Propiedades nutritivas y terapéuticas del aceite de coco

El aceite de coco de primera presión en frío apenas se consume en Occidente desde que los médicos estigmatizaron injustificadamente todas las grasas y, sin embargo, quizás sea el más saludable de los aceites vegetales. ¿La razón? El 60% se compone de triglicéridos de cadena media que se digieren y absorben rápidamente con un mínimo esfuerzo al ser sus moléculas más pequeñas y requerirse menos energía y menos enzimas para descomponerlas y además van directamente al hígado sin necesidad de que el organismo las trasporte a través de la sangre por lo que no aumenta en ella los niveles de colesterol y triglicéridos. Es más, es el único aceite que no se oxida al calentarlo lo que le convierte en el más apropiado para freír. Y por si todo esto fuera poco está constatado que es útil en numerosas patologías.

En cuanto los europeos lo trajeron al Viejo Continente el coco empezó a utilizarse -especialmente en forma de copra, nombre que recibe la pulpa seca- no solo en alimentación sino como combustible y en la fabricación de jabones; es más, pronto se obtuvo ya aceite rallando la copra e hirviéndola en agua. Sin embargo su consumo se arrinconaría -como el de otras muchas grasas- en cuanto la corriente médica dominante decidió un día postular que las grasas deben consumirse de forma muy restringida porque en exceso no son buenas para el organismo… sin entender que no todas las grasas son iguales y que los productos menos saludables son precisamente los que absurdamente decidieron promocionar: los lácteos y los carbohidratos refinados (pan, pasta, etc).

Y lo singular es que hay ya miles de trabajos científicos que -de forma directa o indirecta- explican tanto sus propiedades nutricionales como su eficacia terapéutica en numerosas patologías. Algo que cualquiera puede comprobar poniendo en los buscadores científicos de internet expresiones como coconut oil (aceite de coco), medium chain triglyceride (triglicéridos de cadena media) -que son su componente básico- o ketogenic diet (dieta cetogénica).

LOS TRIGLICÉRIDOS DE CADENA MEDIA

La química básica del aceite de coco se desveló en las primeras décadas del siglo XX cuando se descubrió que si bien se compone de un 90% de grasas saturadas el 63% de sus triglicéridos -principal tipo de grasa del organismo junto al colesterol- son de cadena media. Un dato importante porque con el tiempo se descubriría que la naturaleza de esas moléculas es muy diferente a la del resto de las grasas. Es simple: la gran mayoría de las grasas y aceites que consumimos -sean saturadas o insaturadas y procedan de animales o vegetales- se componen de ácidos grasos de cadena larga que no se digieren o metabolizan igual que las de cadena media ya que éstas, al ser más pequeñas, requieren menos energía y menos enzimas para descomponerlas digiriéndose y absorbiéndose por ello con poco esfuerzo. De hecho pasan directamente del intestino a la vena porta yendo directamente al hígado.

Las demás grasas requieren sin embargo enzimas pancreáticas para descomponerlas en unidades más pequeñas que una vez en el intestino son absorbidas y trasportadas junto al colesterol por un grupo de proteínas conocidas precisamente por eso como “lipoproteínas” (proteínas transportadoras de lípidos o grasas). Lipoproteínas -las famosas HDL, LDL, IDL y VLDL- que a través del sistema linfático llevan esas grasas hasta el torrente sanguíneo y de ahí a todo el organismo. Hasta que llegan al hígado donde parte de esa grasa se descompone para obtener energía, otra parte vuelve al torrente sanguíneo merced a nuevas lipoproteínas y el sobrante, cuando la cantidad es excesiva, se almacena; lo que puede llegar a dar lugar a un hígado graso que es a lo que los médicos llaman esteatosis hepática.

En pocas palabras: los ácidos grasos de cadena media -casi las dos terceras partes de los que hay en el aceite de coco- no son recogidos por lipoproteínas para ser llevadas a través del sistema linfático y la sangre hacia las células y finalmente al hígado sino que van directamente a éste que las convierte en moléculas de adenosín trifosfato (ATP). Luego se comportan más como hidratos de carbono que como grasas. Por eso su consumo aumenta rápidamente la energía del organismo que ve así potenciadas sus funciones metabólicas y mejora sus mecanismos de regeneración y el funcionamiento del sistema inmune. De hecho por eso los triglicéridos de cadena media son los que principalmente se utilizan en investigación y en muchos productos alimenticios. Buena muestra de su importancia está en que la propia naturaleza los ha incluido en la leche materna -esencial para la supervivencia nutricional e inmunológica del bebé- en forma de ácido láurico, precisamente el principal ácido graso del aceite de coco (del 44% al 52%).

Ahora bien, ¿y qué pasa si se ingiere más grasa de la debida? El propio sentido común responde a esa pregunta: ningún exceso es bueno. Ni siquiera el de la ingesta de agua así qué para qué hablar del de grasas, carbohidratos o proteínas. De hecho el exceso de grasa puede dar lugar a acidosis con presencia de cuerpos cetónicos -como el acetoacetato y el betahidroxibutírico– pero ese estado patógeno no debe ser confundido con el de la cetogénesis que produce una dieta disociada libre de azúcares, hidratos de carbono refinados y alcohol. Las llamadas dietas cetogénicas tienen como objetivo producir energía “quemando” grasas en lugar de azúcares siendo el subproducto de ese proceso la aparición puntual de cetonas. Pero el organismo solo entra en cetogénesis si no se consumen los productos mencionados por lo que pretender que siguiendo una dieta corriente el hígado va a quemar el exceso de grasa ingerida convirtiéndola en energía no se sostiene. El aceite de coco es pues bueno -como los de lino, comino y oliva- si se ingiere moderadamente o mientras se sigue una dieta cetogénica; o, mejor aún, La Dieta Definitiva (lea en nuestra web –www.dsalud.com– lo explicado en el artículo que con el título Eficacia del ayuno terapéutico apareció en el nº 162). Quienes afirman que se pueden ingerir proteínas o grasas sin medida faltan a la verdad.

Dicho esto agregaremos que ingerido en la cantidad adecuada el aceite de coco posee claros beneficios medicinales. No solo protege el cerebro -ayudando en casos de alzheimer, parkinson, ataxia cerebelosa, esclerosis múltiple, ELA y otras patologías neurodegenerativas- sino el corazón, los riñones, el páncreas, el colon y otros órganos estando constatadas sus propiedades en casos de cáncer y diabetes. Pero veámoslo con más detalle recordando en cualquier caso que ésta es la composición exacta del aceite de coco: ácido láurico (44-52%), ácido mirístico (13-19%), ácido palmítico (8-11%), ácido cáprico (6-10%), ácido caprílico (5-9%), ácido oleico (5-8%), ácido esteárico (1-3%), ácido linoleico (trazas-2,5%), ácido palmitoléico (trazas-1%), ácido caproico (trazas-0,8%) y ácido araquídico C-20 (trazas-0,4%). Posee pues abundantes triglicéridos de cadena media -hasta un 63%- pero también de cadena larga como el mirístico, el palmítico y el esteárico que juntos pueden llegar al 33%. No puede pues abusarse de él. Ahora bien, debemos asimismo aclarar que la mala fama de los ácidos grasos saturados no parece tampoco estar justificada. La razón de que se diga que no son recomendables es que su ingesta aumenta el nivel de colesterol total y de colesterol “malo” (LDL) y eso es un factor de riesgo cardiovascular porque el exceso de grasas y colesterol puede taponar las arterias… solo que tal afirmación no se sostiene. Ya explicamos en su día que el organismo utiliza el colesterol para taponar las grietas que se producen en el endotelio de las arterias cuando éstas se degradan y eso ocurre normalmente por déficit de vitamina C -y en menor medida de las del grupo B y de la E-, de magnesio -antagonista natural del calcio-, de tres aminoácidos -la lisina y la prolina porque previenen la formación de las placas arteroscleróticas y la arginina porque aumenta la elasticidad de las paredes arteriales al producir óxido nítrico-, los aminoácidos carnitina y taurina y la coenzima Q-10 (lea el lector en nuestra web -www.dsalud.com– el artículo El método más eficaz para prevenir y tratar los problemas cardiovasculares que apareció en el nº 64).

Ello junto a la inflamación crónica del organismo como bien explicara el prestigioso cirujano cardiovascular estadounidense Dwight Lundell en el artículo Dr. Dwight Lundell: “Las patologías cardiacas no las provoca el colesterol sino la inflamación arterial” que apareció en el nº 150 de la revista. Inflamación que en la mayor parte de los casos se debe según él mismo nos diría “a un exceso de toxinas y a una dieta rica en hidratos de carbono refinados como el azúcar, el pan blanco, el arroz no integral, etc. Eso es lo que lesiona los vasos sanguíneos, los inflama de manera crónica y lleva a la diabetes, la obesidad y las enfermedades cardíacas, incluidos los accidentes cerebrovasculares”. Añadiendo: “Y permítame reiterar esto: la lesión e inflamación de nuestros vasos sanguíneos se debe en buena medida a la dieta baja en grasas sanas que recomienda desde hace años la Medicina convencional o, más bien, a la dieta alta en hidratos de carbono que se ha generalizado”.

Agregaremos que las grasas saturadas son de hecho ¡el principal alimento del corazón! La grasa que lo rodea es altamente saturada destacando precisamente los ácidos esteárico y palmítico. Y los pulmones tampoco pueden funcionar correctamente sin grasas saturadas.

Las únicas grasas negativas para la salud son las “trans” -que proceden de ácidos grasos insaturados-, las hidrogenadas -presentes en muchos alimentos procesados (margarina, bollería industrial, patatas fritas, chocolate, comida preparada…)- y las que se fríen (freír los alimentos produce radicales libres que pueden dañar las células y aumentar el riesgo de patologías cardiovasculares así como sustancias cancerígenas como la acrilamida).

Si las grasas fueran negativas los esquimales -que viven básicamente de la grasa de animales marinos: focas, morsas, cachalotes, ballenas…- o los masai y otras tribus africanas -que se alimentan casi exclusivamente de carne y leche entera- vivirían poco y estarían habitualmente enfermos y, sin embargo, la mayoría alcanza edades avanzadas y casi ninguno padece obesidad, diabetes, problemas cardiovasculares o cáncer. Lo que no prueban prácticamente nunca son los azúcares, los hidratos de carbono refinados, los fritos, las “colas” y refrescos, los zumos de frutas, el alcohol, los aditivos alimentarios y los alimentos procesados industrialmente.

PROPIEDADES TERAPÉUTICAS DEL ACEITE DE COCO

Uno de los últimos artículos en comentar las propiedades del aceite de coco se publicó en 2013 y recoge por ello las conclusiones de todo lo averiguado hasta ese momento. Se trata de un texto titulado Health properties of coconut oil (Propiedades saludables del aceite de coco), lo firma el doctor Bruce Fife –director del Coconut Research Center- y en sus conclusiones asevera lo siguiente: “En comparación con otras grasas el aceite de coco es fácil de digerir y mejora la absorción de vitaminas, minerales, aminoácidos y ácidos grasos por lo que es una excelente opción para el tratamiento de la desnutrición y para quienes tienen problemas digestivos. De hecho los triglicéridos de cadena media se añaden hoy a la alimentación hospitalaria infantil y a las fórmulas enterales porque se digieren rápidamente y permiten producir energía de forma inmediata en lugar de almacenarse en forma de grasa; aumento de energía que eleva el metabolismo por lo que es asimismo una herramienta útil para el control de peso”.

Bruce Fife destaca luego sus propiedades para tratar procesos infecciosos y neurológicos: “Los efectos antimicrobianos de los triglicéridos de cadena media del aceite de coco están documentados. La evidencia sugiere pues que su consumo regular protege de forma significativa en una amplia variedad de enfermedades infecciosas. Es más, muchos de sus ácidos grasos de cadena media son inmediatamente convertidos en cetonas que se utilizan como principal fuente de energía por el cerebro. Y como los trastornos neurológicos implican deficiencias en el metabolismo de la glucosa podrían tratarse exitosamente consumiéndolo regularmente”. Ciertamente podría decirse que se trata de una opinión interesada ya que hablamos de alguien que dirige el Coconut Research Center pero lo cierto es que hoy hay multitud de estudios sobre los beneficios terapéuticos de los triglicéridos de cadena media y por tanto, en buena medida, del aceite de coco. De ahí que ya advirtamos que los que se citan en este artículo son una muestra minúscula.

En la década de los treinta del pasado siglo XX se descubrió que bastaba añadir aceite de coco a la dieta para mejorar la absorción de varios nutrientes. W. D. Salmon y J. G. Goodman estudiaron por ejemplo en el Instituto Politécnico de Alabama (EEUU) -el trabajo se tituló Alleviation of vitamin B deficiency in the rat by certain natural fats and synthetic esters, Journal of Nutrition (Alivio en ratas del déficit de vitamina B mediante algunas grasas naturales y ésteres sintéticos)– la utilidad de diferentes tipos de grasas en cobayas deficitarias de vitamina B constándose que el aceite de coco es, con diferencia, la grasa más eficaz para prevenir el problema y prolongar la vida de los animales. De hecho los que lo recibieron aumentaron de peso a pesar de que la dieta era nutricionalmente pobre; lo que por otra parte indica que hay que cuidar la cantidad que se ingiere como antes advertimos.

Posteriormente se constataría -en la década de los 50- que el aceite de coco mejora no solo la absorción de las vitaminas del complejo B sino también la de las vitaminas A, D, E, K, el betacaroteno, la coenzima Q10 y otros nutrientes solubles en grasa así como del calcio, el magnesio y varios aminoácidos.

Años después -entre 1960 y 1970- se comprobaría que los triglicéridos de cadena media ayudan asimismo en una variedad de síndromes de mala absorción, incluyendo la fibrosis quística y la ictericia obstructiva entre otras patologías.

Todo lo cual llevaría a la decisión de incluir triglicéridos de cadena media en las fórmulas de alimentación infantiles -especialmente para su ingesta en casos de bebés prematuros y de bajo peso al nacer- y en las fórmulas intravenosas de alimentación hospitalaria para el tratamiento de enfermos de todas las edades a fin de reducir su tiempo de recuperación al mejorar su estado nutricional.

Michael Gracy dirigiría de hecho un estudio sobre las propiedades de los triglicéridos de cadena media en el tratamiento infantil titulado Medium Chain Triglycerides in Paediatric Practice (Los triglicéridos de cadena media en la práctica pediátrica) que se publicaría en 1970 en Archives of Disease in Childhood en el que afirmaba: “Los triglicéridos de cadena media tienen ventajas especiales para la infancia ya que permite restringir el consumo de grasas de cadena larga sin limitar la ingesta de las proteínas necesarias para el crecimiento a la vez que proporciona las calorías adecuadas”. Una conclusión que en cualquier caso no puede extrapolarse por completo al aceite de coco ya que el 33% del mismo contiene triglicéridos de cadena larga.

UN ACEITE ANTIMICROBIANO

En esa misma época Jon J. Kabara, profesor de Farmacología de la Universidad Estatal de Michigan (EEUU), buscando cómo proteger alimentos de la contaminación fúngica y bacteriana, descubriría que los triglicéridos de cadena media poseen potentes propiedades antimicrobianas. Una propiedad que años después otros investigadores corroborarían al comprobar su eficacia antimicrobiana en una amplia variedad de virus, bacterias, hongos y parásitos patógenos. Kabara publicaría por ejemplo en 1972 en Antimicrobial Agents and Chemotherapy el trabajo Fatty acids and derivatives as antimicrobial agents. (Ácidos grasos y derivados como agentes antimicrobianos) en el que afirmaría: “Nuestros datos indican que el ácido láurico es el ácido graso saturado de mayor potencia inhibidora ante organismos gram-positivos”. Un descubrimiento que haría que a partir de entonces los triglicéridos de cadena media se empezaran a usar como agentes antimicrobianos para preservar alimentos.

Hoy el aceite de coco se recomienda además tópicamente en caso de infecciones dermatológicas por hongos tras constatarse in vitro su eficacia. Así lo hizo D. O. Ogbolu -el trabajo se titulaba In vitro antimicrobial properties of coconut oil on Candida species in Ibadan. Nigeria (Propiedades antimicrobianas in vitro del aceite de coco sobre especies de Cándidas en Ibadan. Nigeria) y se publicó en 2007 en Journal of Medicine Food– según el cual “a la vista de las especies emergentes de cándidas resistentes a los medicamentos podría utilizarse aceite de coco para tratar las infecciones fúngicas”.

S. Intahphuak -de la Universidad Payap de Tailandia- publicó por su parte en 2010 en Pharmaceutical Biology un trabajo titulado Anti-inflammatory, analgesic, and antipyretic activities of virgin coconut oil (Actividades antiinflamatorias, analgésicas y antipiréticas del aceite virgen de coco) que corroboraría su utilidad para afrontar la inflamación, el dolor y la fiebre.

Un año después -en 2011- se publicaría en Biological and Pharmeceutical Bulletin un estudio de la Universidad de Putra (Malasia) titulado Hepatoprotective Activity of Dried and Fermented-Processed Virgin Coconut Oil (Actividad hepatoprotectora del aceite virgen de coco seco procesado-fermentado) y coordinado por Z. A. Zakaria según el cual el aceite de coco también podría prevenir problemas hepáticos. “Basándonos en nuestros actuales resultados –se dice en él– puede concluirse que el aceite de coco virgen, independientemente de los diferentes métodos de elaboración, tiene un prometedor efecto hepatoprotector que puede atribuirse en parte a su actividad antioxidante”. Estudio que se justifica en el preámbulo explicando que “el aceite de coco virgen, conocido en Malasia como Minyak Kelapa Dara, es un tipo de aceite que recibe últimamente mucha atención debido a sus valores medicinales ya que es antioxidante, antimicrobiano, antihipercolesterolémico y antitrombótico”.

EFICAZ EN LA DIABETES Y LAS PATOLOGÍAS CARDIACAS

Es más, parece que su consumo podría también ayudar a las personas con diabetes porque resulta que los triglicéridos de cadena media ¡mejoran la secreción de insulina y la sensibilidad a ella! ¡Y la salud del corazón! De hecho existen estudios sobre poblaciones habituales consumidoras de coco en los que se concluye que en ellas la tasa de patologías cardiacas está entre las más bajas del mundo. El doctor Hans Kaunitz -profesor de patología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia (EEUU) publicaría en 1970 en Journal of the American Oil Chemist’ Society un trabajo titulado Nutritional properties of coconut oil (Propiedades nutricionales del aceite de coco) en el que afirmaba: “Tras estudiar a dos grupos de polinesios constatamos que el que ingería un 89% de la grasa a través del aceite de coco tenía cifras de presión arterial más bajas que quienes solo consumían el 7%. No se observaron ataques al corazón en ninguno de los grupos. Ya en otro estudio con polinesios se comprobó que los pukapukans, que consumen grandes cantidades de aceite de coco, tenían niveles bajos de colesterol sérico y menor incidencia de arteriosclerosis que los maoríes -y europeos- que consumen un tipo europeo de dieta”.

Por su parte el ya citado Dr. Bruce Fife sostiene -en el artículo recopilatorio antes citado- que las cetonas derivadas de los triglicéridos de cadena media actúan como un auténtico súper-combustible para el corazón al aumentar su oxigenación en un 39% y mejorar su funcionamiento en un 28%. Y de hecho F. Labarthe y otros investigadores de la Universidad François Rabelais de Francia están recomendando ya el consumo de triglicéridos de cadena media para el tratamiento de todas las patologías cardiacas. Lo justifican en un artículo publicado en 2008 en Cardiovascular Drugs Therapy con el título Medium-chain fatty acids as metabolic therapy in cardiac disease (Ácidos grasos de cadena media como terapia metabólica en la enfermedad cardíaca): “La evidencia experimental actual apoya la idea de que el corazón enfermo es energéticamente deficiente y que las alteraciones en el metabolismo del sustrato energético miocárdico contribuyen a la disfunción contráctil y al desarrollo y progresión de la patología cardiaca”.

ÚTIL TAMBIÉN EN LAS PATOLOGÍAS NEUROLÓGICAS

Y sorprendentes resultan las posibilidades del aceite de coco y los triglicéridos de cadena media en el caso de las patologías neurológicas. Como ya contamos en el nº 169 (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo titulado No está demostrado que un nivel de colesterol alto sea negativo para la salud) la FDA aprobó en 2009 un food medical (alimento medicinal) comercializado como Axona para tratar el alzheimer leve o moderado tras demostrar en un par de estudios clínicos que estos enfermos experimentan cierta mejoría con su consumo; pues bien, el componente básico de ese producto son triglicéridos de cadena media que tienen la peculiaridad de convertirse el organismo en cetonas independientemente de los niveles de glucosa en sangre o de la cantidad de carbohidratos que ingiera con la dieta el enfermo. Y es que se metabolizan en cuerpos cetónicos que el cerebro utiliza para producir energía cuando se deteriora su capacidad para procesar glucosa (está demostrado con escáner que en estos enfermos la captación de glucosa por el cerebro es claramente menor).

Bueno, pues Lauren C. Costantini publicaría en 2008 en BMC Neuroscience otro trabajo titulado Hypometabolism as a therapeutic target in Alzheimer’s disease (El hipometabolismo como objetivo terapéutico en la enfermedad de alzheimer) en el que se explican los mecanismos del producto: “El alzheimer se caracteriza por atrofia cerebral en las regiones frontal, temporal y parietal con placas seniles, neuritas distróficas y ovillos neurofibrilares dentro de esas áreas definidas del cerebro. Otra característica de la enfermedad de alzheimer es el hipometabolismo regional en el cerebro. Disminución del metabolismo cerebral de la glucosa que se produce antes de que la patología y los síntomas se manifiesten, continúa cuando los síntomas progresan y es más grave que en el proceso de envejecimiento normal. Bien, pues los cuerpos cetónicos son un combustible alternativo eficiente para las células que son incapaces de metabolizar la glucosa o están ‘muertas de hambre’ de glucosa. Y AC-1202 (el producto que luego se comercializaría como Axona) está diseñado para elevar en suero de manera segura los niveles de cetonas. Anteriormente se puso de manifiesto que el tratamiento con AC-1202 en pacientes con alzheimer de leve a moderado mejora la memoria y la cognición. Nuestros datos sugieren en suma que puede ser un tratamiento eficaz para la disfunción cognitiva al proporcionar un sustrato alternativo para su uso por las neuronas comprometidas por el déficit de glucosa”. En el estudio unos pacientes con alzheimer consumieron una bebida a base de triglicéridos de cadena media y otros una sin ellos realizándose a los 90 minutos una prueba cognitiva y resulta que los que recibieron los triglicéridos de cadena media obtuvieron resultados significativamente mejores que los del grupo de control. Una mejoría casi inmediata con una sola dosis. Y como ya hemos explicado el aceite de coco es rico en ácidos grasos saturados de cadena media.

Lo singular es que estos resultados coinciden con muchas de las experiencias individuales que se narran en Internet la más significativa de las cuales quizás sea la de la doctora Mary Newport quien tras consultar el estudio citado decidió probar el aceite de coco en su marido afectado de alzheimer prematuro y no sólo consiguió “levantar la niebla que cubría su cerebro” -al menos de forma temporal- sino que ha conseguido a través de una fundación privada 250.000 dólares con los que el USF Health Byrd Alzheimer’s Institute está realizando un estudio con 65 enfermos afectados de alzheimer de leve a moderado a fin de valorar los efectos del aceite de coco frente a un placebo. De ahí que Newport haya escrito: “Si tiene usted a algún ser querido o a un paciente con alzheimer o una enfermedad neurológica degenerativa sugiérales que ingieran aceite de coco. ¿Qué pueden perder?”

Los triglicéridos de cadena media son asimismo útiles en casos de epilepsia; se constató ya en la década de los setenta del pasado siglo XX. De hecho las dietas cetogénicas modificadas que los incorporan empiezan a ser el tratamiento dietético estándar para la epilepsia resistente a fármacos porque aumenta en sangre el nivel de cetonas con independencia del resto de alimentos que se ingieran y sin que exista ni pérdida de proteínas ni calórica. Luego todo indica que se trata de un eficaz recurso para el tratamiento de un gran número de patologías.

En noviembre de 2008 K. W. Barañano y L. Hartman publicaron por su parte un artículo titulado The ketogenic diet: uses in epilepsy and other neurologic illnesses (La dieta cetogénica: usos en la epilepsia y otras enfermedades neurológicas) en el que resaltan la pluralidad de patologías que pueden abordarse con una dieta cetogénica: “Un creciente cuerpo de literatura científica sugiere que la dieta cetogénica puede ser beneficiosa en algunas enfermedades neurodegenerativas, incluyendo el alzheimer, el parkinson y la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). En todos esos trastornos la dieta cetogénica parece ser neuroprotectora promoviendo una mayor reparación de la función mitocondrial y una mejor producción de adenosín trifosfato (ATP). La dieta es asimismo un tratamiento prometedor para tratar el cáncer ya que puede tener como objetivo la relativa ineficacia de los tumores a la hora de utilizar cuerpos cetónicos como fuente alternativa de combustible”. Añadiendo: “La dieta cetogénica también puede tener su papel en la mejora de traumas y lesiones hipóxicas”.

CÁNCER Y DIETA CETOGÉNICA

Y es que cada vez más científicos entienden que el metabolismo de la glucosa juega un papel importante en el desarrollo del cáncer; de hecho las modernas técnicas diagnósticas de imagen no dejan lugar a dudas sobre el alto consumo de glucosa de las células tumorales empezándose por ello a asumir que limitar la ingesta de azúcares y carbohidratos beneficia a los enfermos de cáncer. De ahí la conveniencia de seguir una dieta baja en carbohidratos que además sea rica en triglicéridos de cadena media para que se produzcan cuerpos cetónicos. Y no se trata de una mera teoría: está constatado en laboratorio que los cuerpos cetónicos inhiben in vitro el crecimiento de varias líneas tumorales; de melanoma, colon, cáncer de mama y neuroblastoma entre ellas. Incluso en animales se ha constatado su eficacia antitumoral; una simple dieta cetogénica enriquecida con ácidos grasos omega-3 y triglicéridos de cadena media fue de hecho capaz de retrasar el crecimiento tumoral en un modelo de ratón con xenoinjerto.

En todo caso el tipo de cáncer sobre el que más se ha trabajado con las dieta cetogénicas es el cerebral. W Zhou  publicó en 2007 en Nutrition & Metabolism un trabajo titulado The calorically restricted ketogenic diet, an effective alternative therapy for malignant brain cancer (La restricción calórica de la dieta cetogénica, terapia alternativa eficaz para el cáncer cerebral maligno) en cuyas conclusiones se dice: “Los resultados indican que la dieta cetogénica tiene efectos antitumorales y antiangiogénicos en los tumores experimentales de ratón y cerebro humano cuando se administra en cantidades restringidas. El efecto terapéutico en la gestión del cáncer cerebral se debió en gran medida a la reducción del contenido calórico total pues disminuye la cantidad de glucosa circulante que necesita el tumor para un crecimiento rápido. La dependencia de la glucosa para obtener energía junto a defectos en el metabolismo de los cuerpos cetónicos explican en gran parte por qué los tumores cerebrales crecen mínimamente con una dieta cetogénica-restringida o con una dieta estándar con restricción de calorías (…) Este estudio preclínico indica que la dieta cetogénica es una terapia dietética segura y eficaz que debe ser considerada como alternativa terapéutica para el cáncer cerebral maligno”.

Melanie SchmidtUlrike Kämmerer -miembros del Hospital de la Universidad de Würzburg (Alemania)- publicaron en 2011 en Nutrition & Metabolism un estudio Effects of a ketogenic diet on the quality of life in 16 patients with advanced cancer: A pilot trial (Ensayo piloto de los efectos de una dieta cetogénica en la calidad de vida de 16 pacientes con cáncer avanzado) cuyo punto de partida es el ya citado: “En estos enfermos .explican las autoras- aumenta la demanda periférica de ácidos grasos y proteínas; por el contrario, los tumores utilizan glucosa como principal fuente de energía. Luego una dieta que suministre al paciente grasas y proteínas suficientes y restrinja los hidratos de carbono podría ser una estrategia útil para mejorar su situación. Requisitos que cumple una dieta cetogénica”.

En el estudio participaron 16 personas con tumores metastásicos avanzados sin opciones terapéuticas convencionales porque, vergonzosamente, sigue sin permitirse probar terapias alternativas en pacientes cuyo estado de salud sea mejor (en tal caso se les obliga a ser tratados con cirugía, quimioterapia o radioterapia). La idea es evitar desde el principio que una terapia natural no patentable pueda demostrar ser mejor opción terapéutica. Al final de su estudio las investigadoras alemanas aseveran: “Los datos experimentales sugieren que seguir una dieta cetogénica es adecuado para los pacientes con cáncer, incluso avanzado. No tiene efectos secundarios graves y mejora su calidad de vida y los parámetros sanguíneos incluso en pacientes con tumores metastásicos avanzados”.

En el ámbito del cáncer cerebral hay por cierto una experiencia individual que vamos a destacar: en 1995 dos niñas con astrocitoma maligno en estado avanzado fueron tratadas en la Universidad Case Western Reserve con una dieta cetogénica cuya fuente de grasa fueron triglicéridos de cadena media y la captación de glucosa del tumor se redujo notablemente. Pues bien, una de ellas seguía viva diez años más tarde. ¡Con un astrocitoma maligno en estado avanzado! El caso lo contaría L. C. Nebeling en 1995 en Journal of The American College of Nutrition con un trabajo titulado Effects of a ketogenic diet on tumor metabolism and nutritional status in pediatric oncology patients: two case reports (Efectos de una dieta cetogénica en el metabolismo del tumor y en la situación nutricional de pacientes oncológicos pediátricos: informe de dos casos individuales). “Siete días después de iniciar la dieta cetogénica -se cuenta en él- los niveles de glucosa en sangre disminuyeron a niveles más bajos de lo normal y las cetonas en sangre se elevaron de veinte a treinta veces. Los resultados de las exploraciones con PET indicaron en ambos casos un descenso medio del 21,8% en la captación de glucosa en el lugar del tumor. Sólo una paciente presentó mejoría clínica significativa en el estado de ánimo y el desarrollo de habilidades durante el estudio por lo que siguió la dieta cetogénica durante otros doce meses hasta permanecer libre de progresión de la enfermedad”.

Llamativo resultado que corroboraría Giulio Zuccoli con otro trabajo publicado en 2010 en Nutrition and Metabolism con el título Metabolic management of glioblastoma multiforme using standard therapy together with a restricted ketogenic diet: Case Report (Manejo metabólico de un glioblastoma multiforme utilizando terapia estándar junto con una dieta cetogénica restringida: reporte de un caso). La paciente, una mujer de 65 años, siguió una dieta cetogénica al mismo tiempo que se sometía al tratamiento estándar -resección quirúrgica, quimioterapia y radioterapia- y a los dos meses su peso corporal se había reducido un 20% y ya no pudo detectare tejido tumoral cerebral alguno ni con resonancia magnética ni con una tomografía por emisión de positrones con flúor-deoxi-glucosa. Los biomarcadores mostraron niveles reducidos de glucosa en sangre y niveles elevados de cetonas en orina. “Este caso –dirían los investigadores en sus conclusiones– es notable por varias razones. En primer lugar, la paciente demostró que la dieta cetogénica es bien tolerada lo que sugiere que podría ser un tratamiento adyuvante eficaz para el glioblastoma multiforme en adultos. En segundo lugar, tal respuesta en el glioblastoma si se hubiera seguido solo un tratamiento estándar sería poco probable; lo que sugiere que el metabolismo de la energía parece jugar un papel importante como parte de la estrategia del manejo del tumor. En tercer lugar, se logró la supresión del edema durante la radiación y la quimioterapia; y el tratamiento concomitante sin esteroides apoyó la actividad antiinflamatoria de la restricción calórica y de la dieta cetogénica”. Al suspenderse a las diez semanas la estricta dieta cetogénica ¡el tumor volvió a aparecer!

Para terminar queremos mencionar un trabajo del doctor Thomas Seyfried -experto en Nutrición y autor de más de 150 artículos científicos y de un libro titulado El cáncer como enfermedad metabólica: origen, gestión y prevención del cáncer- titulado Metabolic management of brain cancer (Manejo metabólico del cáncer cerebral) en el que hace una interesante reflexión: “Los enfermos de cáncer  deben saber que una dieta cetogénica restrictiva retrasa el crecimiento de los tumores sin efectos adversos. Luego quienes tienen tumores cerebrales malignos -especialmente aquellos con un glioblastoma- deberían poder tener la oportunidad de comparar y contrastar los resultados de los estudios con fármacos y los de la terapia metabólica mediante dietas restrictivas”. Pues bien, también Seyfried considera los triglicéridos de cadena media como las grasas más recomendables en las dietas restrictivas y cetogénicas

La decisión ahora es de los enfermos pero volvemos a recordar algo que nadie parece querer entender entre la clase médica: el propio Mariano Barbacid -ex Director del Centro nacional de Investigaciones Oncológicaas (CNIO)- reconoció hace ya años que la cirugía es inútil en el 90% de los casos. A lo que nosotros debemos añadir que no existe ni un solo trabajo que demuestre que la Radioterapia o la Quimioterapia curen el cáncer.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
171
Mayo 2014
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