidades de Tolouse y París siendo nombrado médico de un arzobispo francés en 1541. Y sería quien, contra todos los dogmas existentes entonces, descubriría y describiría minuciosamente la circulación pulmonar adelantándose en varios decenios al trabajo del británico William Harvey. Claro que existía ya el antecedente poco conocido de los trabajos del médico árabe Ibn al-Nafis -conocido también como al-Quarashi sobre la circulación pulmonar en el siglo XIII.

Para comprender lo que supuso el trabajo del investigador español tenemos que hacer una breve reseña del estado de los escasos conocimientos anatómicos que se tenían y de las teorías médicas imperantes en su tiempo. Y es que todavía se enseñaba que la sangre, formada a partir del quilo, era transportada desde el hígado por las venas a todo el organismo y que las arterias eran simples conductos que llevaban aire al corazón. Claro que todo el conocimiento anatómico y médico de la época era una fiel reproducción de las enseñanzas de Galeno que, como bien se sabe, jamás realizó disección humana alguna. Estábamos, pues, ante una medicina llena de concepciones de naturaleza mística, supersticiosa, mágica, alejadas de todo espíritu científico basado en la observación e investigación.

De hecho, tuvieron que aparecer los anatomistas artistas – ladrones de cadáveres- para que la realidad anatómica pudiera ser la traslación veraz de la realidad humana. Piénsese que la Iglesia Católica anatematizaba con pena de excomunión a quienes intentasen la disección de cadáveres. El hombre, hasta muerto, era una obra de Dios y la profanación de su cadáver tenía que ser castigada con ejemplaridad.

Valga como ejemplo el relato de la situación que vivió uno de los mas insignes y preeminentes cirujanos de su tiempo, el británico John Hunter. En aquel tiempo, el robo de cadáveres para su disección era una práctica habitual que generaba pingües beneficios y que facilitaba la aparición de mafias de ladrones a las que tenían que acudir las facultades de Medicina para proveerse de material de investigación y enseñanza. La grotesca situación que le tocó vivir al Dr. Hunter raya con el humor más negro que pueda imaginarse. He aquí la trascripción de lo acaecido.

-¿Quién es usted?

-Soy la mujer del hombre que tenía que traerle un cadáver.

-Pero mi petición era la de un cadáver femenino -replicó Hunter lleno de indignación- y usted me trae el de un hombre.

-¡Ay, doctor! -sollozó la mujer-. Los guardas del cementerio sorprendieron a mi marido y le dieron muerte. Aquí le traigo su cadáver. Apiádese de mí que me he quedado viuda y en la ruina. No permita que me quede en la ruina.
Hunter se apiadó de la mujer y le compró el cadáver.

LA HEREJÍA DE VEITHE 

Uno de los primeros casos documentados de herejía médica lo tenemos en la figura del médico hamburgués Veithe que en 1521 fue condenado a la hoguera por haberse atrevido a dirigir un parto disfrazado de comadrona. ¿Y cómo había llegado el Dr. Veithe a tener que disfrazarse de mujer para atender un parto? Pues, sencillamente, porque osó entrar en colisión con el “orden establecido” que, en ese aspecto, podía resumirse en 2 preceptos que, aunque incongruentes, eran paradigmas del momento:

1) Que ninguna mano de varón mancillara el “honor” de una parturienta. Y,
2) Defensa a ultranza de las prerrogativas de las comadronas que defendían sus derechos y canonjías de asistir a las parturientas… aunque su falta de conocimientos llevaran al óbito de madre e hijo.

Bien, pues Veithe cometió el pecado de anteponer conocimiento y amor al prójimo a su propia seguridad. La ejemplarizante respuesta del estamento oficial fue drástica: la muerte por hoguera con el posterior aventamiento de cenizas. Al “ave fénix científica” había que cortarle las alas, reducirla a cenizas y esparcir éstas para evitar su resurrección.

PRECURSOR DE LA CIRUGÍA 

Ambrosio Paré es una de las figuras señeras del arte médico y auténtico predecesor de la “cirugía científica”. Pero a pesar de su gran valía y de su estatura científica -muy por encima del resto de sus colegas médicos- no se libró de las críticas de sus “sabios y doctos mayores”, en este caso el cuerpo médico de la Facultad de Medicina de París.

Hemos de situarnos en el tiempo, en los primeros años del siglo XVI. La cirugía estaba entonces al servicio de la guerra y se puede entender la desesperación que embargaba a los cirujanos al no disponer mas que de pólvora, sierras y aceite hirviendo para cauterizar heridas y miembros sangrantes. Creo que la forja de aquella raza de cirujanos fue la más dura para cualquiera que a todo hombre considerase su hermano. Y vaya como muestra la descripción que Ambrosio Paré dejó reflejada en uno de sus escritos: “…irrumpimos en la ciudad y pasábamos por encima de muertos y heridos. Oíamos por debajo de los cascos de nuestros caballos los gritos de los que todavía no habían fallecido. En una cuadra encontré a 4 soldados muertos y a otros tres que gemían apoyados contra la pared. Sus rostros estaban completamente desfigurados. No veían, ni oían, ni podían hablar. Mientras los contemplaba compadecido, entró un veterano lansquenete y me preguntó si veía alguna posibilidad de curarles. Le dije que no. Entonces se acercó a ellos y les degolló uno tras otro. Al ver tan espantosa crueldad le dije a gritos que era un malvado. Pero él replicó, con calma, que sólo pedía a Dios que, de estar en la misma situación, hubiera alguien que hiciera otro tanto por él”.

Pues bien, Ambrosio Paré demostró que la cirugía debía apoyarse en sólidos conocimientos de anatomía humana y en precisos conceptos fisiológicos. Introdujo la ligadura de los vasos sangrantes y señaló con exactitud el sitio en el que debían realizarse las amputaciones pues -como demostró claramente- sólo el tejido sano podría recuperarse y la “sanies putrida” detenida en su pavorosa extensión. Transcribimos, literalmente, el violento ataque de la Facultad de Medicina parisina ante los indudables avances que introdujo Paré en el arte quirúrgico y que constituirían las bases científicas de la cirugía, vilipendiadas con la más atroz inquina, negligencia e ignorancia: “Un atrevido ignorante, con tanta altivez como ausencia de reflexión, ha tenido la osadía de desechar la cauterización al hierro candente de los vasos después de la amputación de miembros y sustituirla por un nuevo procedimiento: la ligadura de los vasos que tanto repugna al conocimiento y ello sin ver que la tal ligadura es mucho más peligrosa que la cauterización al hierro candente. En verdad quien es capaz de resistir esta operación de carnicero tiene motivos para dar gracias a Dios de conservar la vida después de ser tratado por un procedimiento tan bárbaro y digno solo de un verdugo”.

Como contrapunto final transcribimos un fragmento de la conversación que mantuvo Ambrosio Paré con el monarca Carlos IX, a la sazón enfermo:

-“Creo-le dice el rey- que estarás mejor curando al rey que a los pobres del hospital.

-No, mi señor –respondería él-; eso es imposible.

-¿Por qué?, replicó el rey.

-Porque yo a mis enfermos los cuido como a reyes”.

IGNAZ PHILIPP SEMMELWEIS 

Hoy nadie discute que el húngaro-alemán Ignaz Philipp Semmelweis fue el primero en plantear el problema de la “infección por contacto”, entablar la batalla contra ella y ganarla. Su aparición en el campo de la Medicina fue un fenómeno casual consecuencia -por encima de cualquier otra consideración- del amor al prójimo.

Iba para jurisconsulto cuando conoció al profesor Rokitanski, creador de la rama de Anatomía Patológica. Este encuentro cambió su vida por completo dedicándose desde entonces, con toda su voluntad y entusiasmo, al estudio de la Medicina. Su esfuerzo fue compensado con la obtención -a los 22 años de edad- de una ayudantía médica en la Primera Clínica de Obstetricia de Viena.

Por aquel entonces, la fiebre puerperal causaba tantos estragos que, a nivel hospitalario, el índice de mortalidad era del 30% mientras que el índice en las mujeres que parían en casa sólo alcanzaba el 5%. Pero en vez de tomar en consideración y estudiar este irrefutable hecho, los catedráticos de Obstetricia se debatían en intrincados jeroglíficos lingüísticos definiendo la enfermedad: “Enfermedad cimótica de curso agudo que, de existir predisposición en la parturienta, etc., etc., etc.”. Como puede apreciarse con diáfana claridad, la semántica suele ser el oscuro refugio de la escasez del poder de observación, pobreza de ideas y ausencia total del empirismo.

Pero lo que sublevó al joven médico no era la escasez de conocimiento sino la resignación de aceptar el dolor, la infección y la muerte de tantas desdichadas parturientas como hechos inevitables ante la completa inoperancia de las respuestas terapéuticas que se ofrecían. Empezó pues a estudiar a fondo el problema desglosando los hechos hasta entonces conocidos y las terapias ofrecidas. Y lo primero que descubrió –o, mejor dicho, destapó- fue la distinta tasa de infecciones que se producían en las diferentes subsecciones de la clínica de Obstetricia. Así, puso de manifiesto que la primera subsección tenía una tasa de infecciones puerperales 10 veces mayor que la segunda. ¿Cuál o cuales eran las causas para tan colosal diferencia? El caso es que expuso este hecho a sus superiores recibiendo como respuesta el mayor desaire que pueda hacerse ante la denuncia de un hecho importante: la ignorancia del mismo y la repulsa por poco válido del resultado descubierto. Lejos de desalentarse, Semmelweis da con la segunda clave, que vino a ser la respuesta a la anterior interrogante: la segunda sección estaba dedicada a la enseñanza de las comadronas que, por ley, tenían prohibido el acceso a la sala de autopsias. Esto le llevó a la lógica conclusión de que eran los propios médicos el foco de transmisión de la infección puerperal, llevada desde las pestilentes salas de autopsias. En efecto, sin cambiarse de ropa y utilizando las mismas herramientas, el médico pasaba de las autopsias a la atención directa de las parturientas.

La denuncia de este hecho encontró la feroz oposición de sus compañeros que no podían aceptar culpabilidad alguna en la propagación de las enfermedades puerperales. Una vez mas, cuando los hechos no nos complacen suprimimos la verdad llegando hasta negar las evidencias más claras. Sin embargo, la instauración de simples medidas de higiene -lavado de manos, cambios de ropa, limpieza del lecho de la yacente parturienta y sus inmediatos alrededores- fueron suficientes para rebajar el índice de enfermedades infecciosas y muertes puerperales de forma considerable.

En suma, ante unos hechos que parecían irrefutables y fuera de cualquier duda, la respuesta fue la más devastadora agresión y persecución de un médico que se atrevió a disentir de las “verdades establecidas”. Y de nada sirvió que resolviese un problema tan importante y pusiera los conocimientos para luchar contra las enfermedades de transmisión por contagio: fruto del acoso de sus colegas, fue ingresado en un hospital psiquiátrico. Una vez allí, hubo de abrírsele con un cuchillo un absceso que presentaba. El mismo cuchillo que había sido utilizado, previamente, en una autopsia. Adivine el lector cuál fue la causa de su muerte: la misma infección contra la que había luchado toda su vida.

La pregunta que queda en el aire es: ¿Quién mató a Semmelweis? ¿Los gérmenes o la incomprensión?

Tenía sólo 47 años.

JOSEPH LISTER 

El mismo año que falleció Semmelweis, Joseph Lister trabajaba en Londres. Sin saberlo, estaba destinado a tomar la antorcha contra las infecciones puerperales y quirúrgicas de todo tipo.

Lister era un hombre de formas apocadas que se definía a sí mismo como “persona carente de genio por nacimiento pero dotado de aplicación, tenacidad e imperturbable congruencia en sus ideas y en sus actos”. A día de hoy sería considerado un hombre sin carisma pero de consecuciones notables. ¡Benditos, pues, los humildes de soberbia!

Las infecciones hospitalarias en tiempo de Lister seguían siendo tan devastadoras y los medios para combatirlas tan ineficaces que se propuso en muchos casos la destrucción de todas las instalaciones hospitalarias existentes.

Bien, pues en 1860 Lister se hizo cargo de la Clínica Quirúrgica de Glasgow y comprobó que su sección se hallaba al lado de las fosas comunes donde se enterraban los muertos de una epidemia de cólera de 1849.

Lister se propuso entonces luchar contra lo que, en aquel entonces, se llamaba la supuración traumática y la gangrena hospitalaria. Y una de sus primeras observaciones fue que la evolución de una fractura de huesos no era la misma si la piel estaba íntegra (fractura cerrada) o, por el contrario, abierta (fractura abierta). Mientras la primera curaba sin sanies (infección), la segunda casi siempre se complicaba de infección, y, con frecuencia, se seguía de pavorosas gangrenas. Y ese hecho, sin duda observado por miles de cirujanos, sólo prendió en la intuitiva imaginación del genio de Lister. El dilema ante el que se encontró era el siguiente: ¿era realmente el aire la causa del proceso de gangrena o era algo que había en el aire?

Fue entonces -en 1865- cuando caerían en sus manos los descubrimientos de Pasteur. Y el dilema se desvaneció. Los gérmenes, presentes en el aire, eran sin duda los causantes de las infecciones y gangrenas. Así que, llevado por la euforia de sus conclusiones, comenzó -contra el viento y marea de la inercia, envidia e ignorancia de los que defendían sus prebendas y canongías- una paciente labor de sistemática investigación y recogida de datos que apoyasen sus creencias. Y hay que decir que fueron muchos los fracasos en busca de soluciones que aislasen las heridas de las pestilentes fuentes de infección y contagio… pero nunca desfalleció. Una vez más, la sutil intuición sobre un hecho empírico vino a proporcionarle otro elocuente dato en pos de sus postulados: observó que el ácido fénico había dado resultados excelentes en la desinfección y desodorización de las aguas residuales de la ciudad de Glasgow acabando con una plaga de entozoarios que tantos estragos producía en la cabaña bovina del país. Y pensó: ¿por qué no probar con él?

Y así, tras muchas pruebas, acabó ideando un ingenioso tipo de apósito que consistía en 8 capas de gasas esterilizadas por cocción y empapadas en ácido fénico. Luego, entre la séptima y octava capa, interpuso una de forro impermeable con el fin de evitar los contaminantes gérmenes desde el exterior.
Y el fruto de su éxito empezó a prender… pero también lo que suele llevar aparejado: las más acerbas críticas, las agresiones y hasta la mofa más cruel ante sus tesis de trabajo. La clase médica le dio la espalda y de nada le sirvieron las sorprendentes estadísticas que, en el campo de las fracturas abiertas, presentó. Se imponía, como tantas otras veces, el egoísmo personal al amor a los desesperados dolientes.

Indómito, Lister quiso extender la técnica que utilizaba en el tratamiento de las fracturas abiertas a otros campos del quehacer quirúrgico para lo que tuvo que inventar todo tipo de medios que impidiesen que el “infecto” aire alcanzase el campo operatorio. Creó así un “telón aséptico”, ordenó que toda la instrumentación quirúrgica estuviera introducida en una solución de ácido fénico y … muchas cosas más. El olor dulzón del ácido fénico vino a sustituir al pestilente y pútrido de las gangrenas. Y demostró, de forma incuestionable, que las heridas podían curar sin “la vivificante acción del pus”.

Ni que decir tiene que lo que debía haber sido recibido con alborozo se tradujo de nuevo en un ataque sistemático que le vino del propio estamento quirúrgico oficial. Hasta las enfermeras se levantaban en acerbas críticas contra aquel osado profanador de sus enseñanzas y crítico de sus métodos de atención de los enfermos.

En 1877 fue llamado por el King´s College de Londres, una de las instituciones hospitalarias más reconocidas de su época. Y allí volvió a encontrarse con una nueva edición -corregida y aumentada- de previas pasadas experiencias. Pero lo que más le dolió fue la falta de interés de sus colegas londinenses que, a pesar de sus continuos fracasos e incapacidad de solucionar sus problemas infecciosos, dieron la espalda a la evidencia que la realidad de los resultados de Lister mostraba.

Sus colegas le ignoraron y le hicieron diana de sus mofas. Todavía en la última década del siglo XIX, entre sus compañeros cirujanos estuvo en boga una broma consistente en gritar a todos los que entraban en un quirófano: ¡Cerrad pronto las puertas, no vayan a entrar los microbios de Lister!
Como siempre, la incomprensión y la soberbia -propias de la ignorancia- como telón de fondo.

Dr. José Pérez Fernández

Este reportaje aparece en
25
Febrero 2001
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