¿La rinitis alérgica estacional la causa el polen o la contaminación y una flora intestinal dañada?

La rinitis alérgica estacional o fiebre del heno se achaca desde hace décadas al polen pero entonces, ¿por qué afecta sobre todo a quienes viven en lugares con el aire contaminado y a quienes sufren disbiosis intestinal, es decir, a quienes tienen un microbioma intestinal anómalo, problema fundamentalmente debido a una mala alimentación y al uso frecuente de antibióticos? Es más, todo indica que es la permeabilidad intestinal lo que hace que entren en el torrente sanguíneo péptidos ajenos que el sistema inmune combate segregando citoquinas proinflamatorias siendo éstas las que, cuando alcanzan el epitelio respiratorio, dan lugar a fuertes reacciones en él. Y siendo así es obvio que ni los antihistamínicos de síntesis química ni los peligrosos broncodilatadores que sugieren usar los médicos son la solución. El problema puede y debe afrontarse de forma natural y sencilla. Lo explicamos en detalle.

 

RINITIS ALERGIA

Millones de personas de todo el planeta sufren cada primavera una desagradable congestión nasal y/o lacrimal durante apenas unos días pero otras ven cómo además se irritan sus vías aéreas superiores impidiéndoles llevar un ritmo normal de trabajo; problema que puede llegar a ser invalidante si dificulta la respiración y da lugar a una intensa fatiga. Y lo anómalo y grave es que esto le empieza a suceder cada año a más personas. De hecho tal es la principal razón de que en nuestro país se estableciese la Red Española de Aerobiología -absurdamente duplicada en muchas autonomías- cuyo fin es medir la densidad diaria de polen en el aire clasificándolos por especies e intensidad (baja, media, alta y muy alta) ¡como si saber cuánto polen hay en el aire sirviese para algo! Y por lo que a los médicos se refiere lo cierto es que solo saben recetar paliativos -antihistamínicos y corticoides- que a la larga pueden causar grandes daños en el organismo.

La versión institucional es que la llamada rinitis alérgica estacional o “fiebre del heno” se debe al polen de las plantas con semilla que florecen en primavera asegurándose que la sufre cada vez más gente. Es ya el caso por ejemplo de uno de cada cinco españoles y uno de cuatro británicos, país éste que mencionamos porque el porcentaje de afectados ha pasado del 12% en 1980 al 25% actual.

Ahora bien, ¿es el polen el responsable real? Analicémoslo viendo qué pasaba en Inglaterra hace 200 años donde si bien el problema se sufría desde hacía siglos no se consideró una patología específica hasta que el médico londinense John Bostock, -que la padecía desde niño- la describió en 1819 ante la Sociedad Médica y Quirúrgica de Londres explicando su sintomatología, grados de intensidad y periodicidad en un trabajo titulado Afectación periódica de los ojos y del pecho. ¡Solo que nunca se le ocurrió asociarla al polen primaveral! De hecho cuando quiso comparar sus síntomas con los de otras personas ¡tardó 9 años en encontrar 28 casos iguales al suyo! Luego, ¿cómo iba a plantearse que pudiera deberse al polen siendo el número de casos tan exiguo? Hubiese sido absurdo. Sería el Dr. Charles Harrison Blackley quien 25 años después de la muerte de Bostock, al sufrir también esos síntomas pero fundamentalmente en primavera, se preguntó si no sería el polen la causa y se dedicó a almacenar y clasificar distintos tipos y guardarlos hasta el invierno. Luego, llegado éste, se dedicó a inhalarlos descubriendo que algunos le provocaban efectivamente los molestos síntomas que sufría en primavera por lo que en 1873 postuló que lo que hoy conocemos como rinitis alérgica o fiebre del heno lo causa el polen de las plantas con semilla. Blackley iría luego más allá al observar que los escasos casos se daban sobre todo en las urbes, en personas de clase alta y nunca en el medio rural; de hecho en Irlanda, país poblado entonces casi exclusivamente por campesinos, el problema ni se conocía. De hecho hasta principios del siglo XX se trató de una enfermedad rara, casi desconocida. ¿Y entonces? ¿Por qué afecta hoy a casi un 25% de la población? ¿Qué ha cambiado desde entonces para que sea así? ¿Y por qué afecta a unas personas y no a otras? Es más, ¿por qué también hoy el número de casos es muy superior en las zonas urbanas, especialmente en las grandes ciudades? ¿Por qué afecta a personas de todos los continentes?

Son preguntas para las que los expertos dicen no tener respuesta y de ahí que los médicos se limiten a recetar antihistamínicos, corticoides y bronco-dilatadores haciendo felices a los laboratorios farmacéuticos. Sin embargo hace ya 18 años el Dr. Javier Subiza -Presidente del Comité de Aerobiología y Coordinador de la Red Nacional de Colectores de la Sociedad Española de Alergia entre 1993 y 2010- explicó en nuestra revista que la causa estaría en el hecho de que no es el polen el que provoca las alergias sino las partículas procedentes de los hidrocarburos de fábricas y vehículos motorizados que éstas trasportarían. Por eso en las zonas rurales no industrializadas -salvo cerca de las autopistas y carreteras de mucho tráfico- el número de casos es muy pequeño -por no decir casi inexistente- a pesar de que es donde hay más polen. Éste no sería pues más que el medio de transporte por el que las alérgenas partículas de los hidrocarburos llegarían hasta nosotros provocando la reacción del sistema inmune. Lo explicó en nuestra revista hace 18 años en el reportaje que con el título El petróleo, principal causa de las alergias, apareció en el nº 5 correspondiente a junio de 1999.

Algo que aclara por qué en Europa el problema empezó con la Revolución Industrial y el uso masivo del petróleo. Subiza contaría al respecto un hecho significativo: antes de la reunificación alemana la incidencia de fiebre del heno en Leipzig era muy pequeña pero en Munich -como en el resto de las ciudades europeas- muy alta. Pues bien, cuando tras la reunificación se quitaron los obsoletos sistemas de carbón de Leipzig y se consiguió una ciudad aparentemente menos contaminada en donde la fuente de energía predominante es el gasoil ¡la incidencia subió de forma espectacular!

“La causa del espectacular aumento de las alergias no se puede explicar por los pólenes ya que han estado siempre ahí y sus concentraciones son las mismas año tras año -nos diría-. En Madrid estamos midiendo las concentraciones de pólenes de gramíneas desde 1973 y no hemos observado que tengamos más de que las que teníamos entonces; en todo caso tienden a bajar ligeramente porque cada vez tenemos más ciudad y menos campo. La causa, pues, apunta a la contaminación; concretamente a la contaminación por derivados del petróleo”. Añadiendo: “Tenemos pruebas de laboratorio que demuestran que las partículas procedentes del gasoil provocan por un lado que los pólenes sean cada vez más alergénicos y, por otro, que los pacientes se sensibilicen con mucha más facilidad”.

Ahora bien: ¿por qué afecta entonces a unas personas y no a otras? ¿Y por qué a unas con mayor gravedad que a otras? Pues porque como decía Antoine Béchamp todo depende del “terreno”; en otras palabras, del estado de cada organismo y de las peculiaridades genéticas de cada uno.

En 1994 un grupo de alergólogos alemanes del Hospital Universitario de Niños de Munich coordinado por el Dr. E. von Mutius estudió a un numeroso grupo de escolares comprobando que los niños de Alemania Occidental eran más sensibles al polen que los de la antigua Alemania Oriental, más rural y menos industrializada; el trabajo se publicó en British Journal of Medicine. Y diecinueve años después -en 2013- un equipo de la Universidad de Helsinski coordinado por el Dr. T. Haahtela publicaba en el World Allergy Organization Journal un trabajo según el cual el riesgo de contraer fiebre del heno es menor entre los hermanos menores de una familia infiriendo que ello se debe a que éstos tienen un microbioma intestinal más diversificado y por eso la respuesta inmune es menos intensa. Posteriores trabajos destacarían que lo mismo pasa en las familias en las que hay animales domésticos. Ello haría que junto a otros muchos trabajos se planteara lo que terminó llamándose “hipótesis higiénica” según la cual la causa de las alergias está relacionada con el estilo de vida moderno especialmente caracterizado por una alimentación con predominio de productos de origen industrial carentes de vitalidad.

LA CLAVE ESTÁ EN EL MICROBIOMA

 Falta de vitalidad que se debe a que muchos de los productos que hoy ingerimos son alimentos biológicamente muertos que quitan el hambre pero no nutren adecuadamente a nuestros microbios intestinales de los que depende nuestra salud. De ahí que el Dr. William Parker postule que la rinitis alérgica estacional se debe básicamente a ello y la denomine “hipótesis de los amigos perdidos” o “hipótesis del bioma ausente”. Siendo la idea central que tanto las enfermedades alérgicas como las autoinmunes se deben en gran medida al deterioro de nuestro microbioma como consecuencia de una alimentación desnaturalizada, desvitalizada, carente de nutrientes, acidificante -rica en sal y azúcares- y repleta de sustancias químicas tóxicas, problema que a menudo agrava el abuso de antibióticos. No olvidemos que en los países industrializados los líquidos que bebemos -desde el agua del grifo hasta la leche o los zumos de frutas industriales- han sido sometidos a procesos de desinfección mediante cloración, ozonización o pasteurización y son esencialmente abióticos, es decir inertes, carentes de vida. Lo mismo ocurre con los alimentos: cuando se cuecen se eliminan casi todos sus microorganismos. Y en buena medida pasa lo mismo cuando se somete a frutas y verduras a procesos de congelación en cámaras frigoríficas. Es más, la mayoría se lavan de hecho con soluciones cloradas antimicrobianas.

Y no solo en la alimentación la sociedad moderna es decididamente bacteriófoba: las casas, la ropa y los utensilios de cocina se lavan escrupulosamente con líquidos desinfectantes llegándose hasta el extremo de poner purificadores de aire y ozonizadores para “limpiar la atmósfera”. Aunque lo que probablemente más afecta a nuestro microbioma interno es el creciente abuso de los antibióticos que se toman no solo para tratar enfermedades infecciosas humanas sino para su uso -al margen de la legalidad- en las granjas de cría animal.

Agréguese a ello que un alto número de partos se hace hoy innecesariamente mediante cesárea impidiendo que el recién nacido absorba parte del microbioma materno al pasar por el canal de parto y que en lugar de con leche materna se les alimenta con leches artificiales y entenderemos por qué los microbiomas intestinales de muchos bebés son esencialmente estériles. Hablamos de niños que en sus primeros días de vida se encuentran con un sistema inmunitario totalmente abiótico y anómalo que no encuentra la información necesaria para su evolución ya que no sabe interpretar cuáles de las proteínas que encuentra son extrañas y cuáles propias. No olvidemos que el sistema inmunitario humano es el resultado de millones de años de simbiosis con los microorganismos del planeta y que al trastocarse esa simbiosis se le quita la información necesaria para que evolucione desde un sistema innato a uno adaptativo. Situación particularmente grave en los intestinos ya que es donde se generan o maduran el 80% de las células inmunitarias y donde el microbioma juega un papel fundamental en el equilibrio entre los linfocitos Th1 y Th2.

En fin, pensar que una solución farmacéutica o una mera modificación del estilo de vida y de la dieta pueda solucionar lo que es consecuencia de haber roto el equilibrio entre los humanos y su microbioma -establecido a lo largo de millones de años de evolución- es absurdo. No hay otra vía que la de reconstruir el equilibrio perdido y para ello es necesario saber cuáles son los microorganismos que faltan y cómo recuperarlos y mantenerlos en nuestro interior. La transferencia fecal -de la que ya se ha hablado en la revista- es de hecho un primer intento en ese sentido pero aún se desconoce su posible eficacia a la hora de tratar alergias.

En 2004 los doctores de la University of Michigan Medical School (EEUU) M. C. Noverr, G. B. Huffnagle, R. M. Noggle y G. B. Toews publicaron un trabajo con ratones demostrando que la ingesta de antibióticos altera su microbioma intestinal y que bastó exponerles a esporas de Aspegillus fumigatus para que sufrieran una respuesta alérgica pulmonar con incremento de eosinófilos, mastocitos, interleuquinas IL-5 e IL-13, gamma-interferón e IgE junto con abundantes células secretoras de mucus. Los ratones de control que no ingirieron el antibiótico no sufrieron en cambio respuesta alérgica alguna ante las esporas de ese moho. El trabajo se publicó en Infection and Immunity con el título Role of antibiotics and fungal microbiota in driving pulmonary allergic responses (Papel de los antibióticos y el microbioma de mohos como generador de la respuesta alérgica pulmonar).

Un año después -en 2005- dos de ellos -M. C. Noverr y G. B. Huffnagle- publicaron en Clinical and Experimental Allergy un trabajo en el que expusieron su Hipótesis de la microflora según el cual las enfermedades alérgicas respiratorias se asocian a una microbiota anómala que se debería al abuso de antibióticos y a la ingesta de alimentos industrializados a edades tempranas.

Cinco años después -en 2010- un equipo del Hôpital Necker-Enfants Malades de Paris (Francia) coordinado por H. Okada incidiría en el desequilibrio entre linfocitos Th1 y Th2 que se genera en todo medio intestinal anómalo causando un exagerado incremento de interleuquinas IL-4 y IL-5 y, por ende, un aumento de la producción de inmunoglobulinas E (IgE) y eosinófilos; algo característico de las alergias. Lo explicaron en Clinical and Experimental Immunology.

El factor clave de las alergias respiratorias estaría pues en el buen o mal estado del microbioma y en su biodiversidad. Así lo coligió de hecho recientemente un equipo dirigido por T. Haahtela exponiéndolo en un trabajo publicado en 2013 en World Allergy Organization Journal con el título The Biodiversity Hypothesis and Allergic Disease: World Allergy Organization position statement (La hipótesis de la biodiversidad y las enfermedades alérgicas: postura oficial de la Organización Mundial sobre Alergias). Según aseveran un microbioma intestinal de escasa biodiversidad -lo que se detecta en el mal estado de la piel- puede ser causa de disfunciones del sistema inmune que den lugar a reacciones alérgicas además de a obesidad y diabetes.

PROBIÓTICOS EN LUGAR DE ANTIBIÓTICOS

 La mejor manera de equilibrar la microbiota es ingerir probióticos; incluso cuando hay infección bacteriana ya que es más eficaz -y menos agresivo- que ingerir antibióticos. Se ha explicado en varias ocasiones en esta revista siendo especialmente así en el caso de bebés en gestación y recién nacidos pues disminuye el número de casos de alergias y asma. Lo constató un equipo de la Universidad de Turku (Finlandia) coordinado por el Dr. A. Ouwehand -el trabajo se publicó en 2007 en Journal of Nutrition- comprobando además que en la microbiota intestinal de los niños alérgicos hay más bacterias patógenas del género Clostridia y menos bifidobacterias que en la de los sanos. Bastó agregar a la dieta de madres embarazadas y a bebés de menos de 6 meses con eczema atópico Lactobacillus rhamnosusGG o Bifidobacterium lactis Bb-12 para que los síntomas disminuyesen un 50%.

Seis años después -en 2013- un grupo de médicos de la Baqiyatallah University of Medical Sciences de Teherán (Irán) coordinado por el Dr. A. A. Fooladi publicó en Inflammation & Allergy Drug Targets una revisión de estudios según la cual que la madre no tome antibióticos durante el embarazo, el parto normal por vía vaginal y la lactancia materna son los factores más importantes tanto para el desarrollo de una flora intestinal sana en el bebé como para disminuir la incidencia de problemas alérgicos.

Ese mismo año un equipo de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) coordinado por la Dra. Lone G. Stensballe publicaría en Journal of Pediatrics un trabajo según el cual cuando las embarazadas toman antibióticos el riesgo de que sus bebés nazcan con asma aumenta teniendo muchos que ser hospitalizados y tratados con corticoides. Se coligió tras analizar los casos de 30.675 niños a los que se siguió durante 5 años.

En 2014 un grupo de investigadores de la Chung-Ang University de Seúl (Corea) dirigido por el Dr. H. Park comparó la población bacteriana de 18 pacientes asmáticos y 17 con EPOC con la de 12 personas sanas constatando que los microbiomas de los enfermos eran similares y diferían notablemente del de las sanas; el trabajo se publicó en PLoS One.

Un año después -en 2015- un equipo de investigadores de la University of Ulsan College of Medicine de Seúl (Corea) dirigido por el Dr. E. Lee publicó en Allergy, Asthma & Immunology Research un análisis sobre 1.395 niños que corroboraría que ingerir antibióticos el primer año de vida aumenta claramente el riesgo de padecer asma. Y ese mismo año un grupo de investigadores chinos de la School of Food Science and Technology dirigido por el Dr. Q. Zhang demostró que si tras dar antibióticos a ratones se les suministran bacterias lácteas de la especie Streptococcus thermophilus se logra inhibir la inflamación alérgica de las vías respiratorias. Lo explican en un artículo aparecido en Journal of Applied Microbiology destacando que el probiótico modula la respuesta sistémica inmune al restablecer la flora intestinal afectada.

Agregaremos que un grupo del Children’s Hospital of Philadelphia coordinado por la Dra. Jerilyn Gray acaba de publicar -en febrero de 2017- en Science Translational Medicine con el título Intestinal commensal bacteria mediate lung mucosal immunity and promote resistance to newborn mice to infection (Las bacterias intestinales comensales actúan sobre la inmunidad de la mucosa pulmonar y potencian la resistencia a la infección de ratones recién nacidos) un estudio según el cual los bebés nacidos por cesárea y aquellos cuyas madres toman frecuentes antibióticos durante el embarazo tienen un microbioma intestinal alterado que aumenta también el riesgo de padecer neumonía. Así se infirió de los datos estadísticos por lo que a fin de comprobarlo trataron a ratas gestantes con diferentes antibióticos y luego expusieron a sus crías tras nacer a bacterias Streptococcus pneumoniae constatando que en pocas horas éstas colonizaban bronquios y pulmones… lo que no ocurría en los ratones nacidos de madres no tratadas con antibióticos. Es más, vieron que el riesgo de infección aumenta a las cuatro semanas de nacer. Medidos los niveles de interleuquina IL-22 en los fluidos bronquiales de ambos grupos se encontraría un nivel bastante menor en los ratones no tratados con antibióticos. ¡Nivel que está igualmente bajo en los bebés humanos nacidos por cesárea o cuyas madres ingirieron antibióticos! Y no olvidemos que la presencia de interleuquinas IL-22 es vital para la autorreparación de los pulmones.

Todo esto contradice el metaanálisis que un equipo de la Universidad de Miami (EEUU) dirigido por N. Elazab publicó en 2013 en Pediatrics según el cual si bien la administración de probióticos reduce en sangre los niveles de inmunoglobulinas E (IgE) -indicador de reactividad o sensibilidad a los antígenos- ello puede ser insuficiente para prevenir o mejorar el asma y las alergias infantiles. Tesis a la que se sumaría el alergólogo del Sogn og Fjordane University College de Noruega A. Riiser para quien “las alergias y el asma son enfermedades heterogéneas que se categorizan en función de una tendencia a la inflamación provocada por cambios en el medio ambiente, la nutrición, el microbioma intestinal y probablemente el microbioma pulmonar. Dependiendo el resultado de la combinación de estos factores del genotipo, la biodiversidad y otros factores de riesgo como la actividad física y la contaminación atmosférica”. En suma, aceptan la importancia fundamental del microbioma y que éste resulta afectado además de por los antibióticos por los contaminantes y tóxicos ambientales y alimentarios. Otra cosa es que pueda considerarse factor de riesgo la falta de actividad física ¡de un bebé! Cabe agregar que ni Elazab ni Riiser tuvieron en cuenta otros niveles antes citados; como los de eosinófilos, mastocitos, interleuquinas, gamma-interferón y otros.

LA NUTRICIÓN, FACTOR CLAVE

 No podemos dejar de mencionar en este texto la prestigiosa obra La Alimentación, la Tercera Medicina publicada en 2000 por el Dr. Jean Seignalet en la que éste asegura que el régimen ancestral, original o hipotóxico que en ella propone permite resolver sin más la mayoría de las patologías, incluidas las respiratorias. De hecho asevera que en este ámbito concreto tuvo éxito en 71 de los 75 pacientes tratados -remisión total mantenida y comprobada a lo largo de varios años- mejorando notablemente dos más y fracasando en los otros dos casos. Y es que según explica -y fundamenta- muchas patologías y la proliferación actual de otras se debe básicamente al consumo de cereales refinados y a la ingesta de lácteos, a la cocción de los alimentos, al refino de los aceites, a la ingesta de grasas “trans”, a la contaminación alimenticia y a déficits de vitaminas y minerales (lea en nuestra web –www.dsalud.com– los reportajes ¿Es el ensuciamiento celular la causa de muchos cánceres? y El Régimen Ancestral del Dr. Jean Seignalet publicados en los números 78 y 79 respectivamente). Medidas que básicamente permiten oxigenar y desintoxicar el organismo, nutrirlo adecuadamente, regenerar la microbiota y equilibrarlo energéticamente.

Son en suma los agentes patógenos que dañan nuestro microbioma los principales responsables de las llamadas “enfermedades”, rinitis alérgica estacional o fiebre del heno incluida. El Dr. P. Gillet -de la Société Medilane de Maxeville (Francia)- recordaba en un artículo publicado en 2015 en Archives des Maladies Professionnelles et de l’Environment que la rinitis alérgica puede provocarla por ejemplo la harina de trigo y que eso se sabe desde la época de los romanos. Lo que corrobora una reciente encuesta hecha en Francia según la cual el 34% de quienes trabajan en panaderías manifiestan síntomas de rinitis alérgica, problema que aumenta significativamente con la edad (más bien con el tiempo de exposición). Un posterior estudio similar efectuado en Douala (Camerún) constató que entre los trabajadores de panaderías del país los afectados llegan al 25%.

Agregaremos que un equipo de la Universidad de Salerno (Italia) coordinado por el Dr. S. Massari investigó a numerosas personas con alergias y molestias digestivas dando positivo 262 a los test de sensibilidad al gluten ¡cuando ninguna era celíaca! Mostrando 77 de ellas lesiones en la mucosa intestinal que mejoraron siguiendo simplemente una dieta libre de gluten… pero no resolviendo solo así sus problemas de alergia. El trabajo se publicó en 2011 en International Archives of Allergy and Immunology.

Y ES QUE HAY QUE TENER EN CUENTA ¡EL MICROBIOMA PULMONAR!

 El ya mencionado Dr. A. Riiser recordó en un extenso artículo de síntesis titulado The human microbiome, asthma and allergy (El microbioma humano, el asma y la alergia) publicado en 2015 en Allergy, Asthma and Clinical Immunology que la creencia de que en los pulmones no hay microorganismos patógenos se demostró falsa cuando se encontraron en el lóbulo izquierdo superior de los pulmones de 28 personas sanas ¡unos 2.000 genomas bacterianos!; especialmente de Bacteroidetes.

Un equipo del Imperial College de Londres (Reino Unido) coordinado por el Dr. M. Hilty había publicado por su parte cinco años antes -en 2010- en PloS One que en los pulmones de adultos asmáticos y personas con Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) la proteobacteria Haemophilus spp. es mucho más abundante que en los adultos sanos. Dando cuenta cuatro años después un equipo médico de la Universidad de Nottingham dirigido por el Dr. M. L. Slater -el trabajo se publicó en 2014 en Thorax- que la carga bacteriana en los pulmones de los niños con asma es significativamente mayor que en los de adultos sanos y su diversidad muy superior dada su pobre respuesta a los antibióticos bronquiales.

Es más, para los doctores del Centro Médico de la Universidad de Rochester (EEUU) S. N. Georas y F. Rezaee hay una gran similitud entre la barrera epitelial y la capa de mucus pulmonar y el epitelio intestinal; según explican en un artículo publicado en 2014 en Journal of Allergy and Clinical Immunology cualquier disfunción que en ambos casos provoque una pérdida de la impermeabilidad de esa barrera tiene consecuencias sobre el sistema inmune; en particular sobre el equilibrio Th1/Th2 y el consecuente proceso inflamatorio.

Un equipo de la Johns Hopkins University de Estados Unidos dirigido por el Dr. T. E. Sussan fue más allá y señala específicamente al estrés oxidativo como culpable. Según publicó en 2015 en Lung Cellular and Molecular Physiology -órgano de la American Journal of Physiology– el déficit de Nrf2 -factor de transcripción que regula la respuesta oxidativa- aumenta la inflamación, la mucosidad y la susceptibilidad al asma porque incrementa la permeabilidad del epitelio pulmonar. Al menos así acaece en ratones.

Algo que por cierto evita la cúrcuma según comprobó en ensayos murinos un equipo del Shengjing Hospital de la Universidad Médica de China coordinado por el Dr. L. Liu en un trabajo publicado en 2015 en Clinical and Experimental Pharmacology & Physiology. Y es que la ingesta de esta especia incrementa la actividad del factor Nrf2 mejorando ello la impermeabilidad del epitelio pulmonar.

Dato a tener muy en cuenta porque un equipo de la Johns Hopkins Medicine coordinado por el Dr. M. Ramanathan Jr. acaba de publicar -el 28 de febrero de 2017- en American Journal of Respiratory Cell and Molecular Biology un trabajo según el cual basta actualmente inhalar partículas tóxicas para inducir una inflamación no alérgica en la membrana sinonasal. Provoca una respuesta inmune proinflamatoria con liberación de citoquinas y acumulación de macrófagos y neutrófilos de efectos destructivos sobre el epitelio nasal que disminuye el efecto barrera. Lo comprobaron en ratones tras someterlos a una concentración de 61 microgramos de partículas por metro cúbico de aire… cantidad menor a la que se registra hoy en muchas grandes ciudades.

LA IMPORTANCIA DE LA VITAMINA D

 Cabe agregar que hay otro factor apenas tenido en cuenta hasta ahora: la vitamina D. Según un equipo de la Monash Medical School de Australia dirigido por el Dr. R. K. Woods los datos del estudio epidemiológico European Community Respiratory Health Survey (ECRHS) -se interrogó a 17.280 personas de 15 países- el 12% de las personas con problemas respiratorios alérgicos también sufre intolerancias alimentarias. Lo explican en un trabajo publicado en 2001 en European Journal of Clinical Nutrition agregando que en los países mediterráneos la prevalencia de rinitis alérgica es menor que en el norte y centro de Europa donde la cantidad de sol que reciben sus habitantes es mucho menor, dato que les llevó a plantearse si no protegerá la vitamina D de la rinitis alérgica.

Y no andaban desencaminados porque un equipo del King’s College de Londres (Reino Unido) coordinado por la Dra. Catherine M. Hawrylowicz publicó en enero de 2017 en Photochemical and Photobiological Sciences un trabajo en el que se afirma que hay ya numerosos estudios que relacionan el asma y las alergias respiratorias con un déficit de vitamina D. De hecho se ha constatado que en los asmáticos las células del sistema inmune expresan receptores a la vitamina D y que ésta inhibe los linfocitos proinflamatorios Th1 y Th17 modulando la respuesta inmune.

Tales son los datos pero no es menos cierto que en muchos países tropicales tanto el abundante sol como las rinitis alérgicas son habituales y, por tanto, es preciso tener en cuenta los demás factores.

En fin, de todo lo hasta ahora dicho cabe deducir…

…que los epitelios nasal, bronquial y pulmonar parecen comportarse como el intestinal y para conservar su integridad -en especial su impermeabilidad- es fundamental que el mucus protector esté poblado de un microbioma benéfico.

…que los epitelios respiratorio e intestinal son muy sensibles al daño oxidativo y para evitarlo es imprescindible un microbioma sano y niveles altos de antioxidantes; como las enzimas Superóxido Dismutasa (SOD), glutation y otros.

…que la rinitis alérgica estacional la provocan las sustancias tóxicas que transporta el polen y los lugares con aire contaminado.

…que el sistema inmune no reacciona visceralmente sino de forma moderada cuando el microbioma está en buen estado. Y

…que las reacciones alérgicas las mitiga o evita un microbioma sano, los antioxidantes naturales, la vitamina D y sustancias como la cúrcuma.

Si sufre este problema tenga en cuenta pues todo lo dicho y siga ante todo los consejos del Dr. Seignalet de eliminar de la dieta los lácteos, los cereales y aceites refinados, las grasas “trans”, los aditivos alimentarios, la cocción de los alimentos a más de 70º y los ambientes contaminados. Y por supuesto no ingerir fármacos así que olvídese de los antibióticos, los antiinflamatorios y los antiácidos. Ingiera en cambio abundantes pre y probióticos naturales no lácteos, tome el sol con frecuencia para obtener abundante vitamina D y si necesita afrontar aún así algunos síntomas recurra a la cúrcuma o al comino negro (Nigella sativa); éste bien en extracto, bien en aceite. Posee propiedades antihistamínicas y broncodilatadoras que ya dimos a conocer en el artículo Propiedades terapéuticas contrastadas del comino negro que apareció en el nº 169 correspondiente a marzo de 2014 y puede leer en nuestra web: www.dsalud.com. Propiedades confirmadas en un reciente trabajo de un equipo del University College de Londres (Reino Unido) dirigido por el Dr. A. Koshak -se publicó en marzo del 2017 en Phytotherapy Research– según el cual basta un tomar un gramo diario de aceite de comino negro durante un mes para comprobar la mejoría y que se reduzca en sangre el número de eosinófilos.

Terminamos con una advertencia final: el principio activo de los inhaladores tipo Ventolín es el salbutamol, droga sintética que no existe en la naturaleza -se creó en 1967- y tiene 23 efectos adversos habituales. No son pues recomendables.

 

Paula Mirre

 

Recuadro

¿Hay algún inhalador natural eficaz?

En 2010 un equipo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland (EEUU) coordinado por el Dr. D. A. Deshpande publicó en Natural Medicine un trabajo según el cual los receptores sensoriales de las sustancias amargas -denominados T2R- no están solo en la lengua -como se creía hasta hace unos años- ni en la cavidad bucal sino en múltiples células y tejidos del cuerpo -cavidad nasal, bronquios, pulmones, sistema digestivo, páncreas y cerebro incluidos- y son muy eficaces para inhibir la inflamación de las vías aéreas y relajar los músculos lisos contraídos. Lo corroboró un equipo de la Universidad de Manitoba (Canadá) dirigido por el Dr. F.A. Shaik en un trabajo que apareció en 2016 en International Journal of Biochemistry and Cell Biology.

El hallazgo es tan llamativo que la pregunta es obvia: ¿por qué nadie ha realizado un ensayo clínico para comprobar si es eficaz en la rinitis alérgica estacional? ¿Quizás porque un inhalador económico basado en una sustancia natural amarga –por ejemplo la quinina- no es negocio y no puede permitirse que reemplace a los broncodilatadores químicos?

P.M

Este reportaje aparece en
DISCOVERY DSALUD 2006
204
Mayo 2017
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