Teresa Morera: «Los medicamentos son hoy el principal problema de salud»

Tal es la contundencia con la que se expresa la farmacéutica Teresa Morera, licenciada universitaria que ha decidido manifestar públicamente lo que piensa de los medicamentos tras haberlos estado dispensando durante años sin poder hablar libremente de ellos. Y es que hoy, una vez se encuentra «al otro lado del mostrador» -como le gusta decir-, no ha dudado en hablar de los fármacos con suma dureza. De hecho se ha convertido en alguien que trabaja para concienciar a la sociedad de la verdad de los mismos, del engranaje que los alimenta y de cómo afectan negativamente a la salud. Es más, decidió formarse en Naturopatía, Reflexoterapia, Quiromasaje y Homotoxicología para ayudar a las personas sin provocarles más problemas de los que ya puedan tener.

Farmacos

Lo que no pude decir tras el mostrador de la farmacia” es el título de la charla que la licenciada universitaria en Farmacia Teresa Morera lleva años impartiendo por toda España y que ya circula por Internet dejando atónitos a muchos colegas ya que si bien es habitual encontrar a médicos que alzan la voz contra el actual modelo sanitario -a pesar de la persecución a la que son sometidos por ello- hasta ahora nadie del ámbito farmacéutico se había manifestado públicamente de forma tan clara contra el actual sistema de prescripción de medicamentos.

Teresa Morera trabajó 16 años atendiendo clientes en diversas farmacias una vez obtuvo la licenciatura, carrera que según nos reconoció no eligió por vocación sino como salida laboral porque parecía estar bien remunerada aunque luego su interés por la salud de los demás la fue enganchando. Su problema es que está dotada de un fuerte espíritu crítico y acabó asumiendo que el mundo del que entonces formaba parte no le gustaba tras observar año tras año el continuo ir y venir de vecinos en busca de medicamentos con los que no lograban resultados y ver cómo la gente entraba en una interminable rueda de consumo de fármacos en la que un medicamento llevaba a otro y éste al siguiente sin que su salud mejorara; es más, constató que en la mayoría de los casos ocurría lo contrario. Y como cambiar el sistema no era para ella una opción pero tampoco permanecer impasible mirando hacia otro lado mientras despachaba fármacos en los que no creía decidió estudiar Naturopatía, Quiromasaje, Reflexoterapia y Homotoxicología y 16 años después de empezar a vender fármacos abrió consulta como terapeuta. Es más, decidió dar a conocer su experiencia y explicar a la sociedad los daños que está provocando el masivo consumo de medicamentos recordando el consejo que dio un anciano farmacéutico a sus hijos, también farmacéuticos: Els medicaments son per vendre, no per pendre (Los medicamentos son para venderlos, no para tomarlos). Y de esa decisión hemos hablado con ella.

-¿Cuándo y por qué decidió usted dejar la farmacia?

-Hace ya 19 años. Hubo un momento en el que me dije: ·Esto no va a ninguna parte. Fue en el año 2000 con la salida al mercado de Vioxx que se nos presentó como un fantástico antiinflamatorio carente prácticamente de efectos secundarios. ¡Se lo di a mi madre tras hablar con la doctora y obtener la receta y casi le cuesta la vida! Después supe que ese medicamento ha matado a no menos de 60.000 personas en el mundo y de que los datos de los estudios que permitieron que se aprobara habían sido falsificados. Como supe que en el ámbito farmacéutico ese tipo de prácticas aberrantes es tan habitual que casi todo el mundo las acepta como algo «normal» cuando no lo es en absoluto. Poco a poco me fui dando cuenta de que el principal objetivo de los laboratorios no es velar por la salud de las personas sino ganar dinero y de que en el mundo sanitario hay una enorme hipocresía. En fin, en mi caso la gota que colmó el vaso fue el Vioxx.

Sabemos que usted trabajó como farmacéutica en una gran ciudad pero también en un pueblo por lo que suponemos que es eso lo que le permitió conocer cómo evolucionaban las personas que atendía en la farmacia…

-Cierto. Comprobé durante años que nadie se curaba y que la gente se volvía cada vez más dependiente de los fármacos que tomaba, cómo una vez alguien empieza a tomar un medicamento debe después tomar otro y otro y otro, cómo las enfermedades se cronifican y nadie se cura. Es más, comprobé que se recetaban fármacos a personas sanas. El ejemplo paradigmático es el de la persona sana que se siente bien pero acude a una revisión médica rutinaria de su empresa y le dicen que está bien pero su colesterol está alto y le recetan estatinas. He visto muchos casos y sé que a partir de ese momento esa persona no vuelve nunca más a ser la que era y cómo poco a poco envejece, se va apagando, sufre dolores, algunos llegan a tener depresión y el médico nunca atribuye esos problemas antes inexistentes al fármaco.

-¿Y cuándo decide abandonar la farmacia y optar por la medicina natural?

-En 2003; me acogí a la ley de conciliación familiar laboral y solicité trabajar solo media jornada porque tenía a mi cargo personas mayores y un hermano con Síndrome de Down. Y aprovechando que tenía más tiempo estudié terapias naturales que pudieran ayudar a mis familiares. Aprendí a dar masajes, a ejercer la Reflexoterapia y terminé formándome en Naturopatía. Seis años después -en 2009- me decidí a dejar definitivamente la farmacia, me hice autónoma y abrí consulta como terapeuta.

-¿Compartió usted a lo largo de esos años con compañeros de profesión sus inquietudes?

No. Mi forma de pensar fue cambiando lentamente, fue un largo proceso de maduración y además en el ambiente en que me movía no estaba el horno para bollos. Vivía en un mundo sanitario marcado por el autoritarismo y la incomprensión hacia el sufrimiento de los demás, un mundo plagado de arrogancia inmerso en el pensamiento del «yo hago lo que se supone que debo hacer» y no me planteo las consecuencias. Eran tantas las cosas que no me gustaban que me pareció mejor no abrir la boca.

-¿Cómo hay tantos médicos y enfermeros disidentes y apenas farmacéuticos?

-Porque las personas que quieren ayudar a los demás optan por estudiar Medicina o Enfermería. Farmacia es para los que buscan negocio puro y duro.

-Que la inmensa mayoría de los fármacos son solo paliativos o sintomáticos y además iatrogénicos lo saben todos los médicos, enfermeros y farmacéuticos y se reconoce de hecho en los prospectos así que llama la atención que la gente los consuma sin cuestionarse lo que le recetan. Puede explicarse porque la gente confía acríticamente en los profesionales de la salud pero ¿por qué estos lo aceptan y no se rebelan como ha hecho usted? ¿Tan intenso es el lavado de cerebro al que se les somete en las facultades de Medicina, Farmacia y Enfermería?

-Es total. Y diré más: los planes de estudio se han elaborado para impedir que la gente piense por sí misma desde la escuela y luego desde el instituto. Yo aún tuve la suerte de ir un instituto en el que se estudiaba Filosofía y había profesores que decían lo que pensaban y te enseñaban a hacerlo… pero eso se acabó hace años. Hoy solo existe el pensamiento único, sobre todo en el ámbito de la salud. Hoy nadie piensa, todo el mundo se limita a asumir las «verdades» establecidas por quienes manejan la sociedad a su antojo desde la sombra.

-Lo paradójico es que vivimos en una sociedad tan saturada de información contradictoria merced a Internet que en lugar de pensar y discriminar por sí mismas las personas prefieren asumir las verdades «oficiales». El exceso de información es hoy un método calculado de desinformación.

-Cierto, pero el principal problema es que la inmensa mayoría de la gente ha optado por evadirse. Busca todo tipo de actividades lúdicas que no le obliguen a pensar sobre su vida, su trabajo, su familia o lo que está pasando, no ya solo en su entorno sino en lugares lejanos. Casi todo el mundo va » a lo suyo».

-¿Fue eso lo que le llevó a dar conferencias?

-Yo decidí concienciar a la gente de lo que está pasando en el ámbito que conozco, que es el de la salud. Que la gente es adicta a los fármacos a pesar de que no curan nada lo comprobé trabajando en la farmacia pero también cuando me puse a trabajar como terapeuta natural. La gente que veía a verme me decía que el médico le había recetado uno o varios fármacos y yo les advertía de sus interacciones, contraindicaciones y efectos secundarios porque soy farmacéutica y tengo una obligación ética pero la mayor parte me respondía -y me responde- que si se lo ha recetado un médico es porque lo necesita. No entienden qué oscuros intereses hay detrás de todo el sistema sanitario ni saben que a menudo el médico receta fármacos porque le han impuesto unos protocolos y no quiere perder la licencia, no porque realmente piense que el fármaco va a ayudar al enfermo.

Fue así como me harté y decidir dar charlas a pequeños grupos de pacientes comprobando sin embargo pronto que no tenía mucho éxito; hasta que decidí integrarme en movimientos como Plural 21 y Dulce Revolución tras lo cual yo misma estoy sorprendida del éxito de mis conferencias.

ANTES Y DESPUÉS ABANDONAR EL MOSTRADOR 

-¿Explica entonces a la gente qué es un medicamento y para qué sirve de verdad?

-Exactamente. Un fármaco es una sustancia química que modifica un entorno bioquímico del organismo y produce cambios constatables pero eso no implica que por ello cure. ¿Puede ayudar en un momento dado a afrontar un problema? Sin duda. Pero muchos de ellos, la gran mayoría, a costa de provocar daños colaterales que son a veces muy serios. De ahí que lo que pretendo sea básicamente enseñar a la gente a responsabilizarse de su salud, a entender que el cuerpo tiene la capacidad de autorrepararse solo y lo único que hay que hacer es ayudarle siguiendo una vida razonablemente sana. Algo hoy difícil, es verdad, porque a la mala alimentación y los hábitos insanos se unen los problemas laborales, los emocionales y los ambientales. Aunque lo peor es el concepto que se tiene de la enfermedad. Creen que en general es consecuencia de la mala suerte y no de su tipo de vida, que la causa está en algo ajeno y no tienen culpa de nada; así que en lugar de replantearse un cambio optan por ir al médico para que les recete un tratamiento a base de fármacos que acabe con su dolencia. Creen que la medicina es mágica porque así se lo han hecho creer, que hay píldoras para todo que van a curarles.

-Bueno, la gente aún tiene en los médicos la «fe del carbonero». Otro de los problemas es la arraigada y falsa creencia de que los fármacos actúan de igual forma todos los enfermos. La industria se ha ocupado de hacerlo creer y de que desaparecieran de las farmacias hasta las fórmulas magistrales…

-Es verdad. Cuando yo empecé a trabajar en una farmacia -en 1992- en todas se hacían fórmulas magistrales. Venía alguien, te pedía una crema para un problema y se la hacías personalizada según sus características y condiciones. Los farmacéuticos hacíamos ciencia porque teníamos mayor libertad de acción y había además muchas formulaciones elaboradas con principios activos obtenidos directamente de plantas. Siempre pongo como ejemplo el Codeisán, jarabe que aún se vende hoy pero no tiene nada que ver con el de entonces; ni por los excipientes, ni por los principios activos, ni por la combinación de plantas. Ahora hay muchas presentaciones comerciales con pocos principios activos y antes muchos principios activos en unas pocas presentaciones. Por eso aun bastando unos pocos cientos de fármacos según la Organización Mundial de la Salud (OMS) en España el sistema sanitario financia más de 15.000 medicamentos. Es puro negocio.

-¿Qué opina de la actual demonización de las plantas?

-Es totalmente absurda. Y lo peor es que el conocimiento sobre sus propiedades terapéuticas se ha perdido. Antes había plantas medicinales en casi todas las casas y se sabía cómo utilizarlas. Cualquier madre sabía cuidar a sus hijos de problemas menores. Si alguno tenía fiebre le metía en la cama, le daba un caldo caliente y dejaba que sudara. Si tenía diarrea le daba arroz hervido. Y si sufría determinados dolores o molestias infusiones con las plantas adecuadas. Se confiaba en las personas y se las animaba a gestionar su salud y la de sus hijos o padres pero ese conocimiento comenzó a destruirse en la década de los ochenta. Se empezó a bombardear a la sociedad con mensajes del tipo «no tome nada por su cuenta y vaya al médico». Para todo. ¿Que te aparece un grano en la cara o se te rompe una uña? ¡Vaya al médico! «Él sabe y usted no» era el mensaje. Y fue calando hasta que generó la pereza mental en la que hoy vivimos instalados. Ahora un niño tiene unas décimas de fiebre o un ligero dolor digestivo y los padres salen corriendo al servicio de Urgencias del hospital más cercano. Y claro, están llenos de personas que no tienen nada grave, incluidos muchos adultos que son simplemente presas de angustia.

Hemos perdido la capacidad de cuidar de nosotros mismos porque han logrado crear una sociedad repleta de ignorantes en el ámbito de la salud. Antes se trataban las dolencias menores en casa y el camino hay que revertirlo de inmediato porque las personas que conocían los remedios naturales para tratarlas con productos naturales han muerto casi todas. Se ha perdido muchísimo conocimiento. Creemos que avanzamos pero retrocedemos.

EL OMEOPRAZOL NO ES LO QUE PARECE

-Usted incide en sus charlas en los peligros de muchos de los medicamentos de uso más común pero dando especial relevancia a uno: el omeprazol. ¿Por qué?

Porque me he dado cuenta de que el omeprazol ha pasado a ser una especie de «amuleto». La gente cree que tomándolo ya puede ingerir todos los medicamentos que le receten sin que le sienten mal cuando no es así en modo alguno. Se han tergiversado las cosas de tal forma que la sociedad vive inmersa en una gigantesca mentira. El omeprazol es un potente antiácido que impide que el estómago fabrique ácido clorhídrico y puede ser útil si se tiene una úlcera muy dolorosa pero sabiendo que mientras actúa la digestión no transcurre como debiera: no se aprovechan los minerales, no se absorben las vitaminas del complejo B, las proteínas no se digieren, el intestino se inflama y se neutralizan o impiden otras funciones igual de necesarias. Hay pues que tener mucho cuidado con su uso y sin embargo hoy se toma alegremente lo que acaba provocando a la larga muchos problemas.

-Algo tendrá que ver el que las autoridades y los médicos no adviertan adecuadamente de ello…

-Cierto. Vivimos inmersos en una especie de pacto de silencio en el que además rige el principio de autoridad. Nadie piensa y todo el mundo asume que la verdad, lo válido, es lo que dicen los de «arriba».

Hasta en el mundo académico se funciona bajo este principio y no por razonamiento. Lo que dice el «profesor» es lo que vale aunque sea una barbaridad. Se ve al profesor, al catedrático, como a alguien superior.

¡Y qué decir en el ámbito sanitario! El licenciado en medicina general se cree inferior al especialista y éste a quienes investigan. Sin duda porque no saben que los que investigan están en general igual de mediatizados, que muchos de los estudios que hacen son de conveniencia y, lo más grave, que una buena parte son sesgados cuando no manipulados o completamente inventados.

La sociedad actual funciona con el principio de conocimiento mínimo -el mismo principio bajo el cual se construyó la bomba atómica- según el cual nadie debe saber lo que hacen los demás ni cuál es el objetivo final. A mí me mandan una cosa y la hago. Punto. No pregunto. Todo el mundo tiene su pequeña parcela y no se le permite salir de ella. El médico ya tiene en el ordenador los medicamentos que puede recetar y los que no están ahí no puede pautarlos. Se atiene a unos protocolos. El sistema ha capado la iniciativa personal y al médico se le pide que no piense y haga lo que le mandan. De hecho la mayor parte son hoy simples recetadores de fármacos, agentes de venta de las grandes multinacionales farmacéuticas. Un papel muy triste. No estoy pues “contra los médicos” sino a favor de que puedan ejercer libremente.

-Y además la mayoría están tan mal pagados y explotados que cada vez más médicos abandonan la profesión y, lo que es más grave, hay entre ellos más suicidios. La alternativa es rebelarse directamente contra el sistema pero por desgracia no son muchos aún los que osan dar ese paso.

-Es verdad, pero afortunadamente eso está cambiando y hay ya muchos médicos «disidentes». Conozco a algunos en España de los que he aprendido mucho; como el doctor Enric Costa o la doctora Isabel Bellostas. Por eso encabezan el «cártel» de los más perseguidos por el sistema. Mucha gente lo ignora pero son muchos los médicos de prestigio de todo el mundo que cuando se dieron cuenta de la amplia corrupción y podredumbre del sistema se rebelaron y acabaron siendo marginados o perseguidos. Sé que ustedes han dado cuenta de muchos de esos casos. 

VERGONZOSA POLIMEDICACIÒN 

-¿Qué opina de la vergonzosa polimedicación de las personas mayores? ¿Conoce usted a alguien que realmente haya mejorado consumiendo 8 o 10 pastillas diarias?

-Mi opinión en este punto es radical: pienso que a quien se jubila con 67 años no se le va a permitir que viva muchos más cobrando. La propia Christine Lagarde, nueva directora del Banco central Europeo, lo dejó bien claro al decir con cinismo que «los viejos viven demasiado«. Por mi parte, garantizo que la polimedicación no ayuda a vivir con salud.

-Uno de los grupos de fármacos que más se receta a las personas mayores son los antihipertensivos. ¿Qué opina usted de ellos?

-La tensión arterial es uno de los mecanismos que se utilizan para meternos miedo. Se nos ha inculcado la idea de que el cuerpo es como una máquina que tiene que revisarse cada cierto tiempo así que todo el mundo va a hacerse pruebas para comprobar que sus parámetros están «dentro de la norma» porque cuando no es así se preocupa y se muestra dispuesto a ingerir fármacos. Lo inteligente sin embargo es auto-observarse y preguntarse simplemente si uno se encuentra bien. Hemos perdido hasta la capacidad de saber si estamos bien o no y tenemos que ir a que nos los digan… comprobándolo encima con unos test basados en parámetros que a menudo no dicen nada por sí mismos y cuyos valores de «normalidad» son a menudo discutibles. Parámetros entre lo que está la tensión arterial cuando ésta varía con los días y hasta con las horas. Es pues un sinsentido medir la tensión a alguien en una consulta de cinco minutos y si está en ese momento alta recetarle sin más un antihipertensivo. Y eso acaece a menudo. Lo que no se le dice al enfermo es que el cuerpo puede aumentar la tensión -y bajarla- por diversas razones; por ejemplo porque la sangre no le llega al cerebro y es pues absolutamente necesario que la tenga alta. Como no se le dice que si se toma un fármaco para forzarla a bajar el cuerpo puede reaccionar volviéndola a subir porque es lo que realmente necesita. Y si entonces se le sube la dosis y no le llega suficiente sangre al cerebro perderá facultades. ¿Cuántas personas mayores son de pronto incapaces de bajarse de la cama, ponerse de pie o manipular objetos tras tomar antihipertensivos? Muchas. Y lo malo es que los médicos, sus propios familiares y el mismo enfermo asumen gratuitamente que no es el fármaco el que ha causado un deterioro tan rápido sino el «inevitable deterioro de la edad».

Es espeluznante la cantidad de casos de demencia senil que hay en la actualidad y antes no había; antes se llegaba a viejo normalmente con las facultades mentales intactas y se moría de forma relativamente rápida. Ahora no es así y en mi opinión los responsables de buena parte de las demencias de los ancianos son ¡los antihipertensivos! Por la sencilla razón de que muchas veces impiden que les llegue la sangre al cerebro.

-Pues otro tanto pasa con el colesterol y las estatinas…

-Es verdad y me consta que ustedes lo han denunciado reiteradamente. El colesterol no es malo: es imprescindible. El colesterol alto no causa enfermedades del corazón o circulación y me remito a los numerosos artículos que han publicado ustedes en la revista y al libro La mentira del colesterol. Desmontando engaños. Hay numerosos médicos y cirujanos cardiovasculares que niegan tal mentira.

Yo he venido observando que a multitud de personas le encuentran colesterol alto y le medican cuando le faltan unos 10 años para jubilarse. ¿El resultado? Que en esos 10 años envejecen 30 y además se les va haciendo tomar unos cuantos medicamentos más pasando de ser un individuo activo a alguien inactivo que no hace otra cosa durante su jubilación que visitar al médico, ir a la farmacia y esperar a que antes o después le ingresen. Todo lo cual beneficia solo a la industria farmacéutica y a quienes no quieren pagar jubilaciones durante demasiados años. Nos han inculcado el miedo porque quieren que vivamos con miedo.

-Miedo que incluye el peligro de tomar los fármacos que prescribe la «autoridad competente»…

-Con carácter general así es. Y eso que las estatinas inhiben la formación del colesterol -imprescindible para el cuerpo- y entre otros efectos secundarios impiden sintetizar la coenzima Q10, necesaria para impedir la producción de radicales libres que puede derivar en lesiones musculares y provocar mialgias o miopatías. Por eso quienes toman estatinas pierden masa muscular y sufren dolores musculares. Y no olvidemos que el corazón es un músculo.

Mire, con los años comprobé que todos los que tomaban más de 80 mg de simvastatina ¡morían de un infarto! La gente decía a veces: ¡Si se cuidaba y no tenía colesterol! Claro: y por eso se moría, por la falta del colesterol necesario para regenerar las fibras musculares, las membranas celulares, las neuronas… En fin, todo indica que las estatinas están implicadas en la demencia y los infartos de miocardio.

VACUNAS Y DETERIORO COGNITIVO INFANTIL

-Otra de las grandes epidemias actuales es la de las patologías cognitivas infantiles. ¿Vio usted muchos casos hace 20 años?

-En absoluto. Hemos pasado de no encontrar a casi nadie con hijos autistas o hiperactivos a que se trate de una enfermedad infantil corriente. A mi consulta vienen profesores muy estresados para recibir masajes y están desesperados porque los niños de hoy no tienen nada que ver con los de hace solo un par de décadas. Su nivel de atención e interés ha bajado mucho. Algunos me han dicho que lo que antes se daba en Cuarto hoy no lo pueden dar ni en Sexto. Los niños no se comportan, no entienden, no recuerdan… Algo muy anormal está acaeciendo por tanto.

Bueno, pues a mí no me cabe la menor duda de que al menos una de esas patologías, el autismo, la causan principalmente las vacunas ya que es lo único que ha cambiado en las últimas décadas. Los centros especiales para niños con problemas cognitivos se han multiplicado. Hace unos años apenas existían y en los que había solo se encontraba un reducido número de afectados, normalmente con Síndrome de Down. Ahora hay ¡miles de afectados! Y la mayoría de esos niños estaban sanos cuando nacieron luego algo atacó y destruyó sus cerebros posteriormente. ¿Y qué hay mayoritariamente en común entre todos ellos? Las vacunas.

-También podrían deberse esas patologías a la actual contaminación alimentaria y ambiental…

-Es cierto. Hay otros agentes sospechosos implicados pero creo que las vacunas son la principal causa. De hecho hay estudios independientes en los que se compara la salud de niños vacunados con la de no vacunados que comparten mismos hábitos y ambientes y en general es mejor la de los no vacunados.

Ustedes mismos han publicado muchos artículos sobre la toxicidad de las vacunas. Y así lo ha denunciado también el doctor Enric Costa, referente español en cuanto a vacunas se refiere.

¿Cómo pretende activarse el sistema inmunitario de una forma tan antinatural? En la naturaleza el niño generalmente entra en contacto con los microorganismos a través de la boca tras jugar, tocar a su alrededor y llevarse las manos a ella. Su sistema inmune reconoce entonces los microorganismos vivos ajenos que tiene que atacar y cuáles no. Con las vacunas sin embargo se les inoculan restos de microorganismos muertos mezclados con metales pesados, ADN de fetos abortados y otros tóxicos.

La composición de las vacunas es algo diabólico. Dicen que se hace para estimular el sistema inmunitario y lo estimulan… pero en contra del propio organismo. De ahí el aumento de las enfermedades autoinmunes. Hay muchísimos desórdenes en la actualidad que podrían atribuirse a este problema, algunos tan corrientes como las alergias o el asma; incluso se especula con que también la diabetes podría ser de origen autoinmune.

MEDICAMENTOS PISQUIÁTRICOS

-Suponemos que otro de los cambios en el consumo de medicamentos que más ha debido llamarle la atención es el de los fármacos psiquiátricos; no eran habituales hace solo dos décadas y ahora están entre los más vendidos.

-Vivimos en un mundo tan hostil para los seres humanos que es normal que muchas personas sufran y se rebelen; y que cuando un joven no pueda o no quiera adaptarse tenga comportamientos considerados «no normales» y se le acabe diagnosticando por ello una «enfermedad mental» que suele conllevar el consumo de medicación de por vida. Sin embargo los fármacos psiquiátricos son -como nos dijo literalmente un profesor en clase- “inhibidores del espíritu”. Los antipsicóticos disminuyen mucho los niveles de dopamina, neurotransmisor que proporciona ganas de vivir, impulso, chispa… y cuando se agota nos «apagamos». Quien toma estos fármacos termina por eso quedándose sentado, incapaz de levantarse y de hacer nada. Pero es que es así como quieren que esté. ¡Quieto y sin molestar! Es el efecto buscado. Y además de disminuir la dopamina aumenta la prolactina se suprime en la mujer la menstruación, se le hinchan las mamas, se queda sin regla y sufre grandes dolores mamarios; y a los hombres les altera el sistema hormonal y pierden completamente la libido.

La dopamina es además necesaria para el movimiento; de hecho el parkinson cursa con un déficit de dopamina que se manifiesta a nivel periférico. En fin, todos sabemos que estos medicamentos provocan temblores parkinsonianos y rigidez muscular.

-Y por si todo ello fuera poco crean dependencia.

-Cierto. Todo fármaco genera en el organismo una reacción contraria de forma que cuando se deja de consumir hay efecto rebote. Por eso cuando a un joven se le diagnostica un «episodio psiquiátrico» y se le da un neuroléptico para bloquearle los nervios sufre al dejar el fármaco una enorme rabia interior y reacciona enfurecido. Y lo grotesco es que su enorme enfado se considera un «brote» y entonces vuelven a drogarlo diciéndole encima: ¡Ves como no puedes dejar la medicación! Con lo que cuando eso se repite algunos optan, desesperados, por el suicidio.

-¿Podríamos saber cuál es su parecer sobre los antiinflamatorios?

-Palian los síntomas pero a la larga son negativos. El mismo mecanismo que impide la inflamación deteriora la mucosa del estómago y, por tanto, se dificulta el funcionamiento de los riñones. Su uso continuo dificulta la reparación de los tejidos. El caso extremo son las infiltraciones de corticoides que provocan mayor degeneración articular a medio y largo plazo. De hecho el uso continuo de antiinflamatorios evita que nos curemos.

-En fin, es imposible abordar en unas líneas los problemas que causan todos los medicamentos de los que usted habla en sus conferencias por lo que nos gustaría terminar preguntándole si cree que esta situación podrá alguna vez revertirse…

-Solo será posible cuando la sociedad sea informada de la verdad, tome conciencia y cada persona empiece a ser responsable de su salud. Y cuando médicos, enfermeros y farmacéuticos tomen conciencia de la responsabilidad que tienen en lo que está pasando; mientras no reaccionen no hay nada que hacer. Ellos y en gran medida los jueces, fiscales, periodistas y representantes políticos. Pero primero tiene que ser la sociedad la que lo asuma y exija.

Antonio F. Muro

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