¿Qué se esconde tras la Agricultura personalizada?

El pasado mes de septiembre se celebró en Barcelona un encuentro organizado por B-Debate y la Obra Social La Caixa para poner en marcha el proyecto Agricultura personalizada que según sus creadores e impulsores es «una nueva disciplina científica» que pretende utilizar la manipulación genética para combatir nuevas plagas, lograr una agricultura más respetuosa con el medio ambiente y económicamente más eficaz e, incluso, crear nuevas variedades vegetales. Pero, ¿es realmente así o estamos ante un nuevo negocio que pone en peligro nuestra salud? Hemos hablado de ello con Ignacio Rubio-Somoza -colíder de B-Debate e investigador del Centro de Investigación Agrigenómica del sistema CERCA de la Generalitat de Cataluña- así como con algunos biólogos y científicos especializados en el tema.

AGRICULTURA

El encuentro que tuvo lugar los pasados días 3 y 4 de septiembre de 2018 en CosmoCaixa Barcelona tenía como lema Cuando el desarrollo coincide con el estrés: entender la reprogramación del desarrollo sobre la patogenia en las plantas y el objetivo era «predecir los tipos de enfermedades que afectarán a las cosechas para escoger aquellas variedades de cultivos que se verán menos afectadas por los nuevos patógenos, reconocer los mecanismos de defensa presentes de manera natural en las plantas y entender cómo están determinados por un perfil genético concreto». Todo ello para «encontrar variedades resistentes a las futuras plagas» y además contribuir a «crear nuevas variedades de vegetales a la carta».

Llamativa propuesta -tal como se presentó- que nos llevó a ponernos rápidamente en contacto con Ignacio Rubio Somoza, doctor en Biología y responsable del grupo de investigación del Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG) que estudia cómo responden las plantas al estrés con quien mantuvimos esta breve charla.

-¿Puede explicarnos brevemente para empezar qué es el Centro de Investigación Agrigenómica?

-Se trata de un centro que forma parte de la Fundació Institució dels Centres de Recerca de Catalunya (Fundació I-CERCA) que se estableció como consorcio de cuatro instituciones: el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA), la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y la Universidad de Barcelona (UB).

Y la labor que desarrollamos en el Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG) va desde investigación básica en biología molecular de plantas y animales de granja a la aplicación de técnicas moleculares para la cría de especies importantes para la agricultura y la producción de alimentos. Todo ello en estrecha colaboración con la industria. Y ha sido reconocido como Centro de Excelencia Severo Ochoa 2016-2019 por el Ministerio de Economía y Competitividad.

-¿Y qué quieren decir ustedes con «agricultura personalizada»? ¿Significa que van a preguntar a los agricultores o al consumidor qué clase de agricultura prefieren o el término tiene otro sentido?

-Entendemos por agricultura personalizada la toma de decisiones sobre qué vegetales conviene sembrar y qué variedades o especies en función de los potenciales patógenos que podrían afectar a los cultivos. Y para ello los científicos debemos trabajar codo a codo con los agricultores.

-¿Podría resumirnos brevemente qué se ha acordado en el encuentro de los pasados 3 y 4 de septiembre?

-La reunión tuvo lugar en el marco de B·Debate, iniciativa conjunta de Biocat y la Obra Social La Caixa que impulsa debates multidisciplinares de alto nivel científico. Y en ella hemos participado científicos que trabajamos en distintos aspectos de la biología de plantas -de su evolución y de sus respuestas a los patógenos- con la idea de compartir los avances científicos y discutir sobre cómo aplicarlos en la agricultura del futuro.

En la mesa redonda Future challenges for feeding the world (Futuros desafíos para alimentar al mundo) se habló por ejemplo de cuáles son los retos de una agricultura sostenible -como minimizar la superficie de cultivo aumentando su rendimiento- en el actual contexto de aumento creciente de la población mundial y de cambio climático. De hecho asistieron científicos de referencia mundial en esta disciplina y en el estudio del desarrollo de las plantas. El resultado fue muy positivo abriendo posibles líneas nuevas de investigación de cara a conseguir una agricultura con el menor impacto negativo medioambiental posible.

-La nota de prensa que se ha difundido sobre el encuentro es sin embargo muy vaga pareciendo reflejar más bien deseos y buenas intenciones que avances e informaciones concretas. ¿Qué se está específicamente investigando? ¿Qué enfermedades concretas? ¿Con qué cultivos se va a experimentar? ¿Qué especies «nuevas» se van a producir?

-La mayoría de las investigaciones de biología molecular se hacen actualmente con especies «modelo». Siendo el modelo por excelencia una pequeña hierba llamada Arabidopsis thaliana gracias a la cual descubrimos primero los mecanismos moleculares con los que hace frente a los patógenos averiguando después si los genes más importantes están en otras especies de interés para la agricultura. La Arabidopsis es pues como el ratón para las investigaciones médicas. En cualquier caso hay otras especies en las que asimismo tenemos interés y sobre las que ya existe un buen conocimiento de su genética y biología: la planta del tomate, el trigo y el maíz. Podrían ser pues las primeras en beneficiarse de nuestros avances.

-Hablan ustedes de «vegetales a la carta» y de «perfil genético» y la verdad es que el lenguaje recuerda al de las promesas de hace años sobre las terapias génicas y los «bebés a la carta». Promesas que no solo no fructificaron sino que dispararon todas las alarmas. ¿No estaremos ante algo similar pero en este caso en el ámbito de la agricultura?

-Investigar es eso… y no puede descartarse que los siguientes pasos de la investigación nos lleven a concluir que no es una buena estrategia. En cualquier caso expresiones como “perfil genético” no tienen nada de ciencia-ficción: son ya una realidad. Hoy día es muy habitual por ejemplo en agricultura la selección genética utilizando biomarcadores que permiten saber qué caracteres fenotípicos tendrá una planta o su fruto cuando es aún una pequeña plántula.

-¿Y qué pueden decir a las voces críticas que, aportando datos y documentación, consideran un peligro -o al menos un grave riesgo- la manipulación genética y plantean como alternativa saludable una agricultura ecológica en sus diversas formas?

-No entro en ese debate. Nosotros nos basamos en las evidencias publicadas en revistas científicas, sometidas a un sistema por el que científicos independientes y anónimos aseguran que lo que se publica en ellas cuenta con todas las garantías y controles que exige el método científico.

-Hay también científicos que argumentan que impulsar modificaciones genéticas en los vegetales no se hace por razones altruistas sino por intereses económicos e industriales y que la valoración que se hace sobre los riesgos que para la salud y el medioambiente pueden suponer no es la más adecuada.

-Nosotros no decimos que sea necesario utilizar organismos modificados genéticamente; lo que proponemos es explorar la variabilidad genética natural en beneficio de la agricultura.

-¿Pero puede considerarse «ecológico» forzar la naturaleza manipulando la información genética de plantas que luego van a afectar al entorno y a las especies vivas que las consuman?

-Una de las cosas que proponemos es precisamente recuperar la variabilidad genética que la agricultura tradicional ha ido perdiendo y está presente de forma natural en la naturaleza. Es más, un huerto con tomates ecológicos no tiene hoy nada de “natural”. Si no hubiese sido por la domesticación de las especies que los humanos venimos haciendo desde el Neolítico hoy no comeríamos prácticamente ninguna de las especies de nuestra dieta.

EJEMPLO DE PSEUDOCIENCIA

Tal fue la opinión de Ignacio Rubio Somoza que, sinceramente, nos pareció excesivamente ambigua por lo que quisimos confrontarla con la de alguien para quien lo que se propone sobre la llamada «agricultura personalizada» no puede apoyarse diciendo que está avalado por la ciencia. Es el caso de Emilio Cervantes -miembro del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Salamanca y científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)- para quien estamos más bien ante un claro ejemplo de «pseudociencia».

Así de rotundo nos lo manifestaría: «Ese congreso es un claro ejemplo de pseudociencia ya que aquí se dan elementos básicos que diferencian las ciencias de las pseudociencias. Por ejemplo, mientras el lenguaje científico debe caracterizarse por su precisión aquí abundan los eufemismos; es decir, expresiones que suenan bien pero ocultan la realidad. Además el discurso de la ciencia está abierto al diálogo. Y, finalmente, mientras que la ciencia consiste en presentar cuestiones criticas y problemas para resolver la pseudociencia consiste en dar soluciones -soluciones para todo- y además grandes, contundentes, indiscutibles… Como ve, justo el tono de ese proyecto».

Cervantes se refiere a expresiones como las de «los científicos trabajarían codo con codo con los agricultores», «se habló de cuáles son los retos de una agricultura sostenible (minimizar la superficie de cultivo y aumentar su rendimiento)» o «el resultado fue muy positivo abriendo nuevas líneas posibles de investigación de cara a conseguir una agricultura con el menor impacto en el medioambiente». Son ejemplos de frases que suenan bien -tan bien como un anuncio publicitario- pero tienen poco o ningún contenido. De hecho, con la intención de trasmitir a nuestros lectores el trabajo real que estos científicos están haciendo hicimos posteriormente unas preguntas adicionales a Ignacio Rubio Somoza pero se negó a responderlas sin más poniendo diversas excusas. Estas fueron las preguntas:

Nos dice que en el congreso se abrieron nuevas líneas de investigación. ¿Podría concretar cuáles son y explicarlas muy brevemente?

-Tenemos entendido que con Arabidopsis se comenzó a trabajar masivamente hace 25 años. Suponemos que no es ésta una de esas nuevas líneas de investigación. ¿Puede ponernos ejemplos concretos de resultados con Arabidopsis que vayan a utilizarse o que se hayan utilizado en «agricultura personalizada»?

-Nos menciona el uso de biomarcadores que permiten saber qué caracteres fenotípicos tendrá la planta o su fruto. ¿Puede poner ejemplos concretos? ¿Quién los ha realizado? ¿A quién han beneficiado?

-Y una pregunta de fondo: nuestra revista ha publicado gran cantidad de material relacionado con los riesgos, peligros y daños concretos de la manipulación genética; todo ello apoyado en documentación y publicaciones rigurosas. Decir que la evidencia científica es la que se basa en el método científico teniendo en cuenta que éste es aquel que se apoya en evidencia científica… ¿no es un razonamiento circular? ¿Qué criterios deberían presidir la investigación y quién debería establecerlos?

No tuvimos respuesta. La responsable de comunicación del Centro de Investigación en Agrigenómica nos diría varios días después de enviarlas que Ignacio Rubio-Somoza «está ocupado en varias reuniones estos días y le resultará imposible responder a estas preguntas». Así que se ofreció a contestarlas ella misma pero lo que hizo fue repetir las generalidades ya dadas a conocer en la entrevista que mantuvimos con él y a sugerirnos leer artículos en diversas web ¡incluyendo la Wikipedia! Un último intento por nuestra parte de conseguir respuestas sería nuevamente denegado aludiendo que «estamos hasta arriba de trabajo y no vamos a poder dedicar más tiempo del que ya hemos dedicado a este asunto». Añadiendo: «En mi opinión le hemos proporcionado sobrada información acerca de sus preguntas».

En suma, nos quedamos sin saber cuáles son esas «nuevas vías de investigación» que se han abierto y expuesto en el congreso, cuáles son los resultados concretos con Arabidopsis o quién ha realizado ya experiencias con biomarcadores que permitan saber qué caracteres fenotípicos tendrán determinadas plantas o sus frutos. Cabe añadir que nuestro entrevistado -y a juzgar por la respuesta de la responsable de comunicación el propio Centro de Agrigenómica en su conjunto- no parece tener interés alguno en abordar el intenso debate existente sobre los peligros de la manipulación genética del que venimos informando puntualmente en la revista. De hecho el enlace que nos proporcionarían sobre este asunto es una especie de cuaderno escolar con dibujos didácticos en el que se refuerza la concepción mecanicista de la genética y en el que, por ejemplo, se dice: «La modificación genética, por mutación y selección, es la base de la evolución y todos los organismos de la Tierra son organismos modificados genéticamente respecto a sus ancestros. Desde el Neolítico hemos mejorado genéticamente los animales domésticos y las plantas que cultivamos. Con las nuevas técnicas genéticas se pueden producir nuevas variedades que pueden contribuir a mejorar la calidad y la producción de alimentos (modificando por ejemplo la resistencia de las plantas a las plagas o al frío)».

¿ESTAMOS ANTE UN AVANCE O ANTE NUEVOS PELIGROS?

Pues bien, ya en el nº 170 de la revista -puede leerlo en www.dsalud.com/reportaje/la-ingenieria-genetica-no-tiene-base-biologica– explicamos que la llamada «ingeniería genética» no tiene base biológica y por tanto las denominadas «terapias génicas» -y cualquier otro producto relacionado con la biotecnología- constituyen falsas promesas llenas de riesgos y peligros. Y de hecho así lo vienen confirmando numerosos estudios independientes.

La principal razón es que esta «tecnología» se basa en una concepción errónea de la genética y de la vida en general. Se sabe desde hace décadas que el lenguaje genético no es universal y por tanto no se puede transferir información genética de un organismo a otro de forma controlada. Puede hacerse pero corriendo el grave peligro de provocar alteraciones.

Por otra parte, la información genética no fluye -como se creía- en una sola dirección sino en múltiples direcciones… dentro y fuera del núcleo de la célula. Y no se encuentra solo -como hasta hace poco se pensaba- en el núcleo celular sino asimismo en varios orgánulos, entre ellos las mitocondrias y los cloroplastos. Es más, ¡ni siquiera existe una estructura material que pueda denominarse «gen»! Conocimiento éste de implicaciones enormes para la salud y la vida  porque pone en entredicho las llamadas terapias biotecnológicas, los test, las vacunas y, por supuesto, la presunta manipulación controlada y segura de plantas y animales. Y ello explica que los responsables del proyecto antes citado no consideren de interés debatirlo. Especialmente porque son cada vez más los expertos que en este ámbito exigen ya aplicar el Principio de Precaución y no permitir la comercialización de vegetales transgénicos.

Ya en el nº 159 dimos cuenta de las iniciativas populares surgidas en Europa, Estados Unidos, Iberoamérica, África y la India para luchar contra la multinacional biotecnológica Monsanto -como puede leerse en www.dsalud.com/reportaje/guerra-global-contra-monsanto-, información que complementamos en el nº 166 informando sobre las acciones y reivindicaciones ecologistas en territorio español y las nuevas evidencias de los peligros y falta de rentabilidad de los productos modificados genéticamente (www.dsalud.com/reportaje/creciente-rechazo-de-los-transgenicos). De hecho tales productos están ya prohibidos en Alemania, Francia, Austria, Hungría, Grecia, Polonia, Bulgaria, Luxemburgo, Italia, Japón y Rusia.

Y hemos publicado mucha más información. En el nº 160 (www.dsalud.com/reportaje/adulteracion-y-contaminacion-intencionada-del-agua-y-los-alimentos) contamos varios casos de científicos censurados por advertir de los peligros de los transgénicos: el microbiólogo canadiense Shiv Chopra, el bioquímico y nutricionista húngaro Arpad Pusztai, el profesor de Ecología Microbiana Ignacio Chapela, el jefe del Laboratorio de Embriología Molecular de la Universidad de Buenos Aires Andrés Carrasco y el profesor de Biología Molecular de la Universidad de Caen (Francia) Gilles-Eric Seralini. Caso este último especialmente significativo por el rigor de sus estudios y por la evidente persecución contra él que fue denunciada por centenares de científicos de 33 países cuyos pormenores contamos en el nº 169 (www.dsalud.com/reportaje/los-pesticidas-mucho-mas-peligrosos-de-lo-que-se-reconoce).

En el nº 182 (www.dsalud.com/reportaje/los-transgenicos-pueden-alterar-la-flora-bacteriana-intestinal-y-producir-numerosas-patologias) contamos que la comisión del Codex Alimentarius -integrado por personas designadas por la ONU y que elabora criterios para la comunidad internacional en materia de seguridad alimentaria- reconoció en 2009 que los organismos genéticamente modificados  pueden alterar la flora bacteriana intestinal dando lugar a numerosos problemas de salud, algunos muy graves.

En el nº 205 (www.dsalud.com/reportaje/monsanto-condenado-tribunal-civil-internacional) nos hicimos eco de la condena impuesta a Monsanto por un tribunal internacional popular reunido en La Haya el 18 de abril de 2017. sin carácter oficial pero integrado por auténticos jueces. El tribunal consideró probado que Monsanto es responsable de grave contaminación medioambiental y alimentaria, de violar el derecho a la salud, de restringir la libertad de investigación científica y de complicidad en crímenes de guerra y ecocidio.

En el nº 211 (www.dsalud.com/reportaje/sabe-usted-come-animales-transgenicos) informamos sobre los animales transgénicos explicando qué empresas los están comercializando y los riesgos que representan.

Y, finalmente, en el nº 215 (www.dsalud.com/reportaje/diego-barcena-haria-falta-un-nuevo-organismo-de-la-onu-especificamente-dedicado-a-la-bioseguridad) entrevistamos a Diego Bárcena, doctor en Biomedicina y Biología Sintética que nos habló de los peligros de la nueva técnica de «edición» del genoma, la tecnología CRISPR, que pretenden utilizar para intervenciones de riesgo en agricultura y para llevar a cabo terapias génicas sin las mínimas garantías y cuyos derechos han sido adquiridos por Monsanto. Bárcenas aboga de hecho por prohibir las patentes sobre seres vivos y por crear un nuevo organismo de la ONU dedicado específicamente a bioseguridad.

Terminamos indicando que en todos esos artículos se citó numerosa evidencia científica: 148 estudios hechos en los cinco continentes que pueden consultarse agrupados en http://gmoevidence.com.

«UNA PRETENSIÓN ABSURDA»

En similar línea de estupor y preocupación nos contestaría el ya jubilado profesor de Biología y Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid y referente en España de lo que se ha dado en llamar «la nueva Biología» Máximo Sandín: «Se me ocurren algunos comentarios pero son obviedades -nos diría-. No entiendo qué son los `nuevos patógenos´ de las plantas salvo que sean producidos por determinadas actividades humanas. Los `mecanismos de defensa’, es decir, de mantenimiento del equilibrio no están determinados por un `perfil genético’ -no hay plantas `más aptas’ o `menos aptas’- sino del conjunto del organismo. `Combinar la información’ con el `perfil genético de los enemigos’ no merece comentario. En cuanto a crear vegetales ‘a la carta’ para evitar patógenos es una pretensión absurda. Para evitar patógenos hay que cultivar de un modo tradicional e inteligente y en buenas condiciones».

En definitiva, en palabras del biólogo Emilio Cervantes, «se basa constantemente -tanto aquí como en la presentación del congreso en la web- en falacias y razonamientos circulares. El mérito de su proyecto es que participan ‘grandes científicos’. Y ‘grandes científicos’ son aquellos que publican en revistas de alto impacto. Siendo las revistas de alto impacto precisamente aquellas en las que publican los grandes científicos. Circularidad que revela imprecisión. Lo dicho: pseudociencia. O lo que es lo mismo: ciencia convertida en política (la política es, en estos momentos, el arte de engañar). Es, sencillamente, un disparate. Otro más».

UNA DISCIPLINA NO TAN NUEVA QUE YA FRACASÓ

José Ramón Olarieta Alberdi, profesor de Edafología y Química Agrícola de la Universitat de Lleida, considera por su parte los planteamientos difundidos para presentar esa «nueva disciplina» como «muy engañosos», Añadiendo: «Tiene más de campaña publicitaria que de otra cosa. De hecho el término `agricultura personalizada’ induce a pensar que es una agricultura pensada para cada uno de nosotros, personas; pero, claramente, la cuestión no va por ahí. Además ni siquiera se trata de `agricultura’ sino solamente de biología molecular aplicada a las plagas y enfermedades de los cultivos. Y la agricultura es algo mucho más complejo que todo eso».

El profesor Olarieta agregaría: «Lo quieren hacer pasar como una nueva disciplina pero esta historia ya nos la quisieron vender con los cultivos transgénicos a los que, según las promesas, se les iba a cambiar el genoma para que fueran resistentes a plagas y enfermedades. Pues bien, en 35 años no hay prácticamente nada que se haya conseguido por ese camino. Apenas una papaya supuestamente resistente a virus pero a la que ya le han salido virus capaces de infectarla solo 12 años después de su invención. Y nada más. No parece un camino muy prometedor».

El profesor nos recordaría luego que «los agricultores y también la mejora tradicional -no basada en transgénicos- llevan toda la vida desarrollando variedades resistentes a plagas y enfermedades. Y por este camino sí que van produciéndose continuamente nuevas variedades resistentes».

«En definitiva –concluiría diciéndonos el profesor Olarieta- se trata de un nuevo montaje publicitario de la religión del genoma. ¿Quién está en ello? Los científicos que esperan conseguir mucho dinero y medios para realizar esas investigaciones: La Caixa -entidad filantrópica donde las haya- y Biocat, fundación público-privada que no es sino un chiringuito en el que -entre otros- están las patronales de las empresas biotecnológicas y farmacéuticas. ¡Muy esperanzador!», exclamaría en tono irónico.

Finalizamos indicando que según la bióloga María Jesús Blázquez -cofundadora del colectivo Otra Biología– esta clase de iniciativas le producen «risa, pena y rabia pero, sobre todo, ganas de llevar a esos científicos a una huerta ecológica ¡y vean lo que es la vida!» Añadiendo: «Esa gente no se entera de nada o se enteran demasiado y quieren acabar con la vida. Siguen dando protagonismo a los patógenos, olvidan la importancia del suelo sano y siguen sintiéndose dioses manipuladores de genes. Además, estudiar de forma aislada los patógenos y los genomas es un método anticuado pues hoy ya está demostrado que el cuidado del ecosistema en su conjunto -el suelo, el agua, la diversidad de los cultivos- es lo que facilita el crecimiento saludable de las plantas. Los genes no son la causa, son el efecto pues lo que influye en el funcionamiento celular es el entorno. Habrá sin embargo que esperar a conocer los resultados de las investigaciones de la llamada `agricultura personalizada´ pues teniendo en cuenta que el impulso ha partido de entidades que se presentan en principio como comprometidas con el sector de las ciencias de la vida igual nos llevamos sorpresas dentro de unos años. Mientras, tenemos laboratorios vivos en cada huerta ecológica que cultiva en suelo sano, riega con agua limpia y no tiene problemas con patógenos. Y además cosechan toneladas de producción que se exportan a países que valoran la importancia de los alimentos sanos».

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
222
Enero 2019
Ver número
Última revista
Último número Julio-Agosto 2020 de la revista mensual Discovery DSalud
239 | Julio-Agosto 2020
Cartas al director Editorial Ver número