Los graves efectos secundarios de Depakine constituyen un escándalo peor que el de la talidomida

El Depakine, fármaco que empezó comercializándose como antiepiléptico y posteriormente para el trastorno bipolar y la migraña puede hacer que los niños de las madres gestantes que lo toman sufran retraso cognitivo y psicomotor así como autismo, entre otras muchas disfunciones. Y a pesar de que hay varios trabajos sobre su peligrosidad sigue sin retirarse. Y eso que según el Instituto Catalán de Farmacología los daños que ya ha provocado pueden ser superiores a los que produjo la talidomida. Pues bien, la multinacional que lo vende –Sanofi– acaba de ser condenada a pagar dos millones de euros a una familia afectada. Tiene los detalles en el nº 215 de Discovery DSALUD.

DEKAPINE

Así lo denuncia el Instituto Catalán de Farmacología, fundación según la cual el Depakine -cuyo principio activo es el ácido valproico o valproato- produce tales daños que los bebés cuyas madres lo toman pueden sufrir retraso cognitivo y psicomotor así como autismo, entre otras muchas disfunciones. Es más, aseguran que los daños que ha provocado pueden ser superiores a los que produjo la talidomida. Hablamos de un fármaco que se comercializa como antiepiléptico desde hace varias décadas así como para el trastorno bipolar y la migraña posteriormente que sigue sin retirarse a pesar de que hay varios trabajos sobre su peligrosidad. Pues bien, la multinacional que lo vende –Sanofi- acaba de ser condenada en Francia a pagar dos millones de euros a una familia afectada.

La talidomida provocó en Europa entre 1957 y 1961 unos 12.000 casos de focomelia -nombre dado al nacimiento de bebés a los que les faltan huesos o músculos en brazos y/o piernas- y un número indeterminado de otras muchas malformaciones; 3.000 de ellos en nuestro país según la Asociación Española de Víctimas de la Talidomida. Y fue tan grave lo sucedido que de hecho se dictaron normas «para que jamás pudiese repetirse algo similar» que -como los hechos posteriores han demostrado- fueron insuficientes. Lo demuestra lo acaecido con otro fármaco, el Depakine, cuyo consumo durante el embarazo ha dado lugar a multitud de malformaciones físicas y cognitivas en miles de bebés. Su principio activo es el ácido valproico -o valproato-, comenzó recetándose hace más de 30 años para la epilepsia -si bien posteriormente se autorizó para tratar también el trastorno bipolar y algunos casos de migraña- y se calcula que el número de afectados ¡triplica ya al de la talidomida!

Es decir, en España habría unas 9.000 mujeres que dado su consumo crónico podrían dar a luz bebés con malformaciones según cálculos del Instituto Catalán de Farmacología dados a conocer en un artículo titulado Depakine, el escándalo. No podía callarme que aparece en el número de enero-marzo de su revista Butlletí Groc. No se trata de una cifra oficial porque nuestras autoridades no dan datos pero si tiene razón la Organisation for Anti-Convulsant Syndrome (OACS) -entidad británica que agrupa a los afectados desde hace dos décadas- es el número de casos más probable ya que según afirma el fármaco provoca malformaciones en el 10% de los bebés y en España tomaron Depakine unas 90.000 gestantes. Muchos menos que en Gran Bretaña pues según esa organización allí habría ya 77.000 niños afectados. Y unos 11.500 en Francia según la Association d’aide aux parents d’enfants souffrant du síndrome de l’anti-convulsivant (APESAC), organización según la cual en el país galo lo tomaron entre 1967 y 2014 unas 41.000 mujeres gestantes de las que 12.500 perdieron a sus bebés durante el embarazo.

En suma, solo entre España, Francia y Gran Bretaña habría casi ¡100.000 niños con graves malformaciones por culpa del Depakine! Y eso sin contar los miles de bebés muertos durante la gestación.

Una tragedia que solo se explica por la negligencia criminal de las autoridades sanitarias. De hecho el Comité de evaluación de riesgos de farmacovigilancia (PRAC) de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) ya reconoció en 2014 que según los datos que obraban en su poder «el 10.73% de los niños de mujeres con epilepsia tratadas solo con valproato durante el embarazo sufren malformaciones congénitas”. Entre ellas, defectos en el tubo neural, dismorfia facial, labio leporino y paladar hendido, craneostenosis, defectos cardíacos, renales y urogenitales, defectos de las extremidades (incluida aplasia bilateral del radio) y otras múltiples anomalías en todos los órganos y sistemas.

Diez por ciento que llega hasta el 30/40% si hablamos de problemas de desarrollo cerebral como empezar a hablar y caminar más tarde de lo habitual, tener menor capacidad intelectual y sufrir problemas de lenguaje, comprensión y memoria; padeciendo en muchos casos autismo. Medido su cociente intelectual a los 6 años tienen de promedio de 7 a 10 puntos menos que los niños expuestos a otros antiepilépticos.

Los datos demuestran que los niños expuestos en el útero al valproato –reconoce el comité- tienen mayor riesgo de sufrir trastornos del espectro autista (aproximadamente tres veces más) y autismo infantil (aproximadamente cinco veces). Y hay datos limitados que sugieren que es asimismo mayor la probabilidad de desarrollar déficit de atención e hiperactividad (TDAH)”.

INOPERANCIA DE LA AGENCIA ESPAÑOLA DEL MEDICAMENTO 

Pues bien, a finales de diciembre de 2017 el Tribunal de Apelaciones de Orleans (Francia) ha determinado finalmente la culpabilidad del laboratorio fabricante –Sanofi- condenándole a pagar más de dos millones de euros a la familia de una niña afectada y un millón al seguro médico por los gastos que hubo de asumir para tratarla. Sentencia ante la cual la Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (AEMPS) se vio obligada a advertir -el pasado 18 de febrero- del peligro del medicamento. Solo que ya en 2014 la Agencia Europea del Medicamento, tras revisar el balance beneficio-riesgo de los medicamentos que contienen ácido valproico, decidió restringir su uso… pero no prohibirlo. Y si lo hizo fue porque Marine Martin acababa de publicar en Francia el libro El escándalo del Dépakine provocando alarma social. Vergonzosa medida claramente insuficiente que ahora la agencia española reconoce al decir que según los nuevos datos «las medidas adoptadas no fueron suficientemente efectivas» y por tanto «es necesario intensificar las restricciones de uso establecidas anteriormente e introducir nuevas medidas para mejorar la información y el asesoramiento de las mujeres”.

En pocas palabras, ¡sigue sin retirarse el fármaco del mercado! ¿Por qué? Pues porque sería tanto como reconocer abiertamente lo que muchos expertos consideran un claro caso de NEGLIGENCIA CRIMINAL y no están por la labor de facilitar que puedan ser llevados a los tribunales y condenados por ello. Por eso nuestra agencia de farmacovigilancia se ha limitado a mandar un comunicado a las consejerías de Sanidad de las 17 comunidades autónomas diciendo que a las mujeres en edad fértil con capacidad de gestación no se les debe recetar ácido valproico ni en el tratamiento de la epilepsia ni en el trastorno bipolar… a menos que no se pueda utilizar otra alternativa terapéutica. Aclarando que en tal caso debe hacerse bajo supervisión del cumplimiento de un plan de prevención del embarazo que pasa por el uso de anticonceptivos, revisiones anuales y la elaboración de guías informativas para profesionales sanitarios y pacientes. Medida que el Instituto Catalán de Farmacología critica abiertamente alegando que “encargar a la compañía fabricante que informe sobre los riesgos del valproato a prescriptores, otros profesionales y usuarias viene a ser como encargar la educación sanitaria sobre los peligros del tabaco a una compañía tabaquera. Sólo complica las cosas”.

En suma, la agencia se limita a proponer que no se trate a partir de ahora con productos que contengan ácido valproico a las mujeres gestantes y que en los envases de esos medicamentos se advierta de ello a los consumidores. ¡Como si sirviera de algo teniendo en cuenta que desde 2013 el medicamento ya está obligado a llevar en su envase un triángulo negro invertido como señal de que es un fármaco sometido a un seguimiento adicional por problemas de seguridad y la notificación de posibles efectos adversos es prioritaria!

Es más, el prospecto ya lleva un recuadro negro en el que se advierte de las precauciones especiales que es preciso adoptar para su consumo: “Depakine no se debe utilizar en niñas, en mujeres adolescentes, en mujeres en edad fértil y en mujeres embarazadas a menos que los tratamientos alternativos no sean eficaces o no se toleren porque el potencial teratogénico y el riesgo de desarrollar trastornos del desarrollo en niños expuestos a valproato en el útero son altos. El beneficio y riesgo se deben reconsiderar cuidadosamente con revisiones regulares del tratamiento, en la pubertad y urgentemente cuando una mujer en edad fértil en tratamiento con Depakine planee un embarazo o si se queda embarazada. Las mujeres en edad fértil deben utilizar un método anticonceptivo eficaz durante el tratamiento y deben ser informadas de los riesgos asociados al uso de Depakine durante el embarazo”.

Es decir, que la AEMPS no aporta absolutamente nada nuevo; de hecho en el recuadro negro de la ficha técnica ya se dice: “El prescriptor se debe asegurar de que a la paciente se le facilita información comprensible sobre los riesgos con materiales adecuados; como un documento informativo para la paciente que le ayude a entender los riesgos”. Recalcando que debe hacerse hincapié en “la naturaleza y magnitud de los riesgos de la exposición durante el embarazo; en particular los riesgos teratogénicos y los riesgos de trastornos del desarrollo”.

En pocas palabras, hace décadas que las agencias de fármacos -nacionales e internacionales- hacen este tipo de advertencias como «salvaguarda» jurídica para que si un día acaban todos sus responsables en los tribunales puedan alegar que ellos ya habían advertido de los riesgos. Es precisamente lo que ha hecho Sanofi en el caso que comentamos y de ahí que haya anunciando que va a recurrir el fallo. ¿Su argumento? Que ya a principios de la década de los ochenta del pasado siglo XX había advertido a las autoridades del riesgo de malformación del feto. “El riesgo de malformaciones asociadas a la toma del antiepiléptico (valproato de sodio) durante el embarazo –dice en su comunicado- estaba bien establecido en el momento de los hechos (2001) en los documentos de información del medicamento y los médicos habían transmitido esta información al paciente”.

En suma, todo indica que las agencias reguladoras y los laboratorios van -una vez más- «a quitarse el muerto de encima» y dejar a los médicos como únicos responsables de los daños que el medicamento pueda haber ocasionado. A fin de cuentas ellos han «cumplido» haciendo cambios en las fichas técnicas y distribuyendo material «informativo» a los profesionales y a las sociedades científicas.

De lo que no se ha informado es de si el Comité de Seguridad de Medicamentos de la AEMPS ha iniciado alguna acción para conocer el impacto del Depakine en España, del número de mujeres bajo tratamiento por epilepsia, trastorno bipolar o migrañas que lo toman y del número de niños afectados. Sólo ha informado de que en su base de datos sobre reacciones adversas hay notificados desde hace más de 30 años solo 19 casos de malformaciones o trastornos del neurodesarrollo en las que el valproato aparece como sospechoso.

Cabe añadir que tras el comunicado de la AEMPS algunos hospitales españoles han tomado debida nota. Siendo el primero en reaccionar el Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia cuya Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica empezó a diagnosticar de inmediato el Síndrome fetal por valproato, paso fundamental para posibles reclamaciones, certificando ya cuatro casos.

Es más, las únicas cifras a nivel nacional sobre el uso de ese fármaco las ha facilitado la Consejería de Salud de Murcia según la cual a 451 mujeres de entre 16 y 50 años se les habían recetado fármacos con ácido valproico durante el pasado mes de enero pero ninguna de ellas estaba embarazada.

ES TANTO LO QUE SE IGNORA… 

Lo incomprensible y vergonzoso de todo esto es que el peligro de malformaciones fetales por consumo de ácido valproico se conoce ¡desde 1981! Como incomprensible y vergonzoso es que su mecanismo de acción se ignora aún hoy día. Así lo reconoce la propia Agencia Europea del Medicamento al hablar de sus efectos negativos en un comunicado: “El mecanismo específico a través del cual el valproato causa efectos teratogénicos -que van desde defectos del tubo neural y otras malformaciones congénitas al deterioro cognitivo, el autismo y el trastorno del espectro autista (TEA)- no se ha definido claramente. Sin embargo hay evidencia de datos generados en modelos animales y estudios in vitro que demuestran la capacidad del valproato para interferir con varios programas clave en el desarrollo embrionario cuyo deterioro puede explicar los principales defectos estructurales y el deterioro cognitivo característicos de la teratogenicidad del valproato (…) El mecanismo por el cual la exposición al valproato afecta preferentemente a las habilidades verbales tampoco se conoce en este momento”.

¿Y se sabe al menos si hay una «dosis segura»? Pues tampoco: “El riesgo es dosis dependiente pero no se puede establecer una dosis umbral por debajo de la cual no existe riesgo. La incidencia del riesgo parece ser mayor con valproato que con otros antiepilépticos”. Como tampoco se sabe el momento durante el embarazo en el que pueden comenzar los problemas en el desarrollo fetal: “El período gestacional exacto de riesgo para estos efectos es incierto y la posibilidad de riesgo durante todo el embarazo no puede ser excluida”.

En pocas palabras, no hay la más mínima constancia de que el producto sea seguro a alguna dosis, por pequeña que ésta sea; solo la hay de que se trata de un producto enormemente peligroso, especialmente en el caso de las gestantes que pueden abortar perdiendo el feto o dar a la luz a bebés con gravísimas malformaciones. ¿Y entonces por qué los médicos lo recetan? ¿Porque es muy eficaz para tratar las patologías para las que se pauta? En absoluto. Esto es lo que la propia Agencia Europea del Medicamento dice al respecto: “Se clasifica como probablemente eficaz en el tratamiento de crisis de inicio parcial (Nivel B) y posiblemente eficaz en el tratamiento de crisis tónico-clónicas de inicio generalizado (Nivel C) por la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE)”. En pocas palabras: SU EFICACIA NO ESTÁ CONSTATADA. Bueno, pues aún así se considera la «única opción terapéutica» en el tratamiento de la epilepsia generalizada cuando fallan los demás tratamientos ¡incluso en los casos de mujeres en edad fértil o embarazadas! Y se afirma a pesar de reconocerse que “la eficacia del valproato no se ha estudiado nunca en mujeres embarazadas» al habérselas excluido de todos los ensayos clínicos «dado el conocido riesgo de teratogenicidad”.

Es más, se receta para tratar el llamado «trastorno bipolar» a pesar de reconocerse que “tampoco hay datos que evalúen el porcentaje de pacientes que sufren episodios maníacos que muestran exclusivamente una respuesta clínica completa con valproato después de los episodios maníacos”.

¿Y para las migrañas? Pues la justificación es aún menor: “Existen solo datos limitados sobre la eficacia del valproato en el tratamiento profiláctico de la migraña en mujeres en edad fértil». Añadiéndose luego que «existen suficientes alternativas terapéuticas para tratar los ataques de migraña aguda”.

En definitiva, ¿por qué los médicos llevan décadas recetando ácido valproico cuando no se ha demostrado jamás ni su presunta eficacia ni su seguridad? Porque la afirmación de que no hay alternativas terapéuticas es ROTUNDAMENTE FALSA…

Y SE SABE DESDE HACE MUCHO TIEMPO

Que el ácido valproico es peligroso para la salud se sabe desde 1981 que es cuando se efectuaron estudios preclínicos murinos constatándose que provocaba en los fetos espina bífida y exencefalia (formación del cerebro fuera del cráneo). Y estudios posteriores que da lugar a anormalidades de comportamiento similares a las observadas en autistas, incluidos menor sensibilidad al dolor, aumento de la sensibilidad a estímulos no dolorosos, actividad repetitiva/estereotípica, ansiedad, recuerdos de miedo anormalmente altos y más duraderos, cambios en las vocalizaciones ultrasónicas de las crías de ratones y disminución de la interacción social. Sería sin embargo muchos años después -en 2008- cuando. K Meador publicaría en Epilepsy Research un metaanálisis titulado Pregnancy outcomes in women with epilepsy: a systematic review and meta-analysis of published pregnancy registries and cohorts (Resultados del embarazo en mujeres con epilepsia: revisión sistemática y metaanálisis de registros y cohortes de embarazos publicados) que analizó los efectos del ácido valproico en los fetos y bebés de más de 65.000 mujeres embarazadas con epilepsia y más de 1’8 millones sanas; estudio que fue el que determinó la cifra reconocida oficialmente en la actualidad de que el riesgo de malformaciones físicas es del 10’73%.

En cuanto a los trastornos en el neurodesarrollo fetal la propia Agencia Europea del Medicamento habla de 24 estudios efectuados entre 1998 y 2013 que demuestran que el valproato durante el embarazo se asocia a un claro deterioro cognitivo de los bebés, a un menor funcionamiento intelectual y a los trastornos del espectro autista. Destacando especialmente el Estudio NEAD publicado en 2008 en Neurology con el título Pregnancy registries in epilepsy: a consensus statement on health outcomes (Registros de embarazo en epilepsia: declaración de consenso de resultados sobre la salud). Fue un estudio prospectivo, observacional y multicéntrico que estudió a embarazadas con epilepsia tratadas entre octubre de 1999 y febrero de 2004 con carbamazepina, lamotrigina, fenitoína o valproato en 25 centros de Reino Unido y Estados Unidos cuya conclusión es que la exposición fetal al ácido valproico se asocia de forma dosis-dependiente con una reducción de las capacidades cognitivas en niños de 6 años. Según sus autores la disminución de habilidades verbales podía atribuirse a cambios en la lateralización cerebral inducidos por la exposición al ácido valproico. El propio Comité de evaluación de riesgos de farmacovigilancia de la Agencia Europea del Medicamento admite que este estudio proporcionó claras evidencias de que el cociente intelectual de los niños de 6 años que estuvieron expuestos durante el embarazo al ácido valproico era entre 7 y 10 puntos menos -de promedio- que el de aquellos cuyas madres ingirieron otros antiepilépticos.

  1. Christensen publicaría por su parte en 2014 -en Journal of the American Medical Association (JAMA)- el trabajo Prenatal valproate exposure and risk of autism spectrum disorders and childhood autism (Exposición prenatal al valproato y riesgo de trastornos del espectro autista y autismo infantil). Hablamos de un estudio poblacional de los niños nacidos vivos en Dinamarca entre 1996 y 2006 en el que se identificó a todos aquellos cuyas madres estuvieron expuestas al valproato durante el embarazo y fueron diagnosticados afectos de trastornos del espectro autista (autismo infantil, Síndrome de Asperger y autismo atípico) y otros trastornos del desarrollo no especificados. Los niños fueron seguidos desde el nacimiento hasta el día del diagnóstico del trastorno del espectro autista, muerte, emigración o bien hasta el 31 de diciembre de 2010; lo que primero ocurriera. Pues bien, los investigadores asociaron el consumo de valproato durante el embarazo con un aumento significativo de padecer trastornos del espectro autista; comparándose incluso con las mujeres que lo habían consumido pero dejaron de tomarlo al menos 30 días antes de la concepción.

La Agencia Europea del Medicamento habla asimismo en su informe de 2014 de un trabajo que estudió 2.958 casos de exposición intrauterina a valproato y valpromida (ésta comercializada como Depamide) -más de la mitad por epilepsia de las gestantes- identificando entre ellos 1.750 casos de malformaciones; especialmente trastornos musculoesqueléticos y del tejido conectivo así como del sistema nervioso. Siendo los más comunes la espina bífida, los trastornos cardíacos, la enfermedad cardíaca congénita, la anomalía cardiovascular congénita y el síndrome anticonvulsivo fetal. Y además 699 casos de desarrollo cognitivo alterado la mayoría de los cuales se diagnosticaron como trastornos cognitivos, autismo e hiperactividad.

Agregaremos que ya en 2017 Areti Angeliki Veroniki -del Li Ka Shing Knowledge Institute de Toronto (Canadá)- publicó en BMJ Open el trabajo Comparative safety of antiepileptic drugs for neurological development in children exposed during pregnancy and breast feeding: a systematic review and network meta-analysis (Comparativa sobre la seguridad de los antiepilépticos en el desarrollo neurológico de niños expuestos durante el embarazo y la lactancia: revisión sistemática y metaanálisis de red). El trabajo resume los datos de 29 estudios de cohorte que incluyeron a 5.100 niños y sus resultados sugieren que los antiepilépticos representan un riesgo real para los fetos así como para los bebés durante la lactancia. Destacando entre ellos el valproato pero pudiendo provocar todos los problemas citados: la oxcarbazepina, la lamotrigina, la carbamazepina y el fenobarbital. La conclusión básica del estudio es que en comparación con el grupo de control “el valproato, solo o combinado con otros antiepilépticos, se asocia con una mayor probabilidad de sufrir problemas en el desarrollo neurológico». Añadiendo no obstante que la oxcarbazepina y la lamotrigina se asocian a «una mayor incidencia de autismo».

FRACASO DE LA FARMACOVIGILANCIA 

Resumiendo: tanto los médicos como los laboratorios y las agencias española y europea del medicamento saben desde hace décadas que el ácido valproico -y otros antiepilépticos- pueden provocar en los fetos -durante el embarazo- y en los bebés -durante la lactancia- gravísimos problemas físicos, especialmente neurológicos. Y la pregunta clave es si las mujeres que los toman -o tomaron- estaban informadas de forma adecuada y suficiente de todo ello; porque todo indica que no ha sido así. Antes del informe de la Agencia Europea del Medicamento de 2014 la información que se hacía llegar a los médicos y a las embarazadas no era ni clara ni suficiente.

Para muestra un botón: el diario La Opinión de Murcia dio a conocer el pasado 8 de marzo el testimonio de una mujer -cuya identidad salvaguardan citando solo las siglas M. G.- en el que ésta explica que el médico le mandó tomar Depakine cuando siendo muy joven la diagnosticó trastorno bipolar por lo que estuvo tomándolo más de 20 años hasta que decidió dejarlo hace dos. Tiempo durante el que se quedó embarazada y tuvo dos hijos no dejándolo de tomar en ningún momento porque no se conocían sus efectos negativos y nadie le advirtió de ello. Es más, afirma que cuando le dijo a su médico que quería interrumpir su ingesta porque si el fármaco tenía efectos sobre su sistema nervioso central podría ser así también sobre el del bebé éste le respondió que no se preocupara y estuviera tranquila porque «era peor para el niño que yo tuviera una crisis por la enfermedad que el propio medicamento”. M. G. agrega que no fue hasta que le llegaron noticias sobre lo que estaba ocurriendo en Francia cuando fue consciente del problema: “En ese momento empecé a atar cabos -cuenta- y tuve claro que ésa puede ser la causa de los trastornos cognitivos que tienen mis dos hijos, de 15 y 13 años. No entiendo por qué si ellos nacieron en 2003 y 2004, cuando ya había estudios sobre este medicamento, aún se permitía que se administrara”.

Se trata de una sola historia, ciertamente, pero ¿cuántos casos similares habrá? Porque si bien desde la década de los noventa del pasado siglo XX se recomendaba genéricamente en el prospecto precaución a la hora de tomar el valproato durante el embarazo en la ficha técnica no figuraba la tasa de afectación de los embriones. Es más, en la de 2003 aún se decía esto: “En una mujer epiléptica tratada con valproato no parece justificado desaconsejar una concepción”. ¡Y eso que ya tres años antes -en el 2000- había datos de que el llamado síndrome fetal por anticonvulsivantes era mucho más frecuente con el valproato que con otros antiepilépticos! «Advertencia» que incluso se matizaba: “Si bien se advierte una mayor incidencia de niños malformados con politerapia la responsabilidad respectiva de los tratamientos y de la propia enfermedad no ha podido establecerse con seguridad”.

Valorando esto la responsabilidad del laboratorio y de las agencias reguladoras parece pues clara. La carga del conocimiento de todos y cada uno de los efectos secundarios de un fármaco que se sabe peligroso no puede recaer únicamente en el médico. El proceso no es lo suficientemente claro, las alertas no son transmitidas con suficiente relevancia o llegan de forma ambigua e, incluso, con información incompleta. Peter Gotzshe lo explica muy bien en su libro Medicamentos que matan y crimen organizado recalcando la imposibilidad de los médicos de gestionar toda la información tal como les llega: “Es imposible para los médicos saber todo lo que deben para utilizar los medicamentos de forma segura; y no es pues sorprendente que cometan muchos errores. El principal problema es que los reguladores piensan sobre los fármacos de uno en uno y no les importa que sea muy difícil para los profesionales conocer todas las alertas que emiten sobre ellos. Lo que a los reguladores les importa es no tener responsabilidades y que la culpa sea de los médicos. Ya te lo dijimos, ¿verdad?, trasmiten las agencias y la industria a los médicos que por falta de conocimiento acaban utilizando de manera imprudente algunos medicamentos”.

Y no es el único que lo denuncia. Joan Ramon Laporte, Director del Instituto Catalán de Farmacología, lleva años aseverando que la información sobre los medicamentos es manifiestamente insuficiente y afirma que tras este nuevo escándalo se esconden las oscuras prácticas que relacionan a los reguladores con las multinacionales farmacéuticas. “Los materiales informativos –explica el artículo del Bulletí Grocno evitan las embriopatías. Las notas informativas no llegan a todos los profesionales. Están escritas en un lenguaje abstruso. Son documentos que tienen siempre el mismo formato, tanto si informan de un riesgo de retraso cognitivo grave que afecta a un 30 a 40% de los hijos de mujeres que han tomado valproato durante la gestación como si informan de un riesgo de efecto indeseado raro de un fármaco de uso restringido. Ninguno de los materiales informativos citados decía claramente que la embriopatía por valproato es frecuente y que puede ser muy grave. Las notas informativas sacuden la responsabilidad de los reguladores y de las compañías pero no tienen efecto preventivo”.

En suma, una lamentable situación que es producto de un sistema impuesto por la propia industria a las agencias reguladoras al desarrollar un sistema de farmacovigilancia que busca proteger a los laboratorios en lugar de a los enfermos e intenta no retirar medicamentos del mercado sino gestionar sus riesgos.

El Dr. Abel Novoa, presidente de la Plataforma No Gracias, lo ha denunciado a menudo: “El actual paradigma de farmacovigilancia es el resultado de una eficaz labor de captura del regulador realizada por la industria farmacéutica en las últimas décadas con la entusiasta ayuda de los políticos al mando. Es un fracaso cuidadosamente programado. Tras 50 años, millones de euros invertidos en estructuras burocráticas gigantescas y millones de horas de sesudas discusiones de altos funcionarios, científicos, políticos y académicos un nuevo escándalo ha vuelto a ocurrir delante de nuestras narices y con pleno conocimiento científico”.

Y tiene razón como en la revista venimos igualmente explicando desde hace casi dos décadas. Denuncias que no cesan: en 2017 el British Medical Journal publicó un trabajo titulado Contribution of industry funded post-marketing syudies to drug safety: survey of notifications submitted to regulatory agencies (Contribución de los estudios posteriores a la comercialización financiados por la industria sobre la seguridad de los medicamentos: encuesta de notificaciones presentada a las agencias reguladoras) cuyo primer firmante es Angela Spelsberg, epidemióloga del Transparency International Deutschland e.V. de Berlín (Alemania) cuyas conclusiones sobre el sistema de farmacovigilancia son demoledoras: “Nuestras conclusiones no apoyan la aspiración de los reguladores de que los estudios postcomercialización sirven para mejorar la vigilancia a largo plazo de la seguridad de los medicamentos. Antes bien, se han encontrado evidencias de que la seguridad de los medicamentos podría estar seriamente comprometida por la práctica actual. Se espera que los estudios postcomercialización contribuyan a la farmacovigilancia pero en realidad sus resultados se tratan como secretos comerciales. Nuestros datos respaldan la opinión de que las altas remuneraciones pagadas por las empresas a los médicos participantes podrían servir a fines comerciales en lugar de a una farmacovigilancia transparente y eficaz”.

En fin, sea lo ocurrido responsabilidad de la industria, de la Agencia Española del Medicamento que permitió que antes de 2014 no figuraran en la ficha técnica más que avisos genéricos o de los propios médicos encargados de recetar el Depakine lo que la sociedad no puede hacer es seguir mirando hacia otro lado. La Asociación Cordobesa de Epilepsia y otras Enfermedades Afines (ACEPI), que desde el principio se ha mostrado especialmente activa en la solicitud de nuevas medidas contra el medicamento, se ha mostrado en un comunicado público partidaria de intensificar las restricciones de uso establecidas hasta ahora e introducir nuevas medidas para mejorar la información y el asesoramiento de las mujeres en edad de gestación. “Nuestra entidad -señalan- piensa que se hace absolutamente necesario poner en marcha en este tipo de casos el protocolo del Consentimiento Informado, un proceso de comunicación e información entre el profesional sanitario y la persona atendida que culmine con la aceptación o negación por parte de la paciente del tratamiento en cuestión. ACEPI también propone mejorar y/o introducir nuevos pictogramas en los envases del Depakine. Y es que, aunque la farmacéutica Sanofi insiste en querecuerda sistemáticamente a los pacientes a través del prospecto del medicamento que, en caso de embarazo o en caso de desear un embarazo, se debería consultar con un médico para que éste actuara en consecuencia”, hay que tener en cuenta que no todos los pacientes tienen el mismo nivel educativo, la misma capacidad de entendimiento y que -y esto es aún más grave- las instrucciones orales que se dan en la farmacia la mayoría de las veces son olvidadas al salir de la misma”.

Hoy día ya se exige en Francia -desde marzo de 2017 y gracias a la movilización de las familias afectadas- que todos los envases de Depakine lleven bien visible un pictograma de advertencia sobre el riesgo que representa para las embarazadas. Una petición a todas luces insuficiente y de ahí que el presidente de la Plataforma No Gracias, Abel Novoa, proponga lo siguiente:

1) Todo fármaco que pueda dar lugar a graves problemas de salud debe ser definitivamente retirado del mercado sin dilación si existen alternativas; el paradigma de gestión de riesgos actual no funciona.

 2) Es urgente que las autoridades españolas realicen un análisis detallado de las mujeres en riesgo e impidan que el fármaco se siga utilizando en mujeres fértiles. Y deben incluir un pictograma claramente visible en el envase.

3) Es necesaria una iniciativa política que identifique a las familias afectadas e intervenga en la paliación de un daño que era evitable; como en Francia se hace necesaria una ley de compensación de las víctimas de la embriopatía por Depakine.

4) Deben determinarse las responsabilidades del fabricante: Sanofi.,

5) Las agencias reguladoras deben hacer autocrítica; no se puede seguir actuando a golpe de escándalo. Y,

6) La fármaco-epidemiología debe replantearse su actuación; no puede seguir siendo irrelevante e incapaz de proteger a los ciudadanos. 

Francisco San Martín

Este reportaje aparece en
215
Mayo 2018
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